Columnas

“El Hormiguero”: vergüenza ajena por eliminación

¿Por qué las estrellas de la música y el cine no tienen más remedio que pasar por el delirante programa de Pablo Motos?

Por “El Hormiguero” pasan todas las grandes estrellas del cine, la televisión y la música y el resultado siempre es el mismo: hacen el ridículo en un formato televisivo inconexo. ¿Por qué van? La triste realidad es que no queda más remedio. Aquí van las claves.

Esta es una de las preguntas más recurrentes que se formula el telespectador español: ¿cómo es posible que “El Hormiguero” sea el programa de referencia para todas las estrellas internacionales del cine, la música o el deporte que pasan por nuestro país? Mucha gente cree que es por una simple cuestión de audiencia. Es cierto que cuando vienen figuras del calibre de Will Smith o Tom Cruise se disparan los audímetros y las cifras del programa crecen –un 17.4% el pasado jueves 24 de mayo; un 15.8% el 12 de diciembre, respectivamente–, pero la realidad es menos efusiva: en la semana del 28 al 31 de mayo, la última registrada, la media del espacio de Antena 3 se quedó en un 10,5%. Es un buen dato, sobre todo para una franja horaria tan difícil como la del access time –ese tiempo muerto de espera entre el final de los informativos y el arranque del prime time, un auténtico devorador de programas­ y formatos–, pero está muy lejos de la excelencia que se le presupone al lugar de paso obligatorio para todas estas celebrities de alto voltaje.

Otra justificación fácil de desmentir: en “El Hormiguero” se trata muy bien a los invitados y es una plaza fácil. Es verdad que Pablo Motos nunca plantea preguntas personales ni intenta ser punzante, pero no menos cierto es que somete a sus estrellas a una sesión de juegos, gincanas absurdas y situaciones sonrojantes que a veces pueden ser incluso más violentas que una pregunta sobre amoríos o líos de cama. Las reacciones de Charlize Theron o Jesse Eisenberg tras su paso por el programa evidencian la incomprensión e incomodidad que puede llegar a generar el jeroglífico de pruebas y la alocada puesta en escena que propone el espacio, sobre todo para una serie de personajes que cuando están de promoción por su país se sientan en los principales talk shows del momento y durante diez minutos hablan con toda normalidad de su nueva película y lo que se tercie. En ese sentido, la reacción de Theron es brillante: su definición del show en realidad viene a descubrir la indefinición del mismo, todavía hoy incapaz de responder a los interrogantes de si es un programa infantil o familiar y si es un programa de acción o de humor, con el consiguiente caos que esto genera en alguien que aterriza por primera vez en su plató.

"Es admirable el trabajo de las chicas y chicos de prensa que deben explicar a sus actores y directores en qué consiste “El Hormiguero” sin que estos salgan por patas"

Mi sensación es que, en realidad, la respuesta a la gran pregunta es, por desgracia, de alcance más profundo y preocupante: si todas las estrellas de Hollywood –bueno, mejor dicho, los responsables de las distribuidoras correspondientes– eligen “El Hormiguero” como medio televisivo exclusivo cuando vienen por aquí es básicamente porque hoy por hoy no hay otro. El análisis de la parrilla es demoledor en este sentido: ¿cuántos programas hay actualmente entre las 21.45 h. y las 00.30 h. que puedan dar cabida a entrevistas con Tom Cruise, Mel Gibson, Lenny Kravitz o Justin Bieber? El prime time español vive preso de los reality shows, las series de ficción, los talent shows, el cine, las retransmisiones deportivas y los concursos familiares, y no hay manera posible de cuadrar intereses. Hace dos semanas que se ha estrenado “Entrevista A La Carta”, en La 1, con Julia Otero, un espacio dedicado a la entrevista, pero sus datos de audiencia, muy limitados, y su formato, largo y denso, no le sirven para plantearse ser tan siquiera una alternativa. Sencillamente no hay competencia ni lucha por conseguir invitados, y así se ha establecido una inercia en la que se ya da por asumido que, si traes a una celebridad a España y quieres hacer alguna televisión, no te queda otra que pasar por ahí, por mucho que en ocasiones la promoción de esa película en plató se reduzca a la emisión sesgada de un trailer y un par de preguntas de relleno. En ese sentido, admirable el trabajo de las chicas y chicos de prensa de las diversas distribuidoras y productoras que deben explicar a sus actores y directores en qué consiste “El Hormiguero” sin que estos salgan por patas.

Así que, si bien por un lado es lógico y razonable sentir impulsos pirómanos cada vez que una personalidad de este calibre es acribillada a preguntas sobre pedos o pis o incitada a enumerar frases chistosas en un mal español, o invitada a participar en carreras de carritos de golf o forzada a escuchar los inventos musicales de Carlos Jean en directo, también es necesario cuestionarse, una vez más, por qué en este país no disponemos de un solo y miserable talk show en condiciones al que pueda acudir gente interesante a explicar cuatro cosas de su vida y obra sin necesidad de hacer el ridículo y provocar vergüenza ajena. No hace falta que sea una réplica del show de Jimmy Fallon –ni tan siquiera hace falta que Kase.o y sus Jazz Magnetism ejerzan de banda de acompañamiento, nos conformamos con menos–, pero algunos queremos seguir creyendo que es posible disponer de un formato en nuestra parrilla en el que, por ejemplo, Matthew Fox pueda explicar interioridades de “Perdidos” sin verse obligado a hablarle con acento de Bárbate a dos hormigas de trapo. “El Hormiguero” es lo que es y nadie lo va a cambiar, lo que necesitamos es una alternativa que permita más margen de maniobra a quienes traen a todos estos artistas.

"Quizás ha llegado el momento de sorprenderlos por todo lo alto en la próxima cita: ¿qué tal una entrevista normal y corriente?"

Esta semana pasó por el programa Justin Bieber. Era la tercera vez que iba. De acuerdo: en un caso como el de Bieber, que tiene una entrevista tan interesante y jugosa como puede tenerla Kalu Uche, se entiende que el programa tire del hilo de todo cuanto no tenga que ver con hablar más de cinco minutos con el pimpollo. Pero cuando ya es la tercera vez que lo haces la sensación es que todos los trucos y recursos empleados ya huelen a naftalina y que incluso el propio invitado ya los ve venir: ahora te reto a una carrera, ahora te hago jugar a un invento absurdo, ahora te asomas a la ventana para saludar a tus fans, ahora comparamos nuestra altura… Algo parecido a lo que le sucedió a Will Smith hace un par de semanas, también en la que era su tercera comparecencia en el programa: incluso el circo más alocado, acelerado y vitaminado puede acabar aburriendo si ya te sabes la función de memoria. Y eso es lo que dejan entrever los gestos y el comportamiento de aquellos invitados que repiten sus visitas de manera sistemática. Quizás ha llegado el momento de sorprenderlos por todo lo alto en la próxima cita: ¿qué tal una entrevista normal y corriente?

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