Columnas

Fast-foodie: diario de un fanático de la comida basura

Homenaje al necesario acto de "ponerse gordaco"

(Lee nuestras anteriores reseñas de guarradas aquí y aquí)

GUARRADA Nº3

CHURROS RELLENOS DE CHOCOLATE MAHESO

Valor energético por unidad: 99 kcal

Grasas: 3,25 g (0,65 g saturadas)

Hidratos de carbono: 15,75 g (5,9 g azúcares)

Fibra alimentaria: 0,85

Proteínas: 1,85 g

Sal: 0,25 g

Uno podría pensar viendo la caja de estos churros rellenos de chocolate congelados que hemos tirado la casa por la ventana. Que no hemos querido guardarnos ases bajo la manga y que ya en el tercer capítulo de esta serie hemos salido a jugar con el once de gala. Es lícito: el churro de por sí, el natural, el hecho a mano y forjado en aceite con unas cuantas horas ya de trote cochinero, por un momento iba a decir que el más ‘saludable’, Dios me libre, ya es de por sí un desafío importante para los guardianes de las arterias.

Estamos jugando con fuego: fritanga y azúcar en un mismo combo es a los nutricionistas lo que el ajo o el crucifijo a los vampiros. Si a esta fórmula le añadimos el factor “ultracongelados”, entonces se entienden los ceños fruncidos del lector más bravucón, seguramente mosca ante esta demostración de autoridad y arrojo de quien esto escribe. Lo entiendo perfectamente. Desde fuera, uno se imagina la lista de ingredientes que hacen posible esta cerdada y no le queda más remedio que hacer acopio de Almax, sal de frutas y arroz blanco para contrarrestar sus efectos.

Pero he aquí una buena noticia: hemos toreado en peores y más dañinas plazas calóricas. A excepción del emulgente (E-322), los aromas sintéticos y del almidón modificado que requiere la crema de cacao para el relleno, el resto de ingredientes se mueven bajo parámetros de considerable normalidad. El aspecto antes de pasar por la freidora incluso es benevolente: una masa blanca, recia y consistente que —eso sí, cuidado— se muestra poco paciente cuando le cortas la cadena de frío.

Desde un punto de vista estético la cosa no mejora una vez han pasado por la ducha a 180 grados: el dorado frintaguero queda algo lejos del moreno caribeño de los churros “naturales”; estos, lógicamente, parecen mucho más de estar por casa, más feotes. Otra cosa es la prueba del algodón, el primer mordisco, la cata en sí.

Me encantaría poder decir que estos churros son infumables, horrendos y ofensivos. Pero la realidad es que no me lo han parecido. Partamos de la base que estamos jugando en segunda división, en un campo enfangado, lleno de socavones, con una plantilla de leñeros sin técnica y con las gradas vacías. Aquí no hay locales con mesas de madera sueca, paredes de ladrillo Metro London, masa artesanal y variaciones de rellenos, sabores y formas. Esto no es Instagram, muchachos

Esto es la cruda realidad del ultracongelado, donde las victorias hay que ganárselas a muerte. Y en ese contexto estos churros son más que correctos, así de claro. Crujen más de lo esperado, engordan menos de lo que indicaría el sentido común y la explosión de la crema de chocolate es más que generosa, hasta el punto de que el sabor a cacao y avellanas del relleno le acaba robando buena parte del protagonismo a la propia masa del churro y disimula, en parte, su vertiente más artificial. 

La conclusión es que aquí podríamos haber salido peor parados, la verdad. Y es que lo que asusta y fascina al mismo tiempo es el concepto: la sensación de que en el universo de los congelados todo vale y todo está permitido. Territorio comanche. Zona de guerra. Carta blanca para el disparate y el a ver quién la dice o la hace más gorda.

Lejos quedan ya los tiempos en que nos escandalizaban las pizzas congeladas; ahora nos parecen un manjar de Dioses si las comparamos con las últimas novedades que nos brinda el mercado de la alimentación bajo cero. Esto solo ha sido el inicio. Nuestra inmersión en los pasillos más fríos de los hipermercados solo ha hecho que empezar.

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