Columnas

Implantes de silicona

Música electrónica en vena mes a mes

Por Javier Blánquez, Caballero de la Orden del Temple

1. Vuelven los noventa. Lo está diciendo todo el mundo, a pleno pulmón, con la cara más roja que los comentaristas de fútbol cantando los tantos de Tití Henry, con la vena del cuello del grosor del rotulador de un bingo. Nos empiezan a taladrar con la muletilla de marras, y cuanto más lo hacen, aquí tenemos la coyuntura inesperada e inexplicable del arranque de la primavera: lo que ha vuelto es el electroclash, la generación de 2001-2002, aquella quinta de horteras emplumadas con rimelón, lesbianas de percha equina, calvos con mechas y góticas con un tatuaje en el sobaco. Coinciden en las tiendas los regresos simultáneos de DJ Hell “Teufelswerk”, doble CD bastante solvente, con una primera parte ácida y technoide en la que gorgoritean invitados como P.Diddy y Bryan Ferry; una segunda más krautrock a lo Gavin Russom, con más chicha que morralla–, de Fischerspooner “Entertainment”, bastante feo, se suele dar al botón de stop no más allá del quinto tema–, de Crossover “Space Death”; cuando tenga un día Tolkien quizá me lo escuche, hoy por hoy me concentro en la autobiografía de J. J. Santos–, de Peaches –el disco de momento está precintado; acaba de llegar–, de Miss Kittin & The Hacker “Two” no está del todo mal, especialmente cuando se ponen en plan Sandwell District en “PPPO”, y tiene una versión de Elvis con mucha patilla–, y también el disco de Tiga. Vamos a hablar de Tiga, va. Pero no vamos a hablar del disco de Tiga aún, sino de él y de su vida. En este punto de la columna, el texto se vuelve rosa como las tiras de una fregona Vileda y lo escribe un aspirante a redactor de ‘Cuore’, lectura de cabecera en el tigre, el dentista y el bus. Del mismo modo en que Jesús Mariñas se repan/tiga en su poltrona de ‘DEC’, arrellanado como un marqués, medio descalzando una babucha del queso, retorciendo la punta de su bigote y mostrando su pechopalomo sexagenario, les voy a dar un scoop cardiaco: Tiga va a ser papá. Y no estamos hablando de “Ciao!” (Different / Pias, 2009), su segundo álbum en largo, sino de descendencia de carne y hueso, engendrada en el uterino receptáculo de su novia –no sabemos si a pelo o en frasquito, a lo Roger Federer, eso nos da igual–, y que le va a tener apartado de las cabinas en las primeras semanas del verano, razón por la que el canadiense ha estado adelantando trabajo y teniendo una presencia masiva de aquí hasta junio, fecha en la que debería nacer el retoño. Esos planes son: gira intensa de presentación de “Ciao!”, la misma publicación del disco y el lanzamiento de un sampler de su sello, “Turbo Omni-Dance” ( Turbo / Popstock!, 2009), en el que entre flatulencias electrohouse se cuelan temas de Moby, Chromeo, los primos Dahlbäck, Brodinsky y el que es el mejor alias del año, Rainer Werner Bassfinder. De todos modos, esto no es lo importante de todo el asunto. Lo importante es que entre pitos y flautas parece que, una vez más, vuelve el acid.

Nótese que todo el primer párrafo sobre el electroclash era una introducción por contraste. El electroclash no vuelve; lo que vuelve por accidente es una generación de productores a los que se les pasó el arroz. Aunque bien pensado, al acid también. Lo de ‘que vuelve el acid’, lógicamente, es como aquel cuento de Pedro y el lobo: el día que de verdad vuelva no nos lo vamos a creer, y acabaremos devorados engullidos por una bassline dentuda con mayor capacidad de absorción que el ojete de Camilo José Cela.

De hecho, vuelve el acid pero a un nivel testimonial: son como los Últimos de Filipinas, ajenos a una actualidad que ha pasado página. “Ciao!” es un disco de pop y house con el acid maximizado, implementado, reforzado con líneas gruesas y lisérgicas como sogas de marinero que hacen blup-blup. Un consejo: ante este disco es prudente alejarse de prejuicios y no ver en él al Tiga amanerado de la gorra y la línea de ojos que pincha sonidazo comercial para canis y posturetas: entre el hardcore old school de “Mind Dimension 2”, el homenaje al “Voodoo Ray” de A Guy Called Gerald en “Overtime”, la balada cósmico-moroderiana de “Love Don’t Dance Here Anymore” y los muchos brochazos de acid, como “Shoes”, que impregnan el disco –producido todo por James Murphy, Jesper Dahlbäck, Soulwax y Gonzales–, estamos ante un trabajo fuerte aunque imperfecto, que le da buena imagen al ‘electro’ for the masses. Decíamos acid: hay más acid en el regreso de otro veterano, Abe Duque, uno de los tres Duques que importan –los otros dos son el de Feria y el de Sin Tetas–, ese homo erectus del house que, tras haber celebrado años atrás sus días de champán y sus noches de cocaína cuando el hype le vino de cara, ahora se refuerza atrás, como el Chelsea en el Camp Nou, y salta a la actualidad con “Don’t Be So Mean” (Process Recordings, 2009), LP combativo y feroz, en el que el productor de origen ecuatoriano sale en la portada con una metralleta en las manos, y en el interior retorciendo émbolos para impregnar de 303 un manifiesto rabioso de supervivencia alcantarillesca. El anterior disco se titulaba “So Underground It Hurts”: pues este ya no es que duela, es que mata entre tanto chorro cítrico.

El acid, como bien se sabe, cuando está bien puesto te arma la fiesta, o el hit. No es necesario hacer acid revivalista a lo Chicago años 80, o exprimir la naranja mecánica y oscurísima de los holandeses de Bunker, sino en enchufar la manguera en el momento oportuno, como ocurre con el nuevo maxi de Cobblestone Jazz, “Traffic Jam” (Wagon Repair, 2009), veinte minutos en dos cortes de techno-jazz líquido y trotón en los que, a la que aparece la 303, se iluminan todas las señales del cielo. Es, quizá, el maxi del mes. 2. El techno y el house, en general, anda un poco carentes de oxígeno estos meses. No es un síntoma grave, pero sí preocupante que no haya corrientes de renovación y que lo mejor que nos haya dado el grueso de la escena en los últimos tiempos sea a base de picar en la piedra del revivalismo, a ver qué sale entre los cascotes. Algún día ocurrirá como con las minas, que de tanto excavar, hacer explosionar cartuchos de dinamita y apuntalar las galerías con tablas y vigas, lo único que quedará es el vacío, el polvo, el hollín, pero ya no el mineral valioso. El oro se agota, pero el agujero queda ahí, feo y oscuro. Prácticamente todo el techno y el house interesante que ha pasado por estas manos tiene ese elemento regresivo, y ningún disco del momento representa mejor la idea que “Further Vexations” (Soma, 2009), lo nuevo de The Black Dog.

El chucho negro había vuelto por todo lo grande con “Radio Scarecrow”, aquel disco en el que Ken Downie por fin se sacaba la espina de la escisión del trío en los noventa –recordemos, se quedó él sólo y sus compañeros se centraron en Plaid– con una pequeña masterpiece del revival intelligent techno que, por entonces, estaba en su momento dulce. “Further Vexations” es como una segunda parte: enroque en la misma posición, con grandes dosis de ambient con mucho hidrógeno y mucha agua, con viajes al Detroit galáctico, con citas a los recopilatorios “Artificial Intelligence” de Warp y a los de New Electronica. Impecable, pero inmóvil: de ahí que entre los fans se haya desatado el debate sobre si este disco es excelente –que lo es– o decepcionante –que también–. Quizá la clave para deshacer el empate esté en la edición limitada a 110 ejemplares, puesta a la venta a través de la web oficial del grupo, que acompaña al CD de un directo 100% ambiental –excepto el último corte, antes de los aplausos; se grabó a finales de abril en la ciudad más aburrida de Europa, o sea, Bruselas– de efectos narcóticos. En conjunto y así, “Further Vexations” sube enteros. Mi copia firmada, por cierto, es la 64. Han pasado por estas manos, en los últimos días, varios buenos discos de techno. “Me, Myself And Live”, de Paul Brtschitsch, también conocido como ‘el hombre con una sola vocal en un apellido más largo que un día sin pan’, puro sonido Berghain en el sello Rootknox, con el latido dub metálico de los viejos Basic Channel: techno viejo-pero-nuevo en la línea del “Shedding the past” de Shed; “In Cars We Rust” (Mobilee, 2009) de Exercise One, techno líquido a la berlinesa con introducción de sonidos orgánicos, derivaciones ciberdélicas al estilo Underworld y una inmaterialidad propia de sellos como Cadenza en su primera época; la reedición del primer disco de Swayzak, aquel grandísimo y visionario “Snowboarding in Argentina” publicado originalmente en 1998 por el difunto sello Pagan, una mezcla entre sonido Chain Reaction y deep house que, precisamente ahora, ha vuelto a ponerse de moda. Todos estos discos huelen a pasado, de alguna forma u otra. Y cuando no apestan a preférito perfecto, lo hacen a presente imperfecto, como la recopilación del sello Caravan “Recession Vol. 1”, con temas de October, (emptyset), Jilt Van Moorst, Etalon, etc; minimal ketamínico y con pequeños detalles detroitianos a la inglesa–, que defrauda por su acomodamiento en patrones conocidos de la misma manera en que enamora con su perfección formal. ¿Cómo se puede romper este círculo vicioso en el que ha entrado el techno y del que sólo se parece salir por la vía bestia, cuando Regis o Surgeon, o Ben Klock, aprietan los dientes y chorrean bilis? Ya veremos. Pero un disco en particular parece ofrecer soluciones, o recetas como las que el FMI, el Banco Mundial y los abuelos ninja proponen para salir de la crisis: se titula “All Night Long” y es el recopilatorio del sello londinense Aus. Aus nació como un subsello de Simple Records centrado en la cara más flotante del techno, con una intención al principio pueril: intentaban exportar el sonido alemán a suelo inglés, contratando maxis y remezclas de gente como My My, Motorcitysoul o Lee Jones para con ellos seducir a los clientes trendys de tiendas como Phonica. Costó que se les tomara en serio, pero con hitos como “There Comes A Time” de Lee Jones –en especial la remezcla de Prins Thomas–, Aus mereció respeto y atención. El segundo disco de “All night long” es un repaso a los primeros años, mezclado por el jefe Will Saul. El primer CD, en cambio, es el que contiene el material de futuro con un híbrido de dub, pop, house y techno en el que participan Martyn, Appleblim & Ramadanman, Brooks, Roland Appel y My My; ejercicios de fusión entre dubstep y deep house, entre techno y folk, entre dub-techno con melodías emocionales. No es la reinvención de nada, pero es como cuando el Barça de la Pepa hace rondos en el centro del campo: la belleza plástica es tal que se te cae la baba sobre la pernera.

3. Dubstep: hay quien sospecha que el género como tal ya está en su fase final, en el comienzo de la agonía, y que sólo sobrevivirá si hay una catarsis o si se ponen los parches adecuados. La catarsis dará pie a una nueva escena –puede que sea el wonky, puede que sea otra cosa, eso sólo lo sabe Rappel–, mientras que los parches sólo alargarán su vida artificialmente hasta quién sabe cuándo. Pero la última remesa de maxis que ha llegado al buzón de casa todavía no acaba de concretar hacia dónde va exactamente el asunto: hay un dubstep encajonado en lo de siempre –bombo, caja, espacio, bassline que hace uha-uha-uha; o la fusión de techno y dub que hace del “Great Lenghts” de Martyn un disco impecable, pero predecible en casi todos sus movimientos–, y otro que intenta reventar los corsés con sutileza o con violencia. La sutileza podría venir, por ejemplo, del nuevo Scuba en Hotflush, una doble cara A titulada “Klinik / Hundreds and thousands”, dubtec con bombo machacante pero una finura rara de ver a la hora de separar las influencias; se nota que Scuba se ha enamorado de los maxis de Maurizio, pero ha tomado de ellos la evolución posterior que se pincha en clubes feos, oscuros y llenos de musculocas. La brutalidad, en cambio, tiene varios nombres propios, como Cloaks, unos visigodos del break que mezclan dubstep con fiereza industrial sin cortar, la de Throbbing Gristle, o sobre todo el que ya está considerado como ‘el cuarto de Bristol’ –o sea, como la Antorcha Humana, o como La Cosa, el que cierra el grupo– tras Guido, Gemmy y Joker. Hablamos de Jakes.Jakes se desliza entre el dubstep wobbleriano y el wonky zumbón, pero con una mala leche y un grosor de trazo propio de Joker cuando éste publica en Kapsize –tiene nuevo maxi ahí, se titula “Do it / Psychedelic runway”, es una bomba de racimo, te deja las neuronas como un secarral, sobre todo en su flexibilidad a la hora de pasar de su yang, el sonido gordo y masculino de líneas obesas, a su yin femenino de voz negra triturada y pinchazo soul–, y el paralelismo lo demuestran esos maxis de una tacada que el amigo se ha sacado de la manga dentro de su “The Jakes Project” en H.E.N.C.H. y D-Style Recordings, dubstep de combate con arengas –Jakes es MC cuando quiere–, juegos armónicos de politono, subidones raveros oxidados y la suciedad del grime de siempre. Es como Hellfish pero en negro y con las revoluciones bajadas. La expresión ‘animal de bellota’ se hizo para él.

4. A la vez que están los hotentotes, los cafres, los homínidos y los hombres de las cavernas, están también los ángeles, los serafines y los tronos. Si tenemos música bestia, dura y capaz de crearnos callos en el lóbulo de los soplillos, tenemos luego la pomada, el bálsamo y el azahar que nos hace la vida más llevadera. Hay varios discos electrónicos que merecen un comentario más extenso, y que quizá debamos dejar para la sección de críticas, para tocarlos con la profundidad que merecen: el exceso ambiental, espacial –en el sentido de Spacemen 3– y drónico de Mokira, o sea, Andreas Tilliander haciendo su mejor mierda, que se ha sacado de la manga una virguería titulada “Persona” (Type, 2009), inspirada en la película homónica de Bergman, y que es un fiel acompañamiento para lecturas y esos momentos en los que uno se plantea retirarse al sobre a cumplir con el reposo del guerrero. También hay cuarta parte de la saga Alva Noto / Ryuichi Sakamoto tras dos álbumes magistrales y un EP luminoso: “utp_” ( Raster-Noton, 2009) es un proyecto audiovisual, impresionista y con DVD de acompañamiento con mucha historia detrás –comisionado por la ciudad de Mannheim en su 400 aniversario– y bastante tela que cortar. Pero si hablamos de finura, éste es el disco: “Adaptations. Mixtape #1” de Ada, a publicarse en junio en el sello Kompakt, una recopilación mezclada de los mejores remixes de la diminuta y rubia dama del house macroscópico, de melodías brillantes y producción rellena, la que fuera antídoto del minimal esquelético y la que se la dio con queso al mismísimo Superpitcher con un álbum, “Blondie” (Areal, 2006) que todavía sigue siendo de lo mejor de la década. Ada, tras ese disco, pareció no recuperar bien la forma, firmando una tanda colosal de remixes pero luego aburriendo en sus proyectos paralelos acompañada de Basteroid en Synclair y sin renovar nunca el prestigio. Mentira: ella ha trabajado en la sombra, ha ido espaciando las píldoras de calidad, y este megamix demuestra que tanto lo que circuló sólo en maxi y de puntillas –una remezcla para Tracy Thorn en “Grand canyon”, otra para Alex Smoke en “Never want to see you again”; la mejor de todas la que le hizo DJ Koze a ella en “Eve”– daba, en conjunto, para otro álbum de esplendor augusto. “Adaptations” suena a campanilla eufórica y melodía romántica, reaparece la versión del “Maps” de Yeah Yeah Yeahs –esta vez en remezcla de Tobias Thomas y Michael Mayer– y hasta los inéditos ponen ‘la gallina de piel’. Nos da en la nariz que ha cambiado de novio y que le ha sentado la mar de bien.

Y hasta aquí todo por hoy. Podríamos seguir con más, pero habrá que dejarlo para el mes que viene. Decían Tip y Coll aquello de ‘y la próxima semana hablaremos del gobierno’ aunque luego nunca lo hacían. Aquí diremos que el mes que viene hablaremos del nuevo maxi de Burial, del nuevo disco de Lindstrom & Prins Thomas y del debut español del año, que lo firma bRUNA. Y, a diferencia de la de Tip y Coll, es una promesa en firme. Como le dijo María José Galera a Jorge Berrocal cuando ésta abandonó la casa de Gran Hermano, un consejo te daremos: ¡aguanta! ¡¡¡aguanta!!!

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