Columnas

La Guía del Odio #003

Cosas que te joden la vida y que te obligan a odiar muy fuerte

Vuelve la guía del odio. Vamos a sacarnos la rabia de encima. Vamos a proyectar la mala leche contra todo eso que nos hace la vida imposible. Hoy: los que van en moto, los camareros gilipollas, las salas de cine, los que hablan alto por el móvil, la Historia…

Después de la primera entrega y de la segunda, un mes más toca proyectar odio contra todo aquello que molesta, estorba y, en definitiva, hace que cada uno de tus días se vaya por el retrete. No nos demoremos más: hay muchos hijos de puta ahí fuera que merecen un severo correctivo.

1. Hablar muy alto por el móvil

El tipo de persona que tiene esta odiosa costumbre es completamente arbitrario. No necesariamente alguien que conversa a un volumen alto, habla por teléfono así y viceversa. Por lo tanto, no os fiéis de nadie.

Eh, malditos voceros, ¿creéis que la gente está sorda? ¿O es que llamáis siempre al rincón del jubilado? Por favor, dejad de polucionar los espacios con vuestro chorro de voz salida del diafragma, no hay ninguna necesidad: los teléfonos hoy en día tienen unos micrófonos muy bien diseñados, muy cerquita de vuestra boca. Así que no hace falta que todo el centro comercial se entere de que tu bebé tiene gases. Basta, por favor, sois agentes del mal.

Parecéis de otra época, en serio. Como si vuestro cerebro no concibiera el funcionamiento de un teléfono, ¿gritáis hacia la negrura de la ignorancia? Es como si al cerrar los ojos quisierais atravesar el espacio a berridos, como si mugiendo de esta forma la información que dais fuese a llegar más clara al receptor. ¿El volumen del mensaje es proporcional a la cantidad de cobertura? NO. ¿Creéis que por mucho vociferar vais a mover los satélites? Convivís con un error, creedme. Sois como las personas que son preguntadas por una dirección en inglés y responden en castellano pero gritando mucho más, muy por arriba de un volumen que indique cordura. Como si la colisión sónica fuera a destrozar la configuración cerebral del pobre turista y, de pronto, entendiera el castellano como si fuera su lengua materna.

"Me dais miedo, no os importa el prójimo en absoluto"

Es que no os dais cuenta de que es muy básico este concepto del hablar más fuerte, no os percatáis de la monumental estupidez de planteamiento. Si tuvierais razón, nuestros parlamentarios, diputados, senadores, representantes y todo el circo de personajes de diálogo público serían sustituidos por tenores, barítonos, contraltos, sopranos, ¡y probablemente serían negros!

¿Por qué chilláis? ¿Qué hay detrás de esta propuesta de vida? Me dais miedo, no os importa el prójimo en absoluto. Cuando te llaman por teléfono, el resto del autobús sigue aquí. No os dais cuenta de que para el resto de la gente solamente existe vuestra parte de la conversación. Puestos a secuestrar mi atención y mi paciencia, al menos podríais hablar con el manos libres y así participamos todos. Pero no lo pensáis, ¿no? La verdad que no parece que sufráis. Y sin embargo dais una brasa inhumana, quebráis la posibilidad de diálogo en vuestro perímetro, machacáis la posibilidad de pensamiento razonado ¡Hablad más bajo, coño!

2. Conductores de scooters

El resto de ciudadanos son tontos, pensamos. Nosotros, los de las motos sí que somos listos: no hacemos colas, aparcamos en la puerta de nuestro destino, si cambiamos de idea cambiamos de carril. No pasa nada: somos los de las motos y hemos nacido para dominar la ciudad.

Es increíble a qué extremos de estupidez llega una persona conduciendo, pero aún es más alucinante una persona conduciendo una moto. Especialmente cuando se está parado en un semáforo y puedes ver toda la gama, el catálogo completo, todos los pantones.

Tienes a la raza financiera que suelen conducir scooters de gran cilindrada, sofás móviles que rezuman perfumazo y trajes de El Corte Inglés. Me encanta ver a ejecutivos y ejecutivas en moto: son la clase de persona que se inclina hacia delante cuando acelera. Van directos hacia el éxito, tienen una preparación muy sólida para la competición, es inevitable que hagan ese pequeño ademán de velocistas aunque conduzcan una moto chamuscada. Ese empujoncito hacia el dólar, ese subconsciente depredador.

Están también los chinos que suelen conducir unas cacharras innombrables, siempre de 50 centímetros cúbicos, imagino que por la imposibilidad de hacer el examen para un carné superior. Esta gente va muy fuerte, creen que están en “Black Rain” todo el trayecto. Llevan cascos con viseras ahumadas o tornasoladas, incluso los hay que llevan gafas de sol bajo la visera de sol. Una actitud muy violenta, en serio. Es subirse a un ciclomotor e ingresar automáticamente en una tríada invisible que les impele a querer dispararte en las ruedas y reír fuerte al verte caer.

"Más tontos si cabe, somos los que conducimos un modelo vintage. No podemos llevar un casco moderno porque no pega"

Las madres con hijos pequeños, en cambio, son el lado opuesto. Conducen scooters de gran cilindrada para ir a unos escasos 25 kilómetros hora con su vástago agarrado muy escasamente a la cintura. Piensan que por ir despacito, los cambios de dirección imprevisibles o la incapacidad para ir por un carril no son factores de riesgo. Ellas van felices y sacan todo el manual de madre contemporánea preguntando que tal el cole, mira ahí vivía tu abuela y qué quieres de cenar. Señoras, sus hijos e hijas van muy justos ahí detrás, ustedes no lo ven porque van con la carita pegada a sus lumbares, pero yo he visto el horror en las caras de los niños.

Más tontos si cabe, somos los que conducimos un modelo vintage. Gran eufemismo para decir que conducimos unas chatarras peligrosas cuyo valor estético solamente nos importa a nosotros. Ah, pero ahí estamos, ¿eh? Haciendo relucir el cromado del guardabarros con el culo más prieto que Contador en el Tourmalet pensando en si esta vez los frenos funcionarán o no. No importa si cada mes tienes que visitar al mecánico porque se ha caído esto o se ha embozado aquello, nosotros tenemos el privilegio de representar la tradición y la elegancia en forma de cacharro reciclado cuya tecnología ha caducado hace veinte años por razones de seguridad. No podemos llevar un casco moderno porque no pega, ¿entendéis? Es inaceptable.

Quisiera ser amable con los anormales que llevan un tubarro para hacer más ruido que una turbina de avión y solamente quisiera desearles una pronta sordera, maldecirles con halitosis perenne y pústulas salvajes en los genitales. Así, sin pasarme.

3. El extenuante sentimiento histórico

"Yo llevo un año que no sé cuándo suicidarme exactamente"

¡Historia, vale ya! Déjanos en paz, ¿no? Desde que los dos aviones colisionaran contra las torres gemelas, hemos encadenado una movida tras otra. Los treintañeros hemos pasado de ser la generación que nunca había vivido nada a la generación que lo va a vivir todo. Así de crudo y en tan solo once años.

Esta tensión dramática que imprime el saber que estás viendo algo nunca visto, que lo que está sucediendo quedará escrito en los libros de texto para siempre, esta presión argumental constante es muy cansada. Yo no puedo más ya, Historia, tengo las cervicales muy castigadas.

Odio que todo sea tan apasionante. En esta película hay demasiados planos, demasiados diálogos importantes. La aceleración con la que estamos viviendo hechos históricos crece cada año. Para parar este carro necesitaríamos que los medios de comunicación fueran un poco más analíticos, más apacibles. Que bajaran las pelotas con el pecho un poco. Yo llevo un año que no sé cuándo suicidarme exactamente. He recorrido el camino de mi silla a la cornisa de la ventana incontables veces y esto también cansa, no creáis.

Los medios parece que se hayan mudado todos a Ibiza, hayan comprado un cargamento de drogas y estén gozando en el subidón de un amanecer infinito. En serio, ¿quién controla estos caballos? Cada vez cuesta más discernir la línea entre la realidad y la ficción. Y yo estoy muy a favor de la ficción, pero lo que está pasando con las portadas y titulares de este país, lo que sucede en los programas de tertulias o en debates pretendidamente serios es más fantástico que el relato de un polvo salvaje entre David Lynch y Terry Gilliam contado por David Cameron de LSD. Basta ya.

La Historia se está cebando con nuestros culos, “Danzad, danzad malditos” parece que diga. Yo siento temblores en las rodillas ya, tengo dolores extraños, estoy muy harto y muy cansado. Por favor, Historia, dame un respiro: no me digas que el mundo efectivamente se va a terminar el 21 de diciembre que no tengo yo cuerpo para más fiestas.

4. Ir al cine en España (Las grandes franquicias de expositores)

El principio fundamental de la ley del mercado es la oferta y la demanda. Esto es así en todos los negocios del mundo excepto en las salas de cine.

En el mundo se producen miles de películas mensualmente que vale la pena ver pero a los expositores de cine no les gusta el cine, les gusta el dinero, la mosca, la panoja, el verde. Existen de doce a quince películas disponibles y da las gracias de que existan las multisalas, si no habría cinco. No importa que todas las salas de una ciudad tengan la misma programación porque este gremio está exento de otra ley fundamental del mercado: la competencia. Y están exentos de todo este tipo de reglas fundamentales porque son el sindicato del crimen. No encuentro ninguna otra explicación a su singular forma de hacer negocio.

Luego, por supuesto, se suman a este desfile de cuatreros las distribuidoras. Es decir, el agente que compra una película a un país para pasarla en otro país. En el caso de España, siendo un país europeo y tal, hay películas que directamente no se llegan a estrenar. Películas buenas, películas que tienen su público, ¿eh? Que no estamos hablando de cine independiente rumano, por favor. No hay empresa más cobarde en el panorama cultural que una distribuidora y, por su culpa, por su cualidad de roedores, nos quedamos meses sin poder ver en el cine perlas como “The Master”, “I’m Still Here” o “Sinecdoque. New York”, por citar algunos de los casos más flagrantes y recientes. Hace un mes que se ha estrenado “The Master” en Estados Unidos, una película llena de estrellas con un director reconocido mundialmente. Eso sí, la segunda parte de Amanecer y su danza de vampiros con purpurina y hombres lobo metrosexuales se puede ver en todos los cines de todas las ciudades de España.

Las consecuencias de tal combinación de mentes privilegiadas y cosmopolitas es que da igual si la película es española, inglesa, tailandesa o americana: todas tienen el mismo precio: nueve euros. Lo mismo que un DVD o un blu-ray en oferta. Un solo pase, con publicidad siempre, con la posibilidad de que te toque a una de esas personas que tienen que comentar la película o mueren de un derrame cerebral. Nueve eurazos.

¿A nadie se le ocurre programar por demanda? ¿Hacer ciclos por décadas? ¿Dobles sesiones? ¿Nuevos autores? ¿Sesiones de cortometrajes? ¿Ciclos temáticos? ¿Cines temáticos? ¡Dónde está el valor añadido, gángsters de la palomita! Toneladas de tinta que se ha escrito sobre la piratería y la solución es tan fácil como ser competitivos y creativos y abiertos de mente. No tendríamos que parar descargándonos las películas, deberíamos quemaros las salas y juzgaros por robo, ¡nos habéis robado el cine!

5. Los camareros gilipollas

Entre un montón de trabajos anteriores, yo he sido camarero. Efectivamente, este es el tipo de gente que contrata PlayGround para escribir columnas. Menuda decepción, ¿eh? Óscar Broc era vigilante de un párking y Javier Blánquez pedía en la puerta de la redacción con un muñón falso. Somos el Glam total.

No, en serio: ¡no hay nada malo en ser camarero! ¿Qué os pasa, joder? Tenéis un salario y un trabajo que hacer. No hay nada peor en este mundo que un camarero gilipollas y no hay nada mejor que uno amable. Así que, vosotros, los que os comportáis como príncipes desterrados golpeando las tazas de café contra las mesas, chasqueando la lengua cuando se os pregunta si tenéis mayonesa o adoptando ese lenguaje corporal para que se note bien que eso no va con vosotros (un brazo en la cadera, la cabeza inclinada hacia detrás, el gesto arrogante en la cara); vosotros sois la desgracia de esta tierra.

Yo ya entiendo que igual os gustaría estar trabajando en otro sector o que tenéis una carrera o que vuestro jefe es un desgraciado. Lo lamento mucho, de verdad. Probablemente estaréis en otra parte en poco tiempo o escribiréis la gran novela de la primera mitad del s.XXI gracias a vuestra experiencia en hostelería. Pero mientras tanto tenéis un trabajo que hacer, uno muy importante: acompañar a la gente en su lugar de encuentro consigo mismo o con sus amigos. No sois camareros, sois gestores del bienestar. Por lo tanto, tened la bondad de comportaros a la altura de las circunstancias. Y recordad que la vida puede estar fea pero que el día haya sido bueno o malo, a veces, depende de un camarero gilipollas.

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