Columnas

Dios y las tormentas #2

Vislumbre de un sistema de referencia en una clase de yoga: hay que ser un gato

Bienvenidos una vez más a Dios y Las Tormentas: un mundo de incomodidades, de miedos, de incapacidad manifiesta de enfrentarse al mismo. Hoy nos habla sobre la necesidad de ser un gato y tener aversión a los perros (y al yoga).

Ilustración de Stonemoco

La primera vez que ves a un perro pueden pasar dos cosas.

Eres un crío y no has visto demasiados objetos todavía, te has acostumbrado a la silueta y volumen de las personas, a sus extremidades, te has hecho una idea formal de lo que es una cara, aunque no sepas todavía qué significa. Pero un perro no es nada que hayas visto hasta la fecha. Ni su forma, ni su espasmódica forma de moverse, ni su pelo, ni sus dientes: un perro es una cantidad considerable de movimiento compactado e incontrolable.

La primera cosa que te puede pasar es que te guste, pese a que no entiendas de qué se trata puedes sentir una alucinada simpatía hacia el animal. La resolución emocional será que siempre te gusten los perros y , al poco tiempo, entenderás los gestos y ademanes del bicho y de su especie.

La segunda cosa que te puede pasar es que te aterre. El perro es un objeto de miedo. Es un compendio de características incomprensibles que camina hacia ti, que corre hacia ti con un propósito desconocido, que sobrepasa los límites tolerables del entendimiento del tejido de la vida que tienes hasta la fecha.

En el primer caso, te van a gustar los perros para siempre y cualquier cosa que parezca un perro la comprenderás y la querrás inmediatamente.

En el segundo caso, podrás acostumbrarte a la existencia del perro, podrás percibir ciertas aristas de su comportamiento, pero jamás dejará de albergar un nido oscuro de miedo que atraviesa claramente tu médula espinal como un vector de luz demasiado brillante. Algo que no puedes mirar tranquilamente: un miedo que residirá en ti para siempre aunque tengas uno, dos o tres perros para tratar de hacerte amigo de ellos. Solamente los tendrás cerca para protegerte. El miedo persistirá y acompañará el amor eventual que puedas sentir por la criatura.

Así es como nacen los monstruos.

Por eso estoy aquí, supongo. Detrás de una ensalada de culos mirándome cuando levanto la cabeza. Estoy en la posición del gato-vaca si es que algo así puede darse en la naturaleza. Solamente hay mujeres aquí y yo, un hombre bueno: un tipo con barba y gafas en la posición del gato-vaca, completamente sudado, pelvis hacia adentro y ombligo hacia arriba.

Expirar.

De qué tipo de monstruos estoy huyendo lo desconozco pero algo debe haberme pegado un buen susto para necesitar venir a esta clase de Yoga, rodeado de nalgas femeninas y chorreando sudor por la torsión muscular constante.

Tensamos ano y genitales, arriba Mula Banda.

Dejad la mente en blanco dice la venezolana que imparte la clase leyendo salmos de autoayuda apuntados en unos papeles impresos que tiene desperdigados a sus pies. Pasajes completamente vacíos de aparente benevolencia, generalmente positivos y con un mecanismo de desarrollo personal muy chusco, muy de estar por casa.

Si algo te molesta o te distrae, si te viene un pensamiento obsérvalo y luego vuelve a dirigirte a tu entrecejo.

Se desliza un pensamiento como un cuchillo cortando la meditación. De pronto imagino a todos esos culos, pongamos una docena y media, completamente desnudos. Muchos más culos de los que un ser humano puede ser capaz de manejar a nivel conceptual. Es una visión fatal que hace regresar a mí la convicción que trato de rechazar diariamente: el sexo es un acto profundamente asqueroso, es tramoya de bistec. Me zumban los oídos y se me eriza la piel de pura náusea. Como cada día, trato de erradicar esta sensación de mi cerebro pensando en el amor, en la química del enamoramiento que hace desaparecer todas las partes blandas del follar. Quizá no debería ver porno nunca más, odio poder imaginar más pollas que la mía con tanta facilidad, odio imaginarme el vello púbico de mujeres que podrían ser mi madre. El amor, de acuerdo, pero dónde lo encuentro. Ciertamente aquí no, así no. La visión frontal y a bocajarro de tantos anos ha desactivado por completo mi interés por las tres o cuatro chicas interesantes que he identificado en un rápido escaneo preliminar al entrar en la sala. No estoy aquí para encontrar pareja, he venido para aprender a respirar y mover mi espalda. Me preocupa mi espalda, sobretodo mi zona lumbar. Creo que ya estoy preparado para volver a concentrarme en mi entrecejo, ¿estará funcionando esta locura de clase?

"Trato de generar un sistema de elección lógico que me permita coger todo aquello que no me gusta a la máxima velocidad posible"

Soltamos Mula Banda y expiramos.

Suena una grabación de hombres entonando el clásico mantra, el Ohm. Dudo que sean monjes budistas de verdad. Me imagino un estudio de grabación en algún lugar de Holanda, un coro de hombres rubios con jersey de cuello alto, graba mantras a granel para introducir en discos de relajación variados, librerías de música y alguna sintonía de programa de noche.

Estirad los brazos hacia el padre sol y coged todo aquello que no os gusta en esta vida.

A ver por dónde empezamos, padre Sol. Menudo duty free del desánimo me acaba de dibujar la jodida monitora de Yoga. Trato de generar un sistema de elección lógico que me permita coger todo aquello que no me gusta a la máxima velocidad posible. Quiero aprovechar esta clase, quiero salir bien redimido. Empezaré por lo más cercano. Mis manos, detesto mis manos. Será mi primera elección, seguida por mis dientes, mi cicatriz de la apendicitis, mi sentido trágico de la rutina, mi adolescencia interminable, mi necesidad de figuras paternales, mi dependencia de los fármacos, las fobias recalcitrantes, las filias irreprimibles, un sentido de la justicia exagerado, la falta de compromiso, las hombreras, las cucarachas, las banderas, los carriles bici, el marketing, la capa de ozono, el terror del terrorismo, los cargos intermedios empresariales, la química en los alimentos, la crisis, Miami, Paulo Coelho, los ejércitos profesionales, la idea de Nueva York, todas las enfermedades que alargan la muerte, el plástico, las mierdas de perro, la conciencia de clase, la necesidad en general y algún dios en concreto. Sí, creo que esto bastará por hoy. Padre Sol, espero no haber estirado más el brazo hacia ti que la manga.

Poco a poco, bajad los brazos y tocad el suelo. Sentid a la madre tierra y entregadle todas esas sobras. Bendecidlas y devolvédselas.

Llegados a este punto no siento a la madre tierra si no un pinchazo en el pecho. Un dolor muy puntiagudo en el lado izquierdo del esternón. Puede que sea éste el momento, tal vez sí. Voy a morir finalmente de un infarto y va a ser en mitad de 16 culos desconocidos y una monitora de yoga mal pagada que no se esfuerza lo más mínimo. Trotar de caballos en los oídos, neblina, sequedad de garganta y la respiración que se me ha descontrolado por completo. Mi cerebro no proyecta un bonito súper 8 de mi vida si no que lanza, como una película mal montada, escenas de sexo terrible. Mientras mi corazón bombea, regresan a mí todas las noches sórdidas que desearía borrar. Polvos sin ningún sentido, encuentros a medianoche con mujeres desconocidas con las que he contactado por redes de flirteo on-line. Muecas horrendas / sobreactuación / es la primera vez que me pasa. Todo a cara de perro, a cámara rápida mientras se funden las palmadas de carne con el estruendo de mi pulso en los tímpanos. El sexo, menuda trampa. El mal sexo duele más que el desamor o la infidelidad.

Se me ha escapado el Mula Banda pensando en esto. Vuelvo a relajar ano y genitales, vuelvo a bajar el ombligo y no sé si quiero entregarle esto bendecido a la madre tierra. Me da cierto pudor dejar estas libras de carne aquí, en esta colchoneta raída.

"Así no voy a estar en paz con la Madre Tierra jamás: he venido a mearme encima de sus flores"

Recojo las fuerzas de nuevo y entiendo que no, que no voy a morir hoy tampoco. Al menos no ahora. Así que trato de volver a meterme en la clase. Nos vamos a la posición que esta mujer designa como normal, es decir, sentados con las piernas cruzadas, la espalda recta, las manos en el regazo y, cómo no, arriba Mula Banda. Cuando habla de que vamos a practicar el Aliento de Fuego empiezo a plantearme seriamente qué he hecho mal en mi vida. Quiero decir, ¿soy realmente tan malo? El karma me está dando unos buenos reveses en esta clase. Pero qué me esperaba, ¿no? Estoy en su puto terreno.

El Aliento de Fuego consiste en series intermitentes de respiraciones por la nariz, muy rápidas y muy cortas. Debe ser el aliento de un dragón tartamudo. Me pasan este tipo de cosas desafiantes por la cabeza, así no voy a estar en paz con la Madre Tierra jamás: he venido a mearme encima de sus flores. Este ejercicio produce un sonido terrible porque se unen los soplidos nasales de casi veinte personas a distintos ritmos. Parece un tema de música electrónica realmente asqueroso, además con el olfateo frenético me estoy hiperventilando y se me están disparando las ganas de salir corriendo de este pre-suicidio colectivo. Empiezo a notar físicamente la distancia hasta el vestuario, mi ropa tira de mí. Mis zapatos me llaman, tengo que abandonar este lugar inmediatamente, urgentemente. Es como una goma tensada conectada a mi nuca y mi estómago.

Suelto el Mula Banda, me pongo las zapatillas y me marcho sin decir adiós a las mujeres petrificadas respirando como locomotoras. Así debe llegar al mundo el anticristo, pienso. Bajo a toda prisa unas escaleras y trato de no cruzar la vista con nadie. En este momento tengo que salir de aquí y nada más. No existe ninguna otra cosa más importante que salir de este lugar. Llego al vestuario y cojo mi ropa de la taquilla. No me molesto ni siquiera en vestirme, salgo con la ropa sudada al frío de diciembre y camino hacia mi casa. Noto que la gente me mira pero no devuelvo ninguna mirada, sencillamente camino con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos del pantalón de deporte. Me estoy congelando pero no me importa, este dolor me despierta cierta vida física. A veces necesito sentir mi cuerpo para asegurarme de que todavía lo piloto. Trato de sentirlo mío ya que más de una vez me ha dado claustrofobia estar encerrado dentro de estos setenta kilos. Como si fuera una habitación muy pequeña y sin ventanas. A veces tener los ojos abiertos es un auténtico drama. Al menos, en la oscuridad el espacio se difumina y no me veo los límites, no tengo la sensación de estar mirando asomado a unas ventanas encima de un cuerpo que camina. Estos pies, ¿son realmente míos? A veces me siento como si fuera un transplante de alma y estuviera rechazando el huésped.

"Este tipo esconde un secreto inconfesable como todo el mundo"

Cuando llego a mi casa, mi gato maúlla desde el segundo piso. Abro la puerta y ruega para que le alimente. Como no llevo muy bien los gritos lo hago inmediatamente y me quito la camiseta empapada de sudor congelado por el paseo. Me miro en el espejo y escucho mascar las bolitas de pollo y arroz a mi gato. Esta persona con ojeras es un treintañero de clase media que sigue varias series de televisión, vive en un “loft” de 30 m2 y padece varios tipos de condiciones mentales tipificadas. Puede que por estrés, puede que por puro aburguesamiento. Esta persona que se está lavando los dientes frente a su reflejo se masturba pensando en tiempos mejores y sueña que llegará un día. Este tipo esconde un secreto inconfesable como todo el mundo.

Antes de comerme una pizza pre-cocinada me siento un rato a ver comer al gato y pienso en lo agradable que debe ser depender absolutamente de un amo. Lo único que necesita para ser feliz es tener croquetas de pienso cada 8 horas, un modesto espacio para hacer sus necesidades y un lugar blando para dormir 18 horas diarias.

De pronto, se agrupan alrededor mío las sombras de perro que también viven conmigo. Fantasmas eléctricos de conceptos que me aterran. Me rodean y cubren el suelo del piso. Se quedan dormidos y yo me quedo en vela, acariciando a mi gato, dando gracias por estos minutos de calma en los que no hay ladridos. En silencio, en paz: completamente atrapado por estos monstruos míos.

Tal vez sea este el momento. Padre Sol y Madre Tierra: aquí tenéis mi mierda.

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