Columnas

Estrellas del pop en las redes sociales: por la boca muere el pez

Twitter y Facebook se han convertido en una fábrica de ídolos de barro: hacen a las estrellas más próximas y accesibles, pero a la vez observamos en tiempo real cómo meten la pata por bocazas

Hay nostálgicos que dicen que las estrellas ya no tienen el glamour de los años 30 porque las vemos hasta haciendo la compra. Huelga decir que el control estricto que sometían los estudios sobre los actores de Hollywood en esos años es deleznable, pero también es cierto que ahora que no nadie tiene cortapisas a la hora de abrir la boca, muchos mitos se caen por tierra a golpe de tuit.

No hace tanto tiempo que lo poco que sabíamos de nuestros ídolos, al margen de su obra musical, venía en forma de entrevistas. Si el artista de turno decía algo que no gustaba, uno siempre lo podía achacar a un encontronazo con el periodista o incluso a un mal día. Pero las reglas del juego han cambiado, y ahora cualquiera puede seguir en Twitter y Facebook a sus grupos favoritos... y desear no haberlo hecho, ya sea porque no dejan de hacer spam o decir barbaridades. Basta con recordar aquel desafortunado tuit de Bisbal sobre lo vacías que estaban las pirámides de Egipto en plenas revueltas o aquel otro en el que Alejandro Sanz comparaba la hambruna infantil en el Tercer Mundo con las descargas ilegales de música. Ignoro si sus fans se sintieron espantados ante semejantes barbaridades, pero a Shirley Manson sí que le ha costado la ira de algún fan algún que otro tuit. Hace poco, tras un concierto en Colonia, la cantante de Garbage se quejaba de la frialdad de su público, y antes de que pudiera darse cuenta se le echaban encima varios fans alemanes. Y es que bocachanclas ha habido siempre (ahí están los hermanos Gallagher, sin ir más lejos), pero hasta ahora, sus fans no les podían replicar.

"La culpa de tanta tontería no es de la herramienta, sino de la obsesión por entronizar ídolos de barro"

Ahora que lo de interactuar no sólo con los fans, sino con cualquiera, está a la orden del día, hay reacciones para todos los gustos: desde los artistas que no siguen a nadie y se limitan a anunciar sus giras o apariciones estelares, independientemente de que tengan 1.000 seguidores o un millón (es el caso de James Blake o Kanye West), a quienes no sólo responden, ya sea vía Twitter, blog o Facebook, sino quienes ha establecido con sus fans una relación tan buena, como en el caso de Dan Deacon, que no duda en pedir ayuda a la hora de solicitar combustible reciclable para su gira (de los grupos que han logrado financiar sus discos gracias al apoyo de sus fans también hay unos cuantos ejemplos, desde Amanda Palmer a El Hijo en nuestro país).

En la punta opuesta están los casos de Shirley Manson con el día cruzado, Russian Red cerrando su cuenta en Twitter ante un malentendido sobre la anorexia o Courtney Love, cuyas legendarias peleas 2.0 le han costado incluso amenazas de querellas judiciales. Pero no hace falta irse tan lejos ni buscar casos extremos: ¿qué pasa cuando alguien, simplemente, te decepciona? Hay quienes se quejan del continuo spam al que Giorgio Moroder (si realmente es él) somete a sus seguidores, quien empiece a seguir a Russell Simmons se encontrará con una leyenda del hip hop que sólo quiere transmitir enseñanzas budistas y las máximas a lo Paulo Coelho vía Twitter. Por no hablar ya de Kanye... Es más, ‘Ye puede que se haga eco de las protestas en la calle de cara a grabar vídeos, pero a la hora de tuitear, le puede el lujo cosa mala. Todos somos humanos, cierto, y que tire la primera piedra quien nunca haya dicho una tontería, no ya en privado y entre amigos, sino públicamente, como si al resto del mundo le importara en realidad nuestra opinión sobre algo.

El problema está en realidad en la propia percepción que tenemos de según qué personas, a las que ya sea porque admiramos o simplemente porque gozan de cierto respeto, tendemos a idolatrar. Ídolos de barro, al fin y a al cabo, pero ídolos después de todo. Y que de repente alguien a quien un fan atribuye poco menos que superpoderes resulte ser un bocachancla, un cretino o un ignorante (o todo a la vez) puede sentar como un jarro de agua fría. En el proceloso mundo del dospuntocerismo y entre tanto gurú suelto, ya se sabe que no hay mayor ofensa que un unfollow o dejar de ser amigo (¿amigo, de verdad?) en Facebook para herir un ego y hasta el índice de Klout. Tal vez por eso hay quienes, como Henry Rollins, James Murphy o Sonic Youth están, pero a lo que tienen que estar, con pies de plomo y sin opinar en voz demasiado alta, y se ciñen a informar de un disco, un bolo por allá o un reportaje.

La culpa de tanta tontería, en última instancia, no es de la herramienta, ni siquiera del artista (o artistoide) de turno, sino de la obsesión por entronizar ídolos de barro (al margen de lo muy o poco en serio que nos tomemos todo lo que se dice o que simplemente sigamos a alguien por echarnos unas risas, andar mínimamente informados o porque sí, que no hay que tener motivos sesudos para todo). Pero tal vez porque tienen más experiencia en estas lides, porque de oropeles saben un rato o por simple desconocimiento de las redes sociales (un caso mucho más frecuente del que creemos), están los que ni siquiera tienen presencia en internet más allá de la página del sello discográfico o de la web oficial. ¿Alguien sabe algo de Bowie? No hay más que ver con qué rapidez le salieron followers de debajo de las piedras a esa cuenta falsa que tuiteó que el Duque Blanco estaba en Berlín. Yo en realidad tengo la teoría de que Bowie está en la red de incógnito y que le siguen cuatro gatos, que tiene un perfil medio pero que se entera de todo... pero como decía al principio, que tire la primera piedra quien no se monte sus propias películas respecto a sus mitos.

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