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¿Fusila Buenafuente las bromas que circulan por Twitter y Facebook?

El humor en la red se convierte en la gran amenaza de los guionistas de televisión

"Viendo el primer programa era inevitable tener la sensación, o la seguridad, mejor dicho, de que esas bromas ya las habíamos leído unos días antes en las redes sociales."

El estreno de “Buenas Noches y Buenafuente” –domingos, a las 22 h. en Antena 3– ha dejado flotando en la red una idea tóxica y peligrosa: en Twitter están los mejores guionistas de España y en televisión no trabajan guionistas, sino una banda de filibusteros con parche y loro pegado al hombro que se dedican al pillaje y saqueo de chistes, ocurrencias y salidas de tono relacionadas con algún tema de actualidad. Es cierto que viendo el primer programa de esta nueva aventura de Andreu Buenafuente y su equipo, sobre todo el gag que hacía referencia al vástago accidentado de la Familia Real y algunas notas del monólogo inicial del presentador, era inevitable tener la sensación, o la seguridad, mejor dicho, de que esas bromas ya las habíamos leído unos días antes en las redes sociales. No sólo eran parecidas y nos sonaban, sino que eran las mismas, de ahí el ruido generado en Twitter la misma noche del debut, donde las acusaciones de plagio y robo consiguieron empañar y ensombrecer una puesta de largo a la que personalmente encontré problemas más notorios, desde un punto de vista televisivo, que una simple coincidencia de varios golpes de agudeza satírica a costa de los Borbones.

Si copiaron o no los guionistas de Buenafuente es secundario e indemostrable, entre otras cosas porque ellos mismos lo negarán y porque, también hay que decirlo, el repertorio de bromas no era precisamente una obra magna del ingenio y la creatividad. Más o menos a cualquier hijo de vecino con un poco de gracia e inspiración se le podría ocurrir alguno de esos chistes, no había nada excepcional, genial e inolvidable en ellos. Con esto quiero decir que todos aquellos tuiteros que se han sentido ultrajados y expoliados quizás deberían contener su ego y rebajar sus ínfulas cómicas; a fin de cuentas todos estos chascarrillos generados alrededor de las vicisitudes en Casa Real forman parte de una conciencia humorística universal en la que es utópico exigir derechos de propiedad intelectual y en la que, admitámoslo, el nivel anda algo lejos de Larry David, Faemino y Cansado o Ricky Gervais.

Berto Romero, co-director del programa, escribía en su blog hace unos días que los guionistas “no se dedican a buscar chistes en Internet. Los escriben”. Y añadía: “se pueden escribir los mismos chistes. En realidad no hay tantos. Cuando se trabaja sobre la actualidad, y sobre temas muy populares, como es nuestra intención, no es raro que se llegue a hacer el mismo chiste que otros han pensado ya”. Tiene razón. Pero entonces, ¿dónde está el factor diferencial de ingenio y creatividad entre un guionista de televisión y un tuitero anónimo? ¿A un grupo de guionistas profesionales que se dedican a esto las 24 horas del día no se le debería exigir mayor perspicacia, profundidad y resolución para desmarcarse del cancionero popular de chascarrillos? ¿En serio no hay otra manera en este país de cachondearse del accidente de Froilán que no sea con la imagen del Frigopie? Estoy de acuerdo en que es inevitable la simultaneidad de ocurrencias cuando todo el mundo habla de lo mismo, pero esas palabras de Berto transmiten conformismo y comodidad, como si sus compañeros no fueran capaces de aportar originalidad y personalidad propia al tema, que es precisamente lo que debería significar a un guionista. Y eso quizás parece más alarmante que una simple coincidencia de bromas.

"Twitter se ha cargado al guionista. Pero no por la brillantez o el ingenio, sino por el timing y la exposición pública."

Alarmante, porque según lo que dice Berto esta situación podrá repetirse en próximos programas, ya que “esto ha ocurrido así siempre, la única diferencia es que ahora hay cientos de miles de personas que dejan constancia de sus ocurrencias a tiempo real en la red”. Es decir: Twitter se ha cargado al guionista. Pero no por la brillantez o el ingenio, sino por el timing y la exposición pública. La inmediatez de esta red social, que genera análisis y parodias de las noticias antes que cualquier informativo o programa de humor, le ha jodido el invento a los escritores de humor con pocas ganas de trabajar y pensar. Hace unos años muchos chistes y monólogos que veíamos en televisión estaban fusilados, directamente, de Internet, pero todo quedaba mucho más oculto a ojos del gran público; uno tenía que ir a buscarlo expresamente para demostrarlo. Era más disimulado. Con Twitter y Facebook eso se ha acabado, y cuando plagias o ‘pides prestado’ algo sin acreditar te cogen con el carrito de los helados en menos de lo que canta un gallo. El estreno de “Buenas Noches y Buenafuente” fue un ejemplo clarísimo de esta situación relativamente nueva en el panorama del humor televisado: el gag de Froilán se emitió el domingo, pero el accidente se produjo el miércoles. Cuatro días de margen en los que ya estaban exprimidas y explotadas todas las gracias posibles.

Tendrá que ir con cuidado el programa si no quiere verse en la misma encrucijada cada semana. En este sentido no parece descabellado entender que Twitter y su propagación social obligará a los guionistas a estrujarse más las neuronas en busca de aportes propios y frescos que les distancien del rebaño tuitero y a vigilar más de cerca el repertorio de chistes que triunfa en Internet. Pero sobre todo lo que tendría que conseguir esta situación es que el programa mejore sustancialmente su agilidad y capacidad de maniobra. Porque, personalmente, no fue esta concurrencia de chascarrillos lo que más me contrarió de “Buenas Noches y Buenafuente”, sino la incomprensible desconexión con la actualidad que mostró el programa en sus contenidos. Sorprendió, en negativo, el hecho de que se optara por incorporar un gag sobre el culebrón familiar de Arantxa Sánchez Vicario, un tema que ya estaba totalmente olvidado por el espectador y del que ya no tiene sentido intentar extraer jugo cómico, básicamente porque el sketch no tenía ni la mala leche ni el ingenio humorístico suficiente para superar en delirio y vis cómica a las propias declaraciones y acusaciones cruzadas de los protagonistas. Discutible también colar una parodia de Lady Gaga –¡de la Lady Gaga del traje de carne! ¡Septiembre de 2010!– cuando el mundo ya ha girado unas cuantas veces desde entonces. Pero especialmente chocante que se decidiera incluir un gag paródico sobre Froilán cuando ya hacía dos días que la noticia no era el nieto, sino el abuelo y sus aventuras en África.

Si el talk show sigue mostrando esta distancia tan clara entre la actualidad más inmediata y sus contenidos –que además es uno de los objetivos que persigue, según el propio Berto Romero–, entonces se seguirán repitiendo los mismos problemas que lastraron su estreno: gags desfasados o fuera de contexto, salidas y ocurrencias predecibles y bromas ya plenamente asentadas y digeridas por cualquier usuario mínimamente activo en las redes sociales. No sabemos si Twitter se cargará al guionista, de este último depende que no sea así, pero es evidente que se ha convertido en una dura y correosa piedra en el zapato a la que se debe tener en cuenta.

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