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James Deen: los 20 centímetros del porno que han penetrado en la cultura pop

Próximamente se estrenará en España “The Canyons”, la película de Paul Schrader en la que nuestro hombre ejerce de protagonista con Lindsay Lohan. ¿Por qué él? ¿Cuál es su ‘gran talento’ para pasar con tanta facilidad del cine X al mainstream?

Consolidado en su oficio de actor porno con casi 1500 escenas a sus espaldas, James Deen es la última estrella X en cruzar los límites del mainstream y formarse una dimensión pop. Las críticas de “The Canyons” no han sido positivas, pero poco a poco hace méritos para desbancar a Nacho Vidal y otros sementales con carrera. Este es su perfil.

Entre los actores porno, sólo hay una manera de mantenerse en el negocio durante un largo periodo de tiempo: que nunca decaiga el vigor de la principal herramienta de trabajo y mantenga su lozanía y su sequedad durante el tiempo necesario en que esté funcionando el taller. En un trabajo que consiste en folletear y no bajar la guardia en cuarenta minutos de esforzado coito por todos los agujeros disponibles –es leyenda que Rocco Siffredi trataba a sus actores como una especie de Werner Herzog dictatorial y echaba broncas monumentales a quien se corriera antes de tiempo–, lo imprescindible no es hacerlo bien, con más o menos elasticidad de movimientos, habilidades en la brega y buen juego de manos (o de dedos, mejor dicho), sino conseguir que la erección no se baje nunca jamás. Si aquello, dios no lo quiera, no se levantara como el mástil de la bandera, si no alcanzara una dureza mullida propia de una barra de aluminio, resultaría muy difícil que un actor porno consiguiera repetir en su trabajo.

En el mundillo son cosas que se comentan mucho una vez se está ‘behind the scenes’: muchos son los relatos de sementales que emergen en el negocio y que desaparecen al poco tiempo porque no son capaces de sostener su erección cuando más se la necesita, lo cual –visto desde el punto de vista estrictamente económico– es un desastre: genera cuantiosas pérdidas de dinero y de tiempo, una escena fallida es una escena que no se puede rentabilizar o que exige más horas de rodaje de las precisas (no precisamente baratas, porque hay un equipo detrás al que hay que pagar). Y aunque la magia azul de la Viagra corre por los platós como si fuera agua mineral, la química por sí sola no es capaz de solucionar todos los imponderables que puedan acontecer en ese trance tan delicado. Hace falta un talento natural para que la cosa se mantenga (andrés) enhiesta y la carrera discurra por cauces de longevidad.

Esta es la única cuestión que explica por qué en la industria del porno, mientras las estrellas femeninas van rotando en el top en ciclos de unos tres o cinco años –salvo las muy duraderas, que alcanzan la cúspide y se mantienen en ella durante una larga temporada, como ocurre actualmente con Asa Akira–, las estrellas masculinas siguen al pie del cañón incluso pasada más de una década de su irrupción en el negocio e incluso más allá de los 40, cuando se supone que la biología empieza a causar estragos en sus propiedades retráctiles. Hagamos un repaso a los que más cobran (que son los que más trabajan): Nacho Vidal sigue ahí, igual que Rocco Siffredi. Sin tener que llegar a cuarentones, también hace años que Toni Rivas, Mick Blue, Manuel Ferrara o Marco Banderas siguen empotrando con una regularidad de reloj suizo, y de entre la nueva generación, el que más rápido ha subido y alcanzado la cúspide (nunca mejor dicho lo de cúspide) es James Deen. Y si James Deen se ha convertido en un icono del porno es, ante todo, porque tiene lo que un actor necesita: más facilidad para empalmarse que Iñaki Urdangarín cuando le da por firmar con juegos de palabras.

"Sin una musculatura maciza, ni cara de salido, ni tatuaje tribal y ni siquiera un pene demasiado largo, este hombre es de los que más trabaja en el cine X actual"

En otras circunstancias, este hombre tirando a enclenque –y que además presume de cultura judía, alimentación kosher y de nombre artístico glamouroso con referencia a uno que murió joven y dejó un bonito cadáver (para enmascarar lo freak del suyo real: Bryan Matthew Sevilla, nada menos)– quizá nunca hubiera entrado en la aristocracia del porno. Su físico, para entendernos, no es el habitual. Pero en una inversión de factores inesperada, lo extraordinario se ha convertido en la fórmula mágica del éxito: sin una musculatura maciza, ni cara de salido, ni un solo tatuaje tribal y ni siquiera un pene demasiado largo y/o ancho (las malas lenguas le atribuyen 15 centímetros; los cálculos más fiables lo dejan en unos 20 en su momento de máxima gloria, que no está nada mal), este hombre es de los que más trabaja en el cine X actual –hace medio año se le contaban más de 1.000 escenas rodadas en poco más de cinco años, una cifra que ya debe ir camino de las 1.500; aquellas informaciones que hablaban de 3.000 películas eran a todas luces exageradas–, hasta el punto de ser uno de los últimos ejemplos que se dan de vez en cuando de transición ocasional del porno al mainstream.

De trabajar para Brazzers, Elegant Angel y X-Art con frecuencia semanal, James Deen ha empezado a asomar por diferentes alfombras rojas e incluso a pasearse por el pasado festival de Venecia en su condición de protagonista masculino de “The Canyons”, la última película de Paul Schrader –que alcanzó la fama como guionista de “Taxi Driver”–, a partir de una historia original de Bret Easton Ellis y con la díscola Lindsay Lohan como partenaire. ¿Por qué James Deen fue el que recibió la llamada para tan suculento caramelo? Principalmente, porque en una historia que gira alrededor del sexo, lo lógico era tener a un follador consumado que conozca bien los terrenos procelosos del vicio, aunque sus facultades actorales estuvieran más cerca de las de un busto de mármol. Y también porque la lejanía de Deen del estereotipo masculino aceptado en la industria del sexo –a saber: figura delgada, casi un ‘tirillas’, estatura normal, musculatura poco desarrollada y cara de chico bueno, con sus patillas y su barba de dos días– facilitaba la transición al estereotipo del actor convencional, guaperas e inofensivo. Las críticas tampoco es que hayan sido benévolas: la película en global ha recibido hostias muy severas –media de 36 sobre 100 en Metacritic, quizá por la estética decididamente camp y serie B de la realización–, y parece ser que Deen – “que habla tan deprisa que a veces no se entiende lo que dice”, como indicaba David Denby en su crítica para el New Yorker– no ha acabado de demostrar el ‘enorme talento’ (lo pillan, ¿no?) que le concedía una de las taglines promocionales de los primeros trailers.

"Tiene una virtud muy apreciada por los gourmets del género: la mirada, esa mirada siempre fija en los ojos de la mujer, una mirada atenta y nunca dominante"

Pero, más allá del aspecto pop que le ha concedido su breve penetración (lo pillan, ¿no?) en Hollywood, ¿por qué está considerado Deen uno de los grandes del porno contemporáneo al otro lado de la ciudad, en San Fernando? Porque más allá de la capacidad de mantener el rabo tieso como si fuera el palo del gallinero, algo más hay que tener. Lo primero es la aureola cool que siempre le ha rodeado. La imagen hace mucho, y Deen, sin trabajárselo en exceso, ha encontrado el modo de caer bien. Digamos que para el público masculino que observa porno no es una presencia ni invasiva ni coercitiva: mientras otros actores pueden provocar admiración pero no empatía –poca gente puede presumir, como Nacho Vidal, que su miembro no le quepa en un vaso de cubata–, con Deen es fácil cohabitar, no tiene gran cosa que, a primera vista, le diferencie de un hombre normal y corriente. Es cierto que luego se baja los pantalones y tiene un arsenal nada despreciable ahí escondido, pero sin revelar sus armas su presencia parece pacífica. A ojos del público femenino, que siempre está ojo avizor para juzgar las capacidades de los actores –el mito de que las mujeres no ven porno convencional y supuestamente machista es falso–, Deen es también una presencia amable: de entrada no parece el típico guarro humillando tipo Max Hardcore, sino lo opuesto. Ocurre, sin embargo, que cuando entra en faena el tipo se convierte en un cerdo que apresura los tiempos y que además –algo desagradable, según cómo se mire– gruñe todo el rato durante la faena, como si en vez de practicar sexo estuviera grabando sonidos de una matanza para un ingeniero acústico.

Pero cuando entra a saco, James Deen es un tipo eficaz. Comparado con otros dignos discípulos del dios Príapo, como por ejemplo Manuel Ferrara (el hombre del capuchón), nuestro joven judío simpático no tiene ese atletismo animal que le da fuerza para voltear y manejar a su compañera de baile sexual como si fuera una muñeca de látex, ni la capacidad de autocontrol casi tántrico de Erick Everhard, e incluso algunas gourmets de la cosa triple X le echan en cara su obsesión egoísta por el falo y la propia satisfacción en detrimento de su cierto desprecio por el placer de la hembra –o sea, que empuja mucho la cadera y come poco el potorro, dejando la operación siempre a medias–, algo que en el porno contemporáneo no deja de ser una falta de delicadeza. En cambio, tiene una virtud muy apreciada por los gourmets del género: la mirada, esa mirada siempre fija en los ojos de la mujer, una mirada atenta y nunca dominante; no llega a susurrar en el oído frases como "te voy a hacer un hijo" como hacía Nacho Vidal, que las encharcaba enteras, pero casi casi.

Aunque todo depende del momento y de la química, por supuesto: tras haber trabajado con todas las actrices que se van asentando por las productoras de moda, y cuyos nombres sería prolijo indicar –la última a fecha hoy, supuestamente, Anikka Albrite–, y muchas veces asumiendo roles de máxima responsabilidad –lo que para un actor porno, sobre todo, consisten en ‘ofrendar la primera vez por detrás’ a una actriz que, para elevar su caché, decide entrar en el sexo anal, como hizo con Lexi Belle hace algo menos de un año–, un actor porno también va dando forma a su repertorio y a sus mejores números. En el caso de James Deen, dicho por su propia boca, las mejores escenas han sido siempre con la pálida Stoya, esa belleza escultural como traída de las canteras de Carrara (aunque es medio serbia, no Rusia ni italiana), un entendimiento en la cama que, finalmente, les ha acabado llevando a compartir su vida: actualmente, y desde hace unas semanas, son pareja, según confesó ella al Hufftington Post no hace mucho.

Stoya y Deen son, por trazar un símil de largo alcance, los Beckham del porno en 2013: jóvenes, guapos, ricos, inteligentes –bueno, inteligente ella; él no deja de ser un salido con un CI superior a la media en su gremio, no hay más que leer su blog, con entradas muy valiosas como ‘hola, soy James Deen y os presento mi pene’– y vinculados a acciones interesantes más allá del porno. De Stoya siempre se ha realzado su perfil cultureta, sus incisivas entradas de bitácora en Vice, sus bonitas fotos en Instagram y su rica vida intelectual lejos de los platós de rodaje (presume de colección de libros, que es algo siempre a tener en cuenta). De James Deen, por el contrario, habría que destacar su olfato para saber trabajar a la vez dentro y fuera del porno: aunque a raíz de su fichaje por Easton Ellis y Schrader para “The Canyons” –que aquí podremos ver ‘próximamente’ en cine (o sea, no hay fecha confirmada aún)–, se especuló con su salida del porno, un rumor que creció cuando se le vinculó a otro proyecto de cine de serie B dirigida por Samuel Gonzalez Jr. basada ligeramente en “El Guardián Entre el Centeno” de Salinger. A modo de curiosidad, se podría apuntar que ha sido el primer actor en rodar, en un riguroso POV, con las gafas de realidad aumentada Google Glass, lo que no deja de ser la consecución, 20 años después, del sueño de filmar cibersexo en aquel fiasco cinematográfico titulado “El Cortador de Césped” (ahora con gruñidos porcinos).

La maniobra le está saliendo perfecta a James Deen: mientras sus incursiones puntuales en el mainstream le aportan prestigio y una aureola cool que ayuda a elevar el caché, sigue con su ritmo frenético de rodajes en el porno, amasando dinero a mansalva y preparando ya el terreno –tiene rodadas 11 películas como director– para lanzarse a la producción, tras los pasos de otros mitos masculinos como Jules Jordan y Toni Rivas, que no sólo ganan dinero metiendo la femoral y expandiendo el glande, que diría Millán Salcedo, sino también filmando, financiando y rentabilizando online sus escenas y las de otras estrellas jóvenes en su órbita. Un trincador ejemplar dentro y fuera del porno, delante y detrás de las pantallas. Y aunque otros actores tengan la llave inglesa más grande y más capacidad de descarga copiosa (‘como géiser de Islandia’, que decía Camilo José Cela en “La Insólita y Gloriosa Hazaña del Cipote de Archidona”), son estas maniobras por dentro y por fuera, como los laterales y los extremos en los equipos de Guardiola, los que le conceden el título de número 1 del porno actual. Tanto por semental contrastado como por su dimensión pop en auge.

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