Columnas

Generación Arcade Fire: el problema de crecer sin referentes macarras

Algunos indicios que apuntan a la posibilidad de que “Reflektor” sea el megabluff del año

Víctor Lenore lo tiene claro. “Random Access Memories” suena como Carlos Jean en pleno retro-trip hacia lo peor de los setenta, Disclosure es un puñetero horror insalvable y M83 parece una ensalada agriada hecha de Vangelis, Mike Oldfield y Electric Light Orchestra. Si tienes veinte años, más te vale conocer Fabrik, porque tu educación musical probablemente sea narcisista y pedante. A fin de cuentas la mejor música siempre suena chav. O si no, probablemente no sea un buen sonido.

El próximo 29 de octubre se publica “Reflektor”, el nuevo disco de Arcade Fire. La industria y la prensa (válgame la redundancia) han señalado la fecha en rojo. Estamos ante un caso peculiar: unos sucesores al trono de U2 que cuentan con el respaldo de medios más cool (lo único peor que U2 deben de ser unos U2 que caigan bien a los críticos). La canción de adelanto, que da título al trabajo, no puede sonar más sosa: como si el grupo y el productor (James Murphy, de LCD Soundsystem) hubieran llegado a uno de esos acuerdos intermedios que no dejan satisfecho a nadie (parece el remix de un descarte de The Cure de hace veinte años). Los otros tres cortes estrenados en televisión hacen temer otro megabluff típico de los álbumes dobles. Juicios estéticos aparte, el grupo canadiense me parece un buen ejemplo de un problema mayor. Me refiero a que la generación que se enganchó a “Funeral” (2004) con veinte años ha crecido sin apenas referentes de sonidos macarras. Y eso pasa factura, en forma de narcisismo, pedantería y sopor sonoro.

"Los nombres prescritos por los “expertos” en los últimos diez años no pueden sonar más blandos, ensimismados y viejunos"

Pienso en el tipo de oyentes que hablan de Radiohead como si fueran un grupo experimental. En realidad, si ponemos perspectiva histórica, las aventuras del grupo de Thom Yorke no pasan de puesta al día de la grandilocuencia de dinosaurios como Pink Floyd. Algo parecido ocurre con Animal Collective, cuyo últimos shows en el Primavera Sound apestaban a rock progresivo. Podríamos seguir con Fuck Buttons, Sigur Rós y la larga lista de grupos jaleados por la crítica anglosajona (también por la nuestra, siempre hemos ido a remolque). Los nombres prescritos por los “expertos” en los últimos diez años no pueden sonar más blandos, ensimismados y viejunos. Quizá el caso más claro sea M83, dueño de un sonido a medida de fans de Vangelis, Mike Oldfield y la Electric Light Orchestra. En este contexto, no es extraño que la reunión más esperada de 2013 sea la de Fleetwood Mac y que haya gente dispuesta a pagar más de cien euros por ver en directo a los reyes de M-80 Serie Oro.

Tampoco se libra la electrónica. El presunto disco del año, Random Access Memories (Daft Punk), suena como Carlos Jean en pleno retro-trip hacia lo peor de los setenta (ideal para una fiesta flower power de Pachá). Cuesta entender como Nile Rodgers, de los legendarios Chic, se ha dejado engañar de esta manera. El dúo de moda entre los “entendidos”, los británicos Disclosure, rizan el rizo sonando como una versión dubstep de los poperos Bros (canciones como “Latch” hubieran hecho las delicias de Súper Pop y Joaquín Luqui en los años ochenta). Alguno dirá que “siempre nos queda el hip hop”, pero hoy la escena suena mas elitista que nunca, con Frank Ocean lloriqueando porque no le dejan samplear “Hotel California” (The Eagles), Kanye West obsesionado por ser el nuevo Karl Lagerfeld y Jay-Z haciendo guiños a “Losing My Religion” (REM) en el disco más lamentable de su carrera (incluido su ya triste “MTV Unplugged”). Los raperos que triunfan en 2013 tienen más estilistas que Phoenix. Han dejado de ser la CNN de los guetos para convertirse en Fashion TV con un punto malote. Quien tenga hoy veinte años hará bien en centrarse en la programación del Fabrik o el club techno de extrarradio que le quede más a mano. Así, por lo menos, tendrá contacto con algo que suena vivo.

"¿Dónde han ido a parar los estilos contundentes? ¿Cómo hemos llegado a esta nada?"

A estas alturas del texto, estará el lector hastiado de tanta bilis, pero nos queda hablar de la tropa kitsch, desde Mika a Patrick Wolf, pasando por Sufjan Stevens. Cada uno con sus cosas, tienen pinta de esculturas de Lladró rociadas con grafiti fluorescente para revenderlas en el mercado hipster. Peor están Antony & The Johnsons, cada vez más cerca del rollo new age de Enya. A ratos, leyendo la prensa musical, parece que existe una generación de artistas anglosajones empeñada en explorar los límites de la cursilería. ¿Dónde han ido a parar los estilos contundentes? Apenas queda hardcore, ni punk, ni drum’n’bass, ni thrash metal, ni rock radikal vasco, ni la vieja música industrial. Tampoco hay muchos equivalentes actuales. Están el grime y el dubstep, pero suele llegarnos lo más blanqueado y dócil (como pasa con todas las músicas de gueto, que es lo más estimulante que se hace ahora). Aparte de esto, solo quedan algunos parias haciendo la guerra por su cuenta (nombres como Wolf Eyes, Swans, Shackleton, Killer Mike, Cardopusher y un corto etcétera). Pocas generaciones deben de haber tragado tantas toneladas de música elitista, irónica y melancólica, carente de adrenalina y ajena a los problemas cotidianos.

¿Cómo hemos llegado a esta nada? En realidad, no tiene misterio: a la industria le encanta promocionar música pija y sentimental (los sellos independientes, desde mediados de los noventa, se apuntan a la tarea con más entusiasmo aún). Lo peculiar es que hoy esos grupos pasan por intensos, vanguardistas y arriesgados. Seguramente tiene que ver con la ausencia de referentes macarras. El último grupo duro que funcionó como icono fueron Nirvana, que en realidad eran un sucedáneo de la escena hardcore estadounidense (más bien copiaban a Pixies, añadiendo el caramelo de la voz de Kurt Cobain, que suena como un Sting enfadado). No negaremos el valor de Nirvana: ahora mismo no nos queda ningún superventas que llegue a su altura. Más bien tenemos un terreno yermo donde campan felices grupos como Beady Eye, algo así como los nuevos Status Quo. El ambiente es tan ñoño que ha afectado incluso a Primal Scream, un grupo que ha hecho bandera de denunciar que el rock`n`rol ha perdido tensión, agresividad y desafío. Aciertan de pleno, pero quizá deberían mirarse al espejo: desde aquel “XTRMNTR” de 2000 fueron dando un giro chic que ha diluido por completo su potencia.

Volvemos a Arcade Fire. El cantautor Jake Bugg, joven mini-yo de Dylan, dijo hace poco que Mumford & Sons le parecían “pijos disfrazadas de granjero”. Meterse con ese grupo se ha convertido en una especie de deporte para la gente cool. Entiendo sus razones, pero siendo rigurosos podemos decir lo mismo de Arcade Fire. El anterior álbum del grupo, The Suburbs (2010), es un trabajo conceptual sobre crecer en una urbanización de clase media de Texas. Es su vida y tienen derecho a contarla. Otra cosa es que pase por algo relevante. Se queda en un disco de art-rock clásico, con los trucos, poses y angustias de toda la vida. Las letras son una especie de melaza melancólica que se pretende crítica y acaba mirando a todos por encima del hombro. La canción que da título podría ser una cumbre de la cursilería contemporánea. “¿Entiendes por qué quiero una hija mientras aún soy joven? Quiero cogerla de la mano para enseñarle algo de belleza antes de que todo el daño esté hecho”. Arcade Fire o las almas demasiado bellas para aguantar este mundo. “The Empty Room”, otra joya, habla de la soledad como el único espacio donde puedes ser tú mismo. Apártate, vida, que me manchas el traje vintage. Básicamente, el discurso dominante en la escena indie desde que se separaron los Smiths.

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