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Existen razones para amar a Mariló

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Basta de atacar ya a la reina MILF de las mañanas de la televisión pública: detrás de sus greatest hits (aquí van 10) se esconden profundos conocimientos de metafísica y teología

José Manuel Ruiz Blas

06 Marzo 2014 10:42

Todo el mundo odia a Mariló Montero, y eso es una injusticia: atesora una inteligencia superior que le ayuda a relacionar a Platón con la Guardia Civil, profundos conocimientos forenses e ideas propias de Philip K. Dick. Lo demostramos en esta encendida defensa de la MILF de España.

Casi todo el mundo aborrece a Mariló Montero o la contempla con un morbo atento a sus traspiés y meteduras de pata, lapsus que no son tales, sino su genuina marca de autoafirmación, la rúbrica de autor de su periodismo provocador. No hay piedad para ella en este país que adora a It girls de mierda y en cuyo altar de envidias caben más nombres que en el de sus filias. Aquí preferimos las Anas, rosas o pastores, mientras ejercemos con Mariló una siniestra expiación simbólica de masas.

Pensad en el material humano que compone mayoritariamente su audiencia: amas de casa con fibromialgia, asalariados de baja laboral, parados de larga duración, pensionistas, empleadas del hogar… gente que está del peor humor posible, con severas disfunciones o inmersa en procesos de fuerte orillamiento social. Probad a entretener a vuestras abuelas durante una mañana infinita. Por otra parte el programa de Mariló tiene unos índices de audiencia pobrísimos. En efecto, Mariló es un fenómeno de minorías, como los discos de Mariah Carey, mucho más indie que Supersubmarina o los Arcade Fire, qué os creéis.

Su envergadura nos hace creer que es insensible a las críticas, que permanece entre idiotizada y absorta en el camerino o en el plató, pero las palabras duelen. Cuentan como atenuantes su larga relación junto a su ex-pareja Carlos Herrera, que es como viajar durante siglos en el asiento trasero del taxi de un votante potencial de Vox; su educación en Costa Rica; su condición de Maja de España y Miss América Latina. Fue Jesús Hermida, el Hugh Hefner español, el que la entregó como una musa propiciatoria a nuestras pantallas.

"Con un solo tacón Mariló podría perfectamente cortar las cuerdas vocales de Zooey Deschanel y astillar sus ukeleles"

No cae bien Mariló, que hace sentir a todo el mundo incómodo, como las películas de Haneke. Parece llevar bragas de esparto. Cuando habla lanza lascas de azufre. Escucharla es como esnifar cayena o acariciarse el escroto con velcro. Está más cerca, en el mapa de la intimidación, del papel de una ministra del dolor o impía dominatrix. Aunque nació en Navarra, uno tiene la sensación de que es andaluza, quizá por su pasado en Canal Sur y por el carácter racial de sus cejas, con tanto pelo como el perineo de Diana Ross. Ay, qué sugerentes son esas sonrojantes fotos del pasado en las que sostiene una copa de brandy como haría Silk Spectre con el pollón del Dr. Manhattan, con esos vestidos a medio camino de Cristina Expósito y Joan Collins. Mariló sigue tan aferrada a nuestras mañanas como a nuestras noches: su cruce de piernas es como una esvástica dextrógira entrevista en las calles de Varsovia; sus labios encierran la misma promesa que un mullido sofá chester en un pub canalla de derechas; su pelo huele y parece como la tinta y el papel de la fábrica de moneda y timbre. Desde las peanas de sus zapatos mira a los mortales que contribuyen con sus diezmos a pagar su salario y camina deslizándose sobre una balsa de babas de oscuros directivos del canal de televisión pública.

Una hembra, una hembra con todas las letras, casi una giganta como las que le gustaban a Baudelaire (aunque éste era francés, politoxicómano y muy chungo). Un hembrismo que sólo puede alimentar la alergia de los modernos, que prefieren a) los tobillos de gamba de Miranda Makaroff; b) a Brianda paseando con Falkwyn de Goyeneche (sic) por Malasaña; c) a Chloë Sevigny dejando un perlado frosting de saliva en el cimbrel de Vincent Gallo o d) a Nena Daconte patinando sin gracia en una zona residencial de chalés adosados. Con un solo tacón Mariló podría perfectamente cortar las cuerdas vocales de Zooey Deschanel y astillar sus ukeleles. Y el mundo sería un lugar mejor.

Toñi Moreno nos enseña que lo que venga después siempre será peor. Quedaos con el amarillismo de Susanna Griso, con sus morros detectables en imágenes de satélite. Vamos a romper una lanza aquí y ahora por Mariló.

1. «¿Te ves oxidada?»

Con este crochet verbal se despachó nuestra Mariló frente a Anne Igartiburu, interrogándola acerca de su nueva aventura en el canal que las emplea. Una agresión respaldada por un sentido histórico de la jerarquía territorial: de navarra a vasca, los Fueros por encima de la Aldea, con la despreciativa altivez con que Zumalacárregui miraría a un kale borroko de Rentería. Circula el venenoso rumor de que la Igartiburu padece síndrome de Morris y que esconde unos testículos marchitos en su interior, que es una especie de hermafrodita tímida o vaya usted a saber. No es difícil ponerse en el lugar de Mariló, más precavida que ácida, al vérselas con esa titana de la ambigüedad sexual, un androide ario que probablemente vino en una nave. La robótica ha acuñado una expresión para el rechazo que sienten los humanos al contemplar a un robot empático de fuerte apariencia humana: el «valle inquietante». No tiene sentido por tanto preocuparse en términos de capacidad profesional, descalcificación, menopausia o costumbre. Es el óxido, estúpidos. Cuando Deckard se muestra grosero con la replicante Rachel y le hace una serie de preguntas incómodas, os corréis de gusto y compráis el cofre de la FNAC con el director’s cut, así que menos hipocresía. En la guerra entre humanos y máquinas, entre el estrés paramilitar de Sarah Connor y el sicario terminator de hierro enviado por Skynet, estamos de parte del útero sagrado de la primera.

2. «¿Sabes cómo funciona un pene?»

Risas escolares cuando se habla de genitales, nervios de novicia, pudor mal entendido. «¿Sabes cómo funciona un pene?». Con la autoridad que dan los años, la maligna Mariló avasalla a Inés Paz, una mera sparring con cara de oblea, ojos de alfajor y buenas piernas dóricas, y le interroga por su experiencia sexual, poniendo en duda que sepa manejárselas con un pene. Encierra tanta avilantez sexual, es tan descarnado, tan brutal y tan venus in furs que sólo puede verse como una socarrona revancha adulta frente a la que llaman la generación más preparada de la historia de España.

3. La Guardia Civil

Mariló comparte la arraigada desconfianza del pueblo por la Guardia Civil y desliza que ésta puede estar involucrada en un montaje para la promoción turística del pueblo de Borja. Algo gitanísimo, muy jodido y cartaginés, conspiracionismo con octosílabos de Lorca, todo ello en La Primera de Televisión Española. Fuerzas de Seguridad del Estado que lo mismo disparan a náufragos que contribuyen a la promoción de un artefacto posmoderno de détournement artístico: Mariló ve allí donde la ceguera es norma. A ver si hay huevos para atreverse a imitarla.

4. Transplante de órganos con alma

Con un piano intimista al fondo, Mariló dirige un editorial muy valiente a su audiencia: «¿Alguien querría recibir el pulmón o el hígado de alguien que ha quitado vidas? No está científicamente comprobao si ese alma está trasplantado en ese órgano». Mariló elucubrando muy fuerte, alcanzando cimas de altísima carga teológica, con un pie en el Concilio de Trento y otro en el laboratorio de Frankenstein. Todo el mundo da por sentada la posibilidad, sugerida por la publicidad, de encarnar las habilidades de CR7 al ponerse una sudadera Nike o de imantar mujeres rociándose el torso con el Axe de Chocolate Dark Temptation, y en cambio rechinan los dientes y los principales opinantes progresistas se mesan los cabellos ante esta audaz inmersión en un debate filosófico. Hasta Platón decía que el alma estaba encarcelada en el cuerpo. O algo así. Por otro lado, pensad: órganos con las facultades mágicas de su propietario, v. gr. el ejército estadounidense desarrollando un arma biológica viral a partir del hígado de Lou Reed, sintetizando una toxina devastadora. Pensadlo.

5. El río Nilo gallego

Vale, Mariló confunde el Nilo con el Miño, pero se parecen bastante. En uno arrojaron un cesto con Moisés para salvarlo del faraón y en el otro los narcos gallegos intentan a diario pasar coca de contrabando. Narcos y liberadores nacionales anuncian un tipo parecido de éxtasis, y además el único río con el que estáis familiarizados son los regueros de orina que rodean los váteres portátiles Poly Klyn del Primavera Sound. Reconoced que siempre palmáis turno en el Trivial con las preguntas de geografía, incapaces de distinguir el Dniéper del Volga. ¿Todavía seguís con la cosa franquista de los ríos? Ya lo dijo la ministra Trujillo.

6. La calculadora

¿De verdad os creéis que Mariló no sabe usar una calculadora? Lleva su falsa torpeza hasta la reiteración para recordarnos que pesa 60 kilos. Mientras muchos de sus detractores, gruñonas telespectadoras y haters se debaten entre la obesidad y el tedio, Mariló atesora una figura envidiable de MILF a las puertas de la cincuentena.

7. Todavía está blandita

«Hallar un cadáver ya es terrible, por supuesto porque hay un cadáver... pero el movimiento, vamos a ver, si hubieras dicho que primero tenía el brazo así y luego así, parece que la propia cuesta por gravedad hace caer un brazo, si acaba de ser asesinada todavía está blandita». Mariló tiene además amplios conocimientos forenses, es una mezcla de Jordan Cavanaugh y Temperance Brennan en un cuerpo de maja española. Por alguna paradójica razón todo el mundo eyacula cuando Emily Deschanel sale pestañeando en ‘Bones’, pero sólo hay desprecio cuando se trata de Mariló Montero mencionando el rigor mortis.

8. Saber qué piensa una persona

Mariló usa ‘Unobrain’. Sci Fi en la franja matinal. «Es lo que les permite a los doctores precisamente saber qué piensa una persona». Mientras las españolas se aturden con "Cincuenta Sombras de Grey" o "El Tiempo entre Costuras", Mariló apuesta por Philip K. Dick. Siempre un paso de peeptoe por delante. De hecho el espacio de su programa dedicado a la salud es virtualmente un sistema sanitario paralelo al maltrecho y atacado régimen de sanidad pública. Donde el estado social flaquea Mariló sigue dando su apoyo.

9. El coche fúnebre

Joder, no me digáis que el coche fúnebre no parecía una de esas limusinas llenas de chonis y pokeros en noche de farra que uno acostumbra a ver por la Gran Vía.

10. «¿Tienes sobrepeso?»

«¿Tienes sobrepeso?». Así es Mariló, dura, como Diego Costa inspeccionando el desabastecido buffet del desayuno en el hotel de concentración. Dudas razonables sobre la hora a la que se levanta y sobre la dieta de DJ Paquirrín. Por fin alguien le lee la cartilla a Kiko Rivera, la antigua promesa de la cantera madridista y orgulloso poseedor de un tatuaje con faltas de ortografía. Basta de parabienes con un artista en cuyas semidesiertas sesiones es más fácil encontrar sitio que en la peluquería un sábado. En el filo de la consabida disyuntiva, Mariló forma parte de la solución, no del problema.

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