Columnas

For Sale Pt. 2

Carlos Vareno

For Sale Pt. 2 Carlos Vareno Raymond Kurzweil está convencido de que no va a morir. 210 suplementos vitamínicos administrados a diario, y una visita semanal a seis mil dólares la sesión a una clínica de longevididad donde las lumbreras de Silicon Valley curan sus hipocondrias, sostienen, con mimo y rigurosidad científica ad hoc, el cuerpo biológico de esta mente prodigiosa que en la actualidad padece los estragos de la sesentena. Una edad, en la que a pesar de su conocido temple cibernético, -diríase que casi búdico, siempre arropado por la flor del loto e inciensos de la mirra y el píxel allá donde fuere-, detesta, dado que el abuelo y el papá Kurzweill murieron de sendos ataques coronarios a temprana edad, y la descendencia, inevitablemente a heredado la tendencia. Certificado genéticamente. La cuestión es que se dice por allí de Raymond que es el inventor más importante después de Thomas Edison, y que a Bill Gates, cuando en mitad de la noche en el valle le asaltan las dudas y conflictos sobre el devenir tecnológico de Microsoft, es Raymond, el tecnólogo y futurista de nuestra era, el que apacigua las ansiedades del capitalista con su verbo lento, claro, y gélido. Un millón de euros al año por pasear su hipotálamo por las universidades de los más ricos han hecho del matemático una celebrity en los Estados Unidos de todo lo posible y más, y con el éxito editorial de su último libro, The Singularity Is Near, -ensayo que me ha tenido estas dos últimas semanas postrado en mi azotea-, ha conseguido, que el señor Kurzweill reconsiderase una segunda visita a la semana en la susodicha clínica de la inmortalidad.

Kurzweil es el profeta de la singularidad. Un termino científico -agárrense las neuronas-, que describe la inflexión en el espacio y el tiempo que acontece en los bordes mismos de un agujero negro donde las leyes habituales de la física no se pueden aplicar. ¿¡Einñ!? Singularidad, señores, acojone en los bordes mismos de lo imposible, y una teoría que por siempre cambiará nuestra concepción sobre el inminente devenir del progreso sin que su autor tenga porque llamarse Dan Brown. ¿Códigos Davinci’s? No, thank you very much. Siguiendo los postulados de la Ley de Moore, o algo así, aquella en la que se dice que la evolución de la tecnología es exponencial, que dobla su capacidad año tras año, estos cyber evangelistas tras varios cálculos y con las reverberaciones de la mística del agujero negro por sus cerebros en éxtasis, han conseguido predecir que sobre el 2029 la más refinada inteligencia artificial conseguirá con creces pasar el test de Turing. Básicamente el día en el que las máquinas habrán superado la inteligencia de los humanos, -o eso dicen estos señores halitosis exótica-, y la evolución, acostumbrada a la maceración lenta de año tras año y dolor de espalda y quejido al atardecer en los campos del señor, pegará un salto cuántico de tres pares de cojones donde nada de lo que conocemos como real volverá a ser lo mismo. O lo que es lo mismo, el apocalipsis, o el renacimiento, o la super duper new age, o qué sé yo. Singularidad, hay que joderse. Y bien.

Pero lejos de describirnos un futuro apocalíptico donde los bíceps mecánicos del terminator de turno subyugarán a diario a huerfancitos y parias de lo humano, Raymond y su libraco de “The Singularity Is Near”, narra un porvenir donde el humano terminará por fusionarse con la máquina, y ese tan cacareado cambio dimensional lo haremos de la manita de nuestros nuevos amiguitos los bytes y los números binarios. Presenciaremos cosas como la implantación de nanorobots en nuestros cerebros que multiplicarán nuestros coeficientes por un trillón, -que sí que sí, que el Raymond no se corta ni un pelo-, y terminaremos por prescindir de los órganos engorrosos del corazón, el hígado, los riñones, etcétera, sustituyéndolos por sus versiones nanorobóticas quedándonos finalmente en el fino esqueleto, en una cabeza subatómica, y unos órganos sexuales de jauja en lo atemporal gracias a nuestros cuerpos tuneados por la empresa capitalista de turno. 2029, sí, muchos de nosotros estaremos en la cincuentena, haced los cálculos.

Conseguir la inmortalidad entonces será un chiste, Raymond Kurzweill says, algo así como encender un mecherito o beberse un filete de ternera made in Ferrán Adriá puesto que nuestras personalidades las podremos descargar cual software en nuestros cerebros de nueva generación, y si algún día nos falla el hardware siempre podremos reemplazarlo y sustituirlo con una nueva descarga de nuestra antigua personalidad. O personalidades -que el menda ya tiene un alter ego que se llama Ramona, y no es broma-, puesto que ésta será una línea difusa de esclarecer ya que la individualidad se verá fusionada con el resto de individualidades que compondrán el espacio mutante de realidad y virtualidad en un uno cojonero sin egos, celebrities, ni ná con lo que podamos divertirnos un ratito. Sólo la eternidad. El siguiente step, y esto no termina aquí, es que inundaremos y contagiaremos al cosmos entero de inteligencia computacional pudiéndolo manejar a nuestro caprichoso antojo, subsanando así las posibles gripes de un sol que terminará con el tiempo por dárselas de enfermito, o engendrando una estrella de luminosidad intermitente cual luz estroboscópica en la noche eterna de nuestro devenir hedonista. Y todo esto, en 600 míseras páginas compradas en Amazon por el módico precio de 20 dólares.

Qué fácil, ¿Verdad?, qué fácil que parece todo con el bueno de Ray. Pero mi duda -que muchas tengo- es que, en el humilde caso de que consiga dentro de poco doblar mis capacidades intelectivas, memorizar el doble de información, y dejar flipados al resto de humanos no singularizados con mi demagogia digna del mejor Chavez, no sería eso, digo yo, -alguien que ahora mismo está escuchando a Vampire Weekend en el playsound de PlayGround mientras escribe esto-, una especie de muerte de mi antiguo yo? Aquel que con sus fallos y taritas consiguió enamorar a mi mujer y amistades de mi vida no singularizada? En el caso de que consiga la mencionada inmortalidad tecnológica y disponga de la eternidad a un click de distancia, no sería eso, una especie de coñazo en vida, una prolongación infinita de lo que ya naturalmente la vida se encarga de finiquitar para bien de todos? Imaginaos compartiendo la eternidad con aquel energúmeno descargable que en clase nos daba la lata con sus flatulencias caloríferas y bromitas de pollas a destiempo en los vestuarios del gimnasio. Ya lo sé ya lo sé, esto, como algunos listillos ya estaréis señalando, nunca lo sabremos puesto que la singularidad, como dicen estos hombres de ciencia, por definición es inconcebible, está a la vuelta de la esquina, near que te near, y nos hemos de preparar como enfrentarnos a ella, o al menos, empezar a pensar en como vamos a actuar bajo el disfraz de un dios creador con demasiados friends en su cuenta de MySpace. Pero de momento, ahora que el corazón me palpita en sus sitio y no en un ambiguo espacio meta real donde millones de corazones palpitan al unísono sin miedo al colapso, dejo de lado este extraño y alocado progreso en forma de libro, y dándole al play al último disco de Grouper en mi reproductor de iTunes, voy a pasar el resto de esta tarde lluviosa de octubre escribiendo poesía, -último bastión y reducto de lo humano-, anhelando, quizás, que un escuadrón de nano robots nos salven de esta crisis que tan jodidos nos tiene. Ay, Ray, ¿dónde estás cuando más te necesitamos? ¡Diablillo!

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