Columnas

Eh, tú, no toques mis prejuicios

En donde Kiko Amat descubre que el troll de bar no existe, que los prejuicios contra runners, abstemios y vegetarianos son buenos para la integridad personal, y que, ah amigo, los modernos le caen BIEN.

¿Qué tipo de rabia puede alguien conservar respecto a un heterogéneo y caleidoscópico grupo de jóvenes cuyo único pecado es llevar ropitas de temporada y hablar afectado y raptar de vez en cuando discos y libros que me chiflan? Una manada cuyo único anhelo es ser feliz, una danzante compañía de alegres zíngaros, optimistas y gentiles, bienfollados y corteses...

El pasado viernes al mediodía, hora del ángelus, estaba yo catando unos quintos frescos en mi vermutería favorita, a mis anchas, feliz cual proverbial perdiz con mis aceitunas y librazo extraordinario y paz interior (a todo esto yo lo llamo “documentarme para una nueva novela”), cuando entró por la puerta el Séneca del Hardcore. Aparté mi lectura de un manotazo (pues siempre es más gratificante la plática con él que leer a gente fallecida hace décadas), nos pusimos a conversar de esto y aquello, y yo le conté el caso de mi amigo (le llamaremos) Leónidas, a quien convencí para hacer algo con (le llamaremos) Titanio, a sabiendas que el primero tenía prejuicios morales, éticos y profesionales sobre el segundo. Al finalizar la colaboración, Leónidas estaba algo mosca, y no precisamente porque Titanio hubiese confirmado sus sospechas. Todo lo contrario: Leónidas estaba enfurruñado precisamente porque Titanio había desmenuzado su anticipatoria aprensión, y le había caído estupendamente. Qué chasco. Años y años de terco odio y desprecio contumaz barridos de la historia de un plumazo, con un Hola qué tal y algo de elemental cortesía y dos anécdotas sucias y tres risas sonoras y dos vasos llenos de espíritus vináceos. ¿Tan frágil era su antipatía? ¿Tan arbitraria (y efímera) su antigua discordia?

En cierto modo lamenté lo que había sucedido, y así se lo conté aquel viernes al Séneca del Hardcore. Tras meditarlo unos segundos, él me contestó, con su perspicacia habitual:

—Llega a sucederme eso a mí y te juro que me habría sentado como un tiro. No quiero que me guste esa gente. Me niego a que me caigan bien. No quiero saber si son buenos tipos, ¿me entiendes?

Todo esto lo dijo tapándose los oídos con ambas manos, como el Kikazaru de los tres monos sabios japoneses (el de “No escuchar el mal”).

Y entonces puso el ejemplo de un grupo de música que lleva odiando desde hace veinte años. Les llamaremos Mannlicher-Carcano (según sugiere mi bufé de abogados). Dos décadas de obcecada intransigencia y firme antipatía del Séneca del Hardcore hacia los malditos Mannlicher-Carcano. Ciscándose en ellos en pequeño comité y escenificando una grotesca mueca de repugnancia al toparse con sus álbumes en disquerías. ¿Esas fobias? Son tú. Acaban siendo lo que eres. Les tomas cariño, como a una novia corta de luces pero con asombrosos melones. El Séneca del Hardcore argumentaba que con toda seguridad los miembros individuales de Mannlicher-Carcano —un grupo excrementicio, corporativo, telenoticiero y pro- establishment a más no poder— eran personas estupendas, amables, padres decentes, novios benignos y amigos fieles.

Y ahí estaba la trampa: los hombres no-psicopáticos tendemos a la socialización, nuestro reflejo natural no es la trinchera sino el tendido de puentes. ¿Cómo? ¿Que eres miembro fundador del Ku-Klux-Klan de la Dreta del Eixample? Vale, tómate algo y me lo cuentas, pillado. ¿Perdón? ¿Que tienes a tu madre momificada en su balancín, en petrificada postura de punto de cruz, y que cada noche conversas con su fiambre sobre los dimes y diretes del día? Súper, compadre; acábate eso, que pedimos otra y me lo explicas todo, sin dejarte un detalle, persona ultra-loca. La inquina cerril es difícil de mantener cara a cara, especialmente si El Otro cumple una serie de sencillos requisitos de urbanidad, largueza y sed primordial. Por eso, no haría falta decirlo, no existe el Troll de Bar. No es un fenómeno posible en la práctica: el Troll de Internet se define por su aislamiento, anonimato y rechazo absoluto al contacto visual. Y la masturbación febril. No es que Internet sea su campo de operaciones predilecto: es el único campo en el que alcanza a sobrevivir.

Y entonces el Séneca del Hardcore me dijo una frase que hizo que atragantara con la cerveza y le escupiera en la nuca a un señor de la barra:

—Quiero a mis prejuicios. Me niego a desprenderme de ellos —me dijo—. ¿Qué sería de mí sin mis viejos prejuicios?

—Pfffrzzzz —escupí yo a mi alrededor, como un sistema de riego por aspersión.

Entonces limpié con una servilleta al caballero regado de mi derecha, y luego agarré mi botellín y lo levanté ante mi nariz y lo choqué con su botellín, y solo entonces le dije:

—Estoy contigo, Séneca del Hardcore. Estoy contigo como nunca lo ha estado nadie, viejo compañero de correrías y prejuicios.

Cuando se fue a mear, pensé en el asombroso parecido que su frase tenía con mi frase favorita de El hombre del brazo de oro, de Nelson Algren:

“Y ahora me persiguen para que vuelva al médico del coco. “Me fue tan bien”, me dicen, “casi me cura la neurosis”. Y tanto que el tipo casi me cura la neurosis. Y si vuelvo allí, es capaz de curármela del todo. ¿Y entonces qué me quedaría? Todos los buenos momentos de mi vida me los proporcionó mi pequeña y vieja neurosis (...). Me gusta, mi vieja neurosis. Es todo lo que tengo y me aferro a ella bien fuerte. Mi consejo es que te aferres bien fuerte a la tuya (...). Cuando la gente como tú o como yo nos volvemos normales, estamos muertos.”

"¡Espera, eh, tú, el androide servil de las mallas de ciclista y las prisas y la mirada vacía, voy a correr contigo, chaval, pues acabo de tener una visión: correr debe ser sano, y vas a vivir dos décadas más que yo!"

Cambien neurosis por prejuicio patológico y se trata de lo mismo. Todos esos años atrincherados en tascas, mis aliados y yo, mofándonos de eso y de aquello otro, despreciando solemnemente a lo de más allá y poniendo en tela de juicio esto de aquí al lado, solo por envidias ruines o simple mala baba (incluso, ocasionalmente, porque el tipo criticado era un perfecto rufián)... Bien, nos hicieron quien somos, para bien o para mal. Es tarde para alterar esa situación. Mis fobias forman parte de mis circuitos y entrañas y andamiaje del mismo modo que mis numerosas filias. Quiero a mis fobias. Joder: las amo. Algunas de ellas son muy viejas y venerables, y llevan conmigo desde los trece o catorce años, incluso antes.

Creo que empecé a sospechar de los deportistas hacia 4º de EGB, así que imaginen. Si ustedes me pidieran que argumentara aquí mi bobo prejuicio hacia todo tipo de actividad deportiva sería incapaz, y todo lo que brotaría de mis labios serían necedades conceptuales y venenosas majaderías sin fundamento. Pero si un día, regresando a casa de madrugada con la corbata de espléndida badana improvisada en la cabeza, con los contenidos de mi cartera desperdigados enigmáticamente por seis o siete bolsillos de diversas prendas (los carnets y billetes, básicamente), cantando “La carne mata el hambre, el whisky apaga la sed” a pleno pulmón por las calles desiertas, gozando de ese pasajero instante de completa plenitud espiritual, maquinando fraseos épicos y consignas flamígeras, si en ese momento, digo, me cruzase con un fulano haciendo footing por la Diagonal, a las siete de la mañana, con el marcapasos (o como se llame) en el brazo al modo brazalete de luto (el luto es por su diversión), sé que pensaría lo siguiente:

—Corre, corre, puto desgraciao.

De la más autónoma e instantánea de las maneras. Como la contracción involuntaria del cuádriceps femoral por la estimulación del tendón rotuliano (el martillazo del médico en la rodilla, quiero decir). Pensando sin casi pensarlo porque, maldita sea, llevo haciéndolo desde que tenía nueve años. ¿Qué otra cosa voy a hacer, a estas alturas? ¡Espera, eh, tú, el androide servil de las mallas de ciclista y las prisas y la mirada vacía, voy a correr contigo, chaval, pues acabo de tener una visión: correr debe ser sano, y vas a vivir dos décadas más que yo! ¡Vamos los dos a hacer footing footinguero, trotante infeliz! ¡Loor al deporte y a todo tipo de actividad atlética! ¡Muerte al despiporre y la verbena!

Bah, ni hablar. Es demasiado tarde para esa basura.

Es demasiado tarde para mí.

Por ello, y aunque sé que no debería, me congratulo y alegro cuando todos mis insensatos prejuicios coagulan en un catártico instante de certeza. Cuando se vuelven verdaderos, ¿comprenden? Como por arte de magia. Ayer mismo entré a un restaurante bio-vegetariano para una reunión de trabajo, y les juro que de poco suelto una alegre carcajada al cruzar el cortinaje de boliches. Era una reconstrucción fiel de todos mis demenciales prejuicios anti-hippy, como una maqueta a tamaño real de todas las sandeces que he ido masticando a lo largo de los años respecto a estos lugares. Su clientela era, oh Dios santo, como la había visualizado enloquecidamente durante décadas: veinte o treinta sujetos con caras de extrema angustia y constipación pertinaz, la gran mayoría con Birkenstocks en los pies y los demás con distintas modalidades de recio sandaliaje, todos —sin excepción— abstemios incurables, cuatro o cinco boinas, seis o siete dreadlocks de peluquería, una embarazada hablando de partos naturales, tres matrimonios-comuna de viejos hippies ibicencos, incluso había dos alemanes altísimos y rubios y bellos (naturistas seguro, pero aquel día iban vestidos, y con polares a juego) masticando un plato de lo que solo podía ser césped. Césped de piscina, con algo de sal. No mucha, porque es mala para la salud y además podría proporcionarle gusto placentero a la flora del plato.

Y fui tan feliz. Mi mueca de contentura casi me parte la cabeza en dos.

—¿Se puede saber qué leches te pasa? —me preguntó mi socio y amigo de las gafas— ¿Has visto un fantasma, o qué?

Lo preguntó porque yo estaba parado delante de los rubicundos alemanes, como si ellos no pudieran verme a mí, casi señalándoles con el dedo, empezando a acercarme a la posición de Chiflado Inquietante en Bar que Quizás Saque Alfanje y Empiece a Matar a Peña En Breve.

Y me eché a reír fuerte y alto, y le contesté:

— La vida es bella, amigo mío —y bebí de la putrefacta cerveza ecológica que me había traído una camarera absurdamente lozana y mollar (quizás tenga sentido lo de comer sano, después de todo, si el resultado final son aquel tipo de lúbricas redondeces, tan agradables a la vista).

***

"¿Qué tipo de rabia puede alguien conservar respecto a un heterogéneo y caleidoscópico grupo de jóvenes cuyo único pecado es llevar ropitas de temporada y hablar afectado y raptar de vez en cuando discos y libros que me chiflan?

En otras ocasiones me sucede exactamente lo contrario: me canso de mis prejuicios. De acuerdo, es un caso extremadamente raro, y el hecho es la excepción que confirma la regla y justifica este ensayo, pero sucede. Una vez por década, o así. Una vez por década tengo una visión mariana, se parten los cumulonimbos de mi imprecisa y atolondrada ojeriza, amaina la espesa niebla de mi tirria primordial, y de repente oigo una aflautada vocecilla en mi cabeza, sedosa y tintineante como un pedo de Galadriel, que dice:

—Un momento, oh, gran memo: Recuérdame por qué exactamente odiábamos a...

Y caigo en que ya no lo recuerdo. Que si había alguna razón se perdió en el albor de los tiempos.

Me ha sucedido con los imprecisamente llamados “modernos”. Un prejuicio cretácico que arrastro desde mis catorce años (literalmente), aunque entonces —no hace falta decirlo— tenían una pinta distinta a la de hoy (corría el 1985, flipados). Pero el núcleo de mi estupidez es el mismo. ¿Qué tipo de rabia —de tono antisemita, además— puede alguien conservar respecto a un heterogéneo y caleidoscópico grupo de jóvenes cuyo único pecado es llevar ropitas de temporada y hablar afectado y raptar de vez en cuando discos y libros que me chiflan? Una manada cuyo único anhelo es ser feliz, una danzante compañía de alegres zíngaros, optimistas y gentiles, bienfollados y corteses, desde luego muchísimo más que la división de maníacos ñus y cerriles bestias pardas a quienes llamo (algo imprecisamente también) “amigos”. ¿Cuál era su falta, exactamente? Me encantaría que alguien me lo recordara. ¿Su candor? ¿Su gozo terrenal? ¿Su amor por las cosas bonitas y no violentas? ¿Su cegador, y en ocasiones demencial, gusto estético? Por el amor de Dios, si ni siquiera puede uno otorgarles detalles comunes. No son una subcultura. No son una secta. No son una clase social (algunos “hipsters” son millonarios lapidables y guillotinables, sin duda, pero otros son una pandilla de muertos de hambre que sobreviven a base de atún enlatado, cigarrillos liados y cerveza Bitburger). Válgame Dios, pero si ni siquiera son un tipo de gente. ¿Quién es un moderno? ¿Quién es un hipster? De acuerdo, unos 342 tipos en todo el mundo son hipsters de veras, los de la publicación incinerable aquella y los otros dos vizcondes de no-se-qué y los cuatro herederos de la industria del sopicaldo que van vestidos como hobos de la Gran Depresión, y los que quedan no dejan de vaciar de contenido las cosas que tienen contenido, y a esos sí habría que abofetearlos fuerte y repetidamente en las calles. Pues se trata de un tema de clase social, y con esas cosas no se bromea.

Pero, ¿y todos los demás hombres pilosos con gorras de redneck? ¿Y si a aquel pájaro de allí lo que sucede es que siempre le han gustado las barbazas, desde que vio Jeremiah Johnson o algún documental sobre ermitaños ornamentales, y hace unos meses pensó que a las chiquitas de repente parecían hacerles tilín, y se dejo crecer un espléndido rododendro barbillar? ¿Quién somos nosotros, amarga cohorte de viejales conspirativos, para afearles su hirsutismo estacional, o la estrechez imposible de sus perneras, o la patente absurdidad de su elección sombrerera, o las dimensiones casi ilegales de sus anteojos?

Un día me levanté por la mañana y descubrí con estupor que no sabía por qué leches odiaba a los modernos. Así se lo digo. ¿Porque no sufrieron mis bélicos años de 1987-93, tal vez? ¿Porque todo parecía sonreírles? ¿Por su hermosa y deseable inocencia, por la forma sin mácula en que observaban el mundo (perfecto opuesto de la mirada cioranista y ruin de quienes los critican)? ¿Porque todo terminaba bien en sus asuntos, como en una película de Wes Anderson o un capítulo de Bored To Death? (ambas cosas que admiro, por cierto, coincidiendo de forma espectacular con ellos) ¿Porque se hinchaban a yacer con lindas mujeres y contemplaban su yacimiento como algo perfectamente natural, no una aberrante deformación de las convenciones sociales que imperaban en 1986? ¿Porque eran apolíticos? (un prejuicio de mi invención, porque a) No tengo ni la más remota idea de si lo son, porque b) Nunca me he molestado en comprobarlo, pues c) Era muchísimo más sencillo odiarles sin más).

Mierda, eso ni siquiera es un prejuicio a conservar. A eso se le llama envidia, joder; y la envidia es el menos favorecedor de los pecados. Es odio insensato, ciego y bobo, por la más banal de las razones: gratuita animadversión hacia el extraño y distinto, paranoia anti-otredad. “Paranoia anti-otredad” es el sintagma que desearía implantar en su mente, queridos lectores y fans. Paranoia anti-otredad, sí. Su monomaníaca fuente es la misma que la de los perros zaristas que pergeñaron Los protocolos de los sabios de Sión y pintaron a todos los sefarditas como prestamistas sifilíticos con narices ganchudas y tesoros enterrados que secuestraban a mujeres de bien.

***

En efecto: un día me levanté por la mañana y no me gustó el barco en el que estaba. Era una canoa (drakar sería más acertado, si juzgamos por su intención exterminadora y holocáustica) que no me sentaba pero que nada bien; que me tiraba en las sisas. Me recordé a aquel tronchante fragmento de El regreso de Reginald Perrin de David Nobbs, cuando el castrense cuñado intenta montar un grupo paramilitar, y Reggie le espeta:

“—¿Eres consciente de a qué clase de gente vais a atraer? A tarugos, matones, psicópatas, policías expulsados, guardias de seguridad. A los de Vanguardia Nacional, los de Retaguardia Nacional, a los de Retavanguardia Nacional. A racistas, pegapakis, pegamaricas, pegaamarillos, pegaloquesea, pegapegas… A gente que va buscando guirigays, a guiris gays. Fascistas, neofascistas, chalados, neochalados...”

Sí: un día abrí los ojos y miré al resto de gente que berreaba conmigo “ modernos de mierda” en la Cofradía de la Ojeriza, y no me agradó. Era como si la cosa hubiese empezado más o menos bien, desde una perspectiva filopunkesca (por decir algo; con endeble excusa antimoda o algún otro delirio de pubertad subcultural), pero hubiese acabado derivando hacia una afascistada posición de alcázar moral. Era como si me hubiese apuntado a una manifestación de algún sindicato molón, y tras unas calles de dar voces con el puño en alto me hubiese vuelto y tuviese a Martin Bormann, Goebbels, Himmler, Schellenberg y el conde Bernadotte gritando las mismas consignas que yo.

"Desde hoy, considérenme amigo de los modernos. Dejen que los modernos se acerquen a mí"

Sí: aquel día vi que mi metafórica manifestación estaba infestada de metafóricos nazis tarados. Mi vieja brigada de resquemor working class se había transformado en un espléndido NSDAP sociocultural, y encima plagado de indeseables. Gente con la que jamás confraternizaría en una bodega. El tipo exacto de fulano con quien no querría compartir ni el aceite de ricino.

Cosas así le hacen cambiar de idea a uno. Pues: ¿Quién rayos es el enemigo de mi enemigo? Quizás no sea mi amigo del alma, pero como mínimo le obliga a uno a replantearse una serie de factores.

Así, desde hoy mismo consideren fallecido mi antiquísimo prejuicio antimodernos. Era una insensatez. Era una bobada de biliosos resentidos anti-juventud, y yo jamás he sido así (pese a la kilométrica lista de faltas y lacras que exhibo, ese en particular no es una de ellas). Desde hoy, por consiguiente, considérenme amigo de los modernos. Dejen que los modernos se acerquen a mí.

¿Y en cuanto a los demás prejuicios? Creo que voy a quedarme con ellos, si no les importa, como si fuese una camada de gatitos que me da pena ensacar y lanzar al Besós. Pues, ¿qué sería de mí si mañana empezara a gustarme el hard rock? ¿Si me chiflara de sopetón la novela posmoderna? ¿Si (ay que me troncho) de repente algo se atrofiara en mis papilas gustativas y comenzara a cogerle el tranquillo al tofu y las verdes verduras del prado? ¿Yo sería Yo, si de repente me lanzase a leer poesía contemporánea o a visionar petulantes películas galas de los setenta o considerara que una vida de abstención alcohólica es una opción deseable, o siquiera practicable? No, amigos, no. Me convertiría en otro hombre, y llevo demasiado tiempo bajo este caparazón para ahora mudarme de alma.

El otro día entrevisté a Bob Stanley (de Saint Etienne), que acaba de escribir el sensacional tratado Yeah yeah Yeahsobre la historia del pop, y me dijo que en el transcurso de su periplo investigador y documentador había descubierto que algunas cosas de rock progresivo y hard rock le resultaban interesantes. Y luego me recomendó que escuchara atentamente el Close to the edge de Yes, y también el “Child in time” de Deep Purple. Y yo llegué a casa e iba a hacerlo, les juro que iba a hacerlo, tenía el dedo sobre el botón de Play, pero de pronto me detuve y dije: ni hablar. ¿Y si me encanta? ¿Y si me joroba todos mis prejuicios? Y no lo escuché. Apagué el ordenador y me dije: eres lo que eres lo que eres. Estás atrapado en ti, y ya no hay vuelta atrás. Mejor verle el lado bueno.

El Séneca del Hardcore regresó del baño secándose las manos en los pantalones, aquel viernes, y cuando se plantó frente a mí le pregunté si podíamos brindar otra vez, que nunca estaba de más brindar otra vez por las cosas que valen un brindis, y él me respondió que claro, y alzó su botella, y la chocó con la mía, y los dos dijimos, el uno después del otro:

—Por nuestros prejuicios.

—Por nuestros prejuicios.

Porque cuando la gente como él o como yo nos volvemos normales, estamos muertos.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar