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Holy Motors, ¿la mejor película del año?

Lo nuevo del francés Leos Carax, triunfador por aclamación de Sitges 2012, apunta a título de culto con una cinta hipnótica que nos muestra los rostros del desencanto

“Holy Motors” es una de las películas que apuntan a mejor título del año. Dirigida por el polifacético Leos Carax, es una historia de limusinas, espejos, amor y canciones, pero difícil de reducir a un único género. Una película fantástica, onírica, de muchas lecturas. ¿Quieres entrar en un mundo distinto y fascinante?

Uno

Por fascinante, escurridiza y un punto indescifrable, replegada sobre sí misma como si quisiera mantener en secreto algunas ideas, algunas imágenes, algunas emociones (afortunado, o no, el que pueda acceder a todas ellas), la filmografía de Leos Carax no puede ser diseccionada con precisión de relojero. Mejor dicho, no debería serlo. ¿Para qué intentar descubrir por qué nos maravillan sus imágenes en movimiento? ¿De verdad queremos saber por qué sus personajes nos fascinan o provocan el mayor de los rechazos? ¿Si pudiéramos descifrar su mecanismo emocional, sus películas nos abrumarían de la misma manera? Los filmes de Carax, director que siempre ha estado en un extraño limbo entre el cine de autor y el género puro (no entiendo las reacciones de sorpresa ante los premios de mejor película y dirección para “Holy Motors” en el festival de Sitges, siendo ésta una propuesta fantástica y su autor un cineasta en contacto permanente con el género), ni pueden ni deben ser analizados en exceso.

O, mejor dicho, no pueden ser analizados con la pretensión de acercase mínimamente a una interpretación definitiva, a lo que quiso contarnos su autor. En el caso de “Holy Motors”, sin duda una de las películas del año, la bendita dificultad de análisis, el placer de perderse en imágenes tan difíciles de apresar como imposibles de olvidar (o, simplemente, de dejar de mirar), toca los extremos. No es una película inasible, no exige al espectador estar familiarizado con un cine abstracto o experimental: sólo le pide dejarse llevar, perderse en ella. Pero sí es su filme más libre, más audaz, desligado por completo de los parámetros del cine contemporáneo, lo que es mucho tratándose del director de “Mala Sangre” (1986) y “Los Amantes De Pont-Neuf” (1991).

Dos

Intentar dar una guía de observación de “Holy Motors” es, pues, trabajo en vano. Pero me atrevo a señalar uno de los temas en torno a los que se alza: la identidad, asunto común en la filmografía del cineasta. “Chico Conoce Chica” (1984) iba de caer en el error de definirse a partir del otro, y de imaginar en el chico o la chica conocidos el chico o la chica deseados. “Mala Sangre” era una carrera desesperada –representada en la alucinada y alucinante escena en la que suena “Modern Love” de David Bowie, con Denis Lavant corriendo en busca de una liberación imposible, o poco probable– para huir del otro como única alternativa para entenderse a uno mismo. “Los Amantes de Pont-Neuf” cruzaba las vidas de dos personas que desarrollan una identidad común, una relación de dependencia extrema, para ser más fuertes ante lo desgraciado de su existencia. Y “Pola X” fantasea con amargura sobre las personalidades en construcción, sobre la incapacidad de aferrarse a una y la caída en un doloroso juego de apariencias para ser alguien, aunque sea sólo por unas horas. Esta misma idea está, llevada al paroxismo, en “Holy Motors”. Actor fetiche de Carax, Lavant es el señor Oscar, un individuo de unos 50 años que coge cada mañana la limusina que conduce Céline (Edith Scob), quien podría ser su chófer, su socia, en cierto sentido su amiga. Parece un hombre de mediana edad que va a trabajar. Pero no es un hombre sólo. Son un millón de hombres en uno. Cada trayecto en coche equivale a un cambio de identidad. Oscar utiliza esos traslados para disfrazarse, maquillarse, modificar su cara y su cuerpo y convertirse en otro; el coche deviene en un extraño vestidor, la antesala a cada una del millón de vidas en las que, muy probablemente, se reencarnará hasta el fin de los días.

Tres

Carax convierte cada una de esas encarnaciones en un fragmento fascinante de una extraña cronología del amor, el horror, la vida y la muerte. Imprevisibles, algunos indescifrables, llenos de imágenes y símbolos a prueba de interpretaciones profundas o epidérmicas, los episodios que se corresponden a las distintas identidades del protagonista (el padre comprensivo, el asesino a sueldo o el desagradable Señor Mierda, personaje recuperado del capítulo de Carax para la película colectiva “Tokyo!”, 2008) se enmarcan en géneros distintos, de la ensoñación abstracta al horror, el thriller psicótico o la comedia negra. Pero todos, al margen del terreno en el que se muevan e incluso cuando el brote cómico o absurdo toca lo histérico, están empapados de una tremenda tristeza que tiene que ver con esa idea inicial de no saber definirse en un mundo muy poco amable. La escena más triste de “Holy Motors” es una de las cosas más bonitas y a la vez más dolorosas que ha dado el cine en los últimos años. Se trata de una escena musical interpretada por Lavant y Kylie Minogue, en la piel de una azafata con una historia triste a sus espaldas. En un escenario desolador, ella expresa su dolor en una preciosa canción creada por Carax y Neil Hannon y bautizada con el significativo título “Who Were We?” Por lo general, los musicales utilizan las canciones para ayudar a los personajes a evadirse, ponen en sus manos una melodía para que canten sus males y los relativicen. Aquí pasa todo lo contrario. Ese fragmento musical no sólo no es escapista, sino que encierra la clave de la película, la tristísima razón por la que el protagonista nunca estará bien ni en su piel ni en la de cualquier otro. Dicho todo esto sin desvelar nada de la película: pueden contártelo todo de “Holy Motors” y, aun así, sorprenderte del primer al último segundo.

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