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Entregó su vida a la literatura, y ahora está volando

El escritor Gerardo Arana falleció en 2012 a los 25 años. Cada vez más, su nombre comienza a destacar entre las nuevas voces de la literatura mexicana

Hay escritores cuyas vidas superan el universo que ellos mismos crearon con sus obras. Hay obras que se dejan guardadas en un cajón, a la espera de que alguien sin pudor las recupere y las homenajee. Esto es lo que ocurre con esa raza de autores delgados, de mirada perdida, nerviosos y perfectos que son los niños espectrales: aquellos escritores que murieron jovencísimos, tanto que a su alrededor no pudieron sino crear un halo de misterio, de belleza y de emoción.

Sus nombres son muchos: allí estuvo Félix Francisco Casanova, quien con apenas 19 años dejó este mundo con varias novelas y poemarios a sus espaldas. Allí estuvieron también algunos románticos, algunas suicidas, algunos autores que por unas razones u otras fallecieron antes de tiempo. En la última década son varios los casos: el venezolano Domingo Michelli, autor del especial libro Tristicruel y también la joven promesa Marina Keegan, autora de Lo opuesto de la soledad.

Apenas habían pasado el ecuador de la veintena cuando sus almas abandonaron este mundo. A su alrededor, comenzaron a crearse mitos cariñosos, y aquello que dejaron escrito devino material de culto en un instante, no ya porque sus historias produjeran pena, sino más bien porque sus obras, no cabe duda, lo merecen. De entre todos ellos, hay una firma que destaca y que brilla, y es la del mexicano Gerardo Arana. En 2012, con tan sólo 25 años, Arana falleció dejando una enorme y renovadora obra a su paso. Desde entonces, su figura ha empezado a alcanzar el éxito y el reconocimiento que tanto se merece. 

Así se sintetiza la droga de la vida

El pasado noviembre de 2014 pasé unos días en México, visitando a algunos poetas jóvenes y conociendo la Feria del Libro Internacional de Guadalajara. Una de las cosas que más me llamó la atención de este viaje fue la cantidad de libros, antologías, revistas y recitales dedicados a la literatura más joven que se desarrollan en este país. Conocía algunos proyectos, como los de la Red de los poetas salvajes, y también había leído a algunos poetas de la nueva ola a través de Internet. Al desembarcar en aquella tierra me encontré de lleno con un panorama riquísimo y variadísimo, y con una serie de voces envidiables.

Durante la estancia, compré algunos libros. Pedí a los escritores de allí que me recomendaran cosas que sería imposible encontrar aquí. El último día de mi viaje, mientras trataba de encajar los libros que adquirí en mi minúscula maleta, recibí un email de Daniel Malpica, un editor y escritor mexicano que vive desde hace algún tiempo en Finlandia. En ese email, Malpica me recomendaba muchísimo que no me fuera de su país sin comprar Meth Z , una novela de un escritor llamado Gerardo Arana. Como comprar la novela ya me era imposible, le pedí a una amiga que me la hiciera llegar, y le di los pesos que me quedaban en la cartera. Un mes y medio después, una caja llegó hasta mi casa con todos los libros que no cupieron en mi maleta, y con la esperadísima novela Meth Z.

Lo primero que me llamó la atención fue la brevedad. Lo segundo que me llamó la atención fue la trama. Lo tercero que me llamó la atención y que me encogió el estómago fue la biografía de su autor, en donde dos cifras se enfrentaban, provocando una sensación de vértigo terrible. Gerardo Arana (1987-2012). Me apresuré a buscar su nombre en Internet, y rebusqué entre las páginas de noticias y de literatura para alcanzar a saberlo todo sobre él. Comprendí que aquel libro editado por Tierra Adentro que yo sostenía en mis manos no era únicamente valioso por su alocada temática y por la recomendación de Malpica, sino que se trataba de un verdadero tesoro. De la novela inconclusa de un niño espectral. 

La obra de Gerardo Arana está llena de premoniciones, por eso es imposible pensar que lo caótico de su escritura no sea un desorden premeditado

Meth Z, además, es un tablero. Un texto literario que pretende no ser texto literario, sino quizá un videojuego. Así, sus protagonistas viven en la cresta de la ola de aquel sentimiento provocado por una droga mediante la cual son capaces de producir literatura. Las referencias pop, las citas y homenajes —y puñetazos— a escritores célebres, la continua oscilación entre el humor y la seriedad convierten a este pequeño libro blanco y azul en una nota al pie de la vida de su autor. Según dicen, la vida de Gerardo Arana fue así de intensa y de caótica, y eso es algo que puede verse en los vídeos que de él hay en Internet, o en los muchos homenajes que sus amigos, editores y lectores  le han ido dedicando desde 2012 hasta nuestros días. Amante de lo polémico, de lo experimental, de la novedad, Arana dejó una extensa obra literaria que, gracias al esfuerzo de figuras como la de Daniel Malpica hoy están llegando a aquellos lectores que de otra manera jamás habrían conocido sus libros. 

Es de eso, precisamente, de lo que trata Meth Z, de la imposibilidad de escribir, o leer, o formar un libro. Cada pequeño capítulo de este volumen termina con una frase que hace referencia a este hecho. No debería haber empezado el libro, escribe Arana en algún momento. Como si de una premonición se tratara ante la idea de que nunca, jamás, terminaría de escribirlo. La obra de Gerardo Arana está llena de premoniciones, por eso es imposible pensar que lo caótico de su escritura no sea un desorden premeditado y, en realidad, perfectamente ordenado. Mi programa narrativo hubiera sido el siguiente, escribe en otra de las páginas, generar cierta tensión entorno a un personaje enrarecido e ir configurando su suicidio imposible de advertir

Gerardo Arana entregó su vida a la literatura como narrador, como poeta, como profesor, como estudiante. Entregó su vida a la magia de la escritura y al miedo de no poder pronunciar palabras. Entregó su vida, porque hay vidas que superan a sus ficciones y ficciones que merecen la pena ser comprendidas. En un email posterior, Daniel Malpica —que además era íntimo de Arana, y cuya figura aparece también en Meth Z— me hizo llegar un vídeo de YouTube en homenaje al impresionante niño espectral que no pudo terminar esta novela. En él podemos verle bailar, recitar, gritar rebosante de una vida que más tarde le sería arrebatada. Los pelos se me pusieron de punta y entonces entendí que hay historias que aunque terminen antes de lo esperado son igual de largas, importantes e intensas que otras que se alargan en el tiempo. Así que miradlo: su delgadez nerviosa es un canto a la eterna juventud. Pero también leedlo: con sus palabras es capaz de transportarnos. Estamos volando. 

La nota decía: cuenta mi historia, comienza un libro

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