Columnas

Echando raíces: escritos sobre folk

Deconstruyendo el sonido Nashville: antes, después y a partir de ahora en la máquina productiva del country

Si alguna vez te has preguntado qué es el sonido Nashville y no vas más allá de The White Stripes aquí va una guía didáctica y detallada de lo que ha dado el género a lo largo de las últimas décadas, quiénes son sus protagonistas, los secretos de la llamada ‘máquina’ y qué artistas desconocidos deberías escuchar ahora mismo.

¿Qué es el ‘Sonido Nashville’?

Hace nueve años, cuando pensaba en “Nashville”, me venían a la cabeza sombreros de cowboy, bares de carretera y rubias oxigenadas con joyas de imitación. Imagino que pillas el rollo. Poco sabía que acabaría grabando mi primer disco en Nashville un año después, y que viviría ahí durante los siguientes siete años. Me di cuenta que había más en el fondo de lo que a simple vista se podía ver. Nashville es un microuniverso plagado de alguna de la música folk más trabajada, con multitud de matices. Aprendí mucho.

Quizá la cosa más importante que aprendí fue qué es lo que no debía hacer. A pesar de ser cada vez mayor la diversidad musical en Nashville, allí fui un poco como la oveja negra, porque nunca intenté encajar en el molde del mercado mainstream del pop country. Pero últimamente hay cada vez más ovejas negras en el rebaño, y a pesar de lo que pueda parecer, está cambiando la cara de la ciudad para bien. Aquí va mi intento de desmitificar lo que popularmente se conoce como el “Sonido Nashville” –lo bueno, lo malo y las alternativas, y cómo esa particular combinación ha formado y sigue formando lo que es la Music City.

"En 1960, la revista Time informó de que Nashville estaba produciendo más música que Hollywood, y estaba apenas por detrás de Nueva York"

Nashville es conocida por la música Country, con una gran “C” mayúscula. El country solía ser simplemente eso, música de gente que venía del campo. Cantaban con una voz gangosa porque hablaban así. Escribían sobre lo que sabían. Tocaban guitarras acústicas en lugar de Telecasters porque no se podían permitir zapatos para toda la familia, y mucho menos electricidad para un amplificador (véase la biografía de Loretta Lynn). No había ningún tipo de ángulo o estrategia meditada. Era lo que era. Y la música creció. Una vez que la gente de las ciudades se dio cuenta de que podía sacar dinero de esta disciplina casera, el juego cambió. Pusieron a los cantantes Country en la carretera. Los vistieron con trajes hechos a medida. Les pusieron en jets privados. Los ubicaron en la radio y en la tele al lado de Elvis. La gente se acercaba a escuchar. La gente pagaba por escuchar. Todo el mundo quería formar parte del juego.

En 1960, la revista Time informó de que Nashville –anteriormente una ciudad de Tennessee de buen tamaño pero con poco de lo que presumir– estaba produciendo más música que Hollywood, y estaba apenas por detrás de Nueva York. Los tiempos estaban cambiando, que diría Dylan. En la era de los 60s y 70s, las voces con sonidos toscos y nasales fueron reemplazadas por sensibilidades pop más refinadas y bandadas de coristas. Las secciones de cuerda sustituyeron a los violines solitarios. La guitarra eléctrica y el pedal steel tomaron el lugar de las simples guitarras acústicas o los banjos con un pequeño dobro colocado encima. Y en lugar de contar una historia sencilla, las canciones tomaron la estructura ya familiar de los hits radiofónicos pop del momento. Un grupo muy pequeño de productores con un número igualmente reducido de músicos consiguió hacer un gran número de discos; como resultado, un cierto elemento común o “sonido” se hizo inevitable. El concepto del “sonido Nashville” nació, y desde finales de los 50s, innumerables discos se han producido en masa en los estudios de grabación de Nashville con elementos específicos en común.

"La idea inherente detrás de la música Pop(ular) no entra en conflicto con la idea de marketing en masa. Country es la música mainstream de la América Blanca"

Avancemos en el tiempo unos 50 años. La música country es un gran negocio, y como todo negocio, necesita mantener a sus inversores contentos. Hay I+D involucrada. Hay estadísticas e informes de ventas. Mientras tanto, los gigantes del Pop y del Rock han hecho que la televisión y la imagen pública del artista sea tan importante, o más, que su propia música. La música country ha cambiado con el tiempo, y la versión moderna está más cerca del Pop que de cualquier cosa que hayas podido oír en las colinas de Carolina y Kentucky algunas generaciones atrás.

Si te estás preguntando cuál es problema, reflexiona. La idea inherente detrás de la música Pop(ular) no entra en conflicto con la idea de marketing en masa. Pero el alma de la música del campo –piensa en tierra, sol y una vida sencilla– se pierde o, por lo menos, se ve seriamente comprometida cuando un departamento de peluquería o maquillaje, los autobuses de gira y los sponsors de cerveza se involucran en el proceso de hacer y luego promocionar música. De ahí el Pop Country. Y, voilà, Country es la definitiva música mainstream de la América Blanca.

Muchos de los fans de la música que se consideran a sí mismos gente “real” u “oyentes serios”, consciente o inconscientemente, tratan de evitar el mainstream. No les gusta la idea de que se les sirvan las cosas en bandeja. No se acercan a nada que consideren prefabricado. (O si lo hacen, nunca lo admitirían en público). Pero, si ese es el caso, ¿por qué es tan exitosa esta versión del monstruo de Frankenstein de la música Country? ¿Es sólo cosa de la magia del marketing o hay valor en la fórmula híbrida? Algunos argumentan que hay algo que aprender de la máquina. Otros dicen que estamos viviendo los últimos coletazos de la música tal como la conocíamos.

Lo que hace que funcione la máquina

Antes que nada, es importante reconocer que hay una fórmula. Y como toda receta, se puede prepara bien o mal, y puede ajustarse al sabor.

Cuando vivía en Nashville, la Gente de Arriba me decía que dos minutos y medio es la duración ideal de una canción. Según las estadísticas (estadísticas investigadas por no sé quién), esa es la duración escuchable ideal para un single de radio. No importa que U2 o los Beatles o quien sea haya roto esta regla con frecuencia, aquí estamos hablando de radio Country, colegas. Las reglas son las reglas.

Te dicen que las intros que duran más de diez segundos deberían evitarse a toda costa o perderás audiencia. La repetición y los estribillos pegadizos, en cambio, son oro. Las estructuras de cuerdas complicadas o las metáforas profundas, por desgracia, no lo son. “Tu público son mujeres que están comprando en la sección de gangas de Wal-Mart a las 8 de la mañana, escribe para ellas”, me dijeron en un seminario de composición. Poder para el Denominador Común más Bajo. Coge un cliché o un dicho irritable y envuélvelo en unos riffs de lap steel o Telecaster para hacerlo sonar “auténtico” y presiona el gran botón rojo de grabar.

Los temas de los que hables son importantes. Deber escribir sobre tractores, whisky, la luz de la luna, corazones rotos, poner los cuernos, camionetas, cerveza, cárcel y tu mamá, preferiblemente todo en la misma canción. Quieres que tu audiencia se identifique con la historia, y como apuntas, en teoría, a una gran masa de oyentes, necesitas hacer la historia lo más general y fácil de digerir como te sea posible.

Básicamente, estás tratando de dar con algo que millones de personas puedan entender y agradecer a la primera escucha. Piensa en el equivalente musical del pan blanco o el helado de vainilla; por tanto, por defecto, este “algo” no puede ser demasiado exótico o experimental. Personalmente, prefiero un pollo al curry decente al pan, pero hay una razón por la que ves pan blanco en todos los estantes de todos los supermercados en casi cualquier país del mundo occidental. Es simple. Funciona con todo. Es fácil de digerir. No hay sorpresas.

Siguiendo este patrón de pensamiento, ¿qué es lo que contiene la música de pan blanco que millones de personas quieren o piensan que necesitan? ¿Por qué compran esto, suponiendo que lo compran y no copian MP3s del ordenador de un amigo? ¿Es simplemente porque han escuchado la misma canción en la radio cincuenta veces y la familiaridad equivale al síndrome del perro de Pavlov? ¿O va más allá de eso?

Para discutir lo que hace a la música atractiva, sea del estilo de Nashville u otra, tenemos que ahondar en el sentido de la vida. Sólo nos llevará un minuto.

Lo que todos queremos, a fin de cuentas

Todos queremos que nos comprendan. Cuando la vida te da calabazas… Es de gran ayuda poder encender la radio y pensar, “de acuerdo, hay alguien que está en las mismas que yo”. Lo mismo ocurre cuando la vida te va espléndidamente y sientes la necesidad de celebrarlo: no hay nada mejor para subir la intensidad de la velada con una canción de fiesta de tres acordes. Incluso aquellos de nosotros que somos extremadamente independientes (a veces, hasta ser irritables para nuestras familias y seres queridos) estamos fuertemente influenciados por la necesidad de pertenecer a algo, de saber que no estamos solos en el pesar, la rabia o la alegría, aunque sólo sea durante unos pocos puentes y estribillos. Éste es uno de los grandes regalos que nos da la música.

Así que es comprensible que la gente que quiere vender su música a un público masivo por definición haga música que la gente pueda entender. Eso no es excusa para ser perezoso con tu arte o copiar a destajo. Pero antes de que destruyamos toda la nueva generación de artistas musicales de Country o Roots, necesitamos detenernos y pensar acerca de si puede que haya chicos (o chicas) ahí fuera que lo hagan bien, que hagan música que esté bien manufacturada y que tengan algo que decir. Ésta es la chispa de originalidad que hace que una canción sea arte en lugar de un producto para vender. ¿Hay algún modo de aprender de la máquina sin sucumbir a ella? ¿Qué elementos positivos, si los hay, ponemos sobre la mesa?

Popular no tiene que significar malo

"El peligro es que es posible manufacturar una canción hasta la muerte en un esfuerzo por conseguir la teórica perfección"

Hay música ahí fuera que nos desafía, que amplía limites y que busca desesperadamente la originalidad, pero aún así se adhiere a lo que se considera como el formato “popular”. Es interesante, las letras y los arreglos pueden estar diciendo algo fresco, pero es lo suficientemente familiar como para que no suene a algo de otro planeta. Ahí es donde Nashville tiene algunos puntos positivos que ofrecer.

Los arreglos, la producción, el sonido de los instrumentos, y la factura de la canción en sí, eso es lo que hemos aprendido de Nashville. En ningún otro sitio del mundo encontrarás más expertos en esto. La factura de la canción en sí es la especialidad de Nashville. Me aventuro a decir esto después de haber estado un tiempo en la mayoría de las capitales musicales importantes del mundo, desde Los Ángeles a Nueva York pasando por Londres y Berlín. El peligro es que es posible manufacturar una canción hasta la muerte en un esfuerzo por conseguir la teórica perfección. En su aventura por escribir el siguiente “gran hit”, el escritor puede cargarse el alma de una idea. Entonces ya no es una custión de arte, sino una copia incolora de lo que sabes que ha “funcionado” en el pasado. Con todo, hay muchos artistas ahí fuera –muchos de los cuales nunca has oído hablar de ellos– que caminan por la delgada línea con elegancia y estilo propio. Han aprendido las reglas, y las rompen de un modo precioso.

East Nashville: magia dentro de la máquina

Si buscas en internet –o caminas por las calles de East Nashville– te toparás con un montón de música buenísima que no conocías antes. Hay artistas ahí fuera que han tomado lo mejor que puede dar de sí esa fórmula y han hecho con lo que han aprendido una música condenadamente meritoria. Algunos son nombres conocidos, pese a que muchos nunca serán lo SUFICIENTEMENTE conocidos. Algunos ganan dinero, otros deben tener otros trabajos. Algunos cantan Country, otros escriben en diversos estilos pero se han influenciado y han aprendido de la cultura y el talento que aún pasa desapercibido de la Music City. Son el otro lado, el lado nuevo y creciente, de lo que Nashville significa para mí.

El ejemplo más “conocido” en el que puedo pensar es el dúo dinámico más inesperado de la música Country. A Jack White se le conoce por su trabajo con The White Stripes, pero en 2004 produjo un disco para la reina del country old-school, Loretta Lynn, titulado “Van Lear Rose”. Sus canciones tradicionales acerca de crecer en las colinas de Kentucky, aderezadas con la sensibilidad rock de White, fue una sorpresa para todos. La industria se rió… hasta que el álbum se llevó un premio un Grammy.

Hay muchos otros ejemplos algo menos conocidos a los que recurrir. Dave Olney, por ejemplo, es duro como un clavo y puede rockear con los mejores, pero puede escribir una balada sobre la vida y la muerte y el amor y la eternidad que te hará llorar. Sigue la fórmula cuando le conviene, pero la música suena exactamente a puro Olney. Ha estado girando durante unos 20 años, pero aún toca en el pequeño tugurio Brown’s Diner cuando no está de gira en Europa o Estados Unidos.

Su siempre versátil guitarrista Sergio Webb ha lanzado unos discos en solitario fantásticos, para ser quien es. Esto es lo que me cuenta Sergio sobre el aspecto compositivo del sonido de Nashville tal y como era antes y es ahora: “Hice las paces con la máquina hace años. Me trae sin cuidado lo que la máquina saque de Nashville en estos días… las canciones no tienen fibra, son como un donut dulce y gelatinoso. Como sabemos, hay muchas grandes canciones de muchos grandes compositores por todo Nashville pero [la industria] sigue recurriendo a la misma vieja fórmula… La vida útil de estos grupos, por lo general, es corta”.

Pero añade que hay algo que obtener de ciertos aspectos del ambiente de la Music City: “No importa lo prefabricada que sea una canción, la musicalidad aquí es normalmente la mejor. Por eso estoy en esta ciudad, y eso es lo que me ha mantenido aquí durante todo este tiempo. En el pasado, las grandes canciones estaban ligadas a una gran musicalidad. Ya no es así, pero la magia aún ocurre de tanto en tanto, mayoritariamente al otro lado del río [de las oficinas del sello], en el lado este de la ciudad”.

Tommy Womack y Todd Snider caen en lo que yo llamo la categoría de hablante-compositor (en lugar de cantautor, porque virtualmente hablan en sus canciones, en lugar de cantarlas). Ambos suenan como chicos de campo y cultivan una idiosincrática imagen pueblerina en su discurso, ropa y anécdotas sobre el escenario. Esto entra en contraste con sus incisivas e increíblemente inteligentes letras y sus historias irónicas y llenas de autocrítica que son a la vez sabias e hilarantes. Puede que no los escuches nunca en la radio, pero llenan las salas en las que tocan en directo, ya sea el pequeño salón hippie The Family Wash o el mundialmente famoso Ryman Auditorium.

El nativo de Alabama Drake White mezcla country, blues, rock, freestyle y bluegrass, y se describe a sí mismo como un “un vagabundo de playa, una rata de río y un devoto que ama el aire libre”. Es divertido. Improvisa. Gira sin parar por Estados Unidos con su banda, muy versátil.

Matthew Burgess (batería/percusión) toca con Drake, y también con un buen número de artistas de Nashville de distinto calado. Empezó en Seattle, en la banda de apoyo de una entonces desconocida Brandi Carlile. Como ha visto los dos lados del negocio de la música, le pregunté qué piensa del sonido Nashville, tanto en términos de la tradicional sensibilidad musical en contraposición con la versión pop superventas que todos hemos llegado a conocer y amar u odiar, en el sentido de los otros “sonidos” que dieron a la ciudad una mayor dimensión. Esto es lo que contestó: “[Respecto al enfoque de la industria musical a la hora de promocionar una canción], creo que se está volviendo demasiado fácil lo de poner un vestido a una cabra y convencer a todo el mundo de que es una mujer bella. Esto es lo que te debería gustar. Si no te gusta, entonces vergüenza debería darte. Esa es la parte mala. Lo bueno que tiene la máquina es que es un imán gigante. Los imanes atraen cobre, plata, latón, bronce y hierro (entre otras cosas). Así que Nashville, en cuanto a ciudad, atrae tanto lo bueno como lo malo. La plata encontrará la manera de llegar hasta arriba o, por lo menos, eso espera uno. La plata hará arte. El cobre hará pequeñas baratijas que las señoras mayores venderán en ferias artesanales. Nashville sigue atrayendo a grandes artistas y a lo largo del tiempo los artistas cambian lo que la máquina saca. Hay gente con mucho talento ahí fuera haciendo música real. Algunos la hacen dentro de la máquina. Muchos de ellos están fuera de ella… Ahí está la dificultad a la que se enfrenta un artista, avanzar por el bien del arte en sí mismo. La máquina de Nashville atrae esta gente con la promesa del éxito financiero. No siempre funciona para ellos en ese sentido, pero el arte sigue estando ahí”.

Esto viene de gente que son músicos profesionales a jornada completa. Y al margen de esos que están activamente en la carretera y girando –ue podría decirse que “lo están consiguiendo”– hay una plétora de músicos alucinantes de los que nunca has oído hablar. Aún tienen un trabajo diurno, pero son la próxima generación de lo que mantendrá a Nashville, y el resto del mundo de la música, vivo y próspero pese a ello.

Nashville bien hecho: la música que nunca has oído

Mike Younger, un descubrimiento de Rodney Crowell, un artista de Alt-Country de culto, es un rockero de corazón que originalmente viene de Nueva Orleans. Tiene el aspecto de una estrella de cine de treinta y tantos, pero suena como si hubiese vivido cien años. Sus canciones de amor y pérdida y sus historias de su ciudad natal podrían romperte el corazón o revolucionar un bar un sábado por la noche. Sobre el escenario, sólo con su guitarra acústica, puede silenciar la sala o poner a todo el público en pie. ¿Por qué no está en un sello grande? Nunca lo sabré.

Solía quedar con mi amiga Kristin Cothron para tomar algo en su jardín de tanto en tanto. Ha aprovechado la abundancia de músicos de nivel de Nashville para grabar dos álbumes de un jazz pop suave como la seda. Sensual hasta la médula sobre el escenario, dulce y graciosa en persona, ella no es el sonido en el que pensarías cuando piensas en “Nashville”, pero debería serlo

Adam Aign y Harrison Hudson son dos chicos que conocí en un concierto en The Basement, una pequeña sala en East Nashville. Hay una tienda de discos arriba y una tienda de helados mexicana a la vuelta de la esquina. Ambos me entregaron individualmente una demo casera etiquetada con un rotulador negro Sharpie. No les he visto desde entonces, pero escucho su música todo el tiempo. Indie rock con raíces folk, guitarras crujientes y extrañas capas de sonido.

Angel Snow es una cantautora con la que tomé un café un día y con la que compartí charlas sobre compositores varias veces. Tiene una voz muy personal, la mejor comparación que se me ocurre es un estilo a lo Mindy Smith pero más fuerte, más sabio, más arenoso, más Costa Oeste. Recientemente ha grabado algunas canciones con Alison Krauss y Union Station, pero aún tengo pegadas a la cabeza las canciones de su lanzamiento autoeditado, “Fortune Tellers”.

Le pedí a Angel su opinión. ¿Le está tratando la gente de distinta manera, están los tiburones oliendo la sangre ahora que hay un “éxito” posible –económicamente hablando– en el horizonte? Ella contesta: “Nunca he sido una persona que haya escuchado realmente o haya seguido lo que la máquina me ha dicho… He estado tentada, pero siempre había algo que impedía que lo hiciese. Hice todo el rollo Nashville hace tres años y luego pensé en mudarme al otro lado del mundo y enseñar inglés… Entonces conocí a Alison Krauss y acabó cantando varias de mis canciones. Así que pensé que sería mejor quedarme un tiempo más. Fue puramente una ‘intervención divina’, si quieres. La máquina no es más que una máquina… Uno tiene que permanecer puro para marcar la diferencia. No tengo muchas cosas que decir sobre ello aparte de que puede que tenga algunas ganancias durante un tiempo, pero al final, como la máquina, eso te acabará defraudando”.

Y ahí lo tienes, el sonido Nashville para lo bueno y para lo malo, de “antaño” al futuro. Ahora depende de los músicos –así como de todos los que os gastáis dinero en iTunes– decidir cuál será el sonido, cómo cambiará y cómo crecerá a partir de ahora.

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