Columnas

Por qué encontrar piso es más difícil que encontrar pareja

Una pequeña guía desde mi propia experiencia de lo que puedes encontrarte por ahí dentro

Ya en la época de los griegos era sabido lo difícil que resultaba conseguir volver a casa una vez la abandonabas. De hecho, así nació La Odisea, uno de los mayores poemas épicos de la historia. Todos los expertos coinciden en que la guerra de Troya fue solo una excusa barata que utilizó Homero para poder hablar de forma metafórica de lo duro que es volver a sentirse en casa una vez que el concepto de hogar deja de estar asociado al espacio físico en el que creciste. O, al menos, esa es la lectura errónea que me gusta hacer a mí.

A los 20 años me fui de casa. Porque quise. Podría haber vivido muchos años más junto a mi familia pero sentía que había llegado el momento de encontrar mi propio lugar en el mundo. Así empezó para mí un viaje lleno de escollos y, sobre todo, de personajes extraños que como a Odiseo me llevó dando tumbos por diferentes islas en forma de pisos mugrientos.

Primera parada: Casa-pensión

No ahondaré en las de sobra conocidas para mi generación falsas expectativas con respecto a compañeros de piso creadas a lo largo de 10 temporadas de Friends. Pero, si el salón de Mónica Geller era el centro neurálgico de la vida familiar improvisada, en mi primer piso, directamente, no había salón. Era una habitación más.

Este tipo de pisos son obra de caseros con aires de grandeza que alquilan el piso de su difunta abuela como si fuera una pensión de larga estadía. Ellos mismos son los encargados de seleccionar a los inquilinos que van a vivir juntos, sin tener ningún derecho a decir esta boca es mía. De hecho, la habitación se la queda el primero dispuesto a pagarla, sea quien sea.

Así viví durante tres meses con una pareja de argentinos, un treintañero criticón que parecía no salir nunca del piso y un francés de unos cuarenta años que me robaba el pan congelado fingiendo no notar la diferencia entre mi pan de panadería y su basura industrial de supermercado.

Tu historial de pisos compartidos es siempre como la historia: pendular

Sabíamos muy poco los unos de los otros pero con eso nos bastaba y nos sobraba para no gustarnos. Aunque, al menos, debido a la escasez de lugares comunes en los que coincidir para pelearnos en persona, lo hacíamos a través de notitas.

Segunda parada: Piso comuna

Tu historial de pisos compartidos es siempre como la historia de la humanidad: pendular. Con cada nuevo piso pasas de un extremo a otro. Así que, de estar aislada me tocaba pasar al caos y la anarquía. De un casero ultracontrolador a uno ausente que parecía haber amueblado el piso con lo que había ido encontrando en la basura.

Era el típico piso por el que suplicas desesperada para no verte en la calle pero que, cuando te lo dan, ni siquiera te alegras porque, en realidad, no quieres vivir allí.

El típico piso con ventana... a otra habitación de la casa. Con cama... de muelles viejos que te clavas en las costillas y ambiente familiar, que pronto descubres que significa “ruidoso”.

El día que llegué, el compañero con la habitación colindante a la mía me avisó de que, por las noches, se ponía música para dormir, que le avisara si me molestaba. Pensé: “Bueno, un poco de música relajante para dormir puede sentarme genial”. Sin embargo, cuando llegó la noche y empezaron a salir las primeras notas desde su cuarto, se trataba, ni más ni menos, que de música rockabilly a todo trapo. Tan alta que no me escuchó aporrear la puerta pidéndole que la bajara.

'Ambiente familiar' es sinónimo de 'ruidoso'

La playlist terminó a las dos de la mañana.

Tercera parada: el piso de la amistad... trapera

Encontrar un lugar en el que sentirse en casa es como encontrar pareja: hay que equivocarse muchas veces hasta encontrar algo que realmente merezca la pena. En el caso de los pisos, tu primera gran equivocación se produce el día que te vas con una maleta cargada de sueños a vivir con amigos. Parece lo más lógico, ¿no? El camino más rápido y seguro a sentirse a salvo y a gusto. Pues no, las estadísticas del boca a boca nos dicen justamente lo contrario: en realidad, es el camino más rápido a la desilusión.

Pocas amistades son capaces de aguantar cambios tan drásticos como los que ejerce la convivencia. Es en la convivencia con personas a las que considerabas amigos donde explotan las peores bombonas de butano. ¡Cuidado, yo he perdido amigos así! Y lo peor es que luego pasan a ser enemigos. Enemigos que te han visto en rulos y mascarilla de pepino.

Cuarta parada: vuelta a la casilla de inicio

Las cosas se tuercen. No has conseguido estabilizar tu vida ni echar raíces en tus nuevos tiestos así que, como alternativa a la puerta de la iglesia, no es raro tener que acabar volviendo al hogar paterno. Lo peor es que, aunque la sigues llamando "casa", sientes, ahora más que nunca, que el hogar familiar es la casa de tus padres. A menudo piensas que no vas a conseguir salir de allí nunca porque, además, si pudiera tampoco sabrías donde ir. Tranquilo, que si se puede salir de la droga, de casa de tu madre también. Aunque sea un poco más difícil.

Como en el amor: hay que equivocarse muchas veces hasta encontrar algo que merezca la pena

Quinta parada (o decimoquinta o un millón): el milagro

No guardabas ya ninguna esperanza. Lloraste la primera noche que tuviste que dormir en aquella cama vieja de muelles otra vez. En la bañera hay manchas negras y cuando abres cualquier armario de la cocina, te quedas pegada a la grasa. Sin embargo, contra todo pronóstico, todo encaja. En casa reina la armonía de forma espontánea, un je ne sais quoi que te une a tus compañeros de piso como pegamento. Ya no sientes la necesidad de mirar constantemente las páginas de anuncios por si encuentras algo mejor. Aunque tengas la peor habitación del piso. Habías estado tan ofuscado pensando que Penélope sería una mujer con tatuajes que vive en el centro que te ha pillado absolutamente por sorpresa descubrir el telar deshecho en la habitación de un postadolescente lampiño adicto a la telebasura. Solo entonces lo entiendes. Solo entonces sabes que has llegado a casa.

Tal vez eso sea una familia: un grupo de personas que echan de menos el mismo lugar (Garden State)

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