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¿Internet libre? Meditación primera

Cristian Palazzi

¿Internet libre? Meditación primera Cristian PalazziSegún como se mire Internet no deja de ser un producto más del mercado capitalista. Un producto, la más potente de las herramientas elaborada hasta el momento, pero no más que eso, dinero. Absténganse los idealistas del siglo XXI de defender la utopía vistos los resultados anteriores. Dejemos que las cosas caigan por su propio peso que el tiempo es el mejor de los jueces. Pero no seamos dogmáticos ni caigamos en el relativismo cuando lo que está en juego es gran parte de la industria cultural.

Antes que nada un par de datos. Con un 23% menos de ventas respecto al año pasado las discográficas españolas empiezan a sentirse seriamente amenazadas. ¿Y los libros?, otro tanto. El ascenso imparable del eReader (cerca del millón de unidades vendidas) anuncia un verdadero vendaval para las editoriales tradicionales. Parece que muy pronto consumaremos la conjuración diabólica que viene gestándose desde hace un par de décadas en contra de los intermediarios tradicionales. Reos en la milla verde, que sólo pueden poner el grito en cielo ante una generación que no les tiene en cuenta.

Pero que nadie se equivoque. Lo que hemos hecho ha sido cambiar la tienda de discos, de libros o videojuegos, por foros p2p en los que cada uno vuelca lo que otros han de consumir. Así que ahora además de consumidores, todos somos agentes del mercado. Trabajamos para las operadoras de telefonía que ofrecen el acceso a la red difundiendo contenido cultural a lo largo y ancho del planeta. Prueba de ello es el tiempo que ha tardado Telefónica en empezar a capitalizar esta tendencia en forma de escenarios físicos que poco a poco van sustituyendo las tradicionales salas de conciertos. Ellas representan los nuevos señores de la guerra por el beneficio (económico) de la cultura y nosotros nos hemos convertido en sus soldados.

Ellas nos ofrecen el acceso y nosotros, alimentados por un bulo muy, pero que muy extendido: “lo que me descargo son datos para consumo personal y eso no es ilegal”, compartimos y descargamos ficheros culturales ilimitadamente pagando a nuevas empresas de almacenamiento como Rapidshare, Megaupload, Badongo, etc., cuya relación con los autores de los contenidos descargados es absolutamente inexistente. A su vez, este tipo de empresas ven engrosados sus bolsillos por ofrecer un servicio que, pese a no tener nada que ver con la cultura, me parece un invento excelente y necesario. Nadie cree en los retrocesos y nosotros no vamos a ser menos. Pero no se oye que este nuevo sistema de compartir de archivos libremente sea una evolución en el mercado de distribución de productos culturales en el que bandera en mano los nuevos piratas informáticos, esto es, la inmensa mayoría de internautas, se creen en un navegar libre de impuestos, y así es.

Debería preocuparnos la sensación de creer que uno se ha librado del mercado por haber conseguido, ingenua confianza, aquello que le interesa de forma rápida y eficaz. Esto a muchos nos proporciona cierta complacencia, cierto regusto a héroe que se enfrenta a la bestia. “Las tendencias están cambiando y ahora los artistas ganan dinero con los conciertos”. Eso es lo que nos decimos por la calle negando en un plis plas la reciprocidad liberadora del arte, el valor de éste. Pero ¿qué pasará cuando podamos ver un concierto en 3D en el salón de nuestra casa rodeados de nuestros colegas, tan cerca tan cerca de la experiencia que sea posible improvisarse un rasgueo de guitarra encima del último disco de Radiohead? Caer en la tentación de la comodidad nos hace idiotas, pero idiotas en el sentido clásico.

En la antigüedad un idiota era aquel que no era capaz de vivir como un ciudadano, un negado que no sabía atenerse a los preceptos que ordenan la vida en comunidad. No ver más allá de nosotros mismos y olvidar que hay detrás de lo que descargamos es de ser idiota. Nuestra reivindicación debería ser: ¡queremos pagar! Pero pagar a quien lo merezca. Porque pagar, señores, ya estamos pagando.

Que el soporte para almacenar y distribuir la cultura está cambiando definitivamente eso es evidente. Y que pronto habremos de lidiar seriamente con las nuevas oportunidades que nos ofrece la industria cultural virtual representa, paradójicamente, la urgencia más real a la que nos enfrentamos. Este nuevo paradigma posee al menos dos características: por un lado, democratiza la experiencia artística, si bien una imagen no sustituye la presencia de un cuadro, ni un video del you tube sustituye la experiencia de ir a un concierto, al menos nos permite acercarla a la inmensa mayoría de interesados. Esperemos un poco a ver como evoluciona el panorama tecnológico y pronto será difícil discernir entre una experiencia real y una virtual.

Y por otro lado, y esto nos sitúa ante un dilema que puede decidir el futuro de los creadores, estamos democratizando también la archivística de la cultura. Ya no es el productor, ni el editor los que con su validez entregan un libro o un disco al mercado discográfico o editorial, antes bien, gracias al acceso instantáneo que nos proporciona las operadoras al mundo virtual todos somos un poco bibliotecarios, un poco editores, y, si apuramos un poco más, hasta un poco artistas. Todos nos creemos con la capacidad para decidir que es “colgable” en nuestra página personal. Con ello lo que conseguimos es disolver las antiguas taxonomías que dividían la cultura en base a unos intereses a veces poco claros (ver artículo de Momus en Playground), pero ¿que perdemos?

Más allá de la infinidad de ventajas que ofrece este sistema, ¿cuales son los daños colaterales de la libre distribución de archivos culturales? Ante todo y por encima de todas las cosas, yo creo, la falta reconocimiento. A todos nos encanta navegar a destajo succionando de aquí y de allá el maná que cae de la madre web, pero ¿que hay detrás de esa líquida pantalla que todo lo ofrece de inmediato? Además, repito, de las operadoras, los artistas y su mundo. El mundo de los estudios, el de los productores, el de los promotores, el de las casas discográficas, obligadas a transformarse, pero no a desaparecer. En nombre de la libre descarga parece que nos hemos llevado por delante el derecho a la igualdad que se merece cualquier trabajador de la industria cultural.

Así solo queda preguntarse cómo podríamos congeniar esta libre descarga a la que no estamos dispuestos a renunciar con el reconocimiento que se merecen todos los agentes que participan de una producción cultural. Si la respuesta es “yo que sé” o “pues que se jodan”, no hace falta que termines de leer esta columna. Si por el contrario estamos de acuerdo en que después de la revolución ha llegado el momento de sentarnos todos juntos y fumarnos una buena pipa de la paz para ver si visualizamos alguna solución mágica que tenga en cuenta no sólo la libertad del usuario y de las empresas sino también la dignidad de los propios creadores y artistas, entonces, cojamos sitio y relajémonos. Que no es propio de algo inacabado ofrecernos la última palabra.

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