Columnas

“El Dictador”, la última salvajada de Sacha Baron Cohen

Llega a los cines la nueva comedia del hombre detrás de “Borat” y “Brüno”, ahora inspirada (vagamente) en la figura de Saddam Hussein

La nueva comedia del binomio Sacha Baron Cohen / Larry Charles llega a las pantallas, tras las barbaridades de “Borat” y “Brüno”. Esta vez, el personaje protagonista es el dictador de una monarquía árabe en su periplo por Estados Unidos. Mala leche a chorro.

Uno

Aunque su artífice máximo sea de nacionalidad inglesa, entre las propuestas más interesantes que ha dado la nueva comedia americana está, sin dudas, la trilogía de películas perpetrada por el dúo Larry Charles-Sacha Baron Cohen: “Borat” (2006), “Brüno” (2009) y “El Dictador” (2012), el estreno fuerte de esta semana. El primero es un gran hombre de comedia, entre otras cosas guionista de las series “Seinfeld” y “El Séquito” (Entourga), y productor y director de capítulos de “Larry David” (Curb Your Enthusiasm). Dirige, y dirige bien. De lo que dan prueba las películas citadas y su documental satírico “Religulous” (2008), sin estreno comercial en España. La tercera película de su colaboración con Baron Cohen, en la que sacrifica el falso documental de las otras dos, es la más discreta de la serie en ejecución. Pero en las otras dos conjugó el mockumentary con gracia suprema, cruzando la máxima del realismo con soluciones chifladas que se avenían con el comportamiento de los protagonistas y descuadraban (para bien) al espectador. El segundo es sencillamente un genio, un señor lo suficientemente avispado como para entrar en una fiesta, meterse con saña con sus organizadores y no sólo evitar que le echen, sino convertirse en el anfitrión. Él es así.

Dos

No tiene demasiado sentido presentar a Sacha Baron Cohen porque los buenos se presentan solos, porque lleva más de 15 años en activo (aunque su presentación internacional definitiva llegara con “Borat”) y porque suele hacer tanto ruido en sus intervenciones cinematográficas –y en sus apariciones públicas– que es imposible no tenerle controlado. Pero para llegar hasta “El Dictador” y situarla en el contexto de su carrera no está de más recordar que fue protagonista de una de las series cómicas más inspiradas de la pasada década: “Da Ali G Show” (2003-2004), cuya primera temporada emitió el canal británico Channel 4 y la segunda, ambientada en Estados Unidos, HBO. Formulado como un falso documental, aquel producto protagonizado por Baron Cohen era una sátira socio-política en entregas que destacaba por lúcida, mordaz y decididamente delirante.

"El Dictador es la primera película a mayor gloria del actor que no tiene su origen en la televisión."

El actor adoptaba en ella identidades extremas para poner en evidencia desde la supuesta ignorancia los lastres y vergüenzas políticos, sociales, culturales e incluso religiosos. Más o menos preparado, más o menos pactado o ficcionado, el show consistía eminentemente en las entrevistas que el Ali G titular, un pseudo periodista rapero, deslenguado e incorrecto, le hacía a personalidades públicas reales de la escena política y social que recibían sus interrogantes con pasmo (siempre) o como una bofetada (en muchas ocasiones). Ese personaje tiene película, “Ali G Anda Suelto” (2002), dirigida por Mark Mylod, un intento muy poco inspirado de contar la vida del personaje desde un ángulo de ficción. Y “Borat” y “Brüno” también son la puesta de largo de personajes televisivos de Baron Cohen. El primero es un periodista kazajo retrógrado, racista, homófobo y machista, entre muchas otras cosas igual de despreciables. El segundo, un reportero austríaco gay con muy pocas luces y rendido al mundo de la moda. “El Dictador” es la primera película a mayor gloria del actor que no tiene su origen en la televisión.

Tres

Escrita entre Baron Cohen y Alec Berg, David Mandel y Jeff Schaffer, que suman entre sus créditos “Seinfeld”, “Larry David” y el Saturday Night Live, la película se inspira supuestamente en “Zabibah wal Malik” (la traducción sería “Zabibah y el Rey”), una novela romántica anónima que fue un éxito en Irak y cuya autoría se le atribuye nada más y nada menos que a Saddam Hussein. “El Dictador” podría ser una parodia de ese libro sobre el romance entre un rey y una joven aldeana. Baron Cohen encarna aquí a Aladeen, el tiránico líder de la república imaginaria de Wadiya, en el Norte de África, un dictador despótico y profundamente lerdo que tiene una cosa clarísima: la democracia es mala y no puede entrar bajo ningún concepto en su país. Su visita a Estados Unidos para dejarle las cosas claras a las Naciones Unidas, que tienen el ojo puesto en su reino y no están precisamente contentos de cómo lo gestiona, será el inicio de una desquiciada aventura que podría (o no) obrar en él maravillas y descubrirle (o no) el amor de la mano de una entrañable activista (Anna Faris) a la que al principio llamará de todo menos guapa.

Charles, Baron Cohen y los guionistas son brillantes y van a saco. Aunque el engranaje de “El Dictador” no sea perfecto (quizá por la escuela televisiva de los guionistas, la película está demasiado fragmentada en algunos tramos), estos señores saben de comedia, saben de qué va el asunto. Controlan los tempos y los distintos modelos de humor, alternan con garbo el chascarrillo verbal y la caída con cáscara de plátano, son rabiosamente visuales (¡bien! ¡bravo!) y generan gags con una habilidad asombrosa. Puedes explicar perfectamente los cinco momentos más graciosos de “El Dictador” porque hay otros cinco más, y otros cinco más, y otros cinco más… Y como sátira es tan completa (no se les escapa una, aquí no hay nadie bueno), tan sagaz y tan chalada como “Borat” y “Brüno”, cada una en lo suyo. En la película que nos ocupa reciben “El Dictador” titular y demás autócratas, déspotas y tiranos; reciben los demócratas y, si no te apartas, recibes hasta tú. Sin embargo, aunque es osada y bruta, no es tan incomodísima como las otras películas del dúo Charles-Baron Cohen. ¿Por qué, si autores, ingredientes y objetivos son los mismos?

Pues porque cambian la puesta en escena y los mecanismos de la narración. En propuestas de esta naturaleza, a Baron Cohen le funciona mejor el hiperrealismo que la ficción “estilizada”. “Borat” y “Brüno”, ambas extraordinarias e importantísimas para la comedia de los últimos años, son de un incómodo que abruma. De hecho, “Brüno” tiene incluso momentos agresivos. Y es en parte porque, al acogerse al falso documental y, a ratos, a la alteración escandalosa de la realidad (es difícil delimitar en “Borat” y “Brüno” donde acaba la realidad y empieza la ficción) toca un par de teclas efectivísimas para generar escándalo que “El Dictador” no pulsa: la identificación de personajes y pesadillas reales y, sobre todo, el bochorno y la vergüenza ajena. Lo nuevo de Baron Cohen no es, para nada, una versión ligera de sus anteriores trabajos. Pero, al ser menos sórdida y jugar a la ficción convencional, sus empujones se reciben desde una postura más cómoda.

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