Columnas

Dificultades

Antonio Luque

Tengo dificultades para entender las liquidaciones de la SGAE. Hacemos bien en suponer malas intenciones en aquello que se presenta de un modo complicado. En la distribución de los productos en las grandes superficies, en el lenguaje leguleyo, en la filosofía, en la poesía, en la mecánica del automóvil, en la caligrafía de los médicos... Aunque es verdad que una vida sencilla sería un aburrimiento. “Aleluya, pero cierra el maletero”, varios, internet, diciembre, 0,12 euros. Me entretengo como puedo, gracias.

En la radio uno de la SGAE defendía a los autores de la poca consideración que en la sociedad, la grande, se les tiene. Todo por un modo de actuar incomprensible y agresivo en muchas ocasiones. Lo de meter un espía en una boda no tiene nombre. Argumentaba que hay que abandonar la “visión bucólica” que se tiene del autor. Que el autor es un trabajador más, que se levanta temprano, ejem, patatín, patatán. Qué manía con levantarse temprano. No apetece. La vida está llena de dificultades. La liquidación de royalties no me da para la casa con huerto. Ni para las semillas. La vida sencilla y aburrida tendrá que esperar, como la desolada FNAC de Málaga espera sus clientes. El tema del internet y las nuevas oportunidades me cansa. Tengo de nuevo la tentación de complicar la redacción, de hacerme el loco. Quizá fuese mejor hacerse el sueco, me da a mí que la tentación del robo es menor con el frío. Pronto saldrá el sol de marzo y las calles presentarán el desorden del dolce far niente obligado. Y las complicaciones de la vida serán la suma de millones de charlas en barras de bar, de cigarrillos a medias en las puertas de las oficinas, charlas en las que cada uno va intercalando sus frases como mejor puede, escuchando vagamente lo que más convenga de entre lo dicho por el otro o la otra, como me temo que pasa cuando estoy cantando y el público, fuera de la cárcel cegadora de focos de colores, hace el esfuerzo de entenderme. En ese momento, sobre las tablas, tengo esa suerte.

¿Y en la calle? ¿Por qué me ha mirado como si estuviese loco la dependienta a la que he preguntado si creía que la chaqueta era de mi talla? ¿Estaba allí sólo para doblar las camisas?¿Me había vuelto a meter en la sección de ropa femenina sin darme cuenta?¿De qué sirve hacerse entender? El ex cantante de Los Canarios lo tiene claro.

He escuchado que la canción de Nena Daconte con la que nos bombardean desde la radio (imagino que desde la tele también), trata de un aborto. “Tenía taaanto que daaaarte...”. Escalofriante. Miles de parejas rotas la cantarán pensando en sus amores contenidos, semen y óvulos tirarán por el camino más corto: el malentendido es universal, es el origen de todo, es una compresa en mitad de una ola.

La gente suspicaz encuentra un motivo para el suicidio en cada frase. Los inocentes viven instalados en su único día. Los autores malos se empeñan en llevar una vida digna de ser contada, sin tiempo para más que unas cuantas ráfagas de vida telefónicamente compartible. Otros, ya hartos, se encerraron en su habitación y la forraron con corcho.

Una finca con alcornoques está fuera de todo alcance. El espía de la boda anotó en su libreta: “Paquito, el chocolatero”, y pidió un pelotazo. Nuestras opiniones son cables pelados. Los momentos en que no nos sentimos solos son breves chispazos. El resto del tiempo somos pájaros sobre un cable de alta tensión, por donde discurre el sentido de la vida, que no puede afectarnos en absoluto, quizá porque no deba, porque sea mejor así.

Observo mucho los pájaros. Sé de una rama a la que vuelve cada tarde un cuervo negro, enorme. Me pregunto dónde pasará el resto del día. Trabajando, graznaría, si pudiera leerme. Esta es la libertad. Cada uno opina lo que le viene en gana. ¡Podemos publicarlo de inmediato! Leyendo unas explicaciones que acompañan una colección de mi tebeo favorito, “13 rue del Percebe”, he sabido que la censura eliminó de uno de los pisitos al científico loco, que hacía experimentos crueles, y a la muchacha rubia bellísima que era hermana mayor de los nenes gamberros. Sin duda, los censores estaban preparados para evitar malentendidos y complicaciones al lector inocente. Científicos y rubias pueden hacer demasiado daño. ¡Si supierais cómo se parece el sitio donde vivo al ático del acreedor! No hay vuelta atrás. La suspicacia de los censores les llevó demasiado lejos, donde Franco. Y el sentido de las “creaciones” de entonces se retorció por necesidad, igual que ahora, porque todos somos censores de los demás, entendiendo nada más que lo que nos conviene. Por eso la democracia es el menos malo de los sistemas políticos. Porque la vida es un permanente tijeretazo, como el de Halcón Viajes. O el tijeretazo del de Los Canarios. Paso demasiado tiempo observando los pájaros. Disculpadme.

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