Columnas

Implantes de silicona

Javier Blánquez

Música electrónica en vena mes a mes

1. Al cabo de un mes, al buzón del correo electrónico –e incluso al buzón del portal de casa– pueden llegarle a uno decenas de promos. Abres el mensaje, o el sobre, y como por arte de magia brota un enlace de descarga, o un CDr, y sin solución de continuidad aparece en el escritorio, o en la mesa, una nueva y reluciente referencia de la rabiosa actualidad del techno/house. Ahora ustedes dirán: ‘qué suerte’, pero no, suerte ninguna, porque la mayoría de ficheros u objetos, con la misma facilidad con la que llegan se van a la papelera –la de reciclaje o la de plástico– para no volver jamás. No serán echados en falta muchos nuevos maxis de baile que se publican y se promocionan gracias a la insistencia de los principales publicists ingleses y alemanes, y si hay un motivo para desterrarlos es éste: congas. No hay disco en estos días que pretenda capturar el zeitgeist guay que no incluya congas, percusión caliente, trazas latinas, esa concisión rítmica –bombos huecos, un simple golpe sin rastro ni eco ni repetición– que se clava en el hígado. Les diría títulos de varios horrores de este cariz, pero para ello tendría que moverme hasta la cocina, hurgar entre las cáscaras de plátano y otros restos orgánicos de origen vegetal para rescatar unas bolsitas de plástico en las que, seguramente, figuren los nombres de productores italianos o teutones con demasiada querencia por el deep house para pijos. Comprendan que no lo haga. Pero, en cualquier caso, no hay más que pasearse por la página de venta por correo Decks, o consultar las novedades recomendadas en Beatportal, o adentrarse en el universo del nuevo deep house europeo que le está tomando el relevo al amorfo minimal como el estilo de elección entre la masa clubber del continente –sólo hay que buscar el reglamentario ‘played by Loco Dice’ en los feedbacks y tendremos una buena pista para separar el grano de la tiña– para reconocer esta nueva expresión del mainstream playero.Cuando suena una conga hay que echarse a correr: las congas, de usarse mal –que es casi siempre–, pueden hundir la reputación del techno, como lo hizo años atrás Ben Sims y lo está haciendo ahora Marco Carola, y aún más el buen nombre del house. Últimamente suenan demasiadas congas, como un regreso al inicio de aquel ciclo que casi nos hizo aborrecer la música de baile, allá por 2002, con aquella sobreabundancia de genéricos tech-house de marcada intención tropical, para que la gente en el club, con el alerón cantando más que Víctor Valdés bajo los palos, hiciera palmas al compás de solos ridículos de jazz, percusión selvática y tracks montados con cuatro elementos y mucha desidia. El minimal, lo sabemos, en algún momento tiene que morir y dejar paso a otra cosa. La mala noticia es que esa otra cosa será, si nadie lo remedia, una invasión de deep house chapucero con más alcance que una plaga de langostas.

El hecho soulful y deep en el house ni es nuevo ni es por definición malo. De hecho, la ola abominable que nos viene comienza con una brisa plácida y refrescante: cuando el minimal de factura más técnica comienza a aburrir por su tendencia a la abstracción dentro del hedonismo –piénsese en un maxi de Villalobos en Cadenza, por poner un ejemplo paradigmático–, la música de baile siente necesidad de regresar a las raíces, a la pureza, a la concisión de la edad de oro. Es entonces cuando nace el concepto ‘neo-Detroit’ –la generación de imitadores del catálogo de Transmat, Plus 8 o Planet E que encabezan Redshape, Chymera y las hordas del techno-dub a lo Echospace– y su réplica en forma de nuevo deep house, que tiene su expresión neo en el sello Diynamic de Hamburgo – Solomun, Stimming– y su redescubrimiento de raíces en una escuela olvidada de house con alma en Estados Unidos, la de Moodymann, Theo Parrish, Rick Wade y que actualmente está renovando Omar-S. La conexión entre el buen neo-Detroit y el malo, así como el buen deep house y el malo, es la misma: el tener o no tener respeto por las fuentes originales. Para hacer techno a la manera de los clásicos de Detroit se puede reverenciar el espíritu de un antiguo maxi de Carl Craig y replicar la esencia o quedarse uno sólo con el pad –o sea, el teclado atmosférico– y utilizarlo como adorno estúpido. Con el house ocurre lo mismo: la diferencia entre un sonido profundo, negro y sensual como el de Omar-S –una vez más, recomendamos su mix para Fabric, a la venta a principios de abril– de cualquier mierda del gusto de los DJs de la promotora Circo Loco está en cómo se usa esa conga. Y se está usando fatal.

De Rick Wade, precisamente, publica este mes una antología el sello holandés Rush Hour. Se titula “Harmonie Park Revisited” y es una delicia, pues aproxima al público no iniciado en los placeres del house soulful y adulto la obra de uno de los grandes tapados de esta escuela de Detroit generosa en loops de pianos rhodes, pellizcos de jazz, percusión afrolatina y ni una mota de frivolidad. Como bien indican las notas interiores redactadas por René Passet en el libreto que acompaña la recopilación –trece cortes, la mayoría publicados originalmente entre 1997 y 1999, con unos pocos menos lanzados de 2005 en adelante–, la música de Wade es ‘para tipos maduros’, para clubbers que han superado la treintena y persiguen el reposo y la elegancia –cada uno que se ubique en la franja de edad que le corresponda y tome partido sobre esta música–, pero que tiene una virtud fundamental: la perfección y la sinceridad del groove. “El groove es lo que le da alma y substancia a un tema”, afirma Wade. Y en el 99% de tracks con congas que van a sonar en la colección primavera/verano de clubland no encontraremos ni lo uno (alma) ni lo otro (pulpa). Es un callejón sin salida que sólo le va a salvar la papeleta al Erick Morillo de turno.2. Más congas: el funky house que nos llega de Inglaterra rebosa de ellas. Admito que tengo un problema con el funky house, y es su desparpajo comercial, algo de lo que, por otra parte, ya adolecía cuando nació allá por 2005/2006, llevándose por delante los restos del grime –muy bien recuperado, por cierto, por Spyro en el mix “Rinse:07”– y dejando vía libre para el afianzamiento del dubstep en la escena underground de las calles londinenses. El funky, en su principio, fue un desplazamiento de muchos DJs negros hacia un sonido más femenino –o, mejor dicho, con más mujeres en el club–, de más fácil consumo y digestión. Su motivación no era tanto la música como el sexo fácil, de ahí el descrédito inicial entre la facción más hardcore de los ritmos urbanos ingleses, una barrera de prejuicios que no se derrumbó hasta que la gente del dubstep –también aburrida de su permanente investigación de los rincones oscuros del rave– también comenzó a buscar la luz: Geeneus y Kode9 ya hozan por ahí, y destensan la asfixiante precisión experimental de sus sesiones con incisos funky, normalmente bien escogidos. Porque con el funky hay que escoger bien: no sólo por las congas –que las hay más de lo que ciertos oídos toleramos–, sino por lo esquemático y aburrido, que es lo mismo que decir aséptico, de la mayoría de producciones. Por suerte, algunas se escapan y brillan como el germen de una posible nueva dirección para la música urbana hecha en UK: si alguien ha atraído la atención de un servidor, en cierto modo, es Roska, padrino del sello Roska Kicks & Snares –el 12” “In your handbag” es la versión inglesa y macho del antiguo deep house de Nueva York adscrito al circuito gay, también llamado, curiosamente, ‘handbag house; percutivo y esquelético, pero punzante y con conexiones vía remezcla con el electro y el garage–, y también remixer en el excelente “Visions” de D-Malice, otro productor funky al que valdrá la pena seguir la pista. Con cuentagotas, pero esta escena nos tendrá que dar algo.

Sobre lo inglés y lo urbano, la apreciación del mes es que el dubstep puro y duro está atravesando una crisis de creatividad que ya se anticipaba desde varias semanas atrás. Hay que insistir en el ‘puro y duro’, porque lo que son los caminos laterales hierven de creatividad y riesgo. Llámese wonky –ya saben, downtempo y extravagante, yendo con el ritmo cambiado–, catalóguese de ‘dubtec’ –la conexión Berlín-Londres vía Maurizio– o venga de Bristol, lo que está más allá del dubstep de Croydon sigue en un estado de gracia formidable. Parece claro que Londres ya no mantiene la hegemonía, y en caso de mantenerla, es una hegemonía de francotiradores: el hombre del mes es el bristoliano Joker, gracias a su monstruoso “Digidesign”, una cara A colosal publicada en maxi por Hyperdub –la cara B, también de otro planeta aunque menos impactante, la firman 2000F & J Kamata–, que es aplastante ciencia-ficción, un apocalipsis cyberpunk de secuencias cósmicas de videojuego que ondulan sobre una líneade bajo más sólida que una viga maestra: aunque su gracia esté en la simplicidad de los ganchos rítmicos y melódicos, “Digidesign” es un himno wonky visionario que va más allá del hip hop enrarecido de Rustie, por ejemplo, para llevar al dubstep a otra dimensión.Rudeza y rabia, rareza y rugosidad, que es la que podemos encontrar en los maxis de productores emergentes o en proceso de dar el giro a la primera división como Thriller, Cardopusher o Syntonics.

En otra esfera habría que ubicar a Akira Kiteshi, nuevo valor de la subcorriente wonky + videojuegos –lo suyo, más que la Gameboy, es la clásica máquina del millón o las tragaperras de Cirsa, con taladro armónico no recomendado para afectados de ludopatía–, y, sobre todo, a Guido y Dorian Concept.Lo de Guido es sencillo: onda expansiva del dubstep desde Bristol, con la garantía que siempre ofrece el sello Punch Drunk Records –RSD, Peverelist, Gemmy–, pero en su caso con un toque ochentas de saxos e incisos AOR que hacen más misterioso aún su dubstep horizontal con injertos de piano, cuerdas disco y texturas ambientales que remiten a la exuberancia del antiguo UK Garage de intención lujosa.

Joker también es de Bristol, como decíamos, lo que convierte a la localidad costera una vez más en la ciudad de moda y no precisamente, esta vez, por Portishead. Recomendación de caza: el maxi “Orchestral lab / Way U make me feel”: caviar.

Lo de Dorian Concept, ya para concluir el bloque, hay que situarlo en ese wonky que le debe su razón de ser más al hip hop que al dubstep, el que está inserto en la cadena Flying Lotus-Rustie-Hud Mo. El austriaco acaba de publicar “When Planets Explode” (Kindred Spirits, 2009), LP sólo en vinilo, un ejercicio de imaginación en el beat que supone la versión IDM de los quiebros rítmicos de J.Dilla.Uno escucha esto, y luego lo compara con el inminente regreso de Prefuse 73, y se da cuenta de que a Scott Herren cada vez se le echa más de menos. Sus discípulos le han comido el terreno, a juzgar por los poco lucidos resultados de “Everything She Touched Turned Ampexian” (Warp, 2009).

3. Aún más congas: también están en el techno, así que el reto hoy está en encontrar un techno serio, obcecado en el presente –el futuro quizá sea mucho pedir ahora mismo– y sin frivolidades. ¿Existe ese techno en tiempos regresivos y jernosos? Escuchando el mix CD que ha entregado Len Faki para la serie “Berghain” –el que da continuación al espectacular mix de Marcel Dettmann del año pasado– uno cree que sí: la selección es sublime –arranca con Bach sampleado por John Beltran, continúa con techno fosco y rocoso, pero a la vez esculpido con el cincel delicado de un Rodin o el bisturí de un Christian Troy (Edit-Select, Gez Varley, Radio Slave) y concluye con una ración de house profundo y sin congas, aunque con largos y duros saxos (Laurent Garnier, Ferrer & Sydenham) no sin antes echarle el cierre con el remix de Burial para Bloc Party. Una exhibición de criterio, mezcla y lectura del momento actual que ayuda a prestigiar una serie, la del sello Ostgut Ton, que es ahora mismo la mejor guía por los vericuetos del techno moderno. Más: el nuevo maxi de Norman Nodge en Marcel Dettmann Records, y sobre todo el álbum, arisco y muy tenso, de Ben Klock ( “One”). Con este techno, ¿quién necesita italianos minimaleros? Con uno nos basta: el irregular debut en largo del romano Dusty Kid “A Raver’s Diary”– esconde diecisiete minutos de ambrosía progresiva, la estampa de un amanecer dorado, en “America”, un techno emo, bonito y generoso en sonrisas como lo son casi todos los minutos del notable “Take My Breath Away” de Gui Boratto (Kompakt, 2009).

Para contrarrestar las congas, hay varias posibilidades/síntomas a la vista. Primero, el incipiente regreso de los pianos, saltarines y clásicos, más en la onda Detroit que por la vía raver inglesa ideales para brincar al compás de histéricas voces de helio. “Found A Place” de Tony Lionni, publicado en maxi por Ostgut Ton, parece la versión Panorama Bar del mítico “Strings Of Life”. Uno, de verdad, cambiaría mil congas por un solo piano como este, tan bien inserto en un discuso de tech-house nutrido de alma. Segundo síntoma, el acierto pop en un discurso radicalmente electrónico, ya sea de manera fría, clínica y casi gótica –excelente el disco de Fever Ray, el proyecto en solitario de Karin Dreijer de The Knife–, o exultantemente hi-NRG como el “The Future Will Come” de The Juan MacLean (DFA, 2009), o vocacionalmente IDM e indietrónico como esa colaboración llovida del cielo que une a Apparat y Modeselektor bajo el nombre de Moderat –álbum homónimo en Bpitch Control, a editarse en abril–. El debut en largo del trío oscila entre un despertar downtempo de fantasía y una agitada continuación de techno virguero o rave de arte y ensayo, y cumple con creces con todas las expectativas depositadas en él.

Tercer síntoma: ¿por qué no hacer el burro? La masa borrega que se queda con sus congas y sus churris en biquini agitando sus nuevas tetas implantadas de silicona, que los demás nos conformaremos con un buen chorro de ácido como el que nos pueda servir Syntheme “Lasers’n’Shit” (Planet Mu, 2009) es un descuajaringue animal de 303 e intenciones hardcore que no llega a las de The Doubtful Guest, pero que satisface al oído que reclama braindance en vena– o el que se filtra por los minutos de la recopilación definitiva sobre Unit Moebius, “The Golden Years. Old Cheese and Asparagus” (Clone Classic Cuts, 2009), doce muescas fechadas entre 1993 y 1997 que recuperan la memoria del misterioso hombre que, desde Holanda, trazó las líneas de unión entre el techno clásico, el incipiente hardcore-techno europeo y el acid-techno intenso, el puente entre los mejores Joey Beltram, DJ Funk y Carl Craig con el primer I-F, antes de que I-F se hiciera famoso. La retrospectiva de Unit Moebius explora todas las etapas de sus años dorados en Acid Planet, Bunker, Hotmix y Disko B, y es un documento necesario para comprender por qué el techno, en la década anterior, fue una fuerza incontrolable de la naturaleza. En este CD –o doble vinilo– no hay ni un segundo para gilipolleces, la pureza, ya sea para la parroquia macarra o estilizadamente galáctica, roza el 100%. Te lo inyectas y punto.

Javier Blánquez es periodista y crítico musical. Autor de "Loops: Una historia de la música electrónica" y coordinador del repaso a la historia del indie "Teen Spirit" (junto a Juan Manuel Freire), Blánquez lleva años dedicado a diseccionar el presente de la música hecha con máquinas en revistas como Go Mag o Rockdelux y a acercar la actualidad musical a un público más amplio en el diario El Mundo.

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