Columnas

Hipocondria ¡High voltage!

Carlos Vareno

Céntrate en la luz, Carlos, me digo mientras me esfuerzo por visualizar delfines brincando por los aires en el atardecer. Carlos, concéntrate en la visión de las axilas sin depilar de la profe de yoga de los viernes, haz el favor, Ohmmmmm. Ondas electromagnéticas siguen atravesando mi cráneo, y esto no hay quien lo aguante más, mi hipotálamo ahora arde como un router descontrolado.

Rompo con la posición del loto a medio hacer, y despavorido salgo a la intemperie, allí donde los hombres se cruzan y van a buscar el pan y esas cosas. Apenas hace un mes compré un casco de futbol americano para frenar las fluctuaciones electromagnéticas de la antena de móvil a 12metros de mi dormitorio, de mi cabeza, y aún y así, parece que mi estado anímico y moral no mejora. Según dicen mis allegados me han visto balancearme como el tarado de 'Una mente maravillosa' ante el Tomate de telecinco, y eso no hace ni puta gracia. Sin darme cuenta, me condené en su momento a una hipoteca firmada por Mefistófeles y su íncubo de hierro y placas receptoras de señal. Línea directa con el Averno, versión High voltage.

Por si no lo habéis visto ya, corre por Youtube un video con 25 millones de entradas, en el que verdad o mentira, se ve un móvil que hace estallar una palomita blanca, -tan blanca como el horror-, solo con sus radiaciones. Imaginaros que cada llamada, cada SMS descarriao que corre por ahí, produce una bacanal de neuronas ardiendo y explotando en masa, -¿las oís aullar?-. Miedito y asquito por los avances del progreso, señores. Miedito por el portátil encima de mi regazo que amenaza con dejarme impotente, pavor con el internet que va engrosando mi déficit de atención, terror por el ipod que promete dejarme sordo. O eso dicen. Mi apartamento parece un jardín botánico de cáctus, ostia. Los tengo encima, en todo aparetejo eléctrico de la casa.

Hemos substituido el sentimiento religioso, con todo lo que eso acarreaba, -véase plagas divinas, diluvios universales, pecado original-, por la devoción über pajillera por los gadgets, las supersticiones científicas, la salud, las futuras curas contra la alopecia, ese horror vacui que amenaza a todo hombre con algo de entrepierna. Selenicerus Grandiflorus, Hylocerus Undatus, Lophophora. Prevenciones, que junto al casco de futbol americano y las piedras de cuarzo rosa que dibujan un tetagrama perfecto en el suelo del salón, me sirven para sobrellevar los demonios y entidades maléfico-invisibles del siglo XXI.

Antes temíamos a Satán, ahora nos cagamos de miedo por si las galletas del área de servicio disponen de un alto índice en azúcar. No hagas demasiado deporte, nos dicen una y otra vez, que con la sobre-exposición de oxígeno el cuerpo envejecerá. No comas carne más de una vez a la semana, que los segregadores de serotonina, los que se encargan de decir si estás jodidamente depresivo o no, lo tendrán difícil para que mañana te levantes de la cama y vayas a trabajar. Mira que bien. No comas queso por la noche, que el hígado se intoxica, y al inconsciente luego le da por soñar en hombres con cara de macetas y niños gritando nuestro nombre sin cesar. No dejes conectada la wifi las 24 horas del día, que la descendencia nos saldrá con un muñón de más. Y sobre todo, hagas lo que hagas, como si te quieres quitar un par de costillas para poder chupártela mejor, piensa en positivo, ¡Siempre piensa en positivo!

Puede que la pandemia esté a punto de eclosionar. Dicen que después del verano la gripe A va a contagiar a tres cuartos de los niños de este país. Dicen también que la Gripe A es causada por los transgénicos que los cerdos comen en sus receptáculos antes de ser fileteados en nuestras mesas, y eso, ha desatado la fiebre mundial. Dicen, dicen, y dicen. Pues que digan. Harto de medidas de seguridad, precauciones para conservar la salud, miedos metafísicos por el movimiento centrípeto de la lavadora, creo que me voy a desnudar, y alegre como un cervatillo en medio del oscuro bosque, me acercaré al repetidor de telefónica y lo abrazaré con todo el amor del mundo dejándome acribillar así por protones, electrones, y haces de luz radioactivos. A ver que pasa. Que con la ristra de efectos secundarios que se pueden leer en esto que llamamos vida, mejor ni mirar, ¡ni de reojo! Vayan en paz, hipocondríacos de nuevo cuño, después del verano, más.

Carlos Vareno es un total desconocido que semana tras semana envía a nuestro correo electrónico textos, dibujos y diagramas, columnas esbozadas. En el asunto siempre pone "Desde la azotea del edificio", y cuando hemos querido ponernos en contacto con él, conocerlo personalmente (como hacemos con todos nuestros colaboradores), simplemente deja de contestar nuestros mails.

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