Columnas

Game Over

Por David Broc

vuvuzelas. O el instrumento del demonio. Un suplicio. Si como espectador casual el sonido ininterrumpido del zumbido criminal puede llegar a provocar somnolencia, irritación o rabia, cuesta imaginarse el efecto que puede provocar entre los jugadores, el cuerpo técnico o los periodistas desplazados a Sudáfrica. Decía el jugador de la selección española Dani Güiza en la última edición de la Copa Confederaciones, celebrada en el mismo país, que “sentado en el banquillo te puedes volver loco”. No exageraba. Los entrenadores apenas pueden dar instrucciones a sus jugadores, los locutores se ven forzados a elevar el tono de voz y la sensación de espanto, tormento e infierno auditivo se contagia a todos aquellos que no están acostumbrados a esta herramienta de tortura. Incluso algunos las utilizan como excusa para justificar un mal resultado. El defensa francés Patrice Évra declaró al término del encuentro contra Uruguay –que acabó con un miserable 0 a 0– quem por culpa de las trompetitas, “no pudimos dormir. Comenzaron a sonar a las seis de la mañana y en el campo era imposible oír a los compañeros”. Será una tradición y un elemento folklórico cien por cien africano, pero es absolutamente insoportable, lo nunca visto, y oído, en un campo de fútbol. Hasta los cojones, oigan.

b) La inseguridad. Atracos a periodistas, robos en concentraciones, avalanchas en plazas públicas, techos de autobús limados por puentes… Ok, ¿quién ha sido el genio que ha decidido organizar un mundial en Sudáfrica? Todo el discurso integrador y multicultural para apoyar esta idea queda muy bien sobre el papel, le da caché progre al invento, pero en la práctica, en el día a día, consiste un desatino de grandes dimensiones. El Comité Olímpico, que de tonto no tiene un pelo, todavía no se ha atrevido a proponer unos Juegos Olímpicos ahí, consciente de que este tipo de acontecimientos requieren de la máxima fiabilidad para celebrarse con éxito, y dudo mucho que suceda en unos cuantos años más. Cuando se habla de la rotación de continentes, África nunca entra en ella. Principalmente se debe a un factor económico, claro, pero detrás también se esconden motivos de organización, seguridad, etc. Hay que ser un poco más serios, la verdad.

c) La pelota. Jabulani es un adefesio. No lo digo yo, lo dicen todos los porteros que han catado el esférico. ¿He dicho porteros? Ellos son, hasta el momento, qué remedio, los grandes protagonistas de la fase previa, y no es descartable pensar que el balón oficial del mundial tenga algo que ver. Mucho ojo con los errores o, si no nos ponemos finos, con las cagadas monumentales de dos cancerberos: el inglés Green y el argelino Chaouli, que se han chupado dos goles patéticos que pueden marcar su trayectoria en los siguientes partidos. Especialmente dolorosa la metedura de pata del inglés. Una cosa está clara: si esa pifia la comete un portero colombiano a día de hoy ya estaría amenazado de muerte y con la familia secuestrada.

d) Putas. La noticia se publicó antes del inicio del mundial: aproximadamente 40.000 prostitutas están llegando a Sudáfrica durante la celebración del torneo para satisfacer las necesidades fisiológicas de aficionados, periodistas, directivos, políticos o incluso deportistas. La importación de profesionales de la fellatio tiene su lógica: en un país en que uno de cada cinco habitantes tiene sida, se agradece un poco de seguridad e higiene cuando uno decide mojar el churro. Aunque estos días se ha sabido, leyendo algunos artículos de corresponsales y enviados especiales, que en Johannesburgo existe un nuevo deporte de riesgo que causa furor desde hace tiempo: meterla en caliente con alguna prostituta local. Es decir: jugar a la ruleta rusa pero con la otra pistola. La práctica es real. Ya leímos hace unos cuantos meses sobre la tendencia en ciertos ambientes homosexuales de jugarse el todo por el todo con portadores del virus, así que ya no nos sorprende. Por lo visto, los taxistas de la ciudad ya saben a qué atenerse cuando algún turista pasado de vueltas solicita ese tipo de servicio.e) Bilardo y “la colita”. En Argentina está claro que el fútbol y el Mundial se viven de otra forma. Mientras en España jugadores como Xavi prometen que si se gana el torneo se teñirán el pelo con los colores de la selección, en el país sudamericano las apuestas son infinitamente más serias y contundentes. Diego Armando Maradona, entrenador de la albiceleste, prometió que se desnudaría públicamente si se hacían con la victoria. Y después de verle enfundado en un traje ajustado en el primer partido de la competición, está claro que el striptease sería un espectáculo digno de ver. Pero eso no es nada comparado con lo que ha prometido Carlos Bilardo, ex seleccionador argentino, que no ha tenido reparos en afirmar que si el equipo de su país se lleva el Mundial se dejará hacer “la colita” por el jugador que marque el gol de la victoria. Para los que no estén familiarizados con el término, ningún problema, yo se lo explico. Sinónimos de “hacer la colita”: encular, sodomizar, petar el cacas, perder la hombría y un largo etcétera. Parece evidente que Bilardo ha expresado un deseo en voz alta y lo ha reconvertido en una promesa patriótica. Aquí el problema, el intríngulis, no está tanto en el ojete del técnico como en el pobre delantero que cargue con la responsabilidad de meter el gol de la victoria en caso de producirse. Imaginemos la situación. Minuto 91 de la final, empate a cero. Internada en el área de Messi, entrada dura del central y derribo del astro barcelonista. El árbitro señala la pena máxima. Y, justo en ese momento, miradas de pánico de los jugadores al palco de autoridades. Ahí, entre la muchedumbre, se vislumbra el rostro enrojecido de Bilardo, con una sonrisa de vicio en la cara y con la mano izquierda señalando animosamente al bote de vaselina de la mano derecha. Justo ahí, en ese segundo de terror, ¿quién es el valiente que se pide lanzar el penalty? El miedo ya no está en el fallo y en la posibilidad de acabar convertido en el villano de un país emocionalmente fascinado con el Mundial. No, no. El miedo está en marcar el gol y, por consiguiente, verse obligado a satisfacer la promesa de Bilardo.

2. Aprovechando la afición de Bilardo por “las colitas”, no puedo dejar de recomendar una web que hará las delicias del sector femenino que se deja caer por esta columna cada mes. Se trata de Rugger Bugger, algo así como la versión masculina deportiva de páginas tipo Egotastic!, aunque el contenido en algunos casos está más subido de tono. Lo mejor de cada casa, en este caso de cada deporte, enseñando carne y todo lo que sea oportuno. La web es de pago, pero seguro que más de una o dos aficionadas al fútbol no tendrán inconveniente en abonar la cuota mensual para deleitarse pertinentemente con el aluvión de colas, culos y abdominales que se pasean por la web. La página es muy homo, es indudable, pero incluso así es inevitable echarse unas carcajadas a la salud de los imbéciles de turno que enseñan sus dotes onanistas en webcams o pierden toda la dignidad en vídeos caseros que salen a la luz. El más desternillante, el del portero del Aston Villa Stefan Postma, que aparece en su casa siendo sodomizado por su novia con un cipote de plástico. Imposible llegar a saber en toda su magnitud el grado de maldad, perversidad y humillación de las bromas que se gastaron en el vestuario el día siguiente de hacerse público el vídeo.3. Beat L.A. vs. Celtics Suck. Como yo lo veo, el mundo siempre se divide entre dos grandes grupos de gente. Básicamente, y a grandes rasgos, la humanidad está dividida entre los que son del FC Barcelona y los del Real Madrid, entre los que beben Coca-Cola y los que beben Pepsi, entre los que llevan Nike y los que llevan cualquier otra marca de calzado deportivo, entre los que son de derechas y los que son de izquierdas, entre los que se duchan cada día y los que no, entre los que compran discos religiosamente y los que descargan con el pasamontañas puesto. Pero, sobre todo, (opinión personal), el universo está fragmentado entre dos perfiles muy claros: los seguidores de los Lakers y los de los Celtics. Todo lo demás es secundario. Y es por ello que el día en que se confirmó que ambas franquicias volverían a jugar una final de la NBA, el máximo responsable de la liga, David Stern, notó una profunda y rocosa erección en la zona de su entrepierna. Y lo que es mejor todavía: la final está respondiendo a las expectativas de morbo, épica, tensión y emoción que tenía el aficionado. Baloncestísticamente, pues, nada que reprocharle a la contienda, salvo las peliagudas decisiones arbitrales que han tenido lugar en ambos pabellones.De esta eliminatoria me quedo, sobre todo, con una anécdota que ha salido a la luz estos días y que habla muy bien de Glenn “Doc” Rivers, entrenador del equipo verde, y de las tácticas de motivación que pueden influir en una temporada. Se cuenta que en la visita de los Celtics al campo de los Lakers en febrero, en el partido de temporada regular, Rivers le pidió a cada uno de sus jugadores y de sus técnicos un billete de 100 dólares por cabeza. Acto seguido, cogió el dinero, lo envolvió en un paquete y lo escondió en el techo del vestuario visitante del Staples y le dijo a su plantilla que podrían recuperar sus billetes cuando volvieran al pabellón. Y la única opción de regresar a Los Ángeles pasaba por llegar a la final de la NBA. No se han hecho pocas bromas estas semanas en Estados Unidos a colación de esta anécdota y la situación económica actual de Antoine Walker, el que fuera uno de los emblemas de los Celtics en la desértica década de los 90. La broma está clara: si Walker todavía jugara en el equipo no hubiera podido participar en la táctica motivadora de Rivers o, en su defecto, hubiera tenido que pedir un préstamo a algún compañero.

La situación de Walker es dantesca. Ahogado en múltiples deudas, sin equipo, el jugador recaló en la liga de Puerto Rico para hacer caja fácil y poder hacer frente a algunos impagos, muchos de ellos procedentes de casinos resplandecientes de Las Vegas. No ha sido suficiente, ni de lejos, de ahí que ahora se haya sabido que ha sacado a la venta unas cuantas posesiones personales entre las que figura el anillo de campeón que consiguió con los Miami Heat en 2006. Para los adeptos a la memorabilia y el coleccionismo fetiche, el precio de la sortija es de unos cinco mil euros. El caso de Walker no es el único del que se tiene noticia estos días. Eddy Curry también está sin blanca, asfixiado por los acreedores y con pocas opciones deportivas de incrementar su salario o ganarse un buen contrato que pueda solucionar ese declive. De la lista de deudas que ha hecho pública para ganarse la misericordia del juez destaca, por encima de todo, esa factura mensual de mil dólares en televisión por cable. ¿A qué clase de loco psicópata se le ocurriría invertir esa suma al mes sólo para ver la tele? Los deportistas afroamericanos son una mina, así de claro.

A estos dos casos sumemos otros dos que provocan hilaridad y absoluta sorpresa al aficionado. Zach Randolph, por ejemplo. Que le hayan acusado de provocar una pelea en la salida de un club de striptease tampoco sería especialmente llamativo, pero que esto sucediera un día después de que algunos medios de Indiana filtraran que la policía le acusa de posesión masiva de marihuana e incluso de que el jugador pudiera estar traficando con esta substancia tiene su guasa. Cómo un deportista de élite, con contrato millonario, vuelve a amenazar su carrera deportiva por un amasijo de porros y por un círculo de amistades nefasto es otra de esas incógnitas que nunca acabaremos de descifrar. Y qué decir de Amar’e Stoudemire y su madre, detenida por la policía por conducir de forma errática y sobrepasando los límites de velocidad. Un error lo puede cometer cualquiera, dirán. Sí, pero la gracia de la cuestión no es tanto la detención como el detalle relatado por la policía. Por lo visto, la madre del jugador de los Phoenix Suns llevaba mucho dinero en efectivo en la cartera, metida en el bolso, y cuando la policía fue a cogerle el bolso para entregárselo a su hijo, la señora reclamó enfurecidamente que sacaran la cartera del bolso y se la dieran: “¡No me fío de él, se va a quedar toda la pasta!”. Esto es un no parar.

4. Se celebró una nueva edición de Roland Garros hace un par de semanas. Noticia destacable la victoria de Rafa Nadal en el cuadro masculino, dirá la mayoría. Bueno, algo hay. Como bien apuntó un eminente cronista deportivo y social de la red hace ya unos meses, el jugador español se había convertido en algo parecido a un ex tenista. De ahí que su regreso por la puerta grande tenga algo de noticiable, si bien su triunfo ha tenido lugar en una de las ediciones más ñoñas, soft y descafeinadas del Grand Slam francés. Si me preguntan diré que para mi la noticia más resaltable del torneo galo ha sido el modelito que ha lucido Venus Williams. La foto es elocuente y da para muchos análisis. En primer lugar, lo básico: ¿quién le ha hecho creer a la mayor de las Williams que es sexy o atractiva? Sin ofender, pero si Venus se llamara Max nadie notaría la diferencia. De hecho, ¿quién ha sido el bastardo que le ha hecho pensar a la jugadora que la visión de su culo prominente podría provocar el interés testosterónico del respetable? Y qué decir del estilismo de la prenda. Ya es discutible la decisión de utilizar un short transparente que deje entrever la imagen de un tangazo sudado, pero lo de utilizar un short color carne ya es el súmmum del mal gusto. No solo eso, sino que el diseño es tan perverso que se trata de color carne tono Colacao, a juego con las piernas y el trasero de la tenista. Estaremos atentos al torneo de Wimbledon para ver cómo se las arregla la norteamericana para combinar el código estético del Grand Slam londinense con su terrorífico criterio a la hora de vestir.

5. Acabo con dos recomendaciones para los amantes del deporte que tengan inquietudes más allá de la retransmisión deportiva pura y dura. La primera, que salió a la venta en Inglaterra el pasado 31 de mayo, es el DVD del documental “One Night In Turin”. Se trata de un sólido documento visual de aquella selección inglesa que consiguió llegar a las semifinales del Mundial de fútbol de 1990 celebrado en Italia. Es un recuerdo nostálgico y melancólico de la gran oportunidad perdida del conjunto británico liderado por Paul Gascoigne. No es necesario que os diga que lo podéis encontrar por la red de forma gratuita, aunque desde aquí siempre incitamos a pagar por discos, películas o, en este caso, documentales. Por último, también me parece obligatoria la lectura de “Juego Sucio. Fútbol y Crimen Organizado” (en inglés, “The Fix: Soccer And Organized Crime”), libro escrito por el periodista canadiense Declan Hill que propone una profunda y atrevida mirada a la relación, estrecha, real y más cercana de lo que ya sospechábamos, entre el fútbol, las mafias y los negocios de las apuestas. Partidos amañados, corrupción en las altas esferas, árbitros comprados, intercambio de favores… una crónica fascinante, documentada y bastante rigurosa desde las alcantarillas del deporte. Hasta aquí las noticias. Volvemos el mes que viene, ya con los nombres de los ganadores del Mundial de fútbol, de las finales de la NBA y de Wimbledon.

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