Columnas

Game Over

Por David Broc

Game Over David Broc La actualidad deportiva, desde el sofá.

1. El Mundial de fútbol ha cerrado la tienda hasta dentro de cuatro años. Y con el cierre ha florecido un abanico de sensaciones encontradas. Por la parte que nos toca, euforia máxima y felicidad total por el triunfo de la selección española. Pero ya no sólo por un tema de implicación personal, emocional o patriótica, que cada cual defina su postura, sino sobre todo por una cuestión de orgullo futbolístico. Que haya sido la selección española la única –con permiso de Alemania– que ha apostado por el fútbol de ataque, elaborado, creativo, artístico y expresivo en un contexto de juego rancio, soez, desagradable, incluso asqueroso, hincha el ego y te permite presumir de equipo. Ahí fuera hay gente –ingleses, franceses, argentinos, brasileños– que mataría a su familia por tener una selección con esta actitud de lealtad y admiración por el deporte rey. Indudablemente, la victoria es un ejercicio de justicia divina, y también poética, que por una vez, y esperemos que sirva de precedente, convierte al fútbol en un deporte justo. Pero no todo es de color de rosa, o en este caso rojo; el balance general de esta edición plantea dudas, interrogantes y contrariedades de todo tipo, sobre todo tres grandes frentes en los que el Mundial no ha sabido ni podido responder a las expectativas.a) Deportivo. El fútbol de selecciones ha muerto. O casi. Sin la aportación mágica de España y Alemania, los dos únicos países que han jugado al fútbol con valentía, arrojo, cuidado y ciertos principios morales de respeto y entrega incondicional al aficionado y al mismísimo balompié, estaríamos hablando del asesinato en vivo y en directo de este deporte tal y como lo imaginamos o como queremos que sea. Defensas de 8 o 9 jugadores, abuso del juego duro y casi violento –o sin el casi–, obsesión por destruir sin argumentos, tácticas de guerrilla, creatividad bajo mínimos… Al lado de selecciones como Paraguay, Holanda o Portugal, hasta el Inter de Milán de Mourinho nos parecía una escuadra limpia, honesta y estimable. Los triunfos de España y Alemania –el primero real, inapelable, estelar; el segundo quizá de corte más moral, por aquello de que hubieran merecido estar en la final contra los de Íker Casillas y compañía– le han limpiado a la cara a un torneo marcado por la apología radical y furibunda del antifútbol como sistema y vía de llegada al éxito. Por suerte no ha habido final feliz para ese modus operandi. Se impone la reflexión o el cambio de tendencia, porque si seguimos así, más que fútbol estaremos viendo algo parecido al frontón.b) Estructural. Arbitrajes escandalosos llevaron a la FIFA a prohibir las repeticiones de las jugadas polémicas en los videomarcadores de los estadios. Se producían situaciones de vergüenza ajena como la del México-Argentina, con 80 mil personas viendo en el replay cómo el primer gol argentino era ilegal y el juez de línea y el árbitro, que sabían perfectamente de la invalidez del tanto, acababan dando por buena la jugada. En Estados Unidos no daban crédito a lo que estaba pasando: para un país acostumbrado ya a utilizar el vídeo para evitar desastres arbitrales in situ, parece inconcebible que las autoridades no sólo no pongan remedio a este drama, sino que además se mantengan erre que erre en una postura primitiva y desfasada. Sensación de deporte viejo, anquilosado, antiguo, incapaz de adaptarse al paso del tiempo y al implante de nuevas tecnologías como herramienta para mejorar en todos los frentes. Ante situaciones dantescas y vergonzantes como el gol que no subió al marcador de Frank Lampard o el que sí valió de Carlos Tévez, el ojo de halcón del tenis o los parones a conciencia de la NBA para revisar fueras de banda o jugadas confusas parecen escenas de “Minority Report”.

c) Comercial. Audiencias millonarias, Shakira dando por el saco cada cinco minutos, África unida, aunque sea por unos días y de cara a la galería, repercusión global, desfile de VIPS y celebrities, la sensación de que Sudáfrica era the place to be en julio: nadie le quita los méritos de impacto visual, social y económico a un acontecimiento de esta magnitud. Pero la sensación general es que el marketing también ha fallado en esta edición. En teoría iba a ser el Mundial de Cristiano Ronaldo y Leo Messi, los dos astros del fútbol y los que polarizan el ámbito comercial y popular de este deporte, uno pertenece a Nike y el otro a Adidas, uno juega con el Real Madrid y el otro con el FCB Barcelona, pero los dos han fracasado estrepitosamente con sus respectivas selecciones y han desaparecido de la competición con más pena que gloria: el portugués, con un solo gol, desquiciado y escupiendo a cámara en su despedida; el argentino, incapaz de marcar, brilló en los primeros encuentros, pero en el momento de la verdad, y azotado por una dirección técnica nefasta, no pudo liderar a su equipo. El fútbol africano y su expansión deportiva, que era el segundo gran interés comercial de la FIFA, también ha fracasado de manera notoria. Solo Ghana consiguió colarse en la segunda fase, y aunque dio muy buena imagen volvió a dejar claras las lagunas de las selecciones del continente negro: ingenuidad insultante, pocos recursos tácticos, supremacía del físico sobre la creatividad y un largo etcétera de vicios y defectos futbolísticos todavía por corregir. Para rematar el desastre, Brasil y Argentina, las dos selecciones que todos los mandamases de la FIFA siempre quieren en semifinales, como mínimo, hicieron las maletas en cuartos de final ofreciendo una pésima imagen. Para entendernos, si no sois futboleros: es como si David Stern esta temporada viera cómo Lakers y Miami Heat quedan eliminados en semifinales de conferencia. Le da un patatús y un amago de infarto. Ni estrellas captando la atención de los flashes, ni revolución negra ni tan siquiera finalistas de ADN mundialista. Two thumbs down!Con este panorama, y al margen, insisto, de la victoria española y el tercer puesto alemán, la valoración final nos deja un Top 5 de lo mejor del Mundial muy exótico y delirante.

Uno, el Pulpo Paul. A estas alturas, quien más quien menos ya estará harto del bicho, se entiende, pero lo que nos ha dado este animal a lo largo de las dos últimas semanas del Mundial no tiene precio. El bastardo lo ha adivinado absolutamente todo, sin excepción, y su celebridad internacional, superior a la de los propios futbolistas o técnicos, se coronó con su última predicción, televisada por infinidad de cadenas de televisión. Se dice, incluso, que las cadenas llegaron a pagar 50.000 euros por los derechos para emitir en directo. Es decir: la estrella aquí ya no es el pulpo, sino el cuidador del mismo, que ha hecho su agosto particular a costa de un molusco adicto a los mejillones y con buen criterio futbolero. Antes de empezar el Mundial se habló, y mucho, de la amenaza de las mafias con el negocio de las apuestas, pero nadie contaba con la aparición inesperada del cefalópodo. Ahora mismo, la mafia rusa, las triadas y la Camorra ya no luchan por territorio: luchan por hacerse con el jodido pulpo.Dos, las vuvuzelas. Lo mejor no es el instrumento en sí, un trozo de plástico infame que emite un sonido infernal que taladra más hondo y profundo que una Black And Decker. Lo mejor es que se confirmaron, de viva voz por algunos locutores ahí presentes, las sospechas que muchos empezamos a tener a medida que avanzaba la competición: el ruido de fondo que emitía nuestro televisor no respondía al ataque indiscriminado de una horda de sudafricanos con pulmones de acero, sino a un sonido ambiente grabado que se reproducía en los altavoces cuando los responsables del estadio creían o sentían que el fútbol no acompañaba ni encendía los ánimos. Un loop eterno, que podría firmar Merzbow o Francisco López, planchado en un CD: esa ha sido la realidad más cruda y fascinante de las vuvuzelas.

Tres, Sebastián Abreu. No le llaman “El Loco” por capricho. Solo un genio o un insensato, o las dos cosas, tiene el arrojo y los santos bemoles de lanzar un penalti a lo Panenka en la tanda de penaltis de unos cuartos de final de un Mundial. Si tengo que elegir una imagen de todo el torneo es la del jugador uruguayo: un tipo desgarbado, greñas sucias, cara de psicópata y el lanzamiento más fino y sutil que se recuerda en mucho tiempo. Y encima el decisivo, el que daba el pase o prolongaba la serie.

Cuatro, el fútbol y Estados Unidos. Eterno desencuentro deportivo, el fútbol en Estados Unidos parece haber vivido un momento de cierto relanzamiento popular. O así fue hasta que su selección cayó eliminada y se empezó a generar el runrún del caso Lebron James. Pero hasta entonces se había vivido cierta exaltación: rappers como Murs, Snoop Dogg, Rakaa Iriscience o Pharoahe Monch llenaban su twitter de comentarios a medida que avanzaba la competición, sin mucho tino, la verdad, pero exhibiendo un interés impropio de la comunidad negra, poco atraída históricamente por el fútbol. Pero lo mejor de este epígrafe no tiene que ver con esto, sino con el espectacular titular que exhibió el sensacionalista New York Post el día después de la derrota de Estados Unidos contra Ghana. Mi titular periodístico favorito de 2010. Sin discusión alguna.Cinco, Mick Jagger. No hay más razones que una fascinación muy personal y subjetiva por los gafes. Y en este Mundial el cantante de los Rolling Stones se ha llevado la palma, menudo campeón. Cada equipo al que ha apoyado con su presencia ha palmado: un rodillo del mal fario. Apoyó a Estados Unidos y cayeron eliminados; apoyó a Inglaterra y cayeron eliminados; acompañó a su novia brasileña para apoyar a los cariocas y cayeron eliminados; y al final, ya desesperado, apoyó a Argentina buscando una apuesta ganadora para romper su mala racha y los sudamericanos también pasaron por el aro. Sencillamente gracias, Mick.

2. Lebron James, aka traidor nacional. Su decisión de marcharse a Miami Heat consiguió desactivar cualquier interés, si es que todavía lo había, por el Mundial de fútbol en Estados Unidos. Lógico. Gracias a un mamoneo comercial y publicitario de primer orden se logró convertir algo tan simple como el anuncio de un fichaje en un reality show televisado y seguido por millones de americanos –y también europeos, que conste– con un grado de histerismo, magnetismo y nervio cien veces superior a cualquier eliminatoria de octavos del Mundial. Su traslado a Miami plantea muchas interpretaciones y salidas. La primera, más deportiva, garantiza más de cincuenta victorias al equipo de Florida y, así a bote pronto, vaticina un recorrido largo en playoffs, como mínimo hasta finales de conferencia. También propone el gran duelo del año contra los Lakers (¿alguien duda que el Heat-Lakers será el partido de Navidad?), genera antítesis y rivalidades de alto voltaje y expectativas máximas en la Conferencia Este, de capa caída tras el dominio avasallador del Oeste en la pasada década. Lo que no garantiza ni asegura es el anillo. No es la primera vez que se propone un concepto de súper equipo con estrellas capaces de rebajar su sueldo para conseguir el título, y en aventuras precedentes como la de aquellos Rockets con Pippen, Barkley y compañía la inversión no fue suficiente para obtener el título.Y qué decir de la propia decisión del protagonista, capaz de sacrificar su liderazgo incontestable en un equipo a cambio de esa posibilidad de victoria. Habitualmente, este tipo de movimientos en jugadores estrella y franquicia se producía en el ocaso de su carrera, cuando las estadísticas, el ego y la repercusión mediática cedían ante la ambición insatisfecha de un anillo. Más incidencias deportivas: ha dejado a los New York Knicks en bragas, descompuestos y sin novia, anticipando un año más de absoluto vacío. Si el futuro del club pasaba por el fichaje de Lebron, cuesta imaginar qué nos puede deparar a los seguidores del equipo neoyorquino la travesía por la liga en los próximos años. Más bajo no podemos caer, es el único consuelo. Por otro lado, muchos respiramos tranquilos: puristas y ortodoxos como somos los knickerbockers, imposible negar que hubiera sido una tortura vernos obligados a convivir con nuevos fans oportunistas de James, que un día simpatizan con Cleveland, al siguiente con New York y al otro con quien haga falta y le pague más millones al jugador. Ni en pintura. En cualquier caso, y a lo que más me interesa del meollo, el aspecto más destacable de este movimiento se centra en todo lo que deja tras de sí la decisión.Para empezar, la reacción de los seguidores de los Cavaliers, que de la noche a la mañana, y sin ver un duro de por medio, han perdido a su gran estrella. Apuntaba la revista Sole Collector que el mismo día del gran anuncio en eBay se duplicó la oferta de venta de camisetas de Lebron con los Cavaliers, imagino que de ex fans enrabietados y con ganas de hacer borrón y cuenta nueva. Tampoco estuvo mal la carta que el propietario de los Cavs envió a todos los seguidores del equipo. No tiene desperdicio, te la rescatamos por si no habías podido leerla. Pero lo mejor de todo es el traspaso de Michael Beasley de Miami a Minnesota. A día de hoy, no hay peor destino en la NBA que los Timberwolves: frío de cojones durante todo el año, equipo miserable, afición desmotivada, nulas perspectivas de futuro. Hasta aquí todo normal: el nuevo equipo de Lebron necesitaba reducir presupuesto y el sueldo de Beasley era un impedimento para dejar sitio a James. Pero el padre del jugador destapó el tarro de las esencias y nos devolvió ese eterno rumor que todavía hoy colea y provoca hilaridad entre la parroquia. Según el progenitor del ala-pivot, el traspaso responde a una orden expresa de James, básicamente porque su hijo lleva el mismo corte de pelo que Delonte West. Si echamos la vista atrás, recordaremos que ese rumor maravilloso del que tanto se habló tras la eliminación de Cleveland en los playoffs de esta temporada y que implicaba a West en una supuesta relación íntima con la madre de Lebron. Mirad: todo esto huele a gossip barato y a globo hinchado por la prensa amarilla, pero qué queréis que os diga, a mí me pone burro. Que Cleveland haya perdido las opciones de anillo y, de rebote, a su gran estrella e ídolo por un supuesto romance de un compañero con su madre, y que, también de rebote, Miami Heat se haya visto obligado a traspasar a Beasley por la simple razón de que el pobre tipo lleva las mismas trenzas que West, es demasiado bueno, demasiado grande, como para desecharlo en pos de la información y la seriedad. A la mierda el rigor.3. La peor noticia posible de la finalización del Mundial no es que haya terminado la competición, sino el hecho de que quien más quien menos sabía, sin decirlo muy alto para no acentuar el drama, que el día después de la final estaríamos asistiendo a nuestro particular Armagedón. Señores: se acabó el fútbol y el deporte de alta competición de forma regular hasta dentro de un mes. ¿Qué es lo que viene ahora? El vacío, ni más ni menos. Sí, todavía nos queda una semana de Tour de Francia, los partidos de la Major League Baseball y tres o cuatro Grandes Premios de motociclismo y F1, además de los campeonatos de Europa de Atletismo que a finales de julio se celebran en Barcelona, nadie discute la importancia y el atractivo de todas esas opciones, pero son citas esporádicas que no generan la pasión y el seguimiento global de los grandes acontecimientos. Pecata minuta. Cuando te has acostumbrado a partidos diarios, intensidad constante, la rutina de la competición, un calendario más abultado y apretado que la agenda de cualquier político relevante, este receso de retransmisiones y runrún mediático te provoca un bajón de impacto. Costará curar y superar esta depresión. Sin NBA hasta noviembre, con el Mundial de Baloncesto a dos meses vista, con la Premier League y la Liga BBVA todavía lejos, con el Open de Estados Unidos de tenis en un horizonte todavía inalcanzable, con agosto convertido en un solar en lo que respecta a las disciplinas de motor, sin tan siquiera fútbol americano o hockey sobre hielo para aligerar el mono, el verano aprieta sus tuercas y cualquier adicto al deporte se ve indefenso, solo, abandonado a su suerte. ¿En agosto qué, pues? Tranquilitos: para la próxima entrega de “Game Over” ya estamos preparando una selección de DVDs deportivos para devorar desde el sofá y algunas golosinas más. A falta de competición, bueno es el sillón-ball.

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