Columnas

“El Hobbit”: ¿una decepción inesperada?

Mañana se estrena por fin la nueva adaptación de Peter Jackson de la obra fantástica de J.R.R. Tolkien, un regreso a la Tierra Media que rinde a menor altura que “El Señor de los Anillos”

Este viernes se estrena “El Hobbit”, el regreso de Peter Jackson al universo literario y fantástico de J.R.R. Tolkien, pero no es el único atractivo de la cartelera: te hablamos también de “El Bosc” y “De Óxido y De Hueso”.

Una de las cosas que no pueden decirse, bajo ningún concepto, de “El Hobbit: Un Viaje Inesperado”, primera parte de la trilogía en curso inspirada en la primera novela de J.R.R. Tolkien, es que se trate de una película fallida. Su concepto, maquinaria y dinámica pueden ser o no del agrado del espectador, pero la relación entre intenciones y resultado es estrechísima. Casi una década después de cerrar la serie compuesta por “El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo” (2001), “El Señor de los Anillos: Las Dos Torres” (2002) y “El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey” (2003), y después de dirigir el melodrama “The Lovely Bones” (2009), su peor película hasta hoy, Peter Jackson regresa al universo de su extraordinaria y celebrada trilogía dispuesto a quedarse en él una buena temporada y disfrutar –a toda costa y todo coste– de su estancia. Escrita por partes a lo largo de una década y destinada en sus orígenes a un público juvenil, “El Hobbit” no tiene más de 400 páginas. No es, pues, un libro extraordinariamente largo, pero el director de “Criaturas Celestiales” (1994) ha decidido firmar una adaptación que, si no son erróneos o especulados los datos sobre su duración definitiva, se iría a las nueve horas de cine: esta primera parte de la trilogía en proceso sobre “El Hobbit”, novela que sentaba las bases y describía el imaginario que Tolkien acabó de definir en la posterior “El Señor de los Anillos”, dura 169 minutos.

Preguntarse sobre la necesidad de hacer una película tan larga para llevar al cine una novela que cabría en un frasco más pequeño no tiene mucho sentido. Conocedor y fan hasta la médula del universo de Tolkien, cineasta al que agradecer eternamente el mimo, la coherencia y el respeto con los que ha traducido ese mundo en imágenes, lo ha creído así pertinente. Es su elección. Ha optado por la adaptación minuciosa de sus páginas sin temer que la excesiva fidelidad en la reproducción de los fragmentos físicamente estáticos del libro, donde la conversación fluye a placer y anula la acción, diluyeran el sentido de la aventura y del espectáculo de la propuesta. Y es un arma de doble filo. El profundo respeto al texto establece un diálogo cómplice entre la película y los fans de Tolkien, que pueden perderse a placer en las cavilaciones de los personajes, cuarteadas por un inesperado y agradecido sentido del humor que adquiere modulaciones distintas y tiene en Martin Freeman (en la piel del hobbit Bilbo Bolsón), magnífico actor de comedia, al cómplice ideal. Pero también hace de “El Hobbit: Un Viaje Inesperado”, sobre la aventura de Bilbo y trece enanos dispuestos a recuperar su reino, un hueso a ratos duro de roer.

"Brilla menos de lo que debería, pues en el viaje que propone hay más discusiones sobre el trayecto que sorpresas"

No entrar en los pasajes calmos del filme, no andar al mismo paso que los personajes (la sensación del viaje, con sus descubrimientos, sorpresas, paradas e impresión de cansancio, está presente todo el tiempo) y dejarse engatusar por sus diálogos, puede generar agotamiento y sopor por una cuestión de exceso. Sobre todo porque la variable que podría evitarlo, la sorpresa, está fuera de la ecuación: “El Hobbit: Un Viaje Inesperado” no genera fascinación epidérmica porque, después de degustar la asombrosa Trilogía de los Anillos, somos inmunes al poder de su imaginario fantástico (que lo tiene, y mucho): es brillante, pero ya nos lo sabemos. Tampoco ayuda el abanico de personajes. El diseño de algunos monstruos es sencillamente alucinante, pero es incontestable que el grupo protagonista de esta historia (Bilbo Bolsón al margen) es menos carismático que el de la anterior trilogía de Jackson.

Pero el director de “Agárrame Esos Fantasmas” (1996) es uno de los nombres clave del cine-espectáculo con fondo. Sigue siendo, como Guillermo Del Toro (el cineasta figura entre los guionistas, estuvo cerca de dirigirla y su huella se advierte en algunos pasajes de la película), un niño grande con una cabeza complicadísima, un sentido del espectáculo extraordinario y una pasión y una capacidad de asombro admirables. Es así, y cuando “El Hobbit: Un Viaje Inesperado” coge carrerilla y se desata entonces brilla. Brilla menos de lo que debería, pues en el viaje que propone hay más discusiones sobre el trayecto que sorpresas –al fin y al cabo, “El Hobbit” es más una novela de viajes que de aventuras–, y no le harían mal más escenas de acción; pero cuando lo hace recoloca a Jackson como uno de los directores que mejor defienden y ejecutan el cine que suma espectáculo y emoción, que no entiende una cosa por separado de la otra. Sin hacer spoiler, cabe hacer referencia al abrumador tramo final, rodado con maestría (no hay caos, no hay ruidos accesorios) y sentido de la maravilla, y a la alucinante secuencia de los gigantes de piedra, un fragmento que en la novela basculaba entre lo imaginado y lo sucedido y en la película de Jackson se nos revela brutal y hermosamente real.

Aclaración: no he podido hacer referencia en este artículo a la polémica sensación de ver “El Hobbit: Un Viaje Inesperado” a 48fps (48 fotogramas por segundo), la velocidad de reproducción para la que fue concebida (el doble de la habitual en el cine) porque para la proyección de prensa en Barcelona no se disponía de copia en 3D en versión original y a 48fps.

Otras propuestas. Aunque “El Hobbit: Un Viaje Inesperado” está predestinada a eclipsarlo todo, este viernes se estrenan otras dos películas que vale la pena destacar. Una es “El Bosc”, extrañísimo híbrido genérico (mezcla ciencia-ficción y película sobre la Guerra civil española) dirigido por Óscar Aibar ( “Atolladero”, “Platillos Volantes”, uno de los directores españoles más interesantes en activo: no siempre redondea sus películas, pero no se conforma con lo obvio, arriesga y se permite el lujo de enloquecer a ratos. Adaptación de un relato corto del escritor y antropólogo barcelonés Albert Sánchez Piñol, autor de la celebrada novela “La Pell Freda”, sorprende por extraña, inclasificable y raramente emotiva, y tiene uno de los finales más deliciosamente chiflados que se recuerdan.

La otra es “De Óxido y Hueso”, dirigida por el francés Jacques Audiard. El director de “Un Profeta” (2009) convierte en un melodrama tan lúcido como profundamente bello y doloroso una historia que, en otras manos, podría haber derivado en un folletín lacrimógeno, en un telefilme dramático de tercera. Dificilísima, por lo atroz de sus temas y situaciones, de ejecutar sin caer en el efectismo y castigar indiscriminadamente a sus personajes, “De Óxido y Hueso” está a años luz de todo eso. Este relato de la relación entre un portero de discoteca castigado por la vida (Matthias Schoenaerts) y una entrenadora de ballenas (Marion Cotillard) que pierde las piernas en un accidente laboral podría venir perfectamente firmado por Lee Chang-Dong. Como el director de “Secret Sunshine” (2007), Audiard cruza las vidas de personajes al límite del dolor para hablar con contundencia y emoción y sin ahogarse en la compasión de la posibilidad de un sufrimiento tan grande que impida por igual querer y ser querido. También de la posibilidad, por minúscula que sea, de aliviarlo.

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