Columnas

Implantes de silicona

Por Javier Blánquez

Implantes de silicona Javier Blánquez, Música electrónica en vena mes a mes.

Hubo una época en la que hacer dinero a espuertas con la música de baile estaba, como diría Guardiola en el ya famoso anuncio del Banc de Sabadell, “chupao”. Ocurre que en toda área de actividad ligada a la económica de mercado (la música, aunque algunos idealistas se quieran resistir a ello, no está exenta de esa conexión), la ley de la oferta y la demanda juega un papel crucial, y en los días antiguos, cuando los DJs eran ingenuos y la música más noble, ya había un público en auge que demandaba sensaciones fuertes aunque los creadores capacitados para satisfacer esa necesidad fueran pocos. Es por esto por lo que se fueron ideando diferentes formas de explotar el negocio a medida que la música evolucionaba como arte, y a la vez que nacían corrientes –el intelligent techno, el drum’n’bass o el speed garage, por decir algo–, ahí estaban los tiburones del business dispuestos a convertir esta ola de genio en una fuerte suma de dinero con ideas como el festival, el mix-CD o el patrocinio. Para nadie es un secreto que la cara oculta del arte –que tiene una, como la Luna– es su mercantilización, y ni siquiera la agreste –por no decir montaraz– música electrónica, la que parecía que iba a derribar el statu quo del circo del rock, se pudo resistir a esos encantos de sirena en forma de símbolo de dólar. A todo quisque le gusta llevárselo crudo, claro que sí: DJs vestidos por marcas, firmas de tabaco poniendo la crema en eventos, anuncios en TV. En esta columna hablamos de música, de géneros en boga, de novedades, pero esta vez empezaremos y acabaremos hablando de dinero porque el vil parné está en el centro de algunos movimientos actuales que nos ayudarán a reflexionar sobre dónde estamos y hacia dónde va el clubbing que hemos conocido.

Renacimiento y muerte

Todo esto empieza así porque, a mediados de septiembre, se anunció que el sello inglés Renaissance se había declarado en suspensión de pagos (si entran en la web, verán que está parada). Renaissance es, por así decirlo, como la Nike del house (progresivo, deep o trancero, según el año): una marca de alta gama dirigida a un público generalista que cree en el magnetismo carismático de la star a la que va asociada su nombre. Renaissance tenía tres divisiones importantes –álbumes, maxis y mix-CDs–, pero eran sobre todo los discos de sesión bien editados los que le reportaban más ingresos al sello. Como podrán imaginarse, a uno esta mercancía de Renaissance ni le va ni le viene: tengo guardado en casa como un tesoro el aplastante triple CD “The Renaissance Collection” (1994) mezclado por Sasha & John Digweed –que hay quien defiende como el mejor mix-CD de todos los tiempos; personalmente, me tira más otro pack de los dos mismos protagonistas, “Northern Exposure” (1996)–, pero en general, y salvando excepciones, el progressive de garrafa a la manera inglesa no nos debería quitar el sueño. Hay que admitir, por qué no, que esos diseños de portada quattrocento a tope, a base de botticellis y caravaggios, tenían su algo kitsch. Pero como por lo normal no compramos los discos porque salga una efigie de Zeus, el 95% de Renaissances se quedaban en la tienda. Sin embargo, mucho público compraba producto –parafraseando a Mejide– Renaissance con gusto y placer, por formar parte de una marca consolidada –es decir, la división discográfica del célebre superclub de Nottingham–, del mismo modo en que se compra material, ahora iremos a ello, con el membrete de Fabric o Ministry Of Sound.En definitiva, parecía como si Renaissance fuera a existir siempre. Pero, por sorpresa, la discográfica ha anunciado sus pérdidas y su delicada situación económica. Parece estar al borde de la desaparición –para alegría de aquellos artistas con contrato en vigor que no sabían cómo desligarse de ellos, y para desgracia de su banco–. La moraleja es, en principio, inquietante: de la crisis ya no se salvan ni las compañías más fuertes, ni siquiera las más comerciales; da igual que vendas a porrillo en Beatport, tengas puntos de escucha en las tiendas de los aeropuertos y tus potenciales compradores se cuenten por millones: las descargas ilegales han modificado el territorio para siempre y el futuro de la existencia para muchas discográficas es parecido al de la vida animal cuando dos meteoritos impactaron contra la Tierra hace 65 millones de años: los dinosaurios se extinguirán y sólo sobrevivirán los mamíferos y los roedores. El público quiere algo nuevo –el que aún se deja el dinero, se entiende– y lo viejo se fosilizará. Aunque seas comercial, hay fórmulas con las que ya no se traga: incluso para ser mainstream hay que ser imaginativo. La música electrónica de baile no puede enquistarse en fórmulas que ya no llevan a ningún lado porque entonces te conviertes en Renaissance: un cadáver.

El “mixterio” del mix-CD

Otra conclusión inquietante es que el formato del mix-CD va camino de la desaparición, también. Los de Renaissance no eran brillantes –los mejores, los firmados por Cattáneo; los de Zabiela y Seaman, más de lo mismo–, pero se vendían más que otros. Hace unos años ya se debatía en foros y demás ágoras del ciberespacio qué sentido tenía seguir editando mix-CDs cuando la red estaba anegada de podcasts, grabaciones de sesiones en club y demás artilugios promocionales en mp3 por los que no había que soltar ni un euro y, generalmente, incluían mejor tracklist que los discos de pago por la sencilla razón de que no había que pagar licencias. En aquel momento –hablamos de no más atrás de cinco años–, parecía lógico pasarse al download y olvidarse del CD, por mucho artwork bonito que trajera. Aunque se consumen podcasts a granel –la proliferación en internet quizá llegue pronto a un punto de saturación y reacción a la contra; al loro–, se siguen editando muchísimos mix-CDs. Las novedades de las últimas semanas –es decir, remontándonos hasta finales de agosto– son abundantes y algunas hasta costosas. ¿Cuánto cuesta licenciar 30 temas para el “Fabric 53” de Surgeon? Habría que auditar las cuentas del club londinense –que a punto ha estado de cerrar, por lo que se dice– para saberlo, pero no habrá salido precisamente barato y Surgeon, aunque sea uno de los mejores DJs techno de todos los tiempos, no es precisamente un superventas. La sesión que ofrece, eso sí, roza la ejemplaridad: un continuado juego del ratón y el gato entre el techno seco y anónimo y el dubstep de tonos metalizados, encontrando los puntos de unión entre ambos estilos sin que se mezclen nunca del todo los dos códigos en la misma pieza. Surgeon acude a productores como Ancient Methods, Greena, Ital Tek, Robert Hood, Instra:mental o Scuba para dar su interpretación del presente: sin mestizaje no hay avances, aunque sean mezclas tan poco forzadas como la de Orphx con Gatekeeper.¿Hacia dónde va el mix-CD? Es de imaginar que seguirán existiendo mientras haya una marca fuerte detrás que los justifique. Los antiguos proyectos modestos de hace unos años –el DJ con una idea original que reunía el dinero para plancharse un showcase de su estilo– ya no son viables, e internet consigue que el podcast circule más rápido. Se publica un mix-CD si un club con clientela fiel decide iniciar una serie, pero visto el contenido de las últimas entregas de Fabric ( “Fabriclive 53”, por Drop The Lime: acid house, toda clase de manipulaciones bass en el límite del dolor, post-garage; o “Fabric 54”, house para el público pop con el sello de Damian Lazarus), Bugged Out! ( “Suck My Deck Mixed By Friendly Fires”: electro, techno retro, space disco, dub, deep house) o Watergate ( “Watergate 07”, por Lee Jones: un montón de nuevo deep house a la nueva manera alemana y post-minimal), parece claro que, si la marca fuera más débil, pocos CDs enlatados pasarían el corte de la exigencia mínima del público dispuesto a gastarse el sueldo. Hay que dar algo más, y eso sólo lo dan los DJs que arriesgan. El problema es que, con la que está cayendo y lo duro que está mantenerse en el circuito, pocos DJs arriesgan.

Aquí hablamos de techno Luego está el tema de las recopilaciones. Siguen ahí, resisten con entereza numantina. Son otra de las formas a las que se agarra la industria para mantener un cierto nivel de ingresos, de fidelidad de un público al que se le acosa con tanta oferta que hoy parece estar más perdido que nunca en este bosque de información. Lo bueno que tienen las recopilaciones en relación con los mix-CDs es que no abundan tanto como descarga promocional por los sitios, pero les ocurre como a estos artefactos: cuanto más poderosa es la marca, más se ven. Dependen de ella, y eso no siempre es bueno. Una de las recopilaciones con más apoyo promocional del mes es “Fünf” (Ostgut Ton, 2010). No es para menos: el club berlinés Berghain ha dominado con mano dura el último lustro en materia techno, llevando el 4x4 de nuevo a los terrenos de lo oscuro tras el imperio disperso y líquido del minimal post-Colonia y, por tanto, editan un doble CD que es, por un lado, un trabajo interesante a nivel conceptual y sonoro, pero también un auto-homenaje no exento de falsa modestia. “Fünf” no es un repaso a cinco años de Ostgut Ton –o sea, no es un disco lleno de piezas clásicas de Marcel Dettmann, Ben Klock, Prosumer y Shed–, sino una exploración de los fantasmas que habitan Berghain –y el piso superior Panorama Bar– cuando se hace de día y las puertas cierran. Emika, productora asociada a Ninja Tune y en la periferia del hip hop instrumental y el dubstep, reflexionó un día sobre los sonidos del club cuando no había ni público ni DJ. Captó muestras del silencio y el ruido eventual que puede hacer la señora de la limpieza cuando pasa el mocho para recoger los restos de una cerveza estrellada contra el suelo de cemento, y las repartió entre un elenco de techno-masters de rostro serio como Len Faki, Cassy, Norman Nodge, Ryan Elliott, Substance o Marcel Fengler. Cada uno ha usado esas muestras –o no; no estaban obligados– y el conjunto se sostiene con orgullo: lejos del formato 12”, los artistas se atreven a experimentar más, a no dejarse dominar por la furia del 4x4 y a domar el bombo como Alejandro sometió a Bucéfalo, y aquí hay ejemplos de cómo el techno de hoy todavía puede ser un desafío intelectual a partir de la disonancia ( “Boom Room”, de Shed, por ejemplo, es techno detroitiano de libro, pero con strings desafinadas), la tensión entre ritmo contundente y ruido ambiental, fases nerviosas alternadas con fases tranquilas y todos esos trucos ya conocidos pero todavía útiles.

Y aquí hablamos de house “Fünf” es otra contradicción más (contradicción dulce, en su caso) en esa tendencia que implica sonar retro para resultar absolutamente moderno. “The Traveller” (Ostgut Ton, 2010), segundo álbum de Shed, es transparente en ese sentido: suena a techno inglés de 1990 –The Black Dog, Irdial, Network–, pero con el procedimiento del editing que tanto ha proliferado últimamente y que consiste en quedarse con los toques del pasado que funcionan –en su caso, pads ambientales, algunas estructuras rítmicas fracturadas– y purgar lo que se ha ido quedando viejo por el camino. Otra recopilación reciente, “Permanent Vacation. Selected Label Works 2” (Permanent Vacation, 2010), también participa de esta memoria selectiva del pasado: aquí se reúnen temas antes sólo editados en vinilo o en descarga para que ahora estén reunidos a modo de almanaque en un doble CD de textura verde. El invento, como siempre ha sido, resulta útil para quien no compra plástico, o para quien no compra el catálogo entero –que salvo una minoría, somos todos–. Dentro, Tensnake, Lexx, John Talabot o Midnight Magic le sacan lustre al acid house, a los años más deep de Chicago y a los restos de serie del revival italo, boogie y mutant disco. La obsesión por el pasado es absoluta, y sin embargo la música del sello de Hamburgo suena fresca y moderna, apasionante precisamente porque no es únicamente al revival a lo que aspiran, sino a retomar el pasado donde se quedó y aportando algo propio –aunque sea poco.Detroit y Chicago, como siempre, son ciudades a las que se acude en todo momento. Hay quien lo hace por necesidad cuando la imaginación se agota. Hay quien lo hace por vicio, o porque lo lleva en el ADN. Un disco apasionante de esta rentrée discográfica post-agosto es la selección de nuevo sonido Detroit que hace Rick Wilhite –uno de los supervivientes de la edad dorada del techno-soul, una vez que Aaron Carl no pudiera ganarle la batalla al cáncer que se lo llevó hace unos días– en “Rick Wilhite presents: Vibes. New & Rare Music” (Rush Hour, 2010). Orientado hacia la deconstrucción jazz y el cubismo techno, con bombos angulares y mucho fraseo melódico anárquico, el volumen reúne a gente de primera fila como Theo Parrish, Kyle Hall, The Godson (Rick himself, es decir), Marcellus Pittman y Urban Tribe. Este tipo de techno –o house abstracto, según se mire– nunca será hype porque no tiene fuerza comercial. Pero es el tipo de disco que contradice todo lo dicho antes: mientras haya originalidad, habrá un público que la busque como si fuera maná, o el Grial, o el centro de la tierra. Es ésta la música que sobrevivirá si algún día toda la estructura que conocemos se derrumba como la Torre de Babel ante la ira del dios de arriba.

Escarbando el underground

¿Se puede ser nuevo en música electrónica? Por supuesto, pero hay que buscar otros caminos. Los de siempre son como autopistas atascadas; hay que buscar caminos secundarios, veredas sin asfaltar y llegar todo lo lejos que se pueda antes de que la civilización –el mainstream, o sea– las deje irreconocibles. El witch house podía ser ese refugio interesante –gracias a discos como el de Salem, que es como cirugía craneal sin anestesia, o a catálogos como el de Tri Angle, en el que las sombras góticas del sonido bruja se mezclan con dubstep, ambient, disco y techno rompecabezas–, aunque habrá que hacerse a la idea de que ya no será un secreto para unos pocos y sí un placer para muchos. El sello !k7 lanza ahora “F*>k Dance, Let’s Art”, primera recopilación –fuera del ámbito de sellos como Disaro, se entiende, que esos ya estaban antes cuando no hacía caso ni el tato– del nuevo underground americano entre el punk, el crunk, el screw y el vodevil witch con alusiones a los restos del electroclash y la baja fidelidad: es decir, de Balam Acab a Toro Y Moi, de Crystal Castles a oOoOO, de Memory Tapes a Animal Collective. Una túrmix trendsetter que en realidad no explica nada, y que no resulta tan coherente como el “Tapes” (también en !k7) mezclado por The Big Pink, y que reúne un underground todavía más recóndito –pese a las inclusiones de The xx o Gang Gang Dance– en el que hay distorsión, brujería, psicofonías, sonidos que te infectan el tétanos y demás calaveradas cortesía de yusuf b, ZVA o Actress. Son impresiones sobre la marcha que dan la pista de que todo esto, a pesar de la sombra que tinta mucha música de club actual, se sigue moviendo. Cuando las estrellas se apaguen siempre habrá algo nuevo alumbrando con luz tibia desde un sótano o un dormitorio de estudiante.Después de todo esto, se preguntarán algunos: ¿el mainstream es malo? No, no lo es de forma necesaria, pero se agota y se debe renovar. ¿Es el mainstream el que era? La respuesta es que tampoco: el house progresivo hace meses que vive en el inmovilismo máximo, y el techno y el house necesitan una catarsis inmediata –y todavía lejana– con tanta urgencia como Tiger Woods necesita una nueva amante. Pero todo esto ya lo sabían, porque ya se tienen que haber dado cuenta de todo esto ha sido un largo preámbulo para concluir que hay un nuevo sheriff en el pueblo, un estilo que lo está dominando todo de un extremo a otro del espectro electrónico, un estilo que hasta hace pocos días era una fuerza poderosa pero todavía a la sombra, y que de la noche a la mañana ha tomado el relevo a todos los niveles. El dubstep (¡TACHÁN!) es el nuevo mainstream electrónico. La tortilla ya ha dado la vuelta. Esta columna se acaba aquí por este mes –queda sobre la mesa la promesa de no retrasar la próxima entrega como ha sucedido en estos últimos días; me muero de la vergüenza y usted, fiel y sufrido lector, necesita una disculpa que espero que acepte–, pero en las próximas horas retomaremos este argumento. Sigan pegados a sus pantallas: todavía hay mucho que decir.

Como se dice al final de los capítulos en las series… continuará.

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