Columnas

Dios y Las Tormentas

Cómo sobrevivir a la ansiedad y no morir en el intento

La ansiedad es el gran mal del siglo. Trastornos causados por lo urbano, el consumismo y la presión social. Eduardo Mas, paciente preocupado, nos relata desde hoy lo que se siente al vivir presa del pánico en la gran ciudad.

Existe una conversación a tres bandas con dos personas que trabajan en la redacción de PlayGround. Un pique para comprobar cuál de los tres es más sociópata y más asperger. Esta es una de las dos razones de que haya nacido esta columna sobre cómo sobrevivir a la ansiedad y no morir en el intento. La otra me temo que es porque yo gané en méritos a los otros dos. Para comprobar que es así, empezaré por explicarme en un día corriente, un día en el que no pasa nada. Las aventuras vendrán en las siguientes entregas. Allá voy.

Me despierto tras la quinta alarma programada en mi teléfono y lo primero que siento es un cansancio maxilar extraordinario, como si hubiese mascado toda la noche todas las cifras que configuran el IBEX 35. Mi pensamiento inmediato es que cada vez queda menos para que mis músculos faciales se colapsen y no pueda cerrar la boca nunca más. Ser un buzón humano, no poder comunicarme excepto por sonidos guturales y babas, muchas babas.

De modo que trato de moverme rápido de esta zona llena de lagartos y troto como un caballo seco hacia la despensa donde guardo mis copos de avena que favorecen el tránsito intestinal, los vuelco en un tazón de leche sin lactosa. “La leche sin leche” –pienso siempre–, “¿de qué estará hecha?” No hace demasiado que he descubierto que soy intolerante. Cuando me ducho, uso un jabón anticaspa y siempre exagero la cantidad, como si existiese realmente un número de lavados óptimo para terminar con mi cuero cabelludo irritable y trato de forzarlo, trato de hacerle trampas a la caspa. Lavo mis dientes de fumador con dentífrico blanqueante y aseguro el tiro con un colutorio que destroza por completo todas las moléculas de mi lengua. Entonces, enciendo un cigarro, bajo a la calle caminando evitando el ascensor porque los ascensores sin espejo me dan mucho mal rollo.

A veces fantaseo con leer un titular que diga: “No pasa casi nada. Hoy todo el mundo está relativamente bien”

Me subo a la moto cuya ITV no he pasado por temor a no pasarla. Cuando veo una patrulla de la Guardia Urbana, aunque sea a dos manzanas de distancia, trato de visualizar toda clase de machos alfa, padres de naciones, héroes legendarios y proyectarlos sobre mi lenguaje corporal. Quiero indicar claramente que soy de fiar, que no hace falta que nadie revise mis papeles: tengo la llave de la ciudad colgada sobre la chimenea. Todo va a salir bien.

Durante la asequible distancia del trayecto de mi casa al trabajo siento varias veces que en el siguiente cruce terminará mi vida. Una furgoneta de carpintería de aluminio o algo por el estilo conducido por un tipo de persona que no se molesta por lo que ocurre fuera de su vehículo, alguien fuertemente asegurado por diversas pólizas, alguien blindado al desastre cuyas virtudes son la rapidez en la faena y el silbar con trémolo. Mi muerte es observada con curiosidad relativa por la colección de conductores de varios modelos de coches poco llamativos, probablemente pagados a plazos y motos utilitarias conducidas por gente aburrida que busca su creatividad en el diseño del casco, no en sus zapatos. Cuando llego, busco un lugar suficientemente legal para aparcar, uno que esté cerca de la entrada al edificio. Mi moto es mi puerta trasera, mi ruta de escape.

Esta vez sí, subo en un ascensor con espejo que es más viejo, más ruidoso y más inestable que el mío, pero que evita mi taquicardia al subir los dos miserables pisos que me separan de mi silla ergonómica con refuerzo lumbar regulable. Me siento culpable cada vez que lo hago, pero no quiero confundir la taquicardia por falta de ejercicio con un principio de ataque de pánico. Es importante.

Sentado ya y con mi pantalla encendida, extraigo de una caja de medicamentos, pobremente diseñada, una cápsula bicolor que me han asegurado que es capaz de restablecer mis desequilibrios de serotonina y mantener a raya mi depresión acechante que espera cualquier contratiempo para causarme ganas de dormir mucho y follar más bien poco.

Mi mano transpira cuando cojo el ratón y abro la pestaña de favoritos en la que están los diarios. Realmente no quiero hacerlo, pero una extraña sensación de responsabilidad culpable, quizá un remanente del pecado original, me obliga a estar enterado cada día de a cuántos puntos está hoy la prima de riesgo. A veces fantaseo con leer un titular que diga: “No pasa casi nada. Hoy todo el mundo está relativamente bien”. Por desgracia esto no ocurre y adquiero la ansiedad suficiente como para ponerme a trabajar con auténtica entrega, agradeciendo a todos los campos magnéticos del universo el tener trabajo y deudas contraídas innecesariamente.

Mis intentos por parecer normal van a provocarme gesticulaciones y miradas tan jodidas que la gente va a terminar por llamar a la policía.

Mis pausas sobre la marcha se basan en chequear los timelines de Facebook y Twitter. Tengo una privacidad hecha a medida, previa consulta de varios foros de especialistas en el tema. En realidad no me importa en absoluto que usen mi material para anunciar tratamientos contra el acné en Corea del Sur, o que alguien sepa qué clase de marcas me gustan. Tengo la convicción de que no viviré lo suficiente para lamentar ninguna de estas consecuencias: estoy seguro de que tengo un cáncer incipiente y de que soy estéril. En ocasiones, siento tanto desprecio hacia el ser humano por culpa de las redes sociales y los comentarios de las noticias de los periódicos que trato el tema del suicidio con un rigor alarmante. Todavía no he encontrado la forma de desaparecer sin regalar a ninguno de mis seres queridos la visión de mi cuerpo hinchado, agujerado, sangrante, desmontado, amarillo, azul, violeta o mordisqueado. Sigo pensando en una opción. No exactamente porque quiera llevarla a cabo, es sencillamente un problema administrativo cuya resolución me obsesiona. Eso sí, tengo claro que quiero ser incinerado: me da claustrofobia imaginarme cerrado en un ataúd y clasificado en un nicho.

Sigo una dieta estrictamente organizada según los días de la semana. Es fundamental seguirla al pie de la letra. Mi estabilidad mental depende de las judías verdes. Así que llega la hora de comer y sé hacia qué establecimiento de comida para llevar debo ir, cuánto me va a costar y cómo va a ser mi digestión. Siendo martes, me toca comer pasta a tres euros con cincuenta la ración. Hoy me voy a decidir por un plato de capeletti rellenos de alcachofa con salsa de setas. Al cruzar la esquina ocurre el apocalipsis: está cerrado. Está cerrado y no hay posibilidad de consecución de mi plan en manzanas a la redonda. Así que empieza el baile.

Primero llega la sensación visceral de que algo no va bien, la sensación muy real de que un ser invisible está manoseando mis intestinos. Paralelamente, mis manos empiezan a sudar como la primera vez que toqué unos pechos desnudos. Mi temperatura corporal asciende. Empiezo a sentir palpitar la yugular y el pecho me late como un tambor. Comienzo a ver una neblina inexistente, se me seca la garganta, y siento cada una de las fibras de mis piernas pugnar por aguantarse en pie como una cola de yonquis esperando la metadona. El cerebro abre un abanico de opciones clicables horribles: voy a morir / al fin ha llegado el cáncer a mi cerebro / tengo esclerosis múltiple / voy a desmayarme en cualquier momento / necesito irme a casa a descansar / mi vida va a terminar en una acera sucia llena de chicles negros.

Trato por todos los medios de parar las manifestaciones exteriores que la manada de ñus desbocados y llenos de anfetaminas que galopan por mi corriente sanguíneo y mis sinapsis provocan. Unas trompetas en forma de zumbido en mis oídos anuncian la entrada de la paranoia: no voy a poder disimularlo, todo el mundo va a pensar que soy un chiflado. Mis intentos por parecer normal van a provocarme gesticulaciones y miradas tan jodidas que la gente va a terminar por llamar a la policía convencidos de que acabo de matar a una vieja ciega, le he robado el monedero y le he tocado un pecho. Temo por mi seguridad, no quiero un linchamiento público. No sin mis drogas.

Doy la vuelta y me dirijo de nuevo a la oficina donde evito todo contacto visual y me agarro el antebrazo izquierdo con la mano derecha –¿es esto un ataque al corazón?–. Me siento en el ordenador de nuevo y finjo normalidad como cualquier persona de este planeta: abro Facebook. Encuentro un estatus beligerante sobre cualquiera de los temas de ansiedad actual y, estúpidamente, en lugar de cerrar el navegador clico en el enlace propuesto. Añado otro punto al pánico desatado por falta de capeletti de alcachofa que me obliga a echar mano de otra cápsula bicolor, esta vez se trata de un ansiolítico. Mientras me sube, me levanto y trato de entablar conversación con alguna persona de la oficina. No le escucho, no sé qué dice. No sabe que voy a caer muerto delante suyo. Balbuceo sin asentir o negar nada mientras la píldora me hace efecto. Me estoy muriendo de hambre pero ése es el menor de mis problemas ahora mismo. El lavabo parece una opción razonable dadas las circunstancias, así que me dirijo allí y me siento a esperar la onda de choque de la cápsula. Cuando golpea llevo diez minutos sentado en una taza de váter jugando a una aplicación de forma completamente errática, tal vez haya hackeado la base de datos del CMI por error, dada la cantidad de gestos multitáctiles que he aplicado sobre la pantalla del teléfono.

Todo vuelve paulatinamente a la normalidad y me doy cuenta de que ha pasado una hora y no he comido nada. A la resaca de la ansiedad se le suma una hipoglucemia aguda y, esta vez sí, mi cuerpo pide ayuda en serio. Me inclino por un bocadillo y una coca-cola con cafeína creyendo que soy un maestro de la bioquímica, un alquimista nivel Merlín. Vuelta al trabajo con el estómago hecho un ocho, me quedan cuatro largas horas en las que suelo usar cascos sin ponerme música, sencillamente porque me siento mejor. Son como un abrazo raro.

"No me importa el planeta, me importa mi cáncer"

Escribo y navego por Internet, mi línea de trabajo lo requiere con lo que estoy expuesto a toda clase de tentaciones en forma de consultas patológicas en Wikipedia, rápidas incursiones en YouTube, porno soft y otras formas de procrastinación. Cualquier día de estos lo dejo todo y me voy al campo, a vivir tranquilo. El problema es que tengo agorafobia y mi idea del campo no contiene olor a mierda ni insectos. Tal vez una isla entonces o quizá un nuevo corte de pelo, quién sabe, soy una fuerza de la naturaleza imprevisible y demoledora.

Salgo del trabajo y ya es de noche. Cojo mi moto a toda prisa para llegar al supermercado. Hago una compra modesta porque no sé comprar bien, por eso tengo que ir dos o tres veces por semana. Trato de escoger productos bajos en calorías y orgánicos. Lo orgánico no es ecológico, el planeta es algo que de lo que no puedo hacerme responsable. No me importa el planeta, me importa mi cáncer. Agua mineral, mucha. Mis riñones son un sagrario, están prístinos y rosados. Al menos eso espero. Hay una cajera que está buena y siempre escojo su cola para pagar. No tengo ni idea de por qué. Es un sentimiento extraño. Quiero que me atienda ella para demostrarle que no me interesa exhibiendo una normalidad absoluta. La quiero ofender de una forma retorcida. O no, quizá solamente es una forma de ligar muy estropeada, no tengo ni idea. Siempre introduzco el número secreto de mi tarjeta de crédito pensando sobre esta opereta que me monto. Nunca sé cuánto me he gastado en la compra y siempre me voy avergonzado, con una bolsa de más por si acaso. En casa tengo bolsas suficientes como para poner yo un supermercado, no sé por qué no las tiro. Bolsas, cabronas, salid de mi vida.

"Mi química neurológica me importa, soy hiperconsciente de ella"

En mi bandeja barata de Ikea coloco todos los elementos que componen mi cena, mi postre y mi cigarro. Como rápido delante del televisor tratando de evitar todos los telediarios. Suena el teléfono. –No, no quiero ir a tomar una birra. Estoy cansado… ¿cómo que de qué? Pues de trabajar, tío, voy muy de culo últimamente. Vale, adiós–. Ya está, ya se ha terminado el día. Ahora a relajarme. Hago zapping haciendo escalas hasta llegar a los canales de deportes y documentales. Me gusta jugar sobre seguro y no quiero un susto antes de irme a dormir. El sueño es importante, regula las hormonas. Mi química neurológica me importa, soy hiperconsciente de ella.

Después de dos horas de televisión inofensiva tomo un somnífero y me meto en la cama sin sueño. Activo las diez alarmas que sonarán a intervalos de cinco minutos con sonidos distintos. Para dormirme acudo siempre a una imagen de poder que me relaja profundamente, mi tótem anímico: un hombre del paleolítico. Lo imagino clavando hasta el puño un arma en el pecho de un animal sin dudar un segundo, abriéndolo en canal con el vapor de las entrañas calentando la luz fría de la edad glaciar. Este hombre solamente tiene miedo de lo que le es desconocido: una cierta idea de Dios y las tormentas.

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