Columnas

Houellebecq ha escrito una novela contra los idiotas

El francés se abalanza contra la extrema derecha, los fundamentalistas, los escritores, los pijos… y contra sí mismo

No quisiera comenzar a hablar de la última novela de Michel Houellebecq sin mencionar lo que verdaderamente me ha llamado la atención desde las primeras páginas. ¿De verdad que el polémico escritor francés piensa hacernos creer que en el año 2022 todos seguiremos consultando YouTube, o que en los trenes de alta velocidad el Wifi funcionará mal? Por un lado, su falta de imaginación a la hora de pensar el futuro resulta penosa; por otro, se me ocurre que quizá a Houellebecq todas estas cosas le dan igual, y que para su novela él no quería una ciencia ficción, digamos, realista, sino más bien un lugar desde el que poder contar sus más profundas preocupaciones y sus más terribles ascos.

De hecho, Soumission va precisamente de miedos y de ascos, dos palabras y sentimientos muy presentes en toda la obra del autor. Recordemos que en El mapa y el territorio, novela con la que se llevó el Goncourt, Houellebecq mataba a Houellebecq; recordemos también que en la película que estrenó el año pasado Houellebecq secuestraba a Houellebecq; y recordemos también que en cada una de sus novelas o poemas los personajes masculinos son básicamente personas horrorosas, o bien por dentro, o bien por fuera, en cuyos corazones el egoísmo pesa igual o más que la tristeza o la duda. Más allá de la política, más allá de la provocación, más allá de la propia narrativa a veces deliciosa y a veces torpe del autor, lo que predomina en esta obra es una cosa: la obsesión por demostrar el egoísmo y la hipocresía del europeo moderno.

Sexo, sushi, depresión y cachimbas

Por alguna razón a los humanos nos fascinan los seres detestables. No es extraño que Michel Houellebecq despierte tantas pasiones a lo largo y a lo ancho del mundo con su escritura. Desde sus primeras obras, sus temas o sus personajes siempre nos hacen sentir incómodos. En esa incomodidad Houellebecq toma ventaja y es capaz de abofetear al lector, haciéndonos sentir muy mal por estar disfrutando la lectura sobre temas tan peliagudos como la prostitución, el turismo sexual, el acoso, el asesinato o la islamofobia. Desde que saliera a la luz la temática de su nueva novela, Soumission estaba condenada a convertirse en una diana para que desde todos los bandos posibles de la sociedad fuera brutalmente criticada. 

Quizá porque Soumission es cruda como la vida misma . Cruda, cruel, y sin cara de hacer amigos. Desde la primera hasta la última página, Houellebecq se abalanza contra los idiotas de la extrema derecha, los idiotas islamistas fundamentalistas, los idiotas y pijos de la burguesía francesa, los idiotas literatos y los idiotas egoístas que habitan el mundo literario, a los idiotas que manejan los hilos en las universidades públicas y a los idiotas que se lo creen todo, que actúan como si lo supieran todo y que acaban cediendo a la primera de cambio, convirtiéndose, en definitiva, en los verdaderos sumisos. Porque como reza uno de sus personajes hacia el final del libro: la cima de la felicidad humana está en la sumisión más absoluta.

Con todo, y aunque ahora suene extraño decirlo después de todo el revuelo causado en la prensa mundial por la publicación de esta novela, los temas fundamentales de Soumission ya no son ni la religión ni la política nacional francesa, sino más bien otros tres muy distintos: el sexo —la polla del narrador penetra hasta nuestros cerebros—, el sushi —como un símbolo definitivo de la democratización de los gustos y de las estúpidas modas actuales—, la depresión —100% Houellebecq, en realidad lo único que quiere contarnos el autor es que su vida es una mierda, y está deprimido—, y las cachimbas —elementos que como el sushi son ajenos a nuestra cultura, pero que sin embargo miramos con recelo porque pertenecen a un mundo al que tememos muchísimo.

Una Europa moribunda, una sociedad andropáusica

¿Pero entonces, de qué va Soumission? Para responder a esa pregunta sería necesario abrir dos frentes. En primer lugar, tendría que mencionar un artículo publicado hace dos días en El Confidencial titulado Respetando a los caníbales: Europa es cómplice del fundamentalismo islámico. En este artículo el periodista Ilya U. Topper explica de una manera excelente qué es lo que está pasando ahora mismo en Europa con el Islam, y por qué deberíamos centrarnos un poco más cuando queramos buscar a las verdaderas causas del atentado de Charlie Hebdo. Una izquierda flácida y complaciente: BANG. Una ultraderecha que sólo sabe buscar la culpa de los demás e infundir el miedo: BANG. Unas políticas urbanísticas que promocionan los guetos, y, por lo tanto, la diferencia entre ciudadanos: BANG. Estados Unidos, Alemania, Arabia Saudí: BANG, BANG, BANG.

Aquí Tupper no habla de la tan temida islamización de occidente, sino más bien de la poca responsabilidad de Europa a la hora de defender a sus inmigrantes y a sus ciudadanos, y a la hora de quitarse responsabilidades y promocionar la diferencia. Las palabras de Tupper han causado mucho impacto y se han viralizado, incluso si el autor en ningún momento se decanta por una postura que no sea otra a la de tratar de explicar la realidad. Ocurre que en Soumission, el escritor Michel Houellebecq actúa de un modo ligeramente similar al del autor de este celebrado artículo, solo que desde una postura mucho más sucia, mucho más seca, mucho menos carismática y, como ya dije un poco más arriba: mucho más incómoda.

Para entender esa incomodidad es necesario abrir el segundo frente. La sinopsis de Soumission nos llevará a conocer los verdaderos motivos por los que el autor está siendo tan criticado, y lo que es más importante, por qué ha escrito esta novela. La historia es la siguiente: François es un profesor de Universidad obsesionado con un escritor francés del s. XIX. No cabe duda de que este personaje, narrador de la historia, lo sabe todo a propósito de Joris-Karl Huysmans, conocido por sus obras repletas de un pesimismo y un desprecio hacia su época descomunales. François es un bebedor empedernido, un follador empedernido y un depresivo empedernido.

Todo esto para dibujar un mundo, simplemente, en el que incluso tras un cambio radicalísimo del poder, todos los burgueses, intelectuales y visionarios del mundo acaban cediendo. Sometiéndose.

Después de muchos años atendiendo a una vida mediocre entre fiestas literarias y sexo con alumnas —es posible que quien entre en Soumission sin saber muy bien de qué va la cosa se crea que por error ha comprado una novela de Philip Roth—, nuestro personaje por fin ha llegado a una etapa en la que tendrá que tomar decisiones muy importantes: ¿qué pasa con las relaciones, por qué no es capaz de tener una con Myriam, la chica jovencísima que la chupa como nadie? O bien: ¿ de verdad que siempre va a estar ahí varado, en ese pozo sin fondo que es la enseñanza y que le consumirá la vida entre tesis de alumnos sobre escritores menores que en realidad no quiere leer? 

François sabe, por otro lado, que algo está ocurriendo en su país y en su París, y es que el año 2022 va a traer a Europa una de las cosas más extrañas y más impredecibles que pudieran ocurrir. Con la llegada a la presidencia de un político musulmán, Francia y más tarde Europa estarían destinadas a cambiar para siempre. Es aquí donde uno, como lector, comienza a sentir cierta risa o cierto rechazo ante las obsesiones de Houellebecq por precipitar un escenario realmente delirante.

En un momento dado, hacia el principio de la novela, el narrador se pregunta a sí mismo si es que estará volviéndose andropáusico. Conforme la narración va avanzando, el concepto de andropausia va creciendo en la cabeza del lector como una enorme bola de nieve que no para de girar. Mujeres que tienen que ir cada vez más tapadas, instituciones que caen en manos de los islamistas, un terreno político convulso e infinidad de conversaciones sobre política y religión que oscilan entre la paranoia y el ridículo.

Todo esto para dibujar un mundo, simplemente, en el que incluso tras un cambio radicalísimo del poder, todos los burgueses, intelectuales y visionarios del mundo acaban cediendo. Sometiéndose. Por eso, cuando en las últimas páginas François tiene la posibilidad de alegrar su podrido corazoncito gracias a un sistema que aparentemente repudia o detesta, acaba dando el brazo a torcer, convirtiéndose en un hipócrita más de esa Europa vieja, menopáusica y moribunda a la que pertenece.

Sí, l’enfant terrible is back

Houellebecq propone esto: en Occidente, el macho alfa puede follarse a todas las chicas y escorts que quiera y eso será libertad sexual, éxito en la vida, dinero; en el mundo islámico, un macho alfa se casa con dos mujeres, y eso no le gustará a nadie porque es denigrante. En las novelas del francés, los dilemas morales son los mismos, su labor es meter el dedo en no importa qué llaga. Puede que llegados a la última página del libro —con una frase memorable, no haré spoiler— se queden muchas cosas en el tintero sobre si el novelista es de derechas, o si es un machista, o si a la hora de corregir a su editor no se le ocurrió que YouPorn y la televisión por cable podrían haber desaparecido en 2022. Nada de eso le importa, y no tiene miedo de dejarlo claro. Él ya ha vomitado todo lo que le quedaba dentro. Su literatura está creando un debate. Su estupidez nos ha abierto los ojos.

La cima de la felicidad humana está en la sumisión más absoluta.

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