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Facebook

La red social que ha cambiado tu vida

Facebook Mark Zuckerberg es, por así decirlo, El Puto Amo. Él creó Facebook (y tú no). Se convirtió en muchimillonario a los 21. Se presenta a las reuniones de inversores con unas chanclas Adidas y vestido con su pijama de Looney Tunes. En su tarjeta de visita se puede leer “I´m CEO... Bitch!” (traducción: “soy el presidente ejecutivo... ¡Perra!”). Tan jefazo es Zuckerberg que lo primero que se instaló en las primeras oficinas de su recién fundada empresa (estaban situadas en un chalet en Palo Alto, California) fue una tirolina para poderse lanzar desde la punta de la chimenea hasta el borde de la piscina. Los chicos listos también hacen balconing.

Su historia, que es la de Facebook y su génesis, es la que David Fincher ( “Se7en”, “El Club De La Lucha”, “The Game”, “Zodiac”) está a punto de contar, con guión de Aaron Sorkin ( “El Ala Oeste De La Casa Blanca” y, en sus ratos libres, macho alfa en la meta-serie de televisión “Entourage”), en la que está llamada a ser una de las películas del año, “The Social Network”. Por ahora, la web Rotten Tomatoes recoge un 100% de coincidencia entre los críticos americanos en la puntuación de 10 sobre 10. La película ya ha causado alarma por, supuestamente, destapar varios de los trapos sucios de Zuckerberg. Hay quien se da de baja de Facebook escandalizado por toda la suciedad que se oculta bajo las alfombras. Hay ganas, por tanto, de verla: su estreno en Estados Unidos está programado para este mismo viernes, 1 de octubre; a Gran Bretaña llegará el día 15 y a España el 29 del mismo mes. Por ahora, tenemos que basarnos en anticipos jugosos: el cartel y su tagline ( “No haces 500 millones de amigos sin hacer algunos enemigos”) prometen una historia de puñaladas por la espalda, de juego sucio; también el tráiler, en el que un sosias de Zuckerberg sale con su cara de pánfilo como si fuera un Gran Hermano o un Mesías acompañado, de fondo, por una versión a cappella y apocalíptica del “Creep” de Radiohead. [La banda sonora, por cierto, la firma Trent Reznor y se pueden descargar algunas piezas gratuitamente en Soundcloud buscando por Trent Reznor & Atticus Ross].

Pero, ¿qué demonios ha hecho este chaval para merecer este despliegue?

“The Social Network” está basada en el libro “Multimillonarios Por Accidente”, de Ben Mezrich. En sus páginas se explica la historia de la creación de Facebook desde el comienzo en un dormitorio de la Universidad de Harvard hasta llegar a las aventuras en Silicon Valley de sus protagonistas en busca de una lluvia de millones de dólares (lluvia que termina cayendo con la intensidad de la gota fría). Entre medias, la película desvela un sainete de traiciones, acuerdos extrajudiciales y supuestos pardillos empanados que, al final, resultarán ser Los Amos Del Mundo.El punto de vista que adopta del libro de Mezrich es la de Eduardo Saverin (interpretado en la película por Andrew Garfield, el que será el próximo Spiderman), el estudiante de Harvard que le prestó sus primeros mil dólares a Mark Zuckerberg para la creación de Facebook. Ambos se conocieron en una fraternidad judía de la universidad. Nótese lo decadente del asunto: si la vida social en Harvard –nido de estudiantes pijos, como ya se sabe– pudiera reflejarse en un gráfico piramidal, la fraternidad de la que formaban parte Zuckerberg y Saverin sería la punta (pero con la pirámide invertida y con su cúspide hacia abajo, apuntando a las catacumbas). Tan anémica era la vida social de estos dos nerds que un día Zuckerberg, después de una noche de farra y fracaso en la que fue sistemáticamente ignorado por TODAS las mujeres que se cruzaron en su camino, decidió robar imágenes de los directorios de estudiantes guardados en las residencias universitarias para así crear una página web en la que se pudieran comparar las fotos de las chicas con, por ejemplo, animales de granja. Aquel fue el nacimiento de una cosa que se llamó Facemash y que a Mark le causó ser llevado a juicio por el rectorado de su universidad.

Este pequeño escándalo, que corrió como la pólvora por el campus, le valió al pobre Zuckerberg ser más repudiado todavía por sus compañeras de campus. Nunca se iba a acostar con ninguna de ellas, eso lo tendría que tener claro, pero a cambio el asunto Facemash le ayudó a entrar en contacto con los gemelos Winklevoss, dos muchachotes de familia forrada pertenecientes al Porcellian Club, una sociedad secreta de Harvard famosa por ser un activo criadero de futuros presidentes de Estados Unidos o consejeros delegados de empresas Fortune 500. Cuenta la leyenda que si un “Porc” (así es como se denomina a los miembros de The Porcellain) no ha ganado un millón de dólares por sí mismo antes de cumplir los treinta años, la propia sociedad se encargará de abonarle esa cantidad. Siguiendo con el gráfico piramidal que antes nos llevó a la fraternidad judía y a las catacumbas de la escala social en Harvard, los Winklevoss estarían en el extremo contrario, en el ápice –un ápice, por supuesto, con un ojo abierto e iluminado por los rayos solares, en la más pura tradición monetaria-masónica). Los gemelos se dedicaban en cuerpo y alma a sus estudios y también al remo (llegaron a competir incluso en los Juegos Olímpicos de Pekín). Se veían a sí mismos como unos buenos partidos para las mujeres (dinero, forma física envidiable, posibilidades de prosperar en la escala social), pero no tenían nada de tiempo para ligar con las chicas del campus. Querían, por lo tanto, crear una página web en la que se pudiera mostrar sus fotos y su currículum, de modo que todo el mundo en Harvard tuviese un perfil parecido. Una especie de tarjeta de presentación, en definitiva, para que las chicas se les acercasen y no tener que perder el tiempo yendo de caza. El problema de los Winklevoss era que no tenían ni idea de programar –pero sabían que el cafre que comparaba a sus compañeras de clase con vulgares animales de granja era un as en esa disciplina–. Es más: se sabía que, en sus años de instituto, Zuckerberg había llegado a rechazar un millón de dólares por un programa que había creado y que servía para que los players de música crearan automáticamente listas de reproducción basadas en los gustos de los usuarios.

Es entonces cuando llega la primera traición.

Los Winklevoss contactan con Zuckerberg. Le dan la idea para que trabajase para ellos. Pero Zuckerberg (en la película de Fincher le encarna Jesse Eisenberg, el protagonista de “Adventureland”) prefiere olvidarse del tema y lanza la primera versión de Facebook con los mil dólares que le había prestado Saverin. La página empezó a extenderse como un virus y Mark decidió dejar la universidad para plantarse en Silicon Valley, el paraíso de las Start-Ups. Eso sí, dejando tirado por el camino a Saverin justo antes de que llegase todo el dinero extra de los fondos de inversión (ahí está el origen de toda la bilis que rezuma el libro) para juntarse con un partner más adecuado, Sean Parker, el creador de Napster y gran estrella del mundo de internet desde entonces (interpretado en la película por Justin Timberlake). El tándem Zuckerberg-Parker hizo crecer Facebook como un suflé hasta que a Parker le detuvieron por participar en una fiesta con menores y cocaína de por medio, circunstancia que aprovechó el listo de Zuckerberg para expulsarle y quedarse él solo con el negocio del siglo. Posteriormente se liberó de la molesta presencia de Saverin, Parker y los Winklevoss gracias a varios discretos acuerdos extrajudiciales, y ahora Mark Zuckerberg puede disponer para su empresa de algo así como el Producto Interior Bruto de Guatemala (su fortuna personal se ha incrementado en un 245% en un año, lo que le ha permitido entrar en la lista Forbes de los hombres más ricos de Estados Unidos en el puesto 35; Bill Gates aún es intocable, pero cada vez está más cerca).

En cuatro palabras: el negocio del milenio.Image: Hugh Macleod

Esta es, en resumen, la intrahistoria de la creación de Facebook, hilo argumental de ese thriller empresarial con empollones que es “The Social Network”. Si algo queda claro leyendo el libro de Ben Mezrich es que todos los personajes implicados tenían la fuerte sensación de estar a punto de descubrir el equivalente a la rueda en el siglo XXI. Todos andaban desesperados buscando la red social DEFINITIVA, algo que conectase a todos los usuarios del mundo. Por ahora, sólo Facebook lo ha conseguido. He aquí un demoledor chorro de datos. Justo en este momento, cuenta con 525 millones de usuarios (y creciendo; Facebook nunca deja de crecer). Recibe más visitas que Google (de momento sólo en Estados Unidos, en el resto del mundo es cuestión de tiempo). Cada usuario de Facebook –o sea, tú– pasa al menos 55 minutos de media al día en la web, y se suben tres billones de fotos nuevas y se publican en los muros cinco billones de contenidos a la semana en todo el mundo (es decir, actualizaciones de estado, enlaces a otras webs, tests, etc.). Desde su origen, el crecimiento de Facebook ha sido exponencial y, presumiblemente, no se detendrá hasta que todo el mundo tenga su perfil en la red. Facebook es un claro ejemplo de tipo de contenido que se zampa a su continente: su límite es todo internet.

Desde la invención de la televisión, toda idea, movimiento o nueva tecnología ha sido susceptible de recibir el siguiente argumento en contra: “Es un simple idiotizador de masas, algo que separa al individuo del grupo y le encierra en sí mismo”. Es un rechazo que lo han sufrido la caja tonta, la música pop y los videojuegos, e incluso los grandes centros comerciales han sido también el centro de este tipo de ataques. Internet, cómo no, también está ahí. Hasta hace poco, la imagen de un usuario de la red (también mal llamado con el espeluznante término de “internauta”) sugería al común de los mortales la idea de un pajillero solitario que empleaba su días (o más bien sus noches) en rastrear imágenes de animales y niñas, juegos de rol protagonizados por marsupiales o artículos de cualquier freak que levantara un poco de polvareda polémica ( Salvador Sostres, por ejemplo). Esta percepción ha ido cambiando con las redes sociales –y no sólo en los medios de comunicación, que en cuestiones de tecnología siempre van doce pasos por detrás de la actualidad, sino en el común de los mortales o el populacho, como prefiera llamarlo el lector en función de su nivel elitista-tecnológico–. A un neófito en internet no le da miedo abrirse una cuenta en Facebook porque todos sus amigos tienen una. Y por lo que le cuentan, parece algo divertidísimo: no es una porquería en la que te están insultando continuamente (como en las habitaciones de chat), ni tienes gente detrás incordiando o, peor aún, te encuentras con que estás allí y no te hace caso nadie. Más bien es todo lo contrario, porque tampoco es una cosa de gente rara: es otra forma de estar en contacto. Una vez allí, el usuario neófito se verá arrastrado por los “me gusta”, por las invitaciones a jugar a Farmville, incluso sentirá que debe unirse a un grupo anti-China o anti-Mourinho. Es decir, y por este orden: Facebook produce en la mayoría de sus usuarios un refuerzo de sus propias conductas (el chute de autoestima que te viene cuando a los demás les gusta tu estado), amplifica la cohesión (cuando empiezas a montar tu granja de Farmville ayudas a los demás para que los demás, a cambio, te ayuden luego a ti) e intensifica ciertos mecanismos de presión social (por ejemplo: te la pelan los monjes tibetanos o la suplencia de Canales, pero como todos tus amigos te han sugerido que te hagas seguidor y no sabes qué pensarán de ti si no lo haces, te apuntas por si acaso).

Esta sensación de control que da Facebook no la ha conseguido ninguna red social. Myspace sólo ofrece un sitio para exhibirse ante gente de todo el planeta, con todos los problemas que acarrea esta exposición (la diferencia entre lo que un usuario muestra de sí mismo en Myspace y lo que es en realidad es tan grande como la diferencia entre un jardín y un paisaje marciano). En esencia, sólo sirve para rellenar horas de contenido en un talk show. Y qué decir de Twitter: lo que hay ahí sólo son migajas de información que lanzan los famosos a sus seguidores y el usuario anónimo no pinta nada. Asúmelo: tu Twitter anónimo no mola, no sirve, y da igual el número de retweets que tengas: lo usas sólo para incordiar a los famosos, para buscar tu respuesta de gloria de un VIP como si fuera un trofeo.

A un nivel de usuario más experto y más desarrollado, lo que consigue Facebook es que se elimine la roña interpersonal que podías haber estado acumulando a lo largo de los años. Del mismo modo en que un cuchillo jamonero limpia capas de mierda, piel y grasa hasta sacar las vetas de tan glorioso manjar, en Facebook descubrimos por qué aceptamos hablar con alguien a quien no conocemos, o por qué volvemos a contactar con personas de nuestro pasado a las que abandonamos por alguna gilipollez sin importancia. También espiamos a los que fueron unos capullos en nuestra adolescencia compartida, maldecimos y nos descojonamos de compañeros (o ex compañeros) de trabajo de los que tenemos una opinión nauseabunda y conocemos más en profundidad los gustos y los movimientos de la gente con la que apenas hemos tenido relación. En este último sentido, Facebook es casi tan eficaz como la Paroxetina para las relaciones interpersonales cara a cara: nos sentimos más seguros porque ya conocemos el terreno. Facebook ha hecho, indudablemente, que el mundo sea un lugar más cómodo. Pero esta situación tan expuesta en lo social también asusta. Leon Festinger, un psicólogo social estadounidense, afirmaba que sólo valoramos nuestras ideas en función de lo que opinan los demás de ellas. Y Facebook, con su botoncito de “me gusta” debajo de cada una de nuestras expresiones, opiniones o movimientos, es un juicio a cada paso que damos, un continuo examen a lo que somos de verdad.Más allá de la angustia psicológica que pueda producir, Facebook tiene otro reverso oscuro. Esta página es el sueño de cualquier buitre del marketing, una especie de redil en el que nos sentimos vigilados. Por ejemplo: puede llegar a mosquear muchísimo el comprobar cómo el último pack de películas de Kubrick editado en Blu-Ray coincide en la selección que hicieron la mayoría de fans del director en aquella aplicación llamada Pick Your Five. Y también asusta mucho saber que los datos personales de miles de personas, unidos estos a los resultados de una aplicación que mide el coeficiente de inteligencia, se empaquetaran y se vendieran no sé sabe muy bien a qué empresa ni por cuánto dinero ni para qué propósito. Pero si se quiere minimizar esta sensación de vigilancia y explotación existe una fácil solución: no usar ninguna aplicación de las que pululan por la página, no publicar ningún dato personal (sólo los que te pide el propio Facebook para registrarte) y, de paso, no compartir ningún enlace, ya que todos estos pasos son registrados y monitorizados por Facebook y le “pertenecen” ( está todo resumido aquí). De esta forma, el caralibro se convierte en un centro de reunión de amigos y nada más. Otra cosa es que esa reunión sea un coñazo, porque una de las principales gracias de Facebook reside en poder compartir cualquier información con un grupo de gente de una forma rápida.

Desde el primer momento, Zuckerberg visualizó Facebook con esta función primera (otra razón de más para considerarle El Puto Amo). Él y su ejército de geeks han ido desarrollando Wirehog desde el comienzo de la red social, un programa que tendría que estar acompañando a la aplicación principal desde su puesta en marcha y que permitiría intercambiar cualquier archivo con cualquiera de tus amigos. Este add-on se integró finalmente en Facebook de una manera descafeinada, sin posibilidad de adjuntar archivos de música, aunque finalmente sí ha permitido compartir enlaces de la web o vídeos de Youtube para que pudieran visualizarse en el muro de últimas noticias. De esta forma la gente puede compartir cualquier información que encuentre y plantársela en un segundo a un amigo, mostrándole la puerta de acceso a cualquier tema desconocido por él hasta el momento. Y, justo debajo, habilitando la opción de escribir texto, se puede comentar la jugada, enriquecer la conversación a pecho descubierto sin el anonimato de los foros, sin que te ataquen los trolls ni demás bazofia de por medio. Difusión libre y efectiva de los conocimientos: ¿bien, no?Lo que ocurre es que una idea tan buena se ha acabado pasando de rosca con Facebook Connect, la función que hace que el botón de “me gusta” se implemente en cientos de páginas webs para votar si el contenido es apreciado por los visitantes. Coincidencia o no, esta aplicación se empezó a desarrollar en 2007 justo cuando Microsoft le compró una parte de Facebook a Zuckerberg por 240 millones de dólares. Aquí vuelven a sobrevolar los directivos alados y carroñeros del marketing, los que escupen fuego por la boca y quieren convertir todo lo bonito de esta vida en una fortuna obscena (hola, Bill Hicks). ¿Qué ocurre aquí? Ocurre que tu perfil de Facebook funciona así como una especie de DNI electrónico en el que tu rastro puede ser monitorizado más allá de la página de la red social. Si pulsas “me gusta” en un artículo de opinión o sobre un producto, tus datos quedarán fijados a esas ideas o a ese producto en alguna base de datos custodiada y sesudamente analizada por un minero de la información, ya sea humano o de silicio. ¿Las consecuencias? Inimaginables: puede ocurrir desde que una multinacional del disco decida que ha llegado el momento de editar otro recopilatorio de Queen hasta que el pack de DVDs de las cinco temporadas de “Six Feet Under” sólo esté disponible en el Reino Unido con subtítulos en polaco. O también podría ocurrir que los políticos decidan subir los impuestos o desmantelar la sanidad pública ante la indiferencia de la población. Un consejo, pues: don’t let them do that to you.

Y todo esto ocurre porque el pobre Zuckerberg (lo de pobre es un decir), en sus años de universidad, fue incapaz de acostarse con nadie y se tomó su venganza robando unas cuantas fotos. Hoy, es el ídolo de una enorme manada de grandes empresarios y, a sus 26 años, toda una pop star. A Zuckerberg incluso se le vio de incógnito en un pase de prensa de “The Social Network”, encajando con envidiable fair play el biopic que le han brindado Fincher y Sorkin. Ya no será nunca más el freak del colegio: ahora es multimillonario (más que Steve Jobs), le sobra de todo y mientras tú estás aquí leyendo, él está ahí arriba, en el ápice de la pirámide, orinando sobre nuestras cabezas. Porque Zuckerberg es, por así decirlo, El Puto Amo.

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