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Ibiza contra Las Vegas: duelo a muerte en la cima del ‘dance’ de masas

El club Pacha ha destapado una realidad que se veía venir: la escena EDM americana le está comiendo parte del pastel de negocio a los veranos baleares. ¿Cambiarán las reglas del juego o sólo es una burbuja que se está haciendo demasiado grande?

Combate a cara de perro entre los dos núcleos más fuertes y poderosos del clubbing para las masas: Ibiza ve peligrar su mordida del verano por culpa de la pujanza rapaz de los macro-clubs de EDM en Las Vegas. ¿Quién saldrá más perjudicado en esta guerra?

En el principio fueron las discotecas, algunas grandes y otras pequeñas, pero todas rendidas al primer fenómeno masivo que dio la música de baile en el siglo XX –la escena disco, por supuesto–, y al cabo de unos años Smiley dijo ‘hágase Ibiza’, e Ibiza surgió. La isla balear cambió las reglas del juego y puso en marcha, a finales de los 80, el inicio de la cultura rave. Todo fue producto del azar, en cierta forma: empezó con aquella visita turística que cuatro veinteañeros londinenses hicieron a tierras pitiusas en 1986, DJs amateurs y aficionados a comprar discos entre los que se encontraban Danny Rampling y Paul Oakenfold, amigos inmersos en un rito de iniciación a base de pastillitas de un éxtasis purísimo y noches enteras bailando bajo las estrellas al ritmo dictado por DJ Alfredo en Ku, Pacha y otros viejos templos de la era hippy. Al querer prolongar el idilio en su regreso a Londres, Rampling y Oakenfold abrieron o apoyaron la apertura de nuevos clubs –Shoom, Heaven–, fomentaron la importación de house de Chicago, alentaron el crecimiento de la industria del maxi para DJs y, a medida que nuevos jugadores quisieron establecerse en el tablero del clubbing tras el olor del dinero, la escena creció, convocó a miles de jóvenes y nacieron las raves, espacios abiertos para todas esas hordas que ya no cabían en los clubes. Y en un bucle justo y poético, la escena rave regresó a Ibiza a celebrar, año tras año, un verano del amor, y así la ‘white island’ creció durante toda la década de los 90 como la verdadera isla fantasía, el lugar con mayor concentración de DJs, ravers y clubes por metro cuadrado de todo el planeta. Y así ha sido sin interrupción hasta hoy, cuando los grandes macroclubes ya preparan los openings para la temporada 2013.

Sin embargo, el dominio ininterrumpido de Ibiza parece estar llegando a su fin, o al menos la nueva geografía dance a niveles planetarios ha ubicado un nuevo punto caliente en el mapa que puede conseguir lo que en el pasado, infructuosamente, intentaron Ayia Napa, Miami y Punta del Este: resquebrajar el statu quo. Se trata de Las Vegas, ciudad del pecado, donde desde hace dos años se vienen programando raves de alto presupuesto que han dado alas al fenómeno comercial, juvenil y bastante repelente que conocemos como EDM, es decir, el rebrote tardío y masivo de las raves en Estados Unidos. La EDM no es ni mucho menos una moda pasajera, y con tenacidad ha ido asentándose en el mapa de ocio norteamericano con armas muy seductoras: apelando a la juventud del público, que ha visto en este sonido –gigantesco, histérico, fuerte– su rock’n’roll particular, y estimulándolo con luces estroboscópicas, efectos lumínicos de neón como los que impregnan la fotografía de la película “Spring Breakers” –que no en vano está cargada de temas de Skrillex en su banda sonora– y sensación de acontecimiento inolvidable (y más aún si Steve Aoki te planta una tarta en medio de la cara).

En un año, la industria relacionada con la EDM ha crecido exponencialmente: no sólo en el volumen de negocio y datos de asistencia que cada mes de marzo respalda la Miami Winter Conference –con más de 100.000 visitantes cada temporada, casi el 60% del público en la franja entre 22 y 30 años–, sino en movimiento insospechados hasta hace unos meses, como la compra del portal de venta de audio Beatport por parte de SFX Entertainment, una compañía de Robert F. X. Sillerman, el fundador de Live Nation, que pretende captar el máximo número de recursos relacionados con la EDM sin caer en los límites anti-monopolísticos que establece la ley americana. El dinero puesto sobre la mesa para adquirir Beatport fue, nada menos, que 50 millones de dólares. Toda la carne en el asador para copar un filón que se avecina musicalmente pestilente, pero económicamente multimillonario.

"Cuando se quiere conquistar el centro del mundo, el movimiento obvio es desplazar al rey, que hasta ahora –y mientras no se demuestre lo contrario–, es Ibiza"

Si a esto sumamos otros centros de poder como EDCWeek –acrónico de Electric Daisy Carnival Week, un festival exclusivamente electrónico a celebrarse en Las Vegas entre el 20 y el 23 de junio, coincidiendo en dos fechas con Sónar–, que pretende consolidarse como el nuevo Ultra –es decir, el festival dance dominante en toda América de norte a sur–, la conclusión es lógica: el negocio va en serio y no hay reparos en sacar toda la artillería. Y cuando se quiere conquistar el centro del mundo, el movimiento obvio es desplazar al rey, que hasta ahora –y mientras no se demuestre lo contrario–, es Ibiza. En Ibiza, como consecuencia de esto, hay una profunda preocupación con trazas de nerviosismo, como dejaba entrever una pieza firmada el lunes por Alexei Barrionuevo y Ben Sisario en el New York Times de la que aquí nos hicimos eco, en la que citan declaraciones de Piti y Ricardo Urgell, los dueños de la discoteca decana de la isla, Pacha. El mensaje de los Urgell queda claro: no quieren entrar en el juego de los rivales al otro lado del Atlántico, a la vez que cargan contra la EDM con palabras de amante resentido y despechado. Este verano, en Pacha se prepara un cambio drástico de programación, limpiando las estrellas que han dominado la cabina en los últimos veranos –de Erick Morillo a Pete Tong–, despidiendo al director musical Danny Whittle y aventurándose en espacios más underground de la mano del productor israelí Guy Gerber, que junto a David Guetta –única celebrity que conserva la cabeza en el line-up– será el responsable de cargar con la responsabilidad de atraer al público. Dicen los Urgell que “los DJs querían más dinero por pinchar cada vez menos tiempo. Era un abuso. Hemos tenido que inventarnos un nuevo plan porque el viejo está a punto de explotar”, y han decidido que era el momento de cambiar de modelo.

Al margen del cinismo que desprenden estas palabras (aguanten ahí, que ahora iremos al meollo del bollo), el trasfondo de estas palabras tiene una fuerte base de verdad: los americanos están creando una burbuja a partir de un negocio que, hasta ahora, parecía autorregularse con bastante fiabilidad. Ibiza ha sido durante años la meca del lujo clubber y, ciertamente, se podría hablar de burbuja ibicenca en el sentido de que todo en la isla es extraordinariamente caro alrededor de la economía de la música dance, no sólo en el precio de las entradas de noche a las discotecas, las tarifas de las zonas vip (sólo al alcance de millonarios como estrellas del cine, deportistas e iconos de la moda), el precio de las consumiciones y la oferta hotelera, sino también otros componentes relacionados con la vida de magnate o maharajá –desde el alquiler de yates a villas de veraneo–. Pero no hay que olvidar que Ibiza es también un destino vacacional cuya temporada alta es el verano y debe obtener el máximo beneficio en un periodo de tiempo muy restringido, y que no vive del clubbing exclusivamente. El clubbing es una parte sustancial del ecosistema empresarial de Ibiza y ha sabido forzar y destensar en función de esos intangibles que tan bien han sabido manejar los hoteles: oferta y demanda, ocupación, subiendo o bajando precios en función del día, el DJ contratado, la competencia de otras discotecas o los garitos gratuitos, cargando las tintas en la noche o en el amanecer, etcétera. La entrada a cuchillo de los magnates de la EDM en la contratación, proponiendo un modelo de negocio muy distinto –más cerca del circo y el macroespectáculo de rock de que un clubbing adaptable a los tiempos de vacaciones–, obliga a actuar de una forma más salvaje. Y la única manera es extendiendo un cheque en blanco sobre la mesa y adjuntando de paso la pluma estilográfica para que el cliente estampe su firma.

Tiësto no tiene previsto pinchar en Ibiza este verano. A cambio, ha centrado su agenda en Las Vegas, donde pagan más y puede explorar un nuevo público que aún no está vacunado contra su vulgaridad y sus habilidades de bucanero, es decir, volver a su material más épico y popular, que se había visto obligado a disimular en los últimos años –compruébese si no los tracklists de su serie de recopilatorios “In Search of Sunrise”, donde incluso llegó a incluir el “Trozitos de Navidad” de nuestro Mrc Marzenit– tras el fin de los días de vino y rosas del boom del trance holandés, mal llamado McTrance. Y la huída de Tiësto a la ciudad de los casinos deja a Pacha en una situación difícil, despojada de una de sus estrellas, por la que pujó fuertemente hace años para arrebatársela a Privilege y hacerse así con una de las pocas fiestas en todo el verano que, semana tras semana, garantizaban el lleno completo. Y, en general, los promotores de clubes en Ibiza, que hasta ahora se repartían un mismo y enorme pastel entre muy pocos, se encuentran con un problema que se ha dado en otras áreas del business, ya sea la ópera, el fútbol o los toros: de igual manera en que Anna Netrebko se reserva el mayor número de fechas para la Metropolitan Opera de Nueva York y Messi sólo juega con el Barça, los DJs más cotizados tendrán que aceptar las ofertas que más les convengan, en función de sus intereses artísticos o de bolsillo (sobre todo los segundos). Y si están en Las Vegas –el otro extremo del mundo–, Ibiza pasaría a ser un mercado secundario, al menos para una elite que hace tiempo que, como Fausto, vendió su alma al diablo (en este caso, un suculento fajo de billetes grandes y una limusina).

"Quizá Ibiza no tenga de qué preocuparse: es una marca asentada y Las Vegas, hoy por hoy, es un capricho de nuevos ricos"

La distorsión es formidable y los Urgell hacen bien en llamarlo ‘burbuja’, sobre todo porque Ibiza tiene pedigrí, pero Las Vegas es al clubbing lo que Seseña al ladrillo: un pelotazo sobredimensionado que se mantendrá durante un tiempo pero que difícilmente podrá prolongarse sin causar destrozos. Uno de los proyectos más faraónicos que se están terminando en Las Vegas es Hakkasan, un club que se inaugurará el próximo 17 de abril con deadmau5 en la cabina (y por el que pasarán churreros del house de masas como Calvin Harris, Laidback Luke, Steve Aoki y Hardwell, más una primera fecha de Tiësto el 3 de mayo) y que ha costado 100 millones de dólares, nada menos que en el complejo del MGM Grand Hotel & Casino, allí donde se cuece la panoja y el vicio en Nevada. Posiblemente para Las Vegas esto sea calderilla, y más atendiendo al volumen total de negocio –donde en el mismo pack puedes tener un combate de boxeo, pérdidas en la ruleta, un simulacro de Venecia, una Torre Eiffel de cartón, un show de Cher y una sesión de un DJ de moda–, pero las experiencias en Europa nos demuestran que cuando se fuerza la maquinaria por encima de lo que dicta el sentido común, tarde o temprano estos imperios en el aire acaban cayendo: de los rutilantes superclubs que dominaron el tinglado inglés entre finales de los 90 y principios de la década pasada (recuérdese: Gatecrasher, Godskitchen, Cream, Renaissance y similares) ya no queda casi ni el recuerdo, arrastrados por la lógica distensión de la moda del trance tras años de explotación y fatiga.

"Ya se sabe cómo funcionan las cosas en Las Vegas: lo que deja de funcionar se derruye y se vuelve a construir otra cosa encima"

Quizá Ibiza no tenga de qué preocuparse: es una marca asentada y Las Vegas, hoy por hoy, es un capricho de nuevos ricos. Leche Pascual o Danone no deberían preocuparse de la irrupción de nuevas marcas de productor lácteos en los supermercados, aunque toda nueva competencia, y más si es feroz y viene con armas agresivas, implica una mordida en la partida de beneficios que a nadie le hace gracia. La lógica apunta a que tarde o temprano el boom de la EDM tendrá que relajarse y que disminuirá la atención, el interés y, por tanto, el público, aunque en un mercado tan grande como el norteamericano los detalles son muy importantes y posiblemente se pueda fortalecer un circuito de clubbing autosuficiente y, con suerte, cada vez más exigente con la calidad de los DJs, que actualmente está por los suelos. Los macrocomplejos y los imperios de Las Vegas son otro cantar, aunque ya se sabe cómo funcionan las cosas en Las Vegas: lo que deja de funcionar se derruye y se vuelve a construir otra cosa encima.

Volviendo a Pacha, el alegato de los dueños contra la EDM puede entenderse como un gesto de sensatez –la imagen de la burbuja es apropiada, más allá del interés personal que tienen en una situación que les puede generar pérdidas o menos beneficios–, pero eso no significa que sea ver la paja en el ojo ajeno sin reparar en la viga en el propio. Pacha es la quintaesencia del superclub y del negocio rampante con total desprecio por la calidad de la música, algo que se puede resumir en una frase de Piti Urgell de hace un mes que recoge el NY Times: “la música electrónica no ha evolucionado en 20 años y es para gente idiota”. Será la de Pacha la que no haya evolucionado, porque durante esas mismas dos décadas la marca se ha aferrado como una garrapata a un modelo de house y garage con prominentes líneas vocales (o como decíamos antes, ‘cantaditas’), una producción estándar y cambios muy sutiles hacia aromas latinos, tribales o un poco más sintéticos en ciertas etapas; cualquier disco editado por ellos era mejor manejarlo con guantes y una pinza en la nariz. Pero la música electrónica no es sólo eso, como cualquier aficionado o empresario debería saber –lo que nos dice muy a las claras lo poco que le interesa la música a Pacha y lo mucho que les atrae el aroma del euro–. Para Pacha, el house ha sido la excusa para lucrarse con la venta de botellas de champán en las zonas vip, una línea de perfumes para él y para ella, licencias de televisión y todo el merchandising imaginable con el logo de la doble cereza. En definitiva, Pacha ha sido la responsable de implementar un tipo de negocio que a su vez era una burbuja –una primera burbuja que ha tenido pequeñas explosiones, como cuando Space apostó por las fiestas Cocoon y rompió el monopolio del house progresivo, pachanguero, carísimo e imán de un público poco deseado por los clubes, para decantar la balanza por el tech-house minimalista– y que intentan disimular, de manera muy torpe, con la excusa del ‘y tú más’.

Lo que no debe hacernos olvidar de otra realidad más inmediata: que las reglas del juego en la cima del negocio dance están cambiando con la pujanza del amigo americano y que llega un momento de cambios no sólo para Ibiza, sino posiblemente para las grandes raves europeas que se mantienen en pie y para franquicias como Creamfields. Es un duelo a muerte y Las Vegas ha dado el primer golpe. Estaremos encantados, cómo no, de ver cómo se desarrolla el segundo asalto desde la primera fila de este particular Caesar's Palace. Ibiza tiene a su favor la tradición, la playa y el sol del Mediterráneo, y Las Vegas el lujo, la pastizara gansa y el vicio. Que gane el peor.

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