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La muerte cambió mi vida, y así es como me vengué de ella

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Joan Didion escribre sobre el duelo, la soledad, la memoria y la supervivencia en 'El año del pensamiento mágico'

Luna Miguel

26 Enero 2015 06:00

El otro día leí que pupa, en rumano, significa besar. Esto se me quedó en la cabeza, dando vueltas e intentando encontrar una explicación posible a mi asombro.

Pensé entonces en la relación entre hacerse pupa y dar un beso, y también en la posibilidad de que besar y dañar, en muchos casos, puedan ser cosas parecidas. Hay algo tierno en hablar de dolor utilizando la palabra pupa. Hay algo infantil y tierno en esa manera de expresarse, como si fuera imposible que en el mundo de los niños las enfermedades malsonantes lo pudieran impregnar todo. Así, precisamente, es el dolor que recorre cada una de las páginas de El año del pensamiento mágico, de Joan Didion. Así es como su dolor se convierte en un beso que nos suaviza la piel, y que penetra en ella como una pomada con olor a lavanda.

Porque hacerse pupa en el alma es algo muy común, pero lo cierto es que nadie, jamás, lo había contado como ella.

Una mujer fuerte

Cuando una madre, un padre, un hermano, un amante, un hijo o un mejor amigo mueren, sabemos que esa experiencia va a ser única en la vida. En el mundo, cada día, fallecen miles y miles de personas con las que jamás hemos tenido relación y cuyos nombres se suman a un contador invisible, en el que estar inscrito sólo indica que ya no hay vuelta atrás. Una muerte es una muerte, y nada más.

Pero una muerte de un ser cercano es algo que se nos adhiere al cuerpo y que nos producirá una tristeza demasiado enorme como para ser expulsada tan pronto del corazón. Mamá se va, entonces, y los que te rodean no dejan de preguntarte qué tal estás. Si no lloras, se asombrarán de lo serenas que se muestran tus facciones. Y si lo haces, te abrazarán y te dirán que no pasa nada, que las cosas un día ocurren así, pero que la vida sigue. Hay que ser fuerte, nos gritamos a nosotros mismos. Hay que ser fuerte.

Joan Didion es una mujer fuerte. Eso es lo que ella misma se asegura y eso es cuanto le dijeron los médicos que durante el año más horrible de su vida trataron con ella.

En 2003, el año en el que su viaje de dolor comenzó, ella había perdido a su marido, con el que estaba a punto de cumplir 40 años de casados. Didion y John Gregory Dunne eran una pareja de escritores que revolucionaron el periodismo y la literatura gracias a su visión fresca y única del mundo. Juntos lograron construir un hogar, un nombre, y también un mito. Eran valientes y eran fuertes, y por eso cuando él murió, ella no tuvo otra manera de asumirlo que con valentía y con fuerza. La muerte de John ocurrió en un instante —ese en el que todo cambia, ese en el que la vida torna distinta—, y Didion supo desde entonces que aquel instante marcaría el resto de los minutos de su vida.


Si no lloras, se asombrarán de lo serenas que se muestran tus facciones. Y si lo haces, te abrazarán y te dirán que no pasa nada, que las cosas un día ocurren así, pero que la vida sigue



Hay que ser fuerte. Hay que asumir el dolor. Hay que entender la pérdida. Hay que saber consolarse. Esto es algo que todos nos repetimos como un mantra cuando la muerte llega a nuestras casas.

Joan Didion se lo repetía y se lo repetía mientras trataba además de atraer a la vida a otra persona que estaba a punto de marcharse. El mismo día que murió su John, de hecho, los dos volvían del hospital en el que su hija llevaba un tiempo inconsciente. ¿Cómo podía una simple gripe volverse en la enfermedad mortal que acabaría con Quintana? Durante meses, con el cadáver pesado y frágil de su marido aún a cuestas, Didion se convirtió en una suerte de bruja que a través de la lectura, la escritura y el cariño intentaba traer a su hija de esa línea pequeña entre la vida y la muerte, que desafortunadamente terminó decantándose hacia el lado más oscuro.

Hay que ser fuerte, sí. ¿Pero cómo se es fuerte cuando todo lo que te importa ya no está? ¿Pero como se sobrevive cuando tus seres queridos han tenido que ir a otro lugar, a otro mundo, a otro sitio que se nos hace lejano e imposible, y que los humanos aún no hemos aprendido a comprender?

La fortaleza en estos casos sólo puede asumirse con el tiempo. Por eso Didion insiste en que quiere estar sola, y en que no será la ayuda de los demás la que le haga sentirse bien, sino quizá la profunda soledad, el pensamiento tranquilo, el acto de la escritura, porque soy lo que escribo, dice la autora. Y porque si lo que ella escribe es valiente, sin duda, es señal de que estará convirtiéndose en la mujer más fuerte.

Anatomía de un adiós

Pero qué es el pensamiento mágico, y por qué la escritura es aquí un beso que cura aquella pupa que tan hondo nos ha taladrado. El año del pensamiento mágico, que ahora ha reeditado Literatura Random House y que en su momento se convirtió en uno de los referentes más claros sobre la literatura del duelo, es, en verdad, un libro escrito por alguien que se niega a estar solo.

Qué difícil es decir adiós cuando uno no quiere hacerlo. Qué difícil es despedirse de esa persona que nos acompañó durante tantos años y cuyo olor nos hace pensar que a pesar de todo, aún puede regresar. Ese es, precisamente, el pensamiento del que Joan Didion habla: esa esperanza inútil pero poderosa que llevan en los ojos los que se enfrentan a su particular duelo. Por eso ella misma llega a convencerse de que no puede tirar la ropa de su marido, de que no puede donar sus órganos, de que tiene que dejarlo todo tal y como está porque de lo contrario, cuando él regrese de esa extraña y ficticia muerte, ¿cómo va a ir por ahí sin zapatos, o cómo va a ir por ahí sin un riñón?

Tenemos que aceptar nuestras heridas, y tenemos que aceptar que ha llegado el momento de quedarse solos. La muerte y la enfermedad, ya lo decía Gonçalo M. Tavares, se ha convertido en un tabú para nuestra sociedad. Evitamos hablar de cosas que suenan fuertes, de cosas que parecen desagradables por miedo a que impregnene nuestra vida.

Pero la muerte y la enfermedad ya impregna nuestra vida, de modo que sólo asumiéndolas seremos capaces de convertir el dolor en una pupa, y la pupa, en un beso, y el beso, en aquella sensación que recorrerá nuestro estómago cuando pensemos en que nuestra madre, nuestro hermano o nuestro amante ya no están con nosotros. Es preciso dejar que los muertos estén muertos, para que los vivos sigan estando vivos.

Como escribe Joan Didion, hay que dejar que sus rostros pasen a ser fotografías que presidan nuestros salones. Hay que dejar que sus nombres pasen a formar parte de esa máquina invisible de la historia. Hay que dejar que el agua se los lleve. Hay que trabajar para que su recuerdo sea aquel motor que nos invita a seguir felices y activos, porque es eso, y no otra cosa, lo que ellos hubieran querido para nosotros.  


Didion llega a convencerse de que no puede tirar la ropa de su marido, de que no puede donar sus órganos, de que tiene que dejarlo todo tal y como está porque de lo contrario, cuando él regrese de esa extraña y ficticia muerte, ¿cómo va a ir por ahí sin zapatos, o cómo va a ir por ahí sin un riñón?




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