Columnas

“Gandía Shore”: el efecto Rafa Mora

La telerrelidad cutre y la degeneración evidente de la raza humana llegan al prime time de MTV y, como se esperaba, el formato adaptado de “Jersey Shore” arrasa en audiencia

Ya tenemos aquí la versión española y cañí de “Jersey Shore” y “Geordie Shore”. La constatación de que no solo no estamos a la altura de dos de los mayores placeres culpables que nos ha regalado la televisión reciente, sino de que España, nos guste o no, es una fábrica inagotable de clones de Rafa Mora.

Si Nick Hornby se preguntaba aquello de “¿Escucho música pop porque estoy triste o estoy triste porque escucho música pop?”, cuando visionamos “Gandía Shore” toca plantearse algo parecido: ¿El pasado domingo vimos “Gandía Shore” porque estamos jodidos o estamos jodidos porque vemos programas como “Gandía Shore”? Inevitablemente, hay algo perverso y maligno en nuestro interior que nos conduce a esperar y desear el estreno de un referente de estas características, y creo entender que es el placer culpable de no saber nunca a ciencia cierta el grado de autoconsciencia con que sus protagonistas exponen sus limitaciones al gran público. ¿Saben que son así y participan del show simplemente por aspiraciones de fama y celebridad, el peaje de perder toda dignidad a cambio de unos cuantos bolos en discotecas, o, por el contrario, nunca han reparado ni han tenido a bien plantearse sus pingües recursos intelectuales ni sus evidentes carencias y el efecto que esto crea en una plataforma de tanto alcance? Queremos pensar que se trata de la primera opción, y que para conseguir groupies y cachés fáciles todo vale, pero nos fascina aún más que en realidad sea la segunda posibilidad.

"El gran secreto de este tipo de programas es que puedes humillar a sus concursantes sin el mínimo sentimiento de culpa"

“Gandía Shore” se estrenó en MTV el pasado domingo con un share del 4.8 %, todo un triunfo para la cadena, que habitualmente se mueve en cifras más modestas, y generó una actividad desenfrenada en las redes sociales. Se producían más de tres mil comentarios por minuto, y un porcentaje muy elevado de ese total se limitaba a ridiculizar sin cortapisas ni autocensura a los participantes del show. Lapidación coral sin cargo de conciencia alguno, ese es el gran secreto de programas como el que nos ocupa: puedes humillar a sus concursantes sin el mínimo sentimiento de culpa, consciente en todo momento de que no hay fisuras éticas ni morales en este zafarrancho de combate. Si alguien en su sano juicio, o eso damos por hecho, se somete por voluntad propia a quedar en evidencia de esa forma sin reparar en ningún momento en las consecuencias, entonces sentimos que tenemos carta blanca para afilar los cuchillos y saltar a la yugular. Mucho mejor que el circo romano: ahí los gladiadores no tenían otra opción ni salida. Es que ni tan siquiera hace falta recurrir al insulto o la descalificación: basta con citar textualmente algunas de las frases de sus protagonistas para conseguir el efecto buscado.

En este sentido, el programa no pretende serlo, pero acaba ejerciendo como tal: “Gandia Shore” es una fulminante y deprimente radiografía de un sector de nuestra sociedad. Exagerado, teledirigido y prefabricado, sí, pero basado en una realidad que por mucho que asuste o incomode está presente en nuestras ciudades. Entiendo que para una amplia mayoría de la gente no es plato de buen gusto comprobar cómo Rafa Mora ha tenido tanta influencia en un sector de la población masculina de nuestro país, comprobar cómo hay miles de jóvenes que no solo emulan su físico y manera de hablar –¿la RAE debería plantearse aceptar definitivamente otra acepción para nano?–, sino también su filosofía de vida. Y esto es más preocupante: la cultura del pelotazo kitsch, la exaltación del mínimo esfuerzo, de la misoginia de gimnasio, del faranduleo cutre, de la estética poligonera como canon. Son imitaciones low-cost, deprimentes, con personajes como Labrador o Clavelito autosometidos a un sórdido proceso de emulación a base de frases y chascarrillos de inspiración rafamoraniana. Recitan esos diálogos como loros de repetición, convencidos –porque lo están y porque, sorprendentemente, es así– de que las féminas de su misma proyección intelectual se deshacen cada vez que abren la boca.

"Es lo más parecido a una peli porno amateur que hemos visto en la pequeña pantalla en mucho tiempo"

“Gandía Shore” es la peor de las pesadillas posibles para cualquier pareja que aspire a tener descendencia: el espejo del horror en el que nunca querrían que sus hijos se vieran reflejados, la constatación de que su paternidad no será un camino de rosas y de que hay muchos peligros ahí fuera contra los que batallar. Inquieta y perturba porque a este programa le falta ese barniz de autoparodia que recubre “Quién Quiere Casarse Con Mi Hijo” y que le distingue, favorablemente, desde todos los puntos de vista. En ambos se abusa del guión y se proyecta una imagen exagerada de ciertos clichés y lugares comunes, pero en “Gandía Shore” tienes la sensación de que nadie es consciente en ningún momento de lo que está haciendo, de que nunca vislumbran la frontera entre realidad y show, mientras que en “QQCCMH” parece que ya hay una predisposición a colaborar con el programa para darle más aires de comedia estrambótica al proyecto. Para entendernos, grosso modo: la diferencia entre ser justito y saberlo y ser justito y no saberlo.

Pero quizás el mayor problema de “Gandía Shore” no sea su trasfondo sociológico, sino simplemente su apuesta televisiva. Porque desde un punto de vista formal esto es lo más parecido a una peli porno amateur que hemos visto en la pequeña pantalla en mucho tiempo: estética desagradable, feísta, que no se atrevería a firmar ni un estudiante de primer curso de comunicación audiovisual; un guión escrito en la cocina de casa cinco minutos antes de rodar, mientras preparas las croquetas; unos diálogos que le bajarían la libido a Michael Douglas circa 1992; y un puñado de actores desacomplejados que llevan más lejos de lo deseable su nuevo rol de estrellas del firmamento. “Gandía Shore” perturba y aterra si te lo planteas como un retrato más o menos fiel de una parte de la España actual, pero repele y molesta si tan solo lo analizas como un programa de televisión de 2012. Y esto es algo que choca claramente con el espíritu de “Jersey Shore”, el referente en el que se basa y del que, eso sí, calca al detalle el formato y la estructura, así como el perfil de los personajes seleccionados.

El éxito de “Jersey Shore”, que ha convertido a Snooki o Mike The Situation en dos celebridades a escala internacional, no respondía tanto a las situaciones planteadas en el programa –un predecible baile de encuentros sexuales, peleas de discoteca, discusiones frívolas, intoxicaciones etílicas de diversa índole– como a su capacidad para generar personajes desde cero capaces de traspasar la frontera de la telerrealidad para convertirse en iconos trash de tremenda resonancia mediática. Y todo esto materializado con una estética de “Gran Hermano” post-moderno, muy en consonancia con todo lo que sale de la factoría norteamericana de MTV, que le daba ese aire de puticlub lustroso con posibilidades que tanto nos gustaba. Pero sobre todo brilló y enganchó por la elaboración meticulosa de un cásting menos preocupado por dar con los arquetipos que por conseguir concursantes carismáticos dentro de su universo y sus limitaciones. Incluso teniendo claro que todo estaba impostado y dirigido por los responsables del programa, como es el caso de “Gandía Shore”, con “Jersey Shore” ese detalle devenía secundario y poco trascendente, como espectador no suponía un motivo de conflicto, sobre todo porque la fuerza y el punch del mismo estaban concentrados por completo en sus protagonistas y en su comportamiento. Los de “Gandía Shore”, por el contrario, no darían la talla ni en un outlet de “Mujeres Y Hombres Y Viceversa”.

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