Columnas

Explicaciones no pedidas

Antonio Luque

Lo confieso.

Estamos preparando las canciones para el siguiente disco de Sr. Chinarro. No es autobombo, aún no he dicho que sea bueno. Entre otros títulos, pienso en “Maravillosas las vistas a un pantano”, sacado de una página de anuncios de inmobiliarias.

Ay, los inmuebles. ¡Cómo me gusta que se diga que la situación económica actual es fruto de la codicia! Sin remedio entonces.

Verán; estoy dando permanentemente la tabarra con la conveniencia de lo analógico frente a lo digital y bla, bla, bla. En un supermercado, junto a los condones y los chicles, vi el otro día cintas TDK de 60. Tres por un euro. No me pude resistir, ahí está el estante lleno. Imagino que van a dejar de fabricarlas, de ahí la liquidación. Me contaron que algunos de los grandes magnetofones de 24 pistas que se usan en los estudios profesionales de grabación acabaron, cuando la aparición de lo digital, en cubas de escombros, de donde los más espabilados los recuperaron para ponerlos a punto. ¿Lo he contado en otra ocasión? Bah, es igual. Considérenlo un estribillo.Total, que somos muchos los que pagamos más por contar con esos chismes, sobre todo con dinero de otros, de las discográficas, pobres.

Lo de las TDK fue pura chuchería engorrosa, envoltorio de goma de fresa, recuerdo del adolescente que buscaba como loco un amigo paciente con doble pletina para pasarle una bolsa, del que le pedía por favor a la madre un cajón más para guardar recopilaciones difícilmente rebobinables, insistiendo en lo absurdo de guardar sábanas de todas las eras, hablando a la pared. El caso es que cojo los paquetitos de tres y siento un placer oscuro, como algunos con mis canciones del siglo pasado (estoy ensayando en Málaga para tocarlas en otoño -y no es autobombo, no he dicho que sean buenas-).

Cuando voy a Sevilla a montar las nuevas coplas con la banda me llevo el portátil. Sin un sólo cable, con el micrófono que viene incorporado, con dos golpecitos del dedo índice, grabo cuanto ocurre. Luego en casa elijo los fragmentos más interesantes y los envío por correo electrónico a Georgeus, Peter Bjorn and Barry (The Band). Respondiendo a todo. Sí. Mensaje enviado. Fácil.

¿No es maravilloso no necesitar los cajones de una madre para dar rienda suelta a la codicia del melómano no emancipado? ¿O prescindir de los funcionarios de correos, esos que echan el aviso de “destinatario ausente” al buzón por no subir la escalera para ver si la ausencia es imaginaria, fruto del tiempo libre conquistado, del trabajo fácil?

El cuatro pistas de casete (pongan las eses y las tes que quieran, ya da igual) no sale del armario.

En el local de ensayo, un cacharro que grababa directamente sobre un disco duro, de cuando los comienzos de la invasión de los unos y los ceros, sirve para apoyar un cenicero, en el que se consumen los mejores arreglos para los bocetos que llevo. Es de la marca Darwin, y que nadie lo use demuestra que no se prefiere lo digital a lo analógico porque sí: simplemente preferimos la comodidad. De ahí que la evolución nos haya convertido en periféricos de carne y hueso para un portátil.

Tampoco era tan difícil pulsar el play y el record de algunos de aquellos radiocasetes que grababan tan bien. Le he pedido a Franco que me preste cintas de los primeros ensayos, allá en el año 90, 91 y 92. Para ser franco, creo que no las voy a conseguir.

No quedan amigos con doble pletina.Me rindo. Soy un hombre nuevo.Podéis llamarme Mc Luque.

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