Columnas

Implantes de silicona

Música electrónica en vena mes a mes

Por Javier Blánquez, bachiller

1. Aunque la última semana haya sido francamente asquerosa, con lluvias constantes, un cielo feo color McLaren –gris y traicionero– y un bajón de temperatura que ha obligado a darle a la rosca de la caldera para calentar el salón, los indicios de que el verano ya asoma la patita los tenemos ahí: Semana Santa a un tiro de piedra, niñas que enseñan los riñones por las avenidas y, sobre todo, la apertura del delicioso grifo cósmico, del que mana, no rica miel como en los nemorosos ríos de Arcadia, sino arpegios hipnóticos que suenan a Tangerine Dream, acordes calcados al carboncillo del italodisco romántico y esos lienzos sintéticos que en los que se pintarrajea un paisaje sideral, moteado de estrellas, planetoides y cometas que trazan elipses armoniosas. Ese sonido de puesta de sol a orillas del gran océano del cosmos, según la imagen del poeta Sagan –Carl, no Françoise–. Ah, bendito revival cosmic disco: es como el oso, que en invierno busca refugio en una madriguera y esconde la cabeza bajo la nieve, como una avestruz de los polos, pero que a la que se despierta Febo e irradia de temperatura la superfície de la tierra emerge victoriosa, áurea y eufórica. Uno tenía el miedo de que la gran campaña cósmica –que incluye también ramas perpendiculares como el nuevo synth-pop 80s a lo Little Boots o Fever Ray o el inciso twee de Air France– se hubiera quedado en un capricho del pasado verano, aquel que Lindstrom hizo inolvidable, y que con la llegada de la primavera tuviéramos que consolarnos con cuatro rumanos haciendo minimal. Pero no.

“Milky disco 2 (Let’s go freak out)” ( Lo Recordings, 2009) apesta a medley del año. La primera entrega, publicada en 2007, quería ser un síntoma del proceso en marcha, era como las primeras motas rojas del sarampión en la piel: hay una nueva generación de productores equidistantes entre el house y el ambient que se ha lanzado como Magallanes a la conquista de la totalidad de un mundo. Ahí fuera había un legado setentas y ochentas por desenterrar –el proceso hace una década que dura, a todo esto–, y le tocaba el turno a la cosa más planeadora, a los correos cósmicos alemanes, al italo aéreo: Quiet Village, In Flagranti, Johan Agebjörn, Studio, Sorcerer, todos ellos hacían de “Milky disco” –la primera parte– una muestra valiosa de lo que ya se identificaba como ‘balearic’. “Milky disco 2”, a publicarse en mayo, se eleva pues como definitivo manifiesto baleárico: la escena está evolucionando hacia un sonido epidérmicamente noventas –planeador, pero más ambient-house que italo, más cyberdélico que disco; como si entre los referentes comenzaran a asomar The Orb y One Dove y no sólo Mr. Flagio o Klaus Schulze: eso es lo que se intuye en “Otherness (Black Mustang’s frozen dub jam)” de Chilled By Nature o “Crystalline” de Subway–, y a la vez se mantiene en las constantes de siempre: un funk líquido, un desfile de sintetizadores vetustos, un juego de contrapuntos, el masaje por un lado y el galope por otro. Doble CD, este “Milky disco 2” –más ambicioso, más completo, renovado en repertorio–, que alerta por medio de Pink Stallone, Gatto Fritto, Ghost Note, Soft Rocks, Hatchback o Canyons de una nueva campaña cósmica de toma pan y moja.

Lo mejor de “Milky disco 2” es que no se trata de una anécdota. Reaparece con fuerza el sello Permanent Vacation, también con recopilación para de aquí a un par de semanas –ésta sin apenas sorpresas, reeditando a gente de la casa como Only Fools and Horses o Woolfy–, y sin detenerse en el goteo de maxis: uno de los últimos, “Ragazza” (Jackpot), reincide en ese cimbreo armonioso, metronómico, casi motorizado, del mejor sonido cosmic. Pero no es ese el maxi que va a marcar la diferencia este año –lo de Jackpot es una feliz individualidad, nada más–: el pepino cósmico está por llegar y lo firman dos alemanes escondidos bajo el alias White Maison en el sello de Williams, el mismo que nos trajo hace un año el edit de “Love on a real train” de Tangerine Dream. “Night driving” ( Love Triangle Music, 2009) son quince minutos de absorción cósmica de primer nivel, un cuarto de hora en el que sucede de todo: secuenciadores pulsantes, solos de guitarra, la misma atmósfera de fondo que en los planos insomnes de “Risky Business” –peliculón del cienciólogo Tom–, la cadencia motorik que en vez de ser la de un Brawn GP, furiosa, es la del R29 de Fernando Alonso, más tartana pero más agradable al tacto. Lo dicho: este verano, toca veranear en orillas. Fuck minimal. Fuck crisis.

2. No sólo regresa el cosmic disco: regresa la emoción a todos los efectos. Regresa, por ejemplo, The Field. Con “Yesterday & Today” ( Kompakt, 2009) en mano el dictamen es tan sencillo como éste: parecía a primera escucha que Axel Willner se había quedado encallado en el sonido más grande que la vida de “From Here We Go Sublime” (2007), pero a medida que se profundiza en las escuchas –seis temas de basta longitud, fiel a su cabezonería de que al trance se llega por acumulación–, se percibe que el sueco le ha dado un levísimo giro a su discurso, que es igual, pero distinto: más campanillas, una mutación de los ritmos hacia lo orgánico –alguien apunta por ahí ‘tribal bliss’ y vaya si se acepta–, las mismas estampidas deliciosas de fondo shoegazer, voces microscópicas coreando como ángeles, la técnica del loop cortado por la mitad para crear esa sensación de ruptura/tensión/continuidad: “I have the moon, you have the internet” es un arranque a la altura de las expectativas, e incluso el corte más discutible a priori –la versión de “Everybody’s Got To Learn Sometime” de The Korgis, más por original conocido que por original inadecuado– se acaba sumando a una ceremonia húmeda sobre la que ya no se aceptan dudas a la que suenan “Leave It” –once minutos de estatismo orgásmico y las citadas campanillas– o el minimalismo, según las armonías de Philip Glass nada menos, de “The More That I Do”. Los quince minutos finales de “Sequenced”, para rematar la faena, son cósmicos. Ay, se me ha salido una gotilla de algo, esperen ahí mientras voy a por algo de papel de guáter.

Ya he vuelto. Además de The Field, el próximo mes de mayo viene marcado por otro regreso, el de Nathan Fake, que anda con “Hard Islands” ( Border Community, 2009) bajo el brazo, como un pan: seis cortes también, pero en su caso media hora de concentración, a medio camino entre el EP y el álbum: mini-LP, pues, en el que el niño prodigio de la electrónica inglesa, el de los rizos comarcales, regreso al bombito con melodía y la distorsión enguarrada, esos dos sellos personales con los que revolucionó la IDM en fecha tan lejana como 2003 con su “Outhouse”. “Hard islands” tiene un pro y un contra: el pro es la decisión de Fake de volver a la música de baile tras el más horizontal “Drowning In A Sea Of Love” –hubo quien echó de menos la carnaza para las fieras famélicas del club–, un disco pasado de revoluciones en el que muchos sonidos están manipulados en directo para conseguir una distorsión y una suciedad digital que recuerda a Clark o Four Tet; el contra es la duración, aunque mejor media hora sin morralla –nos quedamos sobre todo con “Basic mountain” y “The turtle”– que una prolongación insustancial. Ya que ha salido Clark, una línea más: su nuevo mini-LP “Growls Garden” (Warp, 2009) tiene mucha chicha quebrada. Dentelleen.

3. Habría que decir algo de la actualidad techno, pero no está siendo particularmente relevante estas semanas, así que, si dios quiere, habrá que reservarla para el mes que viene: hay una reedición de Swayzak –del primer disco, el mejor que hicieron jamás los ingleses–, y también el primer álbum de Exercise One ( “In Cars We Rust”), que merecerían unas líneas. Pero los mejores discos del momento, en realidad, están yendo por otros caminos. Y si no los mejores, al menos sí los más cazurros. Vayamos por partes, como el carnicero de Milwaukee. “Filth”, de Venetian Snares ( Planet Mu, 2009) se lleva el gallifante al disco más repugnante del mes: parece una entrega de la saga ‘Analord’ (AFX) con almorranas sangrantes, una diarrea de acid y breakcore que se mueve entre lo brutal y lo exageradamente manierista, aunque en la larga lista de LPs del canadiense de las greñas debe ocupar un lugar especial, al ser el primero en el que la 303 se erige en la protagonista de la orgía de heces y pota, como siempre bien rebozada de ruido, cabalgatas jungle y el bombo machacón del gabber. ¿Más garrulismo en vena? “One Foot In The Rave”, de Shitmat (Planet Mu, 2009), es otro pastiche post-hardcore marca de la casa, mucho más sólido que el “Where Were U In 92?” de Zomby, pero mucho menos divertido; también se puede incluir en el mismo bloque al algo más cromático y versátil Kid606, que estrena su residencia en Berlín con otra de sus bromas de siempre – “Shout At The Döner” (Tigerbeat6, 2009)– en las que se mezclan breakcore e IDM de brocha gorda, pero sobre todo una latente inclinación por el rave de ayer – “Mr. Wooble’s nightmare” es una parodia de “Mr. Kirk’s nightmare” (4 Hero) en la que el hijo raver no muere de sobredosis, sino devorado por caníbales– y el de hoy, sobre todo en la cita B-More de “Baltimorrow’s parties”.

Sin embargo, la IDM en escorzo que manda, la que no se puede entender si no es con algo químico y artificial en el cuerpo, es la que ha entregado Tim Exile en “Listening Tree” (Warp, 2009), ahora ya por fin a la venta y un absoluto ovni en la lectura de la actualidad electrónica: el hombre gorgorotea como un orco, programa el software con el virtuosismo de un Paganini del portátil y desarrolla una gama cromática del neón al negro mazmorra equidistante entre la genialidad incomprensible –como un Cristian Vogel del breakcore– y la brasa que nos toma el pelo con su rocambolesco marco sonoro, allí donde los sonidos se derriten como relojes de Dalí. Por si las moscas, hay que decir que Exile es dios.

4. Ha salido bastante el sello Planet Mu hasta ahora, y es por una razón: desde tiempos ha sido, y sigue siendo, el mejor sello electrónica de la década. Pero si Venetian Snares, Shitmat o Exile –“Listening tree” es una co-producción de Warp, que conste– son los representantes de la rama borde, el potencial de los cachorros de Mike Paradinas no se queda ahí. Dos nuevos álbumes de Planet Mu – “Arecibo Message”, de Boxcutter, y “Love Is A Liability”, de FaltyDL– son sintomáticos de un giro en marcha en la siempre ágil microescena de breaks en UK. Mientras el año pasado especulábamos sobre el potencial auge del funky house, algo más sutil se estaba fraguando en los márgenes y, a título personal, es por ahí por donde uno desearía que fueran las cosas. Todo tiene que ver con el clásico paso para atrás para seguir avanzando: el redescubrimiento de la policromía fulgente del UK Garage, de los breaks a mitad de tiempo del drum’n’bass con un bajo menos agresivo, cierta sexyness, pero sobre todo la interpretación del ritmo –y la forma de moldearlo, al modo de la arcilla– como si fuera una aventura. Todo comienza, quizá, con Burial: Burial es dubstep, qué duda cabe, pero la liquidez, la feminidad subyacente en sus beats, tiene su origen en el drum’n’bass exploratorio y el garage underground. La influencia de Burial, que hasta hace unos meses no la veíamos, ahora está explotando como una mina antipersona.

FaltyDL es Drew Lustman, vive en Nueva York, y como americano tiene otro referente esencial: Todd Edwards, y esas voces que no son voces exactamente sino una cosa élfica – “Encompass”–, o su idea del house como un ritmo roto y polícromo. Los trece temas de “Love Is A Liability” no son, en conjunto, una obra maestra, pero sí otro claro síntoma del giro del híbrido IDM/dubstep hacia el chasquido rítmico de 2step. Se dice lo mismo del tercer álbum de Boxcutter: Barry Lynn sigue cortando los ritmos como si fueran diamantes, y a cada golpe se le escapa un rayo de luz como si fuera el dios Apolo paseando el carro del sol por las laderas del monte sagrado. “Arecibo message” tampoco es una masterpiece intratable, pues en algunos momentos desfallece, pero en lo esencial es el complemento idea del Burial: donde al enmascarado le falta precisión técnica, Boxcutter la tiene; donde a Boxcutter le falta emoción, William Bevan la ofrece a litros.

Si sólo fuera por estos dos discos, intuír un regreso del 2step detallista a la actualidad sería un capricho, pero no se trata sólo de esto: también está Jack Stevens, alias Sully, entregando pedrería post-garage a cada maxi –el último, “Trackside” (Mata-Syn, 2009), es puro Zed Bias–; o está el sello Tempa, que no sólo acaba de replanchar su primerísima referencia, la que firmaron Horsepower Productions, sino que por fin ha puesto en recopilación el perfecto disco de acompañamiento al recopilatorio “The Roots Of Dubstep” (Tempa, 2006): “The Roots Of El-B” (Tempa, 2009), o la reunión ideal de aquellos oscuros white labels y maxis descatalogados en los que Lewis Beadle, o sea, El-B, sentó las bases, desde su arco iris de breaks, del posterior dubstep.

5. ¿Hacia donde va el dubstep? Difícil pregunta para acabar esta columna. Algunos nombres, antes oscuros y mercuriales, miran al techno: es el caso de Kode9, que en “Black sun / 2 far gone” (Hyperdub, 2009) prefiere buscar las raíces del futurismo negro en Detroit –tierra ajena para un escocés como él– antes que en el continuum rave británico: no le ha quedado tan bien como el “Bad” de hizo con LD –LD, por cierto, también saca maxi en Hyperdub, también es ligeramente technoide y quiere ser también ciencia-ficción negra–, y ahora no sabemos si es que el hombre se está equivocando o se está guardando lo mejor para el final. Se dice que habrá álbum este año. También mira hacia el techno Subeena, aquella mujer que junto con Dot y Vaccine tenía que crear la rama femenina del dubstep, aunque su último maxi – “Subeena Ep”– resplandece con hallazgos melódicos más propias del intelligent techno inglés que del Detroit clásico.

Volviendo a la pregunta de antes, lo fácil sería decir que el dubstep va hacia el wonky: más roto, pero más hip hop, más reconocible dentro de un orden. Y sí, va por ahí según las últimas barbaridades que han ido planchando en plástico nuevos productores a los que seguirles la pista como Bullion, Floating Points y, sobre todo, Illum Sphere, aquellos que mantienen viva una idea de ‘ciencia musical abstracta’ acomodada para los tiempos algo más tétricos que corren. Hablando de wonky, para tenerlo todo un poco más fresco y en perspectiva –y con preámbulo hip hop americano post-Dilla, para comprender la escena completa– es recomendable escuchar la sesión de Alexander Nut para la serie Rinse, el volumen ocho. Pero la puntísima de lanza ya no va por ahí. Va por el dub –con y sin ‘step’, según el momento– tóxico de Clouds –pedazo de maxi en Deep Medi el de los finlandeses–, y sobre todo por el nuevo sonido bassline que ya se extiende por UK como una mancha: C*nt Trax, por ejemplo, pero sobre todo lo que se publica en el sello Hemlock.

Hemlock aspira a sello revelación del año. Va por su tercera referencia –las dos primeras aparecieron de puntillas a finales de 2008–, y lo que ahí sale va más allá de las reglas del dubstep. Bajos más rocosos, breaks más raros. Actitud rave, malcarada, pero con el primor textural de la IDM. Es como tomar todo lo mejor de lo que nos gusta y batirlo bien en una mezcla ideal. El nuevo EP publicado en este sello londinense, que incluso decora las carpetas de los vinilos con un heráldico escudo de armas, lo firman Fantastic Mr. Fox & Rich Reason ( “Plimsoul / Bleep show”) y es el amanecer de un nuevo giro de la escena, esta vez hacia posiciones de máxima complejidad y máxima excitación. Espero no estar flipándome, porque el hervor de sangre al escuchar una cosa como esta es de esos que suceden una vez al año. Que vaya año 2009, por cierto.

‘Vaya coñazo que he soltado’, como dijo en su día Aznar. Espero que lo sepan disculpar: estas últimas semanas han dado para mucho. Luego dicen las momias que la música electrónica está estancada: serán vuestras neuronas, chatas. En mayo más, o sea.

Javier Blánquez es periodista y crítico musical. Autor de "Loops: Una historia de la música electrónica" y coordinador del repaso a la historia del indie "Teen Spirit" (junto a Juan Manuel Freire), Blánquez lleva años dedicado a diseccionar el presente de la música hecha con máquinas en revistas como Go Mag o Rockdelux y a acercar la actualidad musical a un público más amplio en el diario El Mundo.

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