PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Now

Fast-foodie: diario de un fanático de la comida basura

H

 

Homenaje al necesario acto de "ponerse gordaco"

David Broc

12 Febrero 2015 06:00

Me gustan los gastroblogs. Los buenos, que los hay. Me encanta la crítica gastronómica. Soy un lector asiduo de todo tipo de guías de restaurantes, locales, pastelerías o cafeterías. Y por supuesto sufro esa adicción del siglo XXI que consiste en chequear sistemáticamente en Instagram perfiles, hashtags y fotos que tengan que ver con comida. Cuando quiero platos apetitosos, saludables, de calidad y bien presentados sé perfectamente dónde puedo buscarlos. Y dónde encontrarlos.

En cambio, el lado oscuro, ese territorio negro y ponzoñoso en el que conviven los productos precocinados, la bollería industrial, los aceites refinados, las bebidas azucaradas, los snacks hipercalóricos o los congelados, es una zona enemiga de acceso complejo y no siempre agradable. Bueno, digamos que en realidad brilla por su ausencia. Es como si no existiera. Y cuando hace acto de presencia es en forma de manual de tópicos y clichés para demonizarla. Como si no estuviéramos al corriente de sus contraindicaciones. Oiga, mire, sí, ya sabemos que la comida basura es eso, basura, pero ya somos lo suficientemente adultos para saber qué nos conviene y qué nos perjudica.    

La clave de este Phoskito Pou es esa lámina de chocolate estratégicamente ubicada en el epicentro del terremoto ultracalórico que divide las dos franjas visibles de leche


Conclusión: alguien tenía que hacer el trabajo sucio. Descender a los infiernos de la grasa saturada, de las bombas calóricas, del exceso de azúcares, de los hidratos de carbono de pésima asimilación, de esa interminable lista de aditivos que empiezan por E y que se hubieran cepillado a la raza humana en el Paleolítico. Deambular por un supermercado puede ser la experiencia más aburrida de tu vida, pero también una de las más terroríficas, excitantes y sorprendentes. En cada pasillo, en cada estante, en cada rincón se esconden centenares de productos que podrían provocarle un paro cardíaco a un dinosaurio.

La curiosidad mató al gato y pulverizó miles de analíticas. Pero el embrujo de la “guarrada”, la llamada incontrolable de los triglicéridos, el poder de seducción del colesterol es incontrolable. Hemos probado todo lo que se ha cruzado en nuestro camino. Productos de todo tipo. Algunos nos han gustado. Algunos nos han asqueado. Algunos nos han enganchado. Algunos nos han empujado al abandono inmediato. Algunos nos han ayudado a aguantar despiertos toda la noche. Y algunos otros nos han obligado a dejar el cargador del móvil en el excusado para amortizar los constantes viajes a la trona. Pero todos nos han dicho algo. Y este es nuestro testimonio. Bienvenidos a nuestro particular club del gurmet.

GUARRADA Nº1


PHOSKITOS POU

Valor energético: 151 kcal

Grasas: 6,7 g (4,9 g saturadas)

Hidratos de carbono: 20 g (16 g azúcares)

Proteínas: 2 g

Sal: 0,09 g

Una de las estrellas del pasado verano en materia de pastelería industrial fue el Phoskitos Pou helado, una original variación del Phoskitos de toda la vida. La diferencia primordial estribaba en la forma, aquí cuadrada, y en el modo de consumo, ya que este pastelito se presentaba al público con un pequeño palo que le atravesaba el esfínter con el objetivo de convertirlo en una suerte de bizcocho helado de chocolate no apto para finolis, paladares delicados y maniáticos de la limpieza manual.

Ya entonces tenía apariencia de experimento, de probatura para tantear al mercado, cuyos principales alicientes eran el factor novedoso de su forma de consumo y, por supuesto, el hecho de que se tratara de un producto para lucimiento y despliegue del universo Pou. Esta mascota virtual, protagonista de una app que desempeña el papel del Tamagochi para la generación smartphone, es un reclamo por sí solo, pero si además lo acompañas de cacao, leche y todo tipo de emulgentes, gasificantes y aromas artificiales, ese cóctel molotov indispensable para la subsistencia de nuestra reserva de grasas saturadas, entonces el resultado es doblemente exitoso para el público potencial al que se dirige.

Oiga, mire, sí, ya sabemos que la comida basura es eso, basura, pero ya somos lo suficientemente adultos para saber qué nos conviene y qué nos perjudica


Como ya hace frío y la idea de comer polos o helados parece poco apetecible, es momento de arrancarle el palo al pastelito y comerlo a temperatura ambiente, a pelo. Llega el Phoskito Pou, que es exactamente lo mismo que su versión gélida, pero con nuevas pegatinas para fans de Pou. Una gran desconocida para el público masivo, esta variación cuadrada siempre ha asumido su rol de versión infantil del original, tanto por tamaño como por composición, y es la variante que la marca utiliza para explotar las diversas licencias que adquiere.

Es cierto que hace un tiempo ya llegaron los Phoskitos mini, pero el burdo intento de espejismo psicológico no coló: son tan pequeños que es materialmente imposible comerse menos de dos o tres de una sentada. El mini se acaba haciendo maxi. El pastelito y nuestra barriga. En cambio, este Phoskito junior presenta unas dimensiones más que correctas que cumplen con su cometido. Si sabes controlar la ansiedad con uno tienes más que suficiente para salir del paso.

La clave de este Phoskito Pou es esa lámina de chocolate estratégicamente ubicada en el epicentro del terremoto ultracalórico que divide las dos franjas visibles de leche: además de darle consistencia a la textura esponjosa del bizcocho también lo convierte en un variación más crujiente que el modelo original. Hay un ligero crec crec, que ya es mucho teniendo en cuenta el ámbito sintético en el que nos movemos.

Menos mazacote y más refinado que un Phoskitos al uso, pero también más sosainas, este pastelito, del que nos gusta precisamente que no escatime en cacao, a diferencia de su hermano mayor, tiene poco que rascar entre el público adulto habituado al frenesí gordaco de la bollería industrial, que ya metido en la dinámica de provocarse atascos arteriales quiere hacerlo a lo grande, como mandan los cánones, pero tiene posibilidades de asentarse entre las preferencias de ese público infantil goloso que tiene licencia para darse alguna alegría saturada el fin de semana.

Es materialmente imposible comerse menos de dos o tres de una sentada. El mini se acaba haciendo maxi



share