Columnas

Implantes de silicona

Por Javier Blánquez

Música electrónica en vena mes a mes.

Introito. Esta web ha cambiado, por tanto es necesario que esta columna lo haga también. Si han estado entrando en Playground con cierta frecuencia en los dos últimos meses, habrán advertido que aquí han pasado cosas: se ha incrementado el número de críticas, emergen nuevos contenidos –espacios de opinión que debutan, un rincón para el comentario del noble formato del 12”– y, aunque esta publicación intenta cubrir un amplio espectro de la actualidad musical repartiendo su tiempo y sus esfuerzos en varios géneros, el volumen de información sobre música electrónica ha aumentado de tal manera que la necesidad de una columna-contenedor como ésta ya no es tan perentoria. ¿Qué sentido tiene informar por partida doble? Hay una razón por la que este espacio sigue aquí: quien manda desde arriba –entidad a la que llamaremos Ser Superior, como a Florentino Pérez, presidente del Real Madrid– así lo quiere. Pero hay otra: aunque se lance diariamente una elevadísima cantidad de información especializada, la sensación de desorden va a seguir estando ahí. La entropía, oigan. Y hay veces en que es necesario volver a reunir los datos para proseguir con el interminable proceso de separación del grano de la paja. Así que Implantes de Silicona será como ha venido siendo hasta ahora, pero lloviendo sobre mojado: recomendaremos lo ya recomendado, como si esto fuera un chart mensual de líneas de fuerza en la música electrónica. Dicho esto, al lío.

1. De Croydon a Detroit

En el origen, el dubstep era oscuro. Y parecía natural que, en su naturaleza opaca –pues no dejaba pasar la luz; eso vendría después–, se conectara rápidamente con sonidos que, si los pudiéramos tocar, tendrían el tacto frío del acero o la viscosidad del mercurio. Las primeras imbricaciones de dubstep y techno se produjeron a la manera europea: Scuba y su pasión por el techno-dub de Basic Channel, la jugosa alianza Shackleton-Villalobos. Pero nunca miró hacia el otro lado del Atlántico en clave techno, porque cuando el dubstep cruzaba el charco era para contagiarse de la pasión eufórica y el calor house de Todd Edwards y el garage –Burial, Joy Orbison, etc.–. Pero si escuchamos el reciente EP de Kowton ( Basic Music Knowledge, en Idle Hands), o algunos tramos del 12” de Illum Sphere en 3024 ( Titan EP), o el primer candidato serio a alzarse con la estatuilla al “mejor disco electrónico del año” – Actress y su Splazsh (Honest Jon’s)–, veremos que todos estos hombres orientan el morro para olfatear en el mismo lugar: esa escuela deep, artesanal, con textura de máquina sin engrasar y con escapadas espaciales, que en Detroit –y ocasionalmente Chicago– llevan años levantando Theo Parrish, Moodymann y Omar-S. Los resultados no pueden ser más esperanzadores –ni más estimulantes en el caso de la delineación borrosa, casi wonky, de Actress–. La racha debe seguir o me sobrevendrá una depresión de caballo.

2. De Detroit a Londres

Teniendo en cuenta que sólo tiene 19 años, parece claro que el futuro le pertenece a Kyle Hall. Pero ya no es sólo una cuestión de edad: el talento en bruto que tiene cada vez se destapa como más torrencial, lo va depurando con manos de maestro y habría que tenerle miedo. La lista de trabajos que llevan su firma estampada en esta primera mitad de 2010 es como para pagarse un billete de avión, ir hasta su casa, besarle los pies y volver: no ha tenido problemas en destartalar el techno-soul con rasgos de dubstep en “Kaychuck / You Know What I Feel” (Hyperdub), se consagra como mago de las teclas casi jazz en un contexto house en un “Must See Ep” lleno de bleeps y vibráfonos (Third Ear) y, lo que es más importante, lucha continuamente por salir del círculo impermeable de Detroit, el que mantiene la esencia revival con la intransigencia de un marido celoso –aportamos como prueba el soulful, space-funk, maravilloso, pero a la vez TAN retro “Ol’ Dirty Vinyl” de Moody–, mirando hacia Europa. Se mantiene technoide y puro nuestro Hall, pero con desvíos continuados hacia el intelligent techno: tirando por la vía barroca, abusando de las oscilaciones de baja frecuencia en “Tomorrow Is The Day” –segundo corte de “The Water Is Fine Ep” (Moods & Grooves)–. Estábamos acostumbrados a que desde Europa se mirara a Detroit con ojos llorosos de admiración. Quizá tendremos que acostumbrarnos ahora al viaje en dirección contraria.

3. Retorcijones ácidos

Cada cierto tiempo ocurre que el acid vuelve, y tal como vuelve se va. Últimamente se oyen muchas basslines crujientes como el tocino asado, se percibe un regreso a la 303 y al smiley, pero más interesante que una reproducción con añoranza del viejo acid house –como en el reciente maxi de Kebacid en el sello Turbo, Party Hat Ep–, lo que aquí hace que nos levantemos a lanzar vítores es el uso de las ondulaciones ácidas en escenas por las que antes no habían asomado. Dos ejemplos clarísimos. Uno, Carlos Giffoni, ruidista freeform que siempre se las maravilla para dañar oídos, incorporando basslines agresivas, casi fronterizas con el antiguo hard-trance, en su proyecto No Fun Acid, del que existe un CD que se extiende por la habitación como una mancha de sangre manando de la nariz por tu camiseta, y un vinilo con remezcla de Gavin Russom. Dos, el maxi She’s Acid / Must Move de FunkinEven en Eglo, en el que se alinean tres parámetros muy claros: sonido neo-funk sexy y minimalista, tratamiento destartalado de los beats a la manera de la escena wonky y, como guinda del pastel, un 303 que corta más que una espada forjada por Hattori Hanzo.

4. Dubstep emo

Lo que conecta a dos discos tan diferentes como el debut en largo de Guido Anidea (Punch Drunk)– y al segundo esfuerzo de Clubroot MMX : II (Lo Dubs)– es su necesidad de afectar emocionalmente. Desde Burial, el dubstep ya nunca será lo mismo, como si se hubiera fijado una barrera invisible que separa a los productores especiales que quieren batirse en duelo con la historia de los genéricos que sólo repiten fórmulas agotadas. Guido se retrotrae a los días más frondosos del UK Garage para inyectarle orquestación transparente –y una producción limpia, muy 80s, con segmentos de saxo y todo– a un dubstep que se siente cómodo en su fase adulta, entre el AOR y la psicodelia. Clubroot, por su parte, busca la épica desaforada, la pasión desmedida, y su solución es tan sencilla como partir del sonido de Burial –como ya hiciera en el primer disco– para hincharlo, inyectarle esteroides y el virus de la cyberdelia con resultados inesperados: en vez de fracasar por mimetismo, se engrandece por emoción. Y ojo a lo que pueda dar en el futuro Kavsrave, ya anunciado por todas partes como “el nuevo Joy Orbison”: en su 12” para Numbers, “Quotes”, pone en el mismo plano un terremoto de subgraves y una cascada de frecuencias agudas que parecen una ducha de oro. Otro rival que le ha salido a James Blake –de nuevo rozando la perfección con su “CMYK Ep” (R&S)– en la lucha por el cetro del “dubstep emo”.

5. Beat LA!

En la NBA, “beat LA!” es el grito de guerra de los rivales y los haters del equipo de los Lakers cuando tienen la necesidad imperiosa de que Kobe, Gasol & co. palmen en un partido clave. Pero habría que cambiar la exclamación por un “LA beat!” que mostrara respeto por la ciencia del hip hop instrumental que se está destilando como en un laboratorio químico en la soleada baja California. Estamos en uno de esos momentos en que la leyenda cobra forma, y mayo de 2010 tendrá que ser recordado como el momento en que el downtempo psicodélico y de ritmo patizambo a la manera wonky se extendió por todo el mundo como un virus. Comprendan la exageración: este sonido hace tiempo que rula y se conoce en el circuito electrónico, pero antes no había “Cosmogramma” (Warp, 2010), un disco que no es la genialidad que mucha gente defiende, pero que asienta a Flying Lotus como la figura central –y la de más personalidad, un director de juego como lo era Magic Johnson– de una escena en la que se ensortijan ritmos con la facilidad con la que Nacho Vidal retuerce pezones en una película porno, en la que se inyectan glitches que crean esa deliciosa sensación de mareo post-vértigo y en la que el ADN del hip hop parece reconfigurarse a partir de moléculas de ácido lisérgico en vez del THC del cannabis. Y el flujo de discos importantes sigue: The Glich Mob y su “Drink The Sea” –algo así como los The Bomb Squad del hip hop IDMizado–, Mono/Poly y “Paramatma”, el inminente “Nothing Else” de Lorn

6. Minimal: segunda vida

Minimal: una palabra ambigua, por momentos fea, otras veces muy útil para identificar ese tipo de techno y house que persigue las cualidades subatómicas del ritmo y el pálido detalle de las texturas que configuran la superficie de un track. Minimal: una palabra que habíamos empezado a desterrar de nuestro vocabulario hasta que llegó Chicago (Dial, 2010) de Efdemin. Substituye las campanillas emo del primer disco por acordes de jazz y modifica las ambiciones progresivas de antes –composiciones de amplio arco estructural con una melodía preciosa a modo de corona o colofón– con una contención para adentro, de sonido pálido, ritmos apagados y notación casi dodecafónica. Y sigue siendo un disco estremecedor pese a todo, sólo que hay que esforzarse en escuchar los espacios que quedan entre melodías y entre bombos. Lo que tenía que ser el minimal de verdad –la exploración textural y aural del techno-house, la economía de medios para obtener el efecto máximo– se consigue en este homenaje con trampa a la profundidad del house clásico. Interesante, además, que “Chicago” coincida en el tiempo con los nuevos álbumes de Ark (vía freak: crea melodías como si le faltaran dos dedos de cada mano), Elektro Guzzi (deconstructivos: no usan máquinas, sólo guitarra, bajo y batería) y Reboot (profundísimo, como house sumergido en el mar). Ay, que el minimal acecha.

7. Cosmodelia

Hay un ritmo motorik que nunca se apaga. Trotón como un jamelgo, blindado, no hay nadie capaz de alterar su cadencia, suelta golpes con la misma regularidad metronómica con la que Fernando Alonso da giros perfectos en el circuito de Montecarlo. Cada cierto tiempo, el krautrock de los 70 viene a reclamar su influencia en la música del presente –una manera sutil de advertir que aquellos alemanes visionarios como Neu!, Kraftwerk y Can se adelantaron al futuro con décadas de margen–, y no es una reaparición fósil, documental, como la del último recopilatorio de Soul Jazz, “Deutsche Elektronische Musik”, sino vivaz e inesperada. Se podía esperar que el revival cósmico que ha ocupado los mejores minutos de la música disco reciente regresara en forma de krautrock, pero no que el ritmo motorik y los sintetizadores modulares ondulantes se incrustaran en la delicada IDM. La mayor sorpresa del DJ Kicks de James Holden es cómo lo cósmico cobra nueva naturaleza en la música experimental insuflando vida a melodías pop y miniaturas de electrónica delicada. Y no sólo eso: se advierte una psicodelia dulce, un nuevo intento de fuga musical hacia el cosmos en las producciones de John Talabot ( Mathilda’s Dream) y Gold Panda ( You) con un interesante matiz. El matiz hipnagógico, o sea: más que una influencia directa y frontal de la música cósmica, hay una serie de nuevos temas –entre trance, disco e indietrónica– que suenan como si estuvieran imaginando, de una manera ensimismada y en estado casi letárgico, un tipo de psicodelia que nunca han llegado a conocer directamente, sólo a través de explicaciones confusas. Si esto avanza por aquí, el escenario no puede ser más prometedor.

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