Columnas

Implantes de silicona

Música electrónica en vena mes a mes

Implantes de silicona Javier Blanquez Por Javier Blánquez1. Música electrónica en vena mes a mes, se llama esta columna, y todo lo que estas palabras pretenden, o pueden prometer, queda resumido en ese enunciado conclusivo. Una vez al mes, cíclicamente y de manera regular, se ataca la actualidad de la música que cruje y hace bzzz. Y resumirlo todo, créanlo, es un jodido dolor –en el culo, en el abdomen, donde sea, pero duele– porque cada resumen se convierte en un puzzle y, peor aún, una colección de ausencias. A diferencia de lo que piensan otros cronistas, la actualidad electrónica es un no parar de nueva mierda que, si se pretende seguir al dedillo, inunda esa fosa séptica a la que llamamos “estanterías” –o disco duro, que también– de material para el que no se da abasto, tanto en la parte auricular –uno tiene que dormir y comer, también– como en la textual. Y es que aquí no cabe todo, y como esto no es un listado cerrado y aleatorio de “recomendaciones” y se intenta conectar las partes con el todo para que toda esta historia cobre algo de sentido y orden y no sea sólo la banda sonora para una intoxicación de gigabytes gratis o drogas nocivas, el texto en sí –su redacción, o sea– es un horror. En definitiva: demasiada música, poco espacio y ni una primera pista de por dónde comenzar.Por eso, lo mejor es empezar por un disco que es la negación de la prisa y la inmediatez de la que parten estas palabras. Si aquí se despachan las novedades en menos que dura una visita al tigre, el canadiense Scott Monteith –alias Deadbeat– se ha tomado su tiempo para condensar cerca de veinte años de historia del sonido profundo y dubby del techno en un megamix que irradia respeto y amor. Es lo mejor de “Radio Rothko” (The Agriculture, 2010, marzo), la reverencia con la que se aproxima a él un artista que ha sido agente fundamental en su ampliación del rasgo estético –aunque jamás ha sido una estrella– desde los días de su primer y delicado álbum, “Primordia” (Intr_Version, 2001). Deadbeat lo que ha hecho ha sido escribir un ensayo on decks, o una carta de amor a Basic Channel y sus afluentes, con doble voluntad retrospectiva e hipnótica. Tría vieja escuela –Maurizio, Various Artists, Monolake–, o la recrea –su propio “Port Of Fix” es un homenaje a Porter Ricks, ausentes del mix porque no hay manera de licenciar los derechos de su monstruoso “Biokinetics”(Chain Reaction, 1996), perdido en el limbo de los discos descatalogados–, o acude a la nueva escuela de DeepChord, 2562 y Quantec, que son como las tres edades del techno-dub.Si nos ponemos quisquillosos, en “Radio Rothko” aflora un problema: ¿es esta visión retrospectiva un testamento, el documento final de una vida? La suspicacia es de recibo, máxime cuando el presupuesto de un servidor para la compra de discos no ha menguado –pese a la crisis; el secreto está en no comer– pero sí se ha reducido el volumen de dub technoide que llega a la estafeta. Las nuevas referencias de sellos como Echocord, Styrax o echospace [detroit] no han sido lo suficientemente tentadoras –y ojo, que ha salido por fin “Lama Temple”, un 2x12” balsámico de Rod Modell pero que insiste en la misma idea expansiva y nebulosa de siempre sin aportar nada– como para aforar por simple rabia, y es que al techno-dub se le ha exprimido como un limón en un plato de lenguado al horno hasta extraerle, por segunda vez, todo su jugo creativo. No es que no guste –esto gusta siempre–, sino que no sorprende, al menos en su versión ambiental, magnetizada, con bombo, tan post-Gas como post-Vladislav Delay. Por suerte, hay una respuesta más dinámica desde la trinchera dubstep –la tríada Martyn, Scuba y 2562 / A Made Up Sound– que ha ayudado a arañar segundos en el tiempo de descuento mientras iban renovando la fórmula –bombo y caja rotos, al estilo ‘nuum inglés, en vez de un bombo 4x4 seco al estilo ‘numm berlinés– y se iban reafirmando con obras mayores. “Great Lengths” (2009), de Martyn, fue un álbum llamado a abrir una vía –también a marcar una época, pero eso ya le quedó demasiado grande–, y por ahí también se adentra el inminente debut en largo de Paul Rose, alias Scuba, con “Triangulation” (Hotflush, 2010, marzo): dubtec artesanal, de capas porosas y ritmo firme, más submarino que etéreo –con mucha presión por encima que empuja–, y que adopta también, por fin, la síncopa algo más dorada del funky. Quizá ha tenido Scuba siempre algo de chaquetero, de tirar por donde sopla el viento, pero sería una apreciación injusta: pese a los matices concretos de actualidad –que es cierto, él nunca inventa y siempre sigue gregariamente– lo que no ha perdido nunca es el equilibrio entre profundidad de bajos y atmósfera ligera, y la presencia simultánea en Londres y Berlín, una pierna sobre cada capital y los cojones en la mesa. “Triangulation” es álbum de crecimiento, pues amplia la paleta de colores de Scuba –ahora, para el techno más o menos purista, Paul Rose adopta definitivamente el alias SCB: el primer maxi del experimento, “001”, ya está a la venta–, y vuelve a poner sobre el tapete el papel esencial que está jugando el ritmo funkstep, con su break estival y carnavalesco, en la moderna cultura de club inglesa. Todo es más house en apariencia, o al menos todo lo que parece destacar sobre el resto de entre la pila de vinilos: “Pangaea Ep” (Hessle Audio, 2010), doble vinilo de Pangaea de textura gaseosa, beats quebrados entre el garage y el trip hop, una manera ingeniosa con la que desconectarse de sus deudas con Burial –he aquí un artista que da un paso de gigante–, y “The Shrew Would Have Cushioned The Blow” (Aus Music, 2010), primer EP abiertamente house –es decir, más house que dubstep– de Joy Orbison en el que se cuela como vibrante colofón un remix acrobático y pseudo-detroitiano Actress: adulto y profundo, dando espacio a la teoría de que la escena que nació del dubstep no ha pasado aún por un día de bajón: se transforma, se adapta, se renueva. En una palabra: crece (a lo ancho).2. Si revisara mis escritos, encontraría muchos párrafos que se podrían resumir en una idea del tipo “todavía no me convence el funky house”. Y sigue siendo así: es una cuestión rítmica, esa síncopa de carnestolendas, latina, el redoble de hojalata, que no le iza a uno la carne colgante como otras cosas. Pero desde los días de gestación de la escena, cuando todo era una bacanal de música para follar rápido y con la primera que pasaba por ahí, el funky house ha crecido también, ha explorado posibilidades y ángulos de refractación, y a falta de que los artistas clave se lancen al ruedo del álbum –que siempre da más prestigio que un lustroso white label; somos así de gilipollas– y le hagan compañía al lejano “Volumes:One” (2008) de Geeneus, podemos afirmar que el género está acomodándose en la etapa clave de su consolidación como escena valiosa y autónoma del dubstep. En otras palabras: han consolidado el extremo opuesto a Skream & co. a partir de la luz y el calor. Y lo más importante, sin tramar un enfrentamiento fratricida ni instigando a la traición, sino por ley natural del péndulo: todos han ido para allá porque en la otra punta se ha acabado lo que se daba.Hay ejemplos. Martyn publica ahora dos volúmenes de remixes y uno de ellos, en el que Zomby y Redshape acometen la restauración de “Hear Me” y “Seventy Four” –el otro es más technoide y torcido, tiende al wonky, con Illum Sphere y Ben Klock dando cera–, el discurrir de ambos remixes pasa por la síncopa funky, más deslizante, suave y neoyorquina. Ocurre que el ritmo se fija en ese break con paso atrás, pero todo lo demás –ambiente flotante, bajo como una boya– es pura experimentación textural, una nube narcótica. El funky se hace progresivo, se aventura por tierra ignota, y así es como salen dos de los instantes más instructivos del mes: el primer maxi del productor con elitros (es decir, Mosca) y el estreno en Hyperdub de DVA –antes Scratcha DVA, productor funky house antes vinculado al grime, da original trásfuga– con dos cortes, “Natty” y “Ganja”, que escenifican un cambio simbólico: escuchadas en un sound system potente podrían recordar a cierto minimal techno marca M_nus – Marc Houle o Audion– por el uso de gimmicks insistentes y rasgados, como ese efecto irritante que en un club puede inducir a la locura colectiva. Al EP se le pueden sacar defectos, pero lo que prevalece es su más poderosa virtud: su intención progresiva, la de llevar el género un paso más allá. El caso de Mosca es idéntico: “Square One”, su estreno en Night Slugs, el sello de Bok Bok y L-Vis 1990 a partir de la noche homónima de post-rave en Londres, incluye un remix de Roska –otro que quiere derribar límites y dejar correr el aire– pero, sobre todo, un tema de diez minutos en la cara B que resume las ganas de avanzar de cierto funkstep, con paradas y crescendos, relleno épico, densidad de bajo y alimentación panorámica de texturas. En cierto modo, este “Nike” recuerda a “Electric Deaf” (Warp, 2002), de Sote: aquello era breakcore en colisión con la rama más expansiva del rave inteligente y la IDM con una duración quilométrica. Hoy, “Electric Deaf” es un clásico oculto, pero imbatible. Da por pensar que a “Nike” le sucederá lo mismo: degustada con calma no sólo eriza los caracolillos del pubis, sino que causa asombro por la calidad del viaje. El mes es generoso en post-dubstep, wonky desmadrado, infecciones post-dancehall, drum’n’bass dislocado y cinematográfico y toda la buena mierda del momento: pedazo de maxi de Slugabed en Planet Mu ( “Ultra Heat Treader Ep”) y otro no menos macizo en clave art-rave, con riffs que siegan neuronas, de Raffertie ( “7th Dimension”); overbooking de nuevos maxis de Starkey –que no sólo edita mixtapes y anuncia álbum, sino que plancha toda su podredumbre de bajos cardiacos en cualquier vinilo que pase por ahí– y estreno de un Terror Danjah recuperado para la humanidad con el grimeoso “Acid”en Hyperdub. O sea, que las calles, o al menos la sección más abierta al cambio y la experimentación, siguen calientes.3. Empezábamos con un mix-CD, pero hay que advertir que no es el único. Se nota que tras el bache de enero los sellos empiezan a jugar sus primeras bazas en esta partida por la conquista del club, el DJ y el oído atento, y algunos empiezan con ases, triunfos fáciles. Bpitch Control, por ejemplo, un sello que de golpe edita maxis de Telefon Tel Aviv (remixes technoides de “Immolate Yourself”, el tema, no el álbum), Fuckpony ( “Fall Into Me”: hit deep house) y Ellen Allien, también tiene presupuesto para darle su primera gran oportunidad para penetrar en el mainstream tech-house a Seth Troxler, el eterno (es un decir) “nuevo Matthew Dear”, el siguiente eslabón en la cadena de Detroit, DJ que pincha en tirantes y se deja crecer la barba sucia y que selecciona house grueso y vacilón, algo colorista y de gusto de los filogermánicos. ¿Título? “Boogybytes vol. 5”: otra serie que hila fino.Ellen Allien también tiene mix CD, una nueva entrega de la serie “Watergate”, pero es algo sosainas. El de Ewan Pearson, “We Are Proud Of Our Choices”, para Kompakt, tiene un tracklist tremendamente atractivo –básicamente porque nos suenan pocas cosas y confiamos en el talento rastreador del hombre de las canas–, pero como aún no han circulado los promos y no sale a la venta hasta dentro de una semana y algo, habrá que comentarlo tranquilamente cuando le toque su turno en la sección de críticas. También rula “Osmosis”, una mixtape de Demdike Stare –MLZ, mitad Pendle Coven, con un colega freak– que abunda en la nueva mitología de archivos de radio, dub tóxico, exotismo étnico y electroacústica que conecta con la imprecisa y cacareada hauntology. O sea, que hay donde escoger, e incluso donde investigar, porque el pasado siempre aflora en este mercado, no todo es novedad, excentricidad o carnaza para la pista de baile en forma de techno, house, etc. Dos recopilaciones muy destacadas ayudan a arrojar luz sobre escenas opacas y poco transitadas por la juventud, que siempre merece ser educada: “The Minimal Wave Tapes Volume One” (Stones Throw, 2010) es una selección de dark wave e industrial, es decir, de aquel pop electrónico del mal rollo, más frío que un témpano, que amaneció en la Europa del telón de acero y que, de manera oblicua, ayudó a forjar el sonido techno. Rarezas rescatadas de los archivos de Mark Lane, Oppenheimer Analysis, nuestros Esplendor Geométrico y demás letra pequeña del industrial, pre-EBM, synth pop siliconado y demás ochenteces rígidas. La otra selección retro del mes es “Mandarinen Träume” (Permanent Vacation, 2010), una selección de música planeadora –ahora que está tan de moda por la cosa balearic, cósmica y la barba de Lindstrom– de la antigua RDA, la Alemania del bloque oriental, y que da valiosas pistas para seguir el ratros de una escena todavía insuficientemente exhumada como el kosmische de raigambre teutona. 4. Maxis como los últimos de Consequence ( “Dreadtones / Timeless”, en Darkestral Excursions) o Abstract Elements ( “Wrong Way”, en Exit Records) confirman el lento afianzamiento de ese drum’n’bass suspendido, desaparecido, casi sin break pero con toda la atmósfera, que está reactivando un género que había perdido todo el interés, no por falta de calidad, sino por clamorosa ausencia de variedad o evolución. Y como mejor muestrario de este impasse hacia la ciencia-ficción distópica y la lentitud donde antes había una carrera desesperada hacia un horizonte de 180 bpms no hay nada mejor que la sesión que firman dBridge & Instra:mental –los amos del corral– para Fabric, el volumen 50 de “Fabriclive”. Este es uno de muchos discos que –si dios quiere y hay tiempo– serán merecedores de crítica en breve, porque su entidad exije más literatura y argumentación: no son anécdotas, sino mojones que marcan el buen camino.Comienzan a destaparse álbumes interesantes –los de Four Tet y Pantha du Prince ya están en las cubetas, pero no los inminentes de Alex Smoke ( “Lux” en el sello Hum&Haw, en la línea del intelligent techno que marca bíceps), Clara Moto ( “Polyamour” en Infiné: emo-house con clase) o The Knife (la cacareada y surrealista ópera “Tomorrow In A Year”)–, que tendrán su merecida reseña cuando les llegue su hora. Y por encima de todos esos LPs, soberano, sólo uno: “Oversteps” (Warp, 2010, marzo), de Autechre. Y no nos referimos a los fakes que circulan por la red con bases de hip hop (ni se te ocurra picar). Nos referimos al auténtico, al de verdad, el disco que va a relanzar el prestigio de Autechre, el que les va a reconciliar con sus fans de siempre, los que habían acabado hartos de su hermetismo brasa circa “Untilted”, el que les conecta con el sonido microscópico de Taylor Deupree, con el ambient expansivo de la etapa “Amber”, con los clavicémbalos de “Chiastic Slide” y con los sudokus IDM de toda la vida. Los nuevos Autechre, que son más emo. Hablaremos de todo ello, pero será en otro momento. Os dejamos con la miel en los labios. Se siente.

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