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Infieles: un desenfadado estudio de campo sobre el adulterio y las relaciones extramatrimoniales

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Entrega #1

Kiko Amat

03 Febrero 2015 06:00

1. Chino-chano. Estoy llevando a mis hijos al colegio de buena mañana cuando doy de bruces con aquello. “Amantes: salvando matrimonios desde siempre”. La leche. Ahí está el cartel, exhibiéndose impúdico en mitad de la calle con la naturalidad picha-al-aire de un indio Yanomami. Es un anuncio de metro y medio que envuelve como un delantal a un cilindro de publicidad, y muestra un zapato de tacón alto que recuerda al póster sadomaso aquel de Velvet Underground. El texto lo verbaliza así, tal y como suena, sin cortarse un ápice: “salvando matrimonios desde siempre”, como si se tratara de una venerable compañía vinícola familiar, o una respetable empresa de recia marroquinería balear. “Recasens e Hijos: pantuflas de calidad desde 1934”. Es la cara respetable de los cuernos, la cara... qué narices: incluso recomendable de los cuernos, por lo que sugiere el plafón.

—¿Qué quiere decir eso, papá? —me pregunta mi hijo menor, que es un cotilla irredento, al ver que estoy inmortalizando el histórico cartel con mi porquería de móvil.

—Es... es... —me debato por un instante entre un colorido arco iris de jocosas excusas, y de repente caigo en que no se me ocurre nada, y que por añadidura no sé yo si este asunto es cosa de chanza paternofilial.— Nada, Lucius. No es nada. Tira p’al cole, anda, guapo. 

Cuando llego a casa, aún perplejo por mi anterior lapsus de incertidumbre moral, lo primero que hago es fisgar en la web de Amantes.com. Su logo corporativo está plasmado en fuente Art Deco, insinuando que acceder a su mundo es como ser invitado a uno de los exclusivos saraos que Cole Porter daba en el Palazzo Rezzonico hacia 1926. Los modelos que se besuquean y se despelotan mutuamente en las imágenes soft porn de la web están cortados por el patrón Justin Timberlake y J-Lo, o lelo futbolista lucrado y semi-furcia semi-respetable. Hablemos de economía, mejor: viendo el nivelón de la página, y pensando en el capital de las empresas que pueden permitirse el alto coste de una campaña de cartelería interurbana, es inevitable suponer que las cosas marchan viento en popa en Amantes.com. Que no escasea el capital ni la materia prima, precisamente.

Lo que quiero decir con esto es: la proliferación y éxito de negocios como Amantes.com apunta a que TODO EL MUNDO LO ESTÁ HACIENDO. Sí, amigos: everybody is doing it now, como cantaba aquel irritante clásico de Irving Berlin. Entérate: tu padre lo hace. La vecina gangosa y enana de arriba lo hace. El nerd sudoríparo de la esquina lo hace. Los Guardianes de la Galaxia lo hacen, y Thanos quizás también (o debería; su violácea cara de higo pisoteado delata una patente carencia de solaz penil). El país entero ha sucumbido a la fiebre de la infidelidad conyugal, como si fuese el último grito, el flamante danze craze de hoy, una arrasadora tendencia en chirucas deportivas o la novísima serie de HBO. Un buen amigo me chivó no hace mucho que, en el entorno de la fábrica donde trabaja, más de la mitad de operarios —hombres y mujeres casados— estaban sacudiendo extramatrimonialmente la pelvis por esos mundos de Dios. ¡Más de la mitad! Eso son más cuernos que un cementerio de antílopes.

No me entiendan mal: mis signos de admiración no delataban fruncimiento de ceño ni tut-tut fiscalizador; tan solo expresaba una justificable curiosidad ante la cristalina candidez (o brutal honestidad) del mensaje aquel, y del sindiós imperante en la mencionada Fábrica del Desmadre. Porque nunca he tenido una visión moral del adulterio, vaya eso por delante. Aunque esto es algo que mejor no discutir ante la mujer de uno (como dicen en La tentación vive arriba), soy consciente de que la arriesgada afirmación de Amantes.com tiene una base certificable. Estoy convencido de que el adulterio puede salvar un matrimonio, del mismo modo que también puede torpedearlo sin misericordia y hundirlo en lo más profundo de una fosa abisal. Con el adulterio sucede como con el hip-hop: hay demasiados subgrupos, estilos y contextos (y ocasional marginalidad criminal) para poder reducirlo a una sola definición.

Esto no es algo nuevo; siempre ha sido así, desde que el primer varón veterotestamentario tomó a la mujer de otro. Serle infiel a la esposa/marido es algo históricamente complejo, y depende de un trillón de factores afectivos, psicológicos y circunstanciales. Un adulterio puede ser sórdido, falaz, romántico, dañino, suicida, insensato, recomendable, salutífero, torturado, cínico, pragmático, patético, práctico o punitivo. O una pura chiquillada de ESO (aunque uno tenga ya salomónica edad). O una bendita tabla de salvación en mitad del cataclismo nupcial.

La infidelidad es, en efecto, un anuncio Benetton de ejemplos, una loca cornucopia de causas y consecuencias. El adulterio no tiene ideología. Puede ser comunista como la URSS (una óptima idea llevada a cabo con el culo, y que termina alienando a todos sus acólitos), puede ser nazi como el Tercer Reich (una idea pestilente y perversa y totalitaria que no cesa de empeorar y lo destruye todo a su paso), puede ser el New Deal de Franklin D. Roosevelt (un paquete de medidas que lucen insuficientes pero luego parece que chutan, y el país entero queda asaz satisfecho), puede ser la intervención norteamericana en Vietnam (un mal plan que luego resulta infinitamente peor de lo que habías imaginado, y todo se te pone en contra, y pierdes de forma ominosa) o puede ser un falansterio de Fourier (una majarada irrealizable que queda muy mona sobre el papel, sí, pero mejor no poner en práctica jamás). Un adulterio es algo tan complejo que me ha permitido llevar esta ristra de cinco metáforas a las puertas de la más convulsa enajenación. Un adulterio puede ser más feo que Mickey Rourke espachurrando la cara contra un escaparate, o más hermoso que un pasma enjaulado. Puede salir pésimo, como ya cantó Rafaela Carrá en su hit inmortal, y que solo resulte en dolor, qué dolor; o puede salir a pedir de boca, y que todo el mundo sea feliz y los pajaritos canten y las nubes se levanten. Quién coño soy yo para decir nada.


El adulterio puede salvar un matrimonio, del mismo modo que también puede torpedearlo sin misericordia y hundirlo en lo más profundo de una fosa abisal



2. Exacto: quién coño. Para empezar, les diré lo que no soy: el más experto de los adúlteros. Mis puntuales incursiones en el campo de la extramatrimonialidad se zanjaron siempre con oprobio, auto-flagelación y ridículo público. Más que amor era frenesí, pero del tipo hebefrénico: un cuadro de arrebato y guilladura más parecido a la esquizofrenia que a la pasión. La emoción fundamental que me despertaba el acto (si no recuerdo mal, y por desgracia yo nunca recuerdo mal) solía mezclar asco, miedo, confusión y euforia. Una sensación particular que terminé bautizando como Asmicoria (ejemplo de uso en conversación: “No, María de las Mercedes, no puedo acompañarte a la pensión a que te cambies de ropa, que me entra la asmicoria”). Si tengo que serles sincero, me temo yo que aquella asmicoria mía era fruto de la culpa salesiana que llevo inyectada en el tuétano de los huesos desde mi más verduzca infancia, pero también de la ineludible sensación de estarte sumergiendo en un cliché espantoso, visto mil veces en filmes, canciones y en la reprobable conducta de algunos congéneres. Y no solo era un cliché, sino que se trataba de un lugar común que brotaba —como les insinuaba hace nada— de un tipo muy particular de alucinación pasajera. Y aún peor: era el tipo de chifladura que uno practica siendo más o menos consciente de sus actos. Por supuesto, ese es el peor tipo de perturbación. Uno se sentía como los usuarios del Ginger Jake, aquel famoso licor ilegal de los años de la prohibición americana que te dejaba insensibles y colgantes los dedos de los pies (en serio) y acababa causando ceguera y parálisis, incluso la muerte, y que pese a ello la gente continuaba bebiendo. Por puro furor esofaguil, obsesión y elemental burricie.

La semilla del diablo, Roman Polanski


Ese es el motivo principal por el cual me fascina el adulterio: todo apunta a que, en un elevado número de casos, se trata de una suspensión temporal del juicio y la sensatez. Si investigáramos el hipotálamo de algunos adúlteros, me temo yo que hallaríamos el mismo tipo de cuadro neuronal que el de los participantes en una turba linchatoria. Ceguera moral transitoria, ansia desenfrenada, obnubilación fugitiva de la capacidad de discernimiento, instintos bélico-depredadores. Provectos y venerables párrocos que de repente se encaprichan de una flapper y cuelgan los hábitos tras una vida dedicada al abnegado servicio clerical; ese tipo de alienación fugaz. Por otro lado, existen muchos otros casos en que la infidelidad parece una destilación potable del sentido común y la lógica. El camino a seguir, o cuanto menos un ensayo al camino a seguir para aquellos que están esposados (en ambos sentidos de la palabra) a la persona incorrecta. “¡Encadenado como una bestia en una jaula!”, que decían en El jovencito Frankenstein.

Merece la pena hablar de eso. Y asimismo, acá llega el primer obstáculo: ¿Con quién hablas de este asunto? Cachis en la mar, uno de los pilares del adulterio es precisamente el secreto. La aventura. El no se lo digas a nadie (que tu colega luego se pasa por la ingle, de acuerdo, y acaba enterándose de ello toda la planta de Embalaje y Paquetería). Así, un día de diciembre del 2014 empiezo a preguntarme quién accedería a conversar conmigo sobre tan espinoso tema. Déjenme que clarifique algo desde el principio: ninguno de mis amigachos. Ni uno solo. Nadie en mi círculo externo de amistades está tan chiflado como para airear en público sus tropiezos adúlteros, especialmente si algunos de ellos continúan vigentes o los delitos no han prescrito. Es en ese momento, al recibir las primeras negativas airadas de mis conocidos —todos arrojándose del barco de mis peticiones como despreciables ratas noruegas— cuando se me ocurre un plan. Sí, un plan; no pongan esa cara. De vez en cuando se me ocurre alguno.


Un adulterio puede ser sórdido, falaz, romántico, dañino, suicida, insensato, recomendable, salutífero, torturado, cínico, pragmático, patético, práctico o punitivo.



 

3. Pero antes de entrar en materia, algunas consideraciones prácticas y teóricas sobre el adulterio. No quisiera que por mi tono en los párrafos anteriores llegaran a la conclusión de que anhelo frivolizar el asunto. Aunque un sector fundamental de los fans activos del concubinato lo practique por razones indiscutiblemente frívolas (especialmente los hombres: mojar el churro, pegarse una gran ducha de ego, puro ausentismo marital, inmadurez flagrante, demencia sifilítica...), otras se sostienen en motivos filosóficos y existenciales y sentimentales de mayor —mucho mayor— calado.

El adulterio viene —como anuncia su frugal página de Wikipedia— “(del latín adulterium), y se refiere a la unión sexual de dos personas cuando uno o ambos están casados con otra persona”. Lo de “adulterium” parece latín de pitorreo (podría ser el nombre de un lupanar en Golfus de Roma), pero es fidedigno: significa contaminar, adulterar, mezclar de forma ilícita una sustancia con otra. Y de ahí al significado que nos concierne: adulterio como lo conocemos hoy, o sea: yacer con un fulano/fulana con quien no te unen los ritos matrimoniales (¡aún vigentes!) que contrajiste con otro/otra incauto/incauta, el mismo/misma que hoy sostiene un par de espléndidas astas por tu culpa (esto ya no es del diccionario, sino de mi propia cosecha, sépanlo).

La descripción del tema suena peyorativa, pero en realidad el juicio está en los ojos del lector. Sí, en los suyos, incauto lector de Playground. Voy a proceder a sacarme grácilmente una teoría de la pernera. Alehop: la opinión que cada uno tenga del adulterio estará marcada por lo que el sociólogo Pierre Bourdieu definió como la mezcla de Habitus + Campo. Habitus es la posición social innata (la experiencia, el bagaje, la clase social que heredamos) y Campo es el conjunto de cosas que aprendemos al crecer, la imaginería cultural que adaptamos sobre la marcha, las redes sociales mediante las cuales accedemos a nuestras metas. Fuera del nido. Allá en el gran mundo.

Me explico, pues les veo rastrillarse el cráneo con perplejo rictus de orangután: no contemplará del mismo modo la infidelidad conyugal alguien que sufrió (a muy tierna edad) la separación de sus padres tras años de discusiones familiares a ensordecedor volumen y a puerta cerrada, que alguien que descubra —a toro pasado—un feliz chanchullo paterno o materno al estilo Qué pasó entre tu padre y mi madre (en inglés simplemente Avanti!) de Billy Wilder. Y hablando sobre filmes de Billy Wilder, mira tú por dónde sirven de espléndido ejemplo para lo que estamos comentando: el adulterio no es el mismo en El apartamento (mendaz, cobarde, sórdido y dañino, donde el indeseable Mr. Sheldrake usa y abusa —y luego descarta como un clínex pringoso— a la encantadora y benigna Fran Kubelik) que el despelote pensionista de Avanti! (el gozoso encuentro italiano anual de dos vejetes que se la pegaban a sus respectivos cónyuges, y que hallaron en el adulterio el afecto del que carecían sus matrimonios). Ya lo ven: dos experiencias distintas. Dos crímenes tan distintos que incluso podrían tener distinto nombre. Y existen muchos más. Oh, mierda: ahora lo veo. ¿Cómo voy a resumir todo este paripé de cosas y casos y ejemplos en un artículo?


Entre los adúlteros, la culpa brilla cegadoramente por su ausencia.



4. Hay cuatro formas de hacerlo. La primera es cortarme las venas (dudo que Antonio, mi editor, me exija un texto de 4000 caracteres si estoy criando malvas tras haberme desangrado en mi bañera; ¡chúpate esa, Antonio! ¿Quién gana ahora, eh?).

La segunda es intentar convencer al planeta Tierra entero para que dejen a la voz de YA lo del concubinato. Si desaparecen absolutamente todos los enredos, se esfuma el motivo inicial para escribir sobre esto. ¡Me libré! ¡Aleluya! Vuelvan todos a sus casas; aquí no hay nada que ver.

La tercera es matar a todos los que me desobedezcan. Kill the entire world!, y santas pascuas.

Como algo me dice que nada de esto va a ser posible, mi cerebro en perpetuo estado de suspensión (como a los PCs, tienes que aporrearle duro cuando está desprevenido para que decida activarse y pergeñar algo antes de la fecha de entrega final) da luz verde al cuarto plan. Lo llamé “plan”, pero no quisiera generar demasiadas expectativas. No soy un sociólogo de la escuela de Birmingham, y hasta hace poco creía que Hegel era un tipo de panecillo judío. Solo soy un humilde escritor de cercanías con el embarazoso sentido del humor de un payaso borracho (recién divorciado) en plena fiesta infantil, así que recurriré a algo que nunca me ha fallado: hablar con gente en bares, y tratar muy fuertemente de comprender lo que me dicen.

Conchabado con mi editor —ustedes ya conocen esta parte, supongo— publicamos una convocatoria para invitar a todos los adúlteros que desearan desembuchar y contarnos su vivencia en primera persona. Contrariamente a lo esperado, bastantes lectores escribieron, y solo un 95% de ellos eran trolls empijamados que me mandaban hatemail repleto de faltas de ortografía. Es broma: no recibo hatemail desde hace lustros. Los caguetas de Twitter son demasiado espantadizos y blandengues incluso para matonear el gmail de otro. Cua-cua-cua. Lo que sí recibí, no obstante, fue un capazo de correos de hombres y mujeres (pero sobretodo mujeres) presentándose voluntarios (pero sobretodo voluntarias) para contarme sus experiencias en el amancebamiento y la relación extramatrimonial. De golpe caí en que la cosa iba en serio, que no iba a poder tratar todo esto con mi habitual ligereza criptoresacosa (plantarme ante la pantalla con un bidón de café y rezar para que surja algo legible), y que iba a tener que realizar trabajo de campo.

Lo primero que hice, cuando ya me puse a ello, fue seleccionar a los voluntarios geográficamente. Eran unos 40 mails o así, en conjunto, pero lamentándolo mucho opté por no incluir en el estudio a los que vivían fuera de Barcelona, por una simple razón: mis entrevistas se realizarían cara a cara. Quería conocer a mis víctimas —¡voluntarios!, quise decir voluntarios— y mirarles a los ojos, como un hipnotizador enloquecido, cuando me contasen sus cuitas y esperanzas y agravios. Cuando me contasen su vida.

La insoportable levedad del ser, Philip Kaufman


Como bien sabía Studs Terkel, otro de mis numerosos héroes, hay algo inmenso y emocionante en esto de dejar a la gente hablar. Y créanme: si algo demostró este estudio es que la gente SE MUERE por hablar. Por dar a conocer su caso, por sacárselo de encima, por compartirlo con otro (con quien sea; en este caso yo, si no se presentaba nadie con estudios superiores). Otra cosa que evidenció la encuesta es que nadie se parece a la foto de su perfil de Gmail o Facebook (pero dejemos esto para otra ocasión).

Cada mañana durante dos o tres semanas abandoné mi casa y me planté en el bar Oller a conversar con adúlteros. Eso es exactamente lo que le decía a mi mujer cada mañana, en el simposio diario que ella celebra (asistencia obligatoria) para planificar mis deberes y recados conyugales de la jornada: “hoy tengo cita con una adúltera, mi Sujeto #9, así que no voy a poder ir a comprar el agua de litines que me pediste, ni tampoco adquirir los nuevos bigudíes que tanto anhelabas”. Han leído bien: les puse a cada uno de ellos (ellas) nombres de estudio serio (Sujeto #1, Sujeto #2...) para creerme durante unos alucinatorios minutos que yo era R.D. Laing, o el Philip Zimbardo del Stanford Prison Experiment. Patético, tienen toda la razón, pero ¿y el gusto que me daba?

Y entonces: sorpresa. Lo que sucedía en aquel bar cada mañana me llenaba de humildad, amor y simpatía (que no compasión), y no digo esto en mi familiar tono de humorismo semi-faltón, pedorro y alelado. Realmente me invadía la empatía y el cariño interhumano -un sentimiento que tampoco se me presenta cada nuevo amanecer, créanme-, y la inseparable conciencia de que –como decía el viejo jazzman Mose Allison- todos somos lo mismo. Nuestro padecer y nuestro regocijo son los mismitos, de veras. De repente, yo era cada una de esas mujeres. I’m every wo-o-o-oman, me entraban ganas de cantarles, aullando como Chaka Khan. La ineludible sensación de comprender TODO lo que me decían se parecía mucho a aquella vez de tripi en 1992 en que interioricé la vida íntima de los tréboles (luego lo olvidé, como suele pasar, y en su lugar solo quedó la más atroz cefalea), pero en serio. Todos los testimonios me impresionaron: por su orgullo, por su presencia, por su valor, por cómo verbalizaban su circunstancia.

Otra sorpresa: la culpa (como verán en la siguiente entrega) brilló cegadoramente por su ausencia. Nadie, ni uno solo de los entrevistados, manifestó el menor remordimiento por lo que les había acontecido (o estaba aconteciendo) en cama y entrepierna ajena. En un par o tres de casos muy particulares lo que me confiesan aquellas mujeres era tan bello y emocionante que me entraban ganas de jalearlas a gritos en mitad del bar; celebrar su ímpetu, su fuerza, su resolución. Lo que las llevó a hacer lo que hicieron, por un lado, y lo que las llevó a contármelo allá. Sentí gratitud y deferencia porque decidiesen contarme sus vidas a mí, de entre todos los piltrafas y patanes y bergantes que pueblan este buen mundo.

Fueron 10, mis adúlteros. 9 mujeres y un hombre, con edades comprendidas entre los 20 y los 41 años. Con ellos viví durante un par de semanas historias de venganza, de inevitabilidad y de abatimiento, de logística laberíntica e increíble ingenio infiel. También de plenitud y maravilla, no crean. Y ante todo “me asombraron constantemente los extraordinarios sueños de la gente común”, como decía el sabio Terkel en Working. “Yo tengo un novio y un marido”, me confesó, sonriendo, mi locuaz Sujeto #10. “Es estupendo. Es el mejor de los mundos. Lo pasas mal a ratos, pero la cuenta final es positiva. Sale a cuenta. Si un día me arrepiento o me pillan, entonces me vuelves a entrevistar (risas)”.

Esto es un estudio verídico, realizado con gente real.

Adelante.


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