Columnas

Hologramas: la invasión de los ladrones de cuerpos

Atractivos y mezquindades de la última moda en efectos especiales

¿Qué implicaciones puede traer para la industria de la música en directo la proliferación de figuras holográficas de artistas muertos? ¿Es una revolución o una simple innovación técnica? ¿Qué pinta la ética en todo esto? He aquí unas consideraciones al respecto.

Para toda una generación –e incluso para dos y tres–, la idea de holograma se asociaba indefectiblemente con la experiencia cinematográfica y, en particular, a la escena en “Star Wars” en la que RD2D proyecta el mensaje de la Princesa Leila pidiendo ayuda en la choza de la familia Skywalker. Aquella representación de lo humano a través de lo virtual y lo tridimensional –un haz de luz volumétrico que a lo largo de la saga se mantuvo como un estable mecanismo de comunicación a lo largo y ancho del Imperio–, sin duda ha calado hondo en el imaginario pop y ha permanecido durante décadas como una búsqueda obsesiva –un Grial, incluso– para la industria del efecto especial. Lo que había sido vívido en pantalla de cine tenía que llevarse, también, a la realidad, algo que en la teoría era posible porque ninguna ley de la física lo impedía aunque requería de un avance tecnológico más profundo. Más atrás en el tiempo, si escudriñamos toda la literatura americana de ciencia-ficción de los años 40s en adelante, seguramente encontraremos numerosas referencias a la representación holográfica, por no hablar ya de la utopía del transporte de un punto del espacio-tiempo a otro mediante la desintegración y reconstrucción de la estructura atómica de un cuerpo –inerte o vivo– a lo “Star Trek”, y es por todo esto, y aún más, por lo que el concepto holograma despierta tamaña fascinación.

El pasado sábado 21 de abril de 2012, mientras el mundo parecía estar detenido por un enfrentamiento futbolístico entre los dos principales equipos de España, en California estaba a punto de suceder otro acontecimiento importante: en el escenario principal de Coachella, durante el concierto-atraco de Dr. Dre –el hombre que más factura a cambio del esfuerzo más mínimo–, en un momento absolutamente climático apareció 2Pac Shakur redivivo en forma de holograma, o algo que lo parecía. Una representación harto realista, de movimientos limitados pero naturales, que durante cinco minutos estuvo rimando, desplazándose por un área restringida del escenario sin camiseta e interactuando con Snoop Dogg. 2Pac, que había sido asesinado en Las Vegas en septiembre de 1996, renacía a pocos kilómetros del lugar de su fallecimiento como una escultura de luz y en ese momento parecía cerrarse un círculo cuya circunferencia había comenzado a delinearse en los albores de la sci-fi del siglo XX. Algo irónico en el caso de 2Pac –que no practicaba el agnosticismo y además rechazaba la vida más allá de la muerte–, pero un triunfo para un campo de la física aplicada que tarde o temprano tenía que mostrar al mundo sus posibilidades.

La holografía en tanto que disciplina científica es relativamente joven: a Dennis Gabor, el inventor del método para reconstruir imágenes tridimensionales mediante haces de luz –rayos láser, más concretamente–, le fue concedido el Nobel de física en 1971 y la industria relacionada con esta técnica ha ido creciendo exponencialmente a lo largo de estas décadas hasta el punto de que se ha podido abaratar los costes de producción en la creación de cuerpos virtuales y dejarlos a disposición del arte y la pequeña industria. Así, los hologramas se han podido ver en museos, ferias de arte contemporáneo y en instalaciones de vanguardia –yéndonos tan lejos como 1972, Salvador Dalí aseguraba haber sido el primer artista en utilizarlos, aunque su reclamación sea errónea–, y sin duda la idea ha jugado un papel decisivo en la maduración del cine 3D.

2Pac nunca fue un holograma

El holograma de 2Pac avistado en Coachella implica muchas cuestiones, y su naturaleza remite tanto al optimismo como al rechazo. Dejando de lado la consideración técnica de que, según los expertos, no es un verdadero holograma –y sí un efecto especial a partir del uso de ciertos mecanismos holográficos; técnicamente consiste en una ilusión óptica conocida como ‘el fantasma de Pepper’, ampliamente aplicada en trucos de magia, y llevada a un escenario musical por primera vez en 2006, durante una actuación de Gorillaz en la entrega de los premios Grammy a la que se sumó una lumínica efigie de Madonna–, la visualización de una persona muerta renacida en la virtualidad y en movimiento, que hasta no hace tanto entraba en el terreno de lo imposible y lo ilusorio, está dando pie a reflexiones y debates sobre su conveniencia ética, sus posibilidades artísticas y su explotación comercial.

Hay que apuntar, aunque parezca una perogrullada, que el uso de figuras holográficas en conciertos no es una revolución para la música –como sostiene la camarilla de los ultra-optimistas tecnológicos–, sino una innovación tecnológica, y ni siquiera una innovación, sino una aplicación práctica (y tardía) de un dispositivo que ha alcanzado el grado de madurez y el nivel de abaratamiento que permite su uso industrial, más allá del experimental. Cuando decimos ‘tardía’ es en referencia a que antes del ‘holograma’ de 2Pac ya hubo otros antes, utilizados en pasarelas de moda, en conferencias por Al Gore o Richard Branson o el citado ejemplo de los Grammy, por no hablar de otros fantasmas de Pepper producidos de manera artesanal –al fin y al cabo, los orígenes de esta técnica se pueden rastrear hasta el siglo XVI, en los albores de la óptica moderna–. Con estos precedentes incluso el precio que se dice que ha pagado Dre por la proyección de 2Pac –unos 400.000 dólares sólo para cinco minutos de concierto, o barraca de feria, según se mire– resulta francamente obsceno para algo que, en esencia, no deja de ser una ilusión óptica con mejoras técnicas por aplicar –y nunca un verdadero holograma, que algo de dar gato por liebre también hay–.

"Hay un filón en este tipo de espectáculos ilusorios donde todo es un truco maravilloso pero también hay una mancha ética para quien la quiera tomar en consideración."

Sin embargo, el precio pagado implica recuperar el coste e incluso obtener un pingüe beneficio, y tras el shock inicial del 2Pac resucitado, Dr. Dre ya ha dejado caer la idea de que el holograma –que no es un verdadero holograma, pero lo seguiremos llamando así– pueda salir de gira en los próximos meses. Si así es, efectivamente, estaremos ante un nuevo fenómeno en la industria del entretenimiento: los conciertos 100% virtuales, sin presencia humana en el escenario –o no necesariamente–, una vuelta de tuerca a la idea del apoyo visual –pantas, fuegos artificiales, iluminación envolvente– y atrezzo. En sí misma, la idea es golosa y no difiere mucho de la de ir a una sala de cine, ponerse las gafas para la visión tridimensional y disfrutar de algo tan alucinante como el Tintín de Spielberg: hay un filón en este tipo de espectáculos ilusorios donde todo es un truco maravilloso –siempre y cuando lo separemos de la noción tradicional de música en directo, donde se pide que al menos la voz y los instrumentos estén generados por humanos de verdad; esto sería algo más parecido a un nuevo circo o al multimedia–, pero también hay una mancha ética para quien la quiera tomar en consideración.

Con los muertos no se juega

Resucitar a 2Pac, en efecto, es chocante, y quién sabe si también amoral. El difunto no puede haber dado su consentimiento, pero ¿y la familia? Si hay una gira del holograma de 2Pac y se hace caja, ¿quién se queda con esos beneficios? ¿Es lo mismo que la explotación de los derechos de autor de un escritor fallecido? ¿Qué pensaríamos si alguien decidiera ‘resucitar’, por ejemplo, a Federico García Lorca vía holograma y organizara un tour por bares y claustros universitarios para leer poesía? Tras 2Pac, otras aves de rapiña se han apresurado a anunciar sus regresos holográficos: The Jackson 5, que nunca pudieron convencer a Michael Jackson para que se les uniera en un tour de reunión, dicen ahora que Michael reaparecerá como holograma bailando entre cuatro carcamales. TLC, el trío que impulsó el moderno R&B a mediados de los 90s y que tuvo que cerrar su ciclo tras el triste fallecimiento de Lisa ‘Left Eye’ Lopes en 2002, aprovecha ahora la coyuntura para idear una gira en la que Lisa, cómo no, regresará de la tumba. Esto es sólo el comienzo de una repugnante serie de anuncios en esta línea.

Las tecnologías no son ni buenas ni malas, dependen del uso que se les da –ahí está, por ejemplo, la distinción entre el uso de la fusión nuclear para generar energía eléctrica o para arrasar Hiroshima–, y en el caso de los falsos hologramas la primera reacción ha sido la de la rapiña, al menos por parte de una serie de aprovechados que, viendo la oportunidad de hacer dinero fácil y rápido antes que nadie, va a explotar el recurso para regresar raudos a su cueva del olvido habiéndoselo llevado bien crudo y calentito. Pero el entertainment tiene abierta otra vía mucho más interesante –y que además entronca con otro de los motivos recientes de la literatura de sci-fi– si se aplica la holografía o los fantasmas de Pepper en la creación de nuevas experiencias. Evidentemente, es tentador imaginarse una gira mundial de Elvis –y no dejaría de ser distinta a aquella gira de Natalie Cole en la que cantaba con su padre, Nat King Cole, desde la más absoluta virtualidad, el fiambre en pantalla y la viva de pie–, o resucitar Amy Winehouse con su copazo de coñac holográfico en mano. Pero resultaría aún más interesante avanzar en una conjunción entre el live show, el videojuego y el audiovisual 3D en el que se creara música –e ídolos ad hoc– directamente de la nada.

Fantasías cyberpunk

Hay un precedente que acabó en fracaso y que puede atemperar los ánimos. Cuando Square Pictures se embarcó en la producción de la primera adaptación al cine de la saga de videojuegos “Final Fantasy” –subitulada “The Spirits Within”, y que además fue un rotundo fracaso; costó 137 millones de dólares y sólo recaudó 85 millones en taquilla, arrastrando consigo a la compañía, que entró en quiebra al poco tiempo–, su ambición era también la de crear la primera estrella de cine virtual de la historia. Aki Ross, la protagonista de la película, era un diseño pensado no sólo para “Final Fantasy”, sino para seguir apareciendo en otras películas de animación adoptando diferentes papeles como si fuera una actriz real que, además, concediera entrevistas y posara para las portadas de las revistas. Aki Ross, sin embargo, sólo obtuvo un segundo papel antes de quedarse en un proyecto abandonado y fracasado en el cortometraje “Final Flight of the Osiris”, el primero de “Animatrix” y el puente entre la primera película de la saga “Matrix” y “Reloaded” –no por casualidad, el film que ha revolucionado los modernos efectos especiales–. El ejemplo de Aki Ross demuestra que, al menos en 2001, la reticencia del público hacia la virtualidad, todavía acostumbrado a lo analógico, era un hecho. Pero en diez años el mundo ha cambiado mucho e internet se advierte como más real ya que la vida misma. La pregunta ahora es lícita: ¿Cómo reaccionaría la gente ante la primera estrella holográfica del rap, o del pop, o del metal, creada ex profeso?

Esa es una posibilidad que el cyberpunk siempre ha encontrado tentadora. En su novela de 1995, “Idoru”, William Gibson concibió el personaje de Rei Toei, una agente secreto inmaterial, pura inteligencia artificial, que se camufla en el mundo de los humanos como una estrella del pop –‘idoru’ es la palabra japonesa, adaptación del inglés ‘idol’, para las jóvenes lolitas del j-pop de centro comercial–, y que abría, desde la imaginación, la puerta a la virtualidad absoluta dentro del pop de consumo en la que cada vez más y más estamos entrando. Porque en un disco de Britney Spears, por ejemplo, donde casi no hay nada ‘real’ de la artista –música creada por un equipo de compositores fantasma y producción ultratecnificada, incluso la voz post-producida a partir de una huella de rastro cada vez más difuso y modificada en escalas armónicas imposibles; incluso las fotos tienen más retoque de Photoshop que una portada de Playboy–, y así resultaría fácil encontrar lo que podría ser un disco de Rei Toei en las novelas de Gibson. El cyberpunk ha soñado intensamente con la ultravirtualidad, la disolución del mundo real o su supeditación al mundo ultrarreal de internet y el data flow –al final de “Ghost In The Shell”, el anime de culto de Mamoru Oshii, la mayor Motoko Kusanagi abandona su cuerpo y se funde con la red para convertirse en pensamiento e información pura, una metamorfosis binaria que también acontece en otro anime posterior, “Serial Experiments Lain”, y quizá esta visión del futuro esté convergiendo poco a poco en el presente.

El 2Pac de Coachella 2012, un falso holograma, un avispado truco óptico, quizá sea una anécdota que esté dando pie a una moda carroñera, una necrofilia 2.0, la verdadera invasión de los ladrones de cuerpos de la que habrá que avergonzarse de aquí a un tiempo. Nada tiene que ver con la música, pero sí en cómo se presenta para disfrute de las hordas. Pero también es un síntoma de que la industria del espectáculo está dando los pasos decisivos para crear algo nuevo. Si ese algo es el imaginado por Gibson, servidor está de acuerdo y firma encantado. Pero si todo esto sólo va a consistir al final en una atracción de feria para que veamos moverse por un escenario al fantasma de Kurt Cobain, sintiéndolo mucho, va a ser que no.

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