Columnas

“Jamón de York, soja de Lancaster”, un relato de Unai Velasco

Concluye el ciclo Ficción Rara con un relato lírico y cruel sobre el conflicto entre vegetarianismo y el consumo de carne, con la firma del joven poeta y crítico barcelonés

Llegamos al final del ciclo Ficción Rara, que durante todo el mes de abril ha dado voz a ocho narradores jóvenes de la nueva escena literaria en España y Estados Unidos. El último turno es para el crítico y poeta barcelonés Unai Velasco, que nos muestra aquí un stream of consciousness narrativo alrededor de las preocupaciones por la correcta alimentación.

[ Unai Velasco (1986) es poeta, crítico y trabaja en el mundo editorial. Ha publicado el libro de poemas “En Este Lugar” (Papel de Fumar, 2012) y actualmente ultima el que será su próximo poemario, titulado “El Silencio de las Bestias”. Sus artículos, reseñas y críticas han aparecido en revistas como Quimera, Revista de Letras o The Barcelona Review.]

Boogie boogie, jajajá, boogie boogie, dijo Bíf o pensó Bíf tal vez, sin saber ahora si acababa de reírse para fuera, a través de la bola de carne, entre mastique y mastique, o si se había reído para dentro, apenas unos segundos antes, cuando su mente levantó un templo de sabor turco.

En realidad no le importaba una mierda, y probablemente por eso volvió a adoptar una pose beligerante mientras terminaba de pasar lentamente, eso sí, porque lo cierto es que pasó muy lentamente, frente al local del Veggie Garden, ese sucio páramo de maldad donde solo crecían las mala hierbas.

Boogie boogie pensó, sin reír, sin pronunciar, sin jajajá, y aunque el nombre del sitio de comida vegetariana le parecía decididamente ridículo, alguna cosa más le asaltó, una desagradable sorpresa, la fea cara de un pescado que se le escurría, la rememoración de una adolescencia blues con bola de luces que estuvo acompañada por ensaladas de espinacas. Ese recuerdo, claro está, le jodió bastante, y entonces su boogie boogie burlón ya no le hizo tanta gracia.

Todavía no había sobrepasado la terraza del Veggie, así que eructó. Lo hizo bastante bien, con cálculo, sin piedad, esforzándose, aprovechando para marcar territorio, y esa acción contuvo hallazgos que habitaban en su más profundo ser. Como su adolescencia. Como la bola de carne masticada del kebab, que ahora emprendía un viaje gástrico, lento, paciente, visceral. Como la guerra.

Como las desgracias o los entrantes, para Bíf, los encuentros no se producían solos. Quizá eso explique por qué justo en ese momento lo vio empezar a ir viniendo al final de la calle, calle de los Ángeles, alimaña de madriguera, quizá esa frase en su mente o ahora entre dientes quizá, soberbia, insultante, su consideración, porque la figura se dirigía, tenía que estar dirigiéndose, al Veggie. Y, si no queremos faltar a la verdad, habrá que decirlo también: lo hacía con paso decidido.

El orden de estos acontecimientos no es relevante. Digamos que primero lo vio al fondo, después observó las letras mayúsculas descendiendo del cielo, y luego quizá pensara en el informe castrense que le había presentado Han por la mañana. Recordó las estadísticas, los paréntesis cargados de observación suspicaz, la documentación fehaciente, recordó el rigor del palo seco y la abundante letra menuda al pie de las páginas. También se acordó del título, Han vocalizando, enterísimo tras la información, meditando su conveniencia: Informe odontológico comparativo de los primeros homínidos. Tanto los molares como los premolares, dictó sentencia, estaban más cualificados en las mandíbulas de los sapiens carnívoros –cualificados fue la palabra usada– que en las quijadas de los recolectores del paleolítico. Los dos hombres guardaron silencio, serios, Han y Bíf, cobijando un alborozo científico. Hasta que Han se atrevió a vociferar las primeras conclusiones. Hay signos, Bíf, joder, dijo, vaya si los hay, lo has visto, hay putas evidencias que avalan nuestra causa y que justificarán cualquier operación en la zona… Signos y operación. Operación y signos. Esas dos palabras resonaron en el coco pensante de Bíf durante unos buenos segundos, perro viejo, atento a cada detalle. Miró a Han, que se aplicaba ya, estudioso, en unos muslos de pollo de la noche anterior. No hacían prisioneros. La mella, la tracción, el impacto, la fractura que provocaban los incisivos hánicos devastaron toda la región ósea del ave malograda, damnificando la médula, reduciendo el tuétano hasta el absurdo existencial. Tanta entrega compungió el corazón de Bíf, que recordó los vivas a la causa, las promesas a los camaradas, los esforzados mostachos largos donde se enredara la carne, y decenas de litros de sangre circularon intensamente por su cuerpo. Quiso sentarse, pero pensó que era una acción cobarde. Tenía que salir a la calle, y hacerlo ya, a cuerpo, comenzar a controlar de cerca los movimientos del enemigo. Un enemigo que, como ellos, estaría preparando casi el ataque. Abrió la puerta del cuartel improvisado y una ráfaga de aire erizó todo el vello habido y por haber en la estancia. Piel de gallina, pensaron ambos, jefe y lugarteniente, naves industriales repletas de piel de gallina.

Eso recordó Bíf mientras las grandes letras rojas bajaban de las nubes con una musiquilla vagamente nostálgica. Tuvo que dar dos o tres pasos atrás, porque las letras suspendidas prácticamente lo aplastaban, y entonces pudo leer: VERSUS. De inmediato tuvo una sensación extraña, como de desplazamiento continental, un mecanismo telúrico que alisaba los cuerpos, redistribuía las cosas, hasta que la composición fue novedosa: un personaje a cada lado de la pantalla, un recuento temporal abalanzándose hacia el O:OO, una melodía metálica y persistente.

Es fácil de ver, si se ha prestado atención y no se ha perdido de vista a los componentes de la escena, que Soft Chís quedó relegado, con el nuevo escenario, a la sección derecha del minutero, y no sin violencia, lo cual hizo que se tambaleara sobre el pecho de Chís su enorme colgante de tofu con forma de dólar. La textura adimensional del preparado de soja refulgió, y todos los presentes en la terraza del Veggie –secuaces de Chís, cabe decir– admitieron el perfil siseante, atravesado por los dos palitos paralelos, del noble artefacto pectoral.

Soft Chís, o Es Chís, o Chís a secas, estaba en racha y lo sabía. Acababa de componer en su casa un rap holgado que rimaba las virtudes nutricias del tomillo. Como la chanson tenía carisma e impudicia, se decidió por una línea grave y la tituló Thomys vulgaris. El entusiasmo lo había bajado de casa en volandas vegetales, el bueno de Chís, siempre con los cinco dedos en alto, de modo que al llegarse al Veggie y topar con Bíf, con esa cara B de la alimentación, esa ópera prima del horror carnívoro, ese azote de la estabulación con, se decía, una predilección sádica por los cuartos traseros, ese…, ese…, Chís conteniéndose, tan armónico, al llegar frente a él, frente al Veggie, a la derecha de nuestra pantalla, Soft Chís tuvo una actuación remarcable. En un gesto obsceno y provocador que, sin lugar a dudas, Bíf interpretó como una declaración de guerra, Chís se llevó la mano a los bajos de su camiseta de algodón sintético, Chís Code, descubrió el elástico de sus calzoncillos y el manoseo habilísimo permitió que Bíf leyera: VERITAS, siete letras de buen material, decían, o por lo menos, esto es seguro, las siete letras que daban nombre a su sponsor territorial, el famoso grupo financiero de alimentación que controlaba todo el Upper West Side del barrio ravalero.

Los ojos de Bíf se inyectaron en sangre y la vecindad temió una cólera que quizá no pudieran detener. Recordaron todos sus nombres, profanando el mito, para aplacarlo con la invocación: Bíf el Rojo, Poco Hecho, Cartílago Bíf, temiendo a un hombre que no había tolerado a un vegetal ni en guarnición, pero la murmuración no logró el conjuro, y Bíf los miró a todos con desafío. Chís seguía allí, en pie, su opuesto perfecto, a medio metro de distancia de la pizarra de menú del Veggie. Todo sucedería en los días venideros, todo estaba por delante, o incluso, este sería el principio de todas las cosas. Chís se dio la vuelta y entró en el Veggie Garden. Bíf hundió las manos en sus bolsillos y se fue.

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