Columnas

Ficción televisiva española: la eterna pesadilla

El último engendro de la cosa se titula “Luna, El Misterio de Calenda”

El estreno de “Luna, El Misterio de Calenda”, la nueva ficción televisiva de Antena 3 con hombres lobo y un trasfondo a lo “Crepúsculo”, nos da pie para reflexionar sobre las razones por las que las series de televisión en España son tan horrorosas.

El pasado martes se estrenó en Antena 3 “Luna, El Misterio De Calenda”, la gran apuesta de ficción de la cadena para esta temporada. Llega esta nueva serie protagonizada por Belén Rueda con el objetivo de intentar dejar atrás cuanto antes posible el recuerdo de un fracaso tan sonado como el de “Toledo”, superproducción que no ha renovado para una segunda temporada y que se las prometía muy felices cuando se presentó a los medios. Y llega con pretensiones altas: combinar influencias de “Twin Peaks” y “Crepúsculo” en un mismo discurso estético y narrativo, y todo ello, además, sin dejar de lado los rasgos distintivos de su productora, Globomedia, especialista en cortar por el mismo patrón todas sus series de ficción: la búsqueda consciente de un público heterogéneo que aglutine a varias generaciones delante de la pantalla; la inclusión casi obligatoria de gags humorísticos para destensar la acción, por forzados o inverosímiles que parezcan; la retranca moralista que siempre tienen sus creaciones; y la repetición endogámica de caras conocidas en el casting de actores.

Como en toda serie, pocas conclusiones se pueden extraer después de ver el primer capítulo, pero aquí van algunas ideas que ya generó el estreno. Primero: Fran Perea es mal actor, pero su personaje y las situaciones que le plantea el guión son mucho peores. Mala jugada la que le han hecho los guionistas, que han convertido al cantante en el catalizador de los momentos cómicos y frívolos de la trama. Es un recurso muy Globomedia –utilizar a niños pequeños o jóvenes limitados para los gags de distensión–, pero provoca vergüenza ajena. Segundo: estos insertos humorísticos buscan descongestionar y oxigenar un poco los capítulos, de tono más oscuro y sombrío, pero en realidad perjudican notablemente el funcionamiento y la dinámica de “Luna”, que tiene más posibilidades como producto cuando intenta parecer seria.

"Se han estrenado series notablemente peores en los últimos meses pero estamos en las mismas de siempre: personajes poco o mal definidos, diálogos mecánicos, falta de verosimilitud, confusión entre ritmo y precipitación, infinidad de lugares comunes y pobreza formal"

Tercero: aunque los creadores admitan que su fuente de inspiración es “Twin Peaks”, evidentemente hay que olvidarse rápidamente de esta asociación, ya no sólo por nuestro bien sino también por el de la propia serie, que en todo caso en su estreno pareció un remedo B de “Crepúsculo”, sobre todo en la parte protagonizada por los adolescentes, sin mucha intención de disimular sus intenciones. Y cuarto: la sensación de que, por mucho que se modernicen los argumentos y las intenciones –del costumbrismo o las series de procedimiento, ya sea policial, hospitalario o judicial, hemos pasado a viajes en barco apocalípticos, ángeles y demonios, cárceles en estaciones petrolíferas o, ahora, hombres lobo–, los problemas de nuestra ficción siguen siendo los mismos, y “Luna” no es una excepción. Se han estrenado series notablemente peores en los últimos meses, e incluso diría que en algunas fases de su puesta de largo uno podía seguir el hilo sin tuitear o charlar por Whatsapp, pero estamos en las mismas de siempre: personajes poco o mal definidos, diálogos mecánicos, falta flagrante de verosimilitud, confusión entre ritmo y precipitación, infinidad de lugares comunes y pobreza formal son algunas de sus características.

De todos modos, no basta con argumentar que las series españolas son mediocres por defecto, que los guionistas patrios no tienen iniciativa ni personalidad o que en este país nos limitamos a fotocopiar planteamientos, trucos e ideas foráneas como si fuéramos empresarios chinos. La ficción televisiva nacional tiene un problema mucho mayor, y más preocupante que la supuesta mediocridad de sus productos, y es un problema de índole social y cultural que va mucho más allá del resultado final que vemos en pantalla. Se trata, más bien, de una cadena de hechos relacionados entre sí que acaban llevándonos a la situación final. Para simplificarlo todo un poco: las series españolas también son malas porque en España nos vamos a dormir demasiado tarde. Hace unos años, en una entrevista que le hizo Jesús Quintero, Fernando Sánchez Dragó lamentaba “haber nacido en un país en que la gente está empeñada en no dormir. En España no se duerme, en España está todo el mundo mal dormido”.

Y aplicado a la programación televisiva no le falta razón. Como consecuencia de unos hábitos culturales y laborales que invitan a comer y cenar tarde, en España se puede alardear de tener el prime time más tardío del planeta, a partir de las diez de la noche oficialmente –aunque en los últimos años, y cuando se disputan partidos de Champions League ya incluso arranca a las diez y media, toda una proeza–, lo que nos lleva a una ecuación matemática demoledora: si los programas estrella de la noche arrancan más allá de las diez de la noche, el espectador tiene que esperar hasta pasadas las doce para irse a planchar la oreja. Y mejor no hablar del late night, que finaliza a las dos y media de la madrugada antes de dar paso al desfile de videntes y estafadores cañí de nuestras parrillas.

En el ámbito de las series, y como consecuencia de este horario fulminante, las cadenas se ven obligadas a llenar la franja del prime time, unas dos horas largas, con un solo capítulo de alguna de sus producciones. Y así, en el tiempo en que nosotros engullimos la nueva entrega de “El Barco” o “Toledo”, los estadounidenses tienen tiempo suficiente para ver de una tacada las nuevas de “Modern Family”, “The Office” y “House”, por decir algo. Y esta diferencia es crucial para entender uno de los grandes hándicaps que estrangulan e intoxican a la ficción nacional: los guionistas y productores de series se ven forzados a producir capítulos de ochenta minutos de duración –una salvajada inviable que no podrían sortear ni los guionistas de “Perdidos”– para llenar esa franja en la parrilla. La suma es fácil: entre los ochenta minutos de episodio y los otros veinte de publicidad nos movemos en el mismo timing que una película de estreno. Es insostenible se mire por donde se mire.

"Los guionistas y directores tienen su parte de culpa pero también las cadenas, que exigen capítulos con duración de películas sin entender que la calidad de las mismas se resiente ante semejante locura."

El colmo del paroxismo de esta política televisiva estriba en el hecho de que no se distingue entre géneros ni formatos: si ya es un atropello contra toda lógica encasquetarle thrillers o dramas costumbristas de hora y cuarto al populacho y es un quebradero de cabeza insalvable para los guionistas, imposible describir el grado de atrocidad que significa ponerlo en práctica en comedias de situación, subgénero tocado por una regla de oro en Estados Unidos: prohibido superar los 25 minutos de metraje por episodio. No hay sitcom que resista semejante desproporción temporal: gags alargados hasta la saciedad, subdivisión absurda de tramas, redundancia temática y abuso extenuante de los tics de situación están a la orden del día en nuestras comedias. La curva de intensidad de cualquier sitcom patria es más variable e inestable que la curva de glucosa de un maratoniano. Los guionistas y directores tienen su parte de culpa, está claro, pero también las cadenas, que exigen capítulos con duración de películas sin entender que la calidad de las mismas se resiente ante semejante locura.

Es esta una justificación creíble para explicar por qué es tan difícil aguantar el visionado de un episodio de cualquier serie española. No tanto las otras dos grandes excusas históricas –el gusto del consumidor y la falta de presupuesto– a las que se acogen productoras y creativos para explicar sus creaciones. Es indudable que existe un segmento de telespectadores en España, básicamente público de más de 50 años que reside en zonas rurales, que solo consume series nacionales y que vive ajeno por completo al tráfico de capítulos, subtítulos y spoilers de los grandes hits del momento. Sería absurdo negar la evidencia de que en este país hay mucha gente que no ha oído hablar nunca de “Mad Men”, que no sabe quién es Sheldon Cooper y que no ha visto un solo capítulo de “Juego De Tronos”, pero tampoco tiene sentido acogerse a ese perfil sociológico para justificarse. El éxito de audiencia de series norteamericanas como “House” o “The Walking Dead” demuestra que el público no sólo quiere costumbrismo made in Spain, actores conocidos de nuestra escena o guiones que puedan hacer suyos, y que lógicamente también hay un amplio nicho de mercado que está pidiendo más esfuerzo y creatividad en la ficción de la piel de toro.

Por su parte, el peliagudo asunto de los presupuestos es una excusa endémica que ha quedado suficientemente desmentida en los últimos años. Ya no solo porque tenemos constancia de productos low-cost norteamericanos, británicos o incluso españoles de meritorios y admirables resultados – “Colgados En Filadelfia”, “The Office” o “¿Qué Fue De Jorge Sanz?”– que echan por tierra la teoría de que cuanto más dinero más calidad, y dejan muy claro que es posible y factible crear buenas series con recursos limitados, sino también porque la ficción española reciente se ha especializado, precisamente, en derrochar euros y posibilidades en algunos títulos que hubiera sido mejor no haber conocido nunca: “Toledo”, “La Fuga” o “Águila Roja”, tres ejemplos muy ilustrativos, no han salido precisamente baratas, y sus respectivas aportaciones al medio plantean serias dudas sobre la necesidad de inflar presupuestos para mejorar nuestra producción.

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