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“Django Desencadenado”, el acontecimiento cinematográfico del año (posiblemente)

Llega por fin a la gran pantalla el western violento y autorreferencial de Quentin Tarantino, que coincide con otro título grande de 2013, el retrato de Lincoln de Steven Spielberg

Dos historias sobre la esclavitud coinciden en una cartelera explosiva: el retrato de “Lincoln” propuesto por Steven Spielberg y el acontecimiento clave de la temporada, el regreso monumental (vía western) de Quentin Tarantino con “Django Desencadenado”.

Uno

Hay pocos eventos cinematográficos a la altura del estreno de una película de Quentin Tarantino. No sólo no hay nada a la altura, sino que tampoco hay nada que se le aproxime. La llegada a cines de cada nuevo filme del director de “Malditos Bastardos” (2009) es un acontecimiento por una razón clarísima que trasciende a las más superficiales (el despliegue promocional y la condición de cineasta estrella de su autor): independientemente de si el espectador conecta o no con ellas, son obras que derrochan entusiasmo… Y el entusiasmo entronca con lo festivo… Y lo festivo, con la celebración, con el acontecimiento. Es un entusiasmo en varias direcciones. Tarantino se entusiasma por las fuentes de las que bebe: a estas alturas no es necesario reincidir en su condición de bendito maestro del hurto. Se entusiasma por compartir las cosas que le gustan hasta el punto de cumplir una labor didáctica: parte de la cultura cinematográfica de varias generaciones de espectadores, la que abraza géneros y subgéneros B (a menudo injustamente ignorados o denostados) y todo tipo de fugas pop, se debe a él y a su manera contagiosa de abrillantar los márgenes. Y, por encima de todo, se entusiasma por el cine, por sus códigos para funcionar y sus mecanismos para maravillar. Se entusiasma por ellos, y los conoce tanto que cada nueva película es un nuevo derroche de talento en la ejecución: nunca se sabe qué es más perfecto, si la narrativa o la puesta en escena.

Dos

La película que nos ocupa vuelve a canalizar el talento sobrenatural y el arrebato contagioso del director de “Pulp Fiction” (1994): “Django Desencadenado” es una locura, una película extraordinaria, una nueva lección de cine e historia del mismo (aunque sea principalmente la historia colateral, la que se gesta en las orillas). Hay varias cosas en ella que la distancian tímidamente de la filmografía anterior del autor. No es, para empezar, tan excesiva y descarada (sin entender ese exceso y ese descaro, claras variables tarantinianas, como algo negativo) en su manejo de referencias como sus otras películas. De hecho, “Django Desencadenado” es más autorreferencial que referencial, tiene algo de trabajo reflexivo: Tarantino parece hacer balance en ella de las decisiones que ha tomado a lo largo de su filmografía, de los cambios que ha obrado, algo que se advierte, por ejemplo, en su síntesis en una sola película de todas sus formas de representar la violencia, de la más bruta (la escena de los luchadores en la habitación) a la más estilizada (todo el tramo final). Evidentemente, como ya dejan claro el título y nombre del protagonista (se llama Django, como un personaje clave del spaghetti western aparecido por primera vez en 1966 en una película de Sergio Corbucci), la película de Tarantino guiña el ojo continuamente a ese subgénero, aparición estelar de Franco Nero, el Django de Corbucci y un actor emblema del spaghetti, incluida. Pero, en esta ocasión, el cineasta es más sutil y comedido en el trabajo con las fuentes. Más que sisar, pulir y disponer con gracia los elementos birlados, lo que hace normalmente con incontestable habilidad, se lleva el subgénero a su terreno y filtra sus arquetipos y clichés de una forma más sutil, más relajada. Lanza referencias directas, algunas musicales, y hereda determinados arquetipos y la locura y el glorioso despropósito de las películas que homenajea, pero es ésta la vez que va más allá del collage maestro de ideas, personajes, situaciones e imágenes robadas.

"Más que sisar y disponer con gracia los elementos birlados, se lleva el subgénero a su terreno y filtra sus arquetipos y clichés de una forma más sutil, más relajada"

Tres

Pero ese matiz no convierte “Django Unchained” en una propuesta extraña en su filmografía, para nada. Es puro Tarantino. En ella están todos los elementos de sus anteriores películas: el entusiasmo, la referencialidad y la sublime ejecución antes citados, y su innata habilidad para crear personajes poderosos y diálogos para el recuerdo. En relación a lo primero, el director de “Jackie Brown” (1997) da también un paso más. Esta vez no sólo sirve una colección de personajes de diseño excelso, algunos increíblemente bizarre (ojo al personal del rancho Candyland), sino que también prueba una descripción más profunda de los mismos. Tarantino describe con insólita minuciosidad a la pareja protagonista de este wéstern ambientado dos años antes de estallar la Guerra civil americana: el cazador de recompensas alemán King Schultz (la interpretación de Christoph Waltz está por encima del bien y del mal) y el Django titular (Jamie Foxx), el esclavo al que promete libertad a cambio de ayuda. Les da el mismo carisma que a todos los personajes de su filmografía y un plus de profundidad, detalla más el dibujo y desarrolla de una forma alucinante la relación que se establece entre ellos: “Django Desencadenado” es, ante todo, una historia de amistad entre hombres, una oda a la camaradería masculina que alcanza cotas de leyenda en la soberbia escena en la que Schultz explica a Django la historia de Sigfrido y Brunilda.

"Es un festín visual y sonoro, una obra apabullante que pone contra las cuerdas el ingenio y lo sensacional"

El recuerdo de este momento da pie a reincidir en otra constante del cine de Tarantino: una devoción sobrenatural por el texto, un respeto admirable por la palabra como un elemento tan poderoso como la imagen para contar una historia en el cine. En “Django Desencadenado” vuelve a haber monólogos y diálogos gloriosos, si bien es cierto que esta vez, salvo por el sublime speech que se marca Leonardo DiCaprio, grandioso en la piel de un pérfido terrateniente, no se trata tanto de los habituales circunloquios chiflados del cineasta para llegar a las tesis más brillantes como del placer del texto en sí mismo, del regodeo en la palabra para crear clima, marcar un ritmo y engatusar.

Coronándolo todo, el infalible sentido del espectáculo de Tarantino. Como todas, absolutamente todas, las películas del cineasta, “Django Desencadenado” es un festín visual y sonoro, una obra apabullante que pone contra las cuerdas el ingenio y lo sensacional. No hay tanta acción (entendida como maniobra física, pues a los personajes les va la marcha) como en otras del director de “Reservoir Dogs” (1992), pero cuando estalla arrasa con todo. Decía Tarantino en una entrevista para Empire que “Django Desencadenado” era “el wéstern más violento desde ‘Grupo Salvaje’. Es verdad. Y, moneda común en la obra del cineasta, esa violencia está servida con una contundencia y una estilización que, como todos los elementos en esta incontestable obra maestra, ponen la piel de gallina. Bravo.

Lincoln , un retrato monumental. Es casi ciencia-ficción. En lo poco que llevamos de año se han estrenado cuatro películas extraordinarias: “The Master”, “La Noche Más Oscura”, “Django Desencadenado” y el otro estreno grande de esta semana, “Lincoln”, monumental aproximación a una etapa de la vida del decimosexto presidente de Estados Unidos, Abraham Lincoln, en concreto a la última y a sus esfuerzos por abolir la esclavitud. No es una película fácil. Steven Spielberg no hace concesiones en ninguna dirección: muestra los entresijos de la política sin atajos, reproduce ese momento histórico sin simplificar ni las acciones ni los discursos de los personajes, en una apuesta decidida por el texto y el gesto. Lincoln es una película densa, que ni sesga ni aligera en busca de la accesibilidad. Exige atención y no da emociones epidérmicas a cambio. Pero es extraordinaria como crónica y retrato de un personaje, del que muestra las luces y las sombras con una intuición y una complejidad admirables, y un recordatorio mayúsculo de la maestría de Steven Spielberg. “Lincoln” no puede estar mejor contada, rodada e interpretada. El director se lleva a un plano visual los procesos emocionales de un personaje fascinante (la forma de integrar la historia familiar del protagonista en su dimensión política es, sencillamente, sublime) y convierte en cine en mayúsculas una propuesta de naturaleza teatral por la abundancia de texto y el tipo de interpretaciones. Todo lo que te cuenten sobre lo bien que está Daniel Day-Lewis como Lincoln es poco.

* Aquí puedes ver una completa galería de las imágenes más icónicas que Quentin Tarantino y su universo creativo.

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