Columnas

In memoriam: James Gandolfini, una muerte en la familia

Un homenaje enternecido al actor que nos hizo creer que Tony Soprano era tan real como para caernos bien, en el triste día de su súbito fallecimiento

La noticia más chunga del día, quizá del mes (o del año) es el fulminante fallecimiento esta madrugada de James Gandolfini. Con él se ha ido un actor de tomo y lomo, y también la figura –tan real y tan familiar– de Tony Soprano. Algo se muere en el alma cuando un amigo se va: James/Tony, aquí va un sentido tributo.

Respiración entrecortada de bulldog francés. Camisa vintage de los 50. Pantalones de pinza. Mocasines caros. Cadena de oro sobre pechera peluda que parece esculpida con manteca. Hombros contraídos sobre la barra. La línea de la mirada perruna viene desde abajo, en ligera inclinación. Directa a tus ojos. Los codos se levantan en triángulo sobre la cerámica, las manos rechonchas se unen a la sombra de una papada señorial. En la muñeca izquierda palpita un reloj de oro casi pornógrafico. Anillos de varios quilates se ven en la trabajosa misión de contener la grasa de unos dedos que parecen Marshmallows. El habano del suelo todavía humea y perfuma la sala. Tony Soprano te escruta; te analiza. Sólo oyes su trabajosa respiración, la exhalación arrastrada de un tipo que come, bebe y vive demasiado. Coge el chupito de Bourbon sin mirarlo. Sus ojos, en caída libre, se convierten en una línea negra; los mofletes estallan y suelta esa carcajada que tantas y tantas veces has oído desde el sofá. “Eeeeeh”, te dice desde lejos con la mano. No hace falta abrir la boca: antes de llegar ya tienes un chupito sobre la barra y una bailarina se está arrodillando a tu lado con la mirada puesta en tu bragueta.

Es mi último adiós: la imagen icónica de Tony Soprano en la barra del Bada Bing, recibiendo la visita de algún amigo, regalándole esa hospitalidad tan de Nueva Jersey. Ahí está, sonriendo con cara de italo cabrón, gritando desde la otra punta del local. Por fin puedo dejarle ir. Ahora sí. Los años que han transcurrido desde el final de la serie hasta la madrugada de ayer han sido años de herida abierta: los rasguños del The End más comentado de la historia de la televisión moderna, con permiso quizás del último capítulo de “Lost”, seguían supurando. Como si la existencia de James Gandolfini al otro lado del espejo significara que el capo televisivo seguía vivo, recogiendo cada día el periódico en batín, camiseta de tirantes y boxers. Pero la muerte del actor, por muy duro que haya sido el mazazo para los que le idolatramos hasta el punto de reconocerle como una parte de nuestra vida, nos aporta la calma del cierre, el golpe de llave definitivo de un finale que ideó David Chase para que elucubrásemos sobre el destino de Tony hasta devorarnos los dedos. Ya no hay vuelta de hoja en este relato. James se ha ido, Tony también. Podría deciros que la muerte del actor es la que me duele, podría lanzar salvas en honor a su carrera fuera del tablero de juego de la HBO –cadena que, por cierto, le debe muchísimo a su trabajo–, pero la realidad es otra: el luto es por Tony Soprano, y creo que no existe mayor loa en la elegía a un actor fallecido que esta. Se dice que se tomaba los papeles muy en serio, de forma casi obsesiva. Patricia Arquette ha declarado que Gandolfini dormía con el traje puesto del matón de “Amor A Quemarropa” para no sacudirse al personaje ni en sueños. Y seguro que todas sus interpretaciones están plagadas de esta suerte de anécdotas de actor estajanovista. Tony estaba escrito para él.

"Tony ha perseguido a James hasta el día de su muerte, aunque al hombre seguramente le repatee incluso en el Más Allá el entrelazamiento cuántico que le une –y le unirá para siempre– al capo seboso"

Aunque su trayectoria cinematográfica esconde gemas de valor incalculable como el matón psicópata de “Amor A Quemarropa”, el militar baboso de “Marea Roja”, ese Mickey memorable de “Mátalos Suavemente”, el arrogante general de “In The Loop” e incluso su última aparición en “La Noche Más Oscura”, Gandolfini consiguió ganarse la adoración de la mayoría con la épica interpretación de Tony Soprano. Las costuras de esa serie estaban perfectamente remendadas tanto en el apartado de guión, como en el interpretativo, parcela en la que el actor se dejó literalmente la salud para hacer creíble al gangster más sui generis de la televisión. Mientras otros actores de género se limitaban a dibujar bosquejos graníticos del clásico matón con acento italiano y excedentes de brillantina, Gandolfini aportó una profundidad abisal al arquetipo, le dio una nueva dimensión al perfil más tradicional de capo mafioso. Detrás de la mirada triste, mortecina y muchas veces inquietante del cabronzao se esconde un tipo con remordimientos, atormentado hasta límites que incluso él desconoce, una bestia con vida interior en conflicto constante y ebullición permanente. El hampón de Gandolfini era una máquina de una complejidad psicológica fascinante; tal era su vulnerabilidad, que se introdujo en mi organismo como un chip perruno y, creedme, no me abandonará a menos que lo extirpe con cirugía emocional invasiva.

Tony por fin ha muerto y el sabor es el mismo que produce la muerte de un ser querido. Ese gordo sin entrañas formó parte de mi vida, me acompañó durante años, me obligó a examinar una y otra vez mi conciencia. ¿Por qué me cae bien un hijo de puta capaz de asifixiar a su propio sobrino después de un accidente de coche? ¿Por qué siento ternura por un monstruo? James Gandolfini ha muerto, además, días después de que el sindicato de Guionistas de América –casi nada– haya proclamado “Los Soprano” como la serie mejor escrita de la historia de la televisión. En todo lo alto. Y con el estigma sopranesco todavía bien visible en el sudario.

En muchas ocasiones, el actor –también de Nueva Jersey, para más inri– había dicho que se quería librar de Tony Soprano, pero a los fans nos daba igual. Sabíamos lo que había, que Tony era más grande que él, más grande que Jesús, que la vida. Y es que encima, Gandolfini se lo ha puesto más difícil que nunca a sí mismo, pues ha fallecido como desearía Tony Soprano. De vacaciones en Roma, rodeado de bellas mujeres de pelo negro y ardor insaciable, cenando en los mejores restaurantes de pasta del mundo, bebiendo el vino italiano más refinado. Tony ha perseguido a James hasta el día de su muerte, aunque al hombre seguramente le repatee incluso en el Más Allá el entrelazamiento cuántico que le une –y le unirá para siempre– al capo seboso. El actor ya es mito. El personaje, leyenda. Una interpretación magistral que le ha canibalizado con una voracidad asombrosa. Tanto es así que que a mí Tony Soprano siempre me ha parecido más real que James Gandolfini. Como si el personaje interpretara al actor. Esperemos que en el cielo haya clubes de strip-tease con bailarinas cachondas y tetudas, restaurantes italianos caros, alcohol en grandes cantidades, latas de Coca-cola, psicoanalistas con buenas piernas y bandadas de patos, de lo contrario ese pringado llamado Dios tiene un puto problema.

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