PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Now

“Hitler masturbándose” y otras formas de arte entendido como shock

H

 

Alice Cooper y Salvador Dalí forjaron una alianza que simbolizaba el arte como estado de shock, donde los dictadores podían ser estrellas de rock y las estrellas de rock agentes del mal

Servando Rocha

07 Enero 2014 09:20

En "Diario de un Genio" Dalí afirmó que los surrealistas “toleraron, hasta cierto punto, mis elementos escatológicos. Pero en cambio, ciertas otras cosas fueron declaradas tabú […] Me autorizaban la sangre. Podía añadirle un poco de caca. Me autorizaban a representar sexos, pero no fantasías anales ¡Cualquier clase de ano era observado de manera muy sospechosa!”.

Su brazalete con la esvástica lo identifica claramente. El escenario es extraño y parece situarse en algún país nórdico. Hitler está sólo, o casi; podemos verlo sentado en un trineo, del que tiran cuatro ponis, parado en algún punto en concreto, como si hubiera llegado hasta allí por alguna razón que desconocemos. Porque lo único que vemos es un desierto blanco, la densidad de un paisaje de nieve que cubre un horizonte montañoso. En el centro del cuadro, un avergonzado Hitler se masturba a escondidas.

En "Hitler Masturbándose" (1973) Dalí continuaba la tradición que había iniciado en sus tiempos de militancia en el surrealismo, donde el führer, entre tantos otros monstruos del siglo veinte, ejerció una gran influencia sobre su obra. Como definitivo acto nihilista, Hitler perseguía su propia destrucción total. Matar o morir: “Hitler había emprendido toda esa acción wagneriana con la meta inconsciente de perder o morir”, aseguró en una entrevista. Encarnaba al masoquista y el delirio terrorista, controlando una puesta en escena que anticiparía el espectáculo total de los conciertos de rock.

Durante su época en las filas surrealistas, el enfrentamiento de Dalí con el sector más político del movimiento le hizo ganar profundas enemistades. Se trataba, por supuesto, de un elemento incómodo. En "Diario de un Genio" afirmó que los surrealistas “toleraron, hasta cierto punto, mis elementos escatológicos. Pero en cambio, ciertas otras cosas fueron declaradas tabú […] Me autorizaban la sangre. Podía añadirle un poco de caca. Me autorizaban a representar sexos, pero no fantasías anales ¡Cualquier clase de ano era observado de manera muy sospechosa! Las lesbianas le gustaban mucho, pero no los pederastas. En los sueños podía utilizar sin limitaciones el sadismo, los paraguas y las máquinas de coser, pero, todo elemento religioso, incluso de carácter místico, me estaba prohibido”.

"Dalí había confesado ver en uno de sus sueños la imagen del dictador como si fuese un reencarnado Maldoror"

"El Enigma de Hitler" (1939), un cuadro que encerraba otros tantos enigmas, interpretaba la situación por la que atravesaba Europa tras la Conferencia de Munich de 1937, en la que Inglaterra y Francia cedieron ante la pretensión de Hitler de invadir y anexionarse Checoslovaquia. Sin embargo, el cuadro fue el desencadenante de su definitiva expulsión del surrealismo francés. Su actitud provocó un debate entre sus filas cuando hábilmente defendió sus obsesiones atacando con las mismas armas del surrealismo. El pintor afirmó que, al igual que los fantásticos resultados de la escritura automática, el mundo de los sueños carecía de control, que la imaginación podía ser caótica y desconcertante, que él simplemente se limitaba a poner en práctica los dictados del surrealismo. Sus referencias a Hitler estaban plenamente justificadas. Durante los años treinta, Dalí había confesado ver en uno de sus sueños la imagen del dictador como si fuese un reencarnado Maldoror —la Bestia reclamando lo que era suyo—, algo que lo hacía aún más fascinante. La revelación tenía todo el aspecto de una profecía. Lo que sucedió poco tiempo después todos lo sabemos: Alemania se embarcó en un plan de control total y aniquilación sistemática. En medio de una época de antagonismos políticos y guerras, intolerancia y compromiso, Dalí traspasó unas líneas rojas para no volver jamás, y fue expulsado del grupo.

La llegada de las serpientes, el cuero y las cadenas

El mismo año que vio la luz "Hitler Masturbándose", Dalí asistió a un concierto de Alice Cooper, entonces una figura envuelta por el escándalo y la transgresión; de él se decía prácticamente de todo, encarnando todo lo malo de la civilización, amplificando su brutalidad y llevándola un paso más allá. Había algo de verdad en todo eso; Cooper, en sus apariciones, mezclaba tradiciones europeas fácilmente reconocibles: la guillotina durante los años del Terror francés y célebres historias de asesinos con temas extraídos de la literatura de terror. Todo aquello aparecía como un subtexto que explicaba su personaje. Como todo acto de performance (la teatralidad del cantante convirtió sus conciertos en fantásticas performances), él representaba a un personaje, cuyo nombre aseguró haber recibido en medio de una sesión de espiritismo. Cooper había visto el “otro lado” y ahora traía aquellas visiones hasta nosotros. Y funcionaba. Rápidamente, sus polémicas actuaciones (decapitaciones y asesinatos simulados) le hicieron ganar la reputación mundial de la que nunca disfrutó Screaming Lord Sutch, alguien más brillante que él y una de sus grandes influencias. Esta fue una de las razones por las que Dalí acudió a uno de los shows de su gira “Billion Dolar Babies”, donde Cooper desplegó sus mejores trucos e imaginería: serpientes y fuego, látigos y cadenas. La música se rendía ante un propósito concreto, contando una historia que duraba tres o cuatro minutos, lo que convertía todo aquello en arte. Luego el concierto terminaba, pero se contaba como si cada noche fuese el estreno de una nueva película. Lo importante era la experiencia. Cooper se dirigía hacia la obra de arte total.

"Alice Cooper afirmó que Dalí era un rockero y que sus sueños y visiones eran las suyas"

Al finalizar el concierto, Dalí quedó rendido ante Cooper, quien por supuesto era admirador suyo. Este fue el inicio de una particular historia de admiraciones y devociones mutuas que se mantuvo hasta la muerte del pintor. Durante aquellos quince años, ambos reconocieron participar en un mismo proyecto: Cooper afirmó que Dalí era un rockero y que sus sueños y visiones eran las suyas. De todo esto y de muchas más cosas que no sabemos hablaron durante los tres días que Cooper fue invitado a la casa de Dalí. El resultado de aquel encuentro y de la complicidad que surgió, fue un retrato tridimensional en formato holograma, realizado con la ayuda del artista Selwyn Lissack, titulado “Retrato del cerebro de Alice Cooper”.

El mercado de esclavos

En las apariciones de Cooper, el cuero negro, los sacrificios y una eterna noche de las valkirias encontraba su lugar en medio de canciones de rock que hoy nos parecen inofensivas y previsibles. Hitler seguía lejos de allí, en las tierras altas, en un paisaje de ensueño. Hitler masturbándose.

Años más tarde, Cooper utilizó un fragmento del cuadro de Dalí “Mercado de esclavos con la aparición del busto invisible de Voltaire” para la portada de su álbum Da-Da. Su mismo título rendía tributo a la tradición de las vanguardias artísticas europeas, en este caso a Dadá y el dadaísmo, al igual que el siempre presente surrealismo y sus sucesivas réplicas.

La pareja fue retratada en una histórica rueda de prensa celebrada en Nueva York con motivo de la presentación de“Retrato del cerebro de Alice Cooper”. “Yo iba vestido completamente de negro y mis ojos se mantenían cerrados mientras me bebía una lata de cerveza —confesó más tarde—. Él, que vestía de blanco y parecía una especie de santo, explicó una y otra vez de qué trataba la obra. Lo hizo a su manera, con su lenguaje. Entonces alguien me preguntó: ¿Qué opina al respecto?, Y yo dije: ‘no lo sé’. Desde que lo conocí, no he entendido una palabra de lo que dice. Entonces Dalí salto y dijo: ‘¡Perfecto! Confusión, la mejor forma de comunicación”.

share