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Por qué Heather deberíamos ser todos

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Heather Heyer, de 32 años, salió a la calle para que todos vivamos en un mundo mejor, para que nadie quiera convertirse en el neonazi que el sábado la mató

Ignacio Pato

14 Agosto 2017 15:57

Un neonazi de 20 años, Alex Fields, le dijo a su madre el pasado viernes que este fin de semana le cuidase a su gato. Que se iba a la manifestación 'Unite the Right' a Virginia. Allí el sábado por la tarde atropelló deliberadamente con un coche a varias personas que se encontraban en la contramanifestación. Hirió a veinte personas y mató a una, Heather Heyer, abogada de 32 años. Lo que sigue son diez reflexiones alrededor de un homicidio basado en el odio.

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Heather estaba físicamente en las calles de Virginia tratando de no dejar que una amalgama de neonazis ganase espacio público. Heather estaba haciendo lo que en argot activista se conoce como poner el cuerpo. La importancia primaria de este hecho es que su presencia rompía la lógica individualista que cada vez —por ejemplo por culpa de largas jornadas laborales— entorpece más las reuniones de caracter social o político.

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La protesta antifascista no era una mera suma de personas. Su sentido colectivo se resume en el eslogan de uno de los grupos presentes, el sindicato Industrial Workers of the World: "si dañas a uno, dañas a todos".

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Los convocantes de la marcha antifascista no sostienen un discurso violento. Así, junto al mencionado IWW —fundado en 1905—, encontramos a los activistas de Black Lives Matter, grupos religiosos de base o a Redneck Revolt, una interesante organización anticapitalista y antisupremacista que busca reapropiarse de un término usado de manera clasista contra millones de trabajadores estadounidenses.

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Heather se encontraba junto a otras mujeres, junto a sindicalistas, junto a negros y latinas, en la protesta antifascista. Enfrente, la marcha ultraderechista estaba compuesta mayoritariamente por hombres blancos.

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Parte de la legitimación de estos grupos de odio de derecha ha procedido en los últimos meses de un discurso que coloca a sus miembros como outsiders, portadores de opiniones políticamente incorrectas. Incluso se ha hablado de alt right. Pero no hay nada menos rupturista que la resistencia a abandonar privilegios basados en el sexo, la raza o la nacionalidad.

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También puede ser de todo menos valiente y transformadora una marcha, la de 'Unite the Right', que se inscribe en una negra tradición, la del fascismo como fuerza de choque de los intereses del poder, y más concretamente de los empresariales. La ventaja de disciplinar a los trabajadores y a las minorías a través de la violencia no se le escapó ni a los industriales italianos de los años 20, ni a las multinacionales del III Reich, ni a la oligarquía exportadora de América Latina durante casi un siglo ni, en los últimos años, a los grandes armadores griegos o a los terratenientes colombianos.

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El ataque terrorista que ha matado a Heather no es como los del 11S o los de París, ni siquiera como el atropello de Niza. Heather Heyer no estaba en una oficina, ni cenando en una terraza, ni en un concierto, ni en un paseo marítimo. Heather, sencillamente, no tenía por qué ser cualquiera de nosotros. Ella empleó su tiempo de ocio para acudir a un acto que nos incumbe a todos. Si la mataron es porque estaba allí, y eso reduce mucho la posible empatía de quien nunca ha tenido que mirar dos veces antes de ver quién hay en el andén de metro, de quien nunca ha tenido que evitar ciertas zonas de una gran ciudad, o de quien no ha tenido que correr o pelear para salvar su vida de un ataque de odio.

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Hemos asistido estos meses a discursos anti-Trump en reconocidas cabeceras. Tras llegar este a la Casa Blanca, el Washington Post cambió su eslogan por un cool "La democracia se muere entre tinieblas" para después hablar del homicidio de Heather como de "choques". Si hubo un choque, este fue el impacto deliberado del coche conducido por Alex Fields, el neonazi exmiembro de los supremacistas blancos Vanguard America, contra el cuerpo de Heather.

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Muchos medios, especialmente en España, se han referido al atropello deliberado y mortal de Heather como si de un asunto entre "grupos radicales" se tratara. Ni la acción transcurrió en el contexto directo de un choque —basta ver el vídeo— ni es responsable que reconocidas cabeceras se autoparodien bajo una especie de "ni fascismo ni antifascismo: igualdad". Ese trampeado imaginario de dos demonios mata por segunda vez a personas como Heather. El propio Trump habló de la violencia de las many sides. Los medios han hablado, pues, como el poder.

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Dice Alfred Wilson, el jefe del bufete donde Heyer trabajaba como abogada, que esta se implicaba tanto en la defensa de personas vulnerables que a menudo la veía llorando en la oficina. Heather sentía como propia toda injusticia. Contra ellas puso su cuerpo, y no es verdad que precisamente eso, un cuerpo inerte, sea lo único que queda de ella. Queda su ejemplo, su sábado para todos y todas. Y la reafirmación, que debería ser también colectiva, de que se trata de antifascismo o barbarie.




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