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Las Horas Perdidas

Edu Mas

spore Mojarse antes de entrar en el mar

Mi Sporepedia crece y crece mientras anuncian los medios que a finales de octubre lanzan el muy-muy esperado Little Big Planet para PS3. El juguete se las trae: se trata de controlar a unos personajillos totalmente abrazables que deben atravesar una serie de pantallas donde te gustaría vivir si fueras diminuto y, para ello, puedes construir, destruir, interactuar y jugar con la física.

Hablaba no hace mucho con un amigo y le decía que la comprensión del mundo que nos rodea requiere cada vez menos de la experiencia palpable, que hay una transmisión más directa en los videojuegos. Los motores de “realidad” de Little Big Planet son, a falta de una expresión mejor, acojonantes. Uno después de jugar con él comprende cómo se mueven las cosas en el orden de peso, aspiración, empuje, propulsión y en general, toda la cabalgata de efectos físicos que se despliegan cada día delante nuestro y a los que no prestamos atención porque ya son algo paisajístico y funcional.

Un niño después de jugar a LBP entenderá el arco que creará el tazón de choco crispies que acaba de empujar al borde de la mesa y tendrá el doble de posibilidades de salvarlo que antes. A mi esto me parece fantascinante y me provoca toda clase de placeres.

Y es que es en la ficción donde aprehendemos la realidad. Es leyendo un libro que descubrimos el color del óxido o viendo una película el movimiento de la piel en movimiento. No sé por qué es que comprendemos mejor bajo el microscopio que, sencillamente, viviendo. Y sin embargo lo hacemos. Los videojuegos, hoy cada vez más, nos acercan a realidades y a conocimientos superiores que tienen que ver con la vida, que nos conectan directamente y de forma radical con ella. Ya ves tú la paradoja.

Jugando al grandísimo Spore te das cuenta de que eres un imbécil o que eres un cazador. Y lo teníamos delante, cuando corremos para buscar el centro en las sesiones de cine no numeradas, cuando atacamos a una pareja con la que queremos copular directamente, sin pretexto, cuando coges la hamburguesa más grande sin que nadie lo note y te marcas ese tanto. Estamos continuamente comiéndonos animales más débiles, aprendemos a sobrevivir por los puños, por la codicia o por la política. Somos transparentes y un dios juega con nosotros.

Mis hijos serán más listos que yo, más sensitivos y más sabios. Eso creo que es un hecho y no porque tenga fe en ellos, si no por la máquina de conocimiento que se está amartillando día a día. Sólo tengo un temor, algo profundo e inquietante: ¿será la vida fuera de las pantallas suficiente, o estarán condenados a estímulos constantes, vampirizando cualquier fuente de luz? Eso me aterra porque a mi ya me está sucediendo.

El otro día mi hermano me indicó que yo estaba mal porque me veía jugar a la PS3 durante cinco horas. Yo me quedé helado cuando me lo dijo, ya que, a pesar de si es cierto o no que el que suscribe esté más o menos alegre, el indicativo alarmante era el “jugar”. Mi respuesta fue tajante: -¿Tú qué haces cuando quieres relajarte? Pues eso. No podía comprender que me gustase jugar a videojuegos tanto como a él hacer x. Como ya he comentado, sigue siendo tabú, sigue provocando miradas inquisitivas y razonamientos tan arbitrarios como ése.

Decía que me ocurre porque necesito de impulsos a una velocidad superior que la del simple paseo. No siempre, pero hay días que sí, inexorablemente. Y no, por favor, si pensáis a estas alturas que lo que necesito es follar más, o emborracharme, o practicar deportes de riesgo es que, de verdad, no habéis entendido nada. Porque eso también forma parte, pero a veces, no basta la vida para vivir la vida.

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