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Drogotá religiosa: los voceros de Dios claman en la radio

Minar la cultura y reforzar la fe no es sólo un vicio español: está más extendido de lo que parece

Pareciera que en Colombia son adictos a lo religioso, a esta idea de que todo el mundo vive en falta y que hace falta un pastor que los guíe por la senda del bien. ¿Será la herencia recibida de los conquistadores españoles? ¿Una manera de perpetuar una cultura de sometimiento, culpa y pecado? Marc Caellas indaga en una realidad muy parecida a la tuya.

Tener pelo es una condena porque es tener la posibilidad de perderlo, y es una condena atroz porque, apenas descubre que puede perderlo, el que tiene pelo sabe que ha dejado de ser inocente.

Alan Pauls, en "Historia del Pelo"

Me cuesta un esfuerzo exagerado acercarme a una peluquería. Siempre tardo unos días más desde que me doy cuenta de que necesito un corte de pelo hasta que acepto como inevitable el momento. Siempre me gustó llevar el pelo largo, pero con los años se fue cayendo de una manera desequilibrada, mucho delante, casi nada detrás. Llevarlo largo se convirtió en una necesidad física. Cuando finalmente asumo lo ineludible, se apodera de mí un extraño humor con el que cargo a cuestas al momento de entrar en las peluquerías. Definiría ese estado como sensible e irritable. No ayuda si la música ambiental es del tipo aeropuerto, esas versiones instrumentales de temas clásicos del rock. Pero es mucho peor si la banda sonora consiste en un señor arengando al pueblo sobre lo que está bien y lo que no.

Es lo que sucedió hace unos días.

Primero pensé que era algo temporal, una entrevista con un sacerdote. Como pasaban los minutos y seguía la misma cháchara empecé a emputarme. Al cabo de unos segundo no aguanté más y le pregunté al peluquero, buscando complicidad, quién se creía que era el cantamañanas éste. Ante la falta de respuesta miré a mi alrededor. Comprobé que tanto el peluquero que me cortaba el pelo como las otras dos personas que trabajaban en el local estaban muy concentrados escuchando al locutor, incluso sonreían o afirmaban con la cabeza cuando decía, por ejemplo, que a tal señora le había ido mal en un negocio porque en su vida privada no se comportaba bien, no amaba con suficiente devoción a su marido, o que a tal otro ciudadano Dios le pasaba factura por no ser honrado. Después de unos segundos incómodos, quizás debidos al desconocimiento en Drogotá del término cantamañanas (según la RAE, persona informal, fantasiosa, irresponsable, que no merece crédito), el peluquero me hizo saber que el que estaba hablando era el pastor de su iglesia. No hice más comentarios y recé al Dios en el que no creo para que el hombre no se vengara sobre mi pobre cabellera.

En Drogotá, de las treinta emisoras de la AM, al menos 18 emiten contenidos religiosos, algunas las veinticuatro horas del día. Son emisoras cristianas o evangélicas, donde se escuchan cosas como que “la cabeza de nuestra familia debe ser el esposo y de él debe venir toda autoridad”. La periodista Lina Vargas, en un texto para la revista mensual Arcadia, se pregunta si esta situación es normal en un estado supuestamente laico, tal como recoge la Constitución del año 91.

Pareciera que los drogotanos son adictos a lo religioso, a esta idea de que todo el mundo vive en falta y que hace falta un pastor que los guíe por la senda del bien. ¿Será la herencia recibida de los conquistadores españoles? ¿Una manera de perpetuar una cultura de sometimiento, culpa y pecado? Me dirán que muchas ciudades comparten esta herencia católica española. Quizás lo que distingue a Drogotá es la necesidad que siente parte de la población de escuchar, mientras trabaja, a estos manipuladores profesionales, para la mayoría de los cuáles la religión es un muy buen negocio.

"Se sabe que el falso misticismo hace presa de los inadaptados y los incomprendidos"

Quizás sucede lo que acota René Rebetez en su extraordinario libro La Odisea de la Luz. Para René, hijo de un suizo y una colombiana, los hombres y mujeres del siglo XXI, y los drogotanos serían un buen ejemplo, no tienen la energía necesaria para encontrarse y optan por intentar escapar de sí mismos. Se sabe que el falso misticismo hace presa de los inadaptados y los incomprendidos. Buscando un lenitivo para el rechazo y la soledad, se lanzan a doctrinas idealistas que preconizan un “amor” imaginario, pronuncian fervorosamente palabras que no entienden, hacen ejercicios o ayunan poniendo en peligro su salud y “elevan su corazón a Dios” o “meditan”, para ganarse el número premiado de la lotería.

Que se lo digan sino a los responsables de la industria editorial de los libros religiosos. En una ciudad con índices de lectura de 1,6 libros al año por persona, resulta que los libros con contenido supuestamente espiritual se venden como pan caliente. Las estadísticas son contundentes: uno de cada seis colombianos compra un libro religioso al año, un millón y medio de biblias se venden al año en el país, hay más de cien librerías especializadas en temas religiosos, y así. Mientras que a la presentación del premio Alfaguara de Novela 2012, con el argentino Leopoldo Brizuela, asistieron diez personas que no pagaron un céntimo, a la del escritor evangélico estadounidense Josh McDowell fueron ochocientos fieles que pagaron, cada uno, la no despreciable cifra de ciento cincuenta mil pesos, una cuarta parte del salario mínimo.

Minar la cultura para reforzar la superstición: suena familiar, ¿verdad?

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