Columnas

Devendra Banhart, radiografía de un espíritu libre

Con motivo de la publicación de “Mala” repasamos la biografía y la obra de Devendra Banhart, uno de los últimos francotiradores que ha dado el mundo de la música reciente

Devendra Banhart es una figura esquiva: muta de piel cual serpiente, en las entrevistas juega al enredo y hace gala de un espíritu anárquico desde que comenzó su carrera. Sin embargo, esa actitud no busca el titular fácil ni la pose gratuita, sino que forma parte del ADN de Devendra. Intentamos descifrar a Banhart acercándonos a las claves de su obra y de su biografía.

Todo en la vida de Devendra Banhart es atípico, hasta su nombre: Devendra Obi Banhart. Obi, efectivamente, hace referencia a Obi-Wan Kenobi. Devendra es un sinónimo de Indra, una deidad hindú. Nacido en Texas, se mudó con su madre a Venezuela a los dos años, tras el divorcio de sus padres. En plena adolescencia, con 14 años, una nueva mudanza, esta vez a Los Ángeles; y de ahí a San Francisco, a donde fue a estudiar Bellas Artes. Una vez allí se instaló en Castro, el barrio gay de la ciudad. Abandonó los estudios y se fue a París en 2000. Allí no tenía más que “ una guitarra y un discman que me había dado un amigo, pero no tenía un lugar donde vivir ni dinero”. No cabe duda de que buena parte de la música de Devendra está marcada por esas idas y venidas, esa deriva existencial, el haber entrado en contacto con culturas tan diversas y el ser bilingüe: Devendra canta en castellano o en inglés en base a lo que la canción le pida, algo que muy pocos artistas suelen hacer.

Con una vida construida sobre la mutabilidad, Banhart se aferró a la música. Aunque empezó a componer en San Francisco, el primer reconocimiento le vino de la mano de la musa del acid-folk de los 70, Vashti Bunyan, a quien le mandó un par de canciones y que pronto se mostró entusiasta con él (Devendra le devolvería el favor mediante colaboraciones). Pero fue otra mujer le quien dio el empujón definitivo a Devendra: Siobhan Duffy, miembro de God Is My Co-Pilot, Angels of Light y Gunga Din, que compró una maqueta de Banhart tras un concierto y se la pasó a su marido, Michael Gira (Swans). Junto a Gira, Banhart preparó todo el material del que sería su primer disco, “Oh Me, Oh My” (2002). A partir de ahí, la carrera de Devendra empieza a ir cuesta arriba, sin prisa pero sin pausa: han pasado once años y la expectación que ha despertado “Mala” deja claro que Devendra Banhart nunca ha gozado de tanta popularidad como ahora.

A Devendra Banhart pronto se le encuadró dentro del freak-folk, etiqueta en la que se metió a una serie de compositores cuyo único común denominador era haber sacado discos casi a la vez, porque el tiempo ha demostrado que muchos de los grupos a los que se encasilló bajo esa etiqueta en realidad tenían formas muy distintas de hacer música (en el saco lo mismo cabían desde Devendra Banhart a Animal Collective y Antony). Parte de la culpa la tuvo el recopilatorio “The Golden Apples of the Sun”, orquestado por el propio Devendra para la revista Arthur y que puso en el punto de mira a todos los que participaron en él (Vetiver, Six Organs of Admittance, CocoRosie y un etcétera tan largo que quita el hipo). Desde entonces, Devendra lucha por desmarcarse de la etiqueta, y aunque no se puede negar que “Rejoicing In The Hands” y “Nino Rojo” (ambos 2004) están hermanadas con el folk en fondo y forma, Devendra Banhart ha tocado palos tan distintos como el tropicalismo, el pop o la electrónica: los sintetizadores de su último disco no salen de la nada: Devendra había remezclado a Liars para “Sisterworld” y en 2008 sacaba un disco con Megapuss, aquel supergrupo formado junto a Little Joy, Fab Moretti de The Strokes y Gregory Rogovy y del que nunca más se volvió a saber.

Aunque con cada nuevo disco hay sectores de la crítica que quieren dar por muerto y enterrado a Devendra (especialmente desde que editó “ Smokey Rolls Down Thunder Canyon”), él sigue ahí, imperturbable, ajeno a las modas y haciendo lo que mejor sabe: reinventar géneros, construir un imaginario propio en el que conviven todas las culturas y cambiar de residencia (ahora se ha vuelto a instalar en Nueva York, la ciudad en la que grabó con Gira su primer trabajo). En “Mala” da otra vuelta de tuerca y tira de pop, electrónica y hasta de cantar en alemán. Y en las entrevistas que da, lo deja claro: la influencia de este disco está en el brit-pop. Sorpresa, que por ahí no le veíamos venir.

Aunque Devendra dejara los estudios, lo que nunca abandonó fueron los lápices y pinceles. Dice que empieza el día dibujando porque por la mañana no tiene la voz como para cantar. Y en ello sigue. Su estilo es inconfundible: entre lo naíf, lo surrealista y la psicodelia. Como su propia música, la obra gráfica parece surgida de la improvisación, un continuo ‘work in progress’. Esos dibujos no sólo copan las portadas de sus discos, sino que también han colgado de museos como el SFMoMA en una exposición que mostraba su trabajo y el de Paul Klee bajo el título “Abstract Rythms”, en la feria de arte contemporáneo Art Basel, en ARCO... e incluso ha colaborado con Yoko Ono en “Water Piece”.

Pero Devendra pertenece a ese tipo de artistas incapaces de concebir lo artístico circunscrito a un solo plano, y va más allá, cuestionando incluso los roles de género o el valor del desnudo en la sociedad. En la contraportada de Megapuss le pudimos ver completamente desnudo, en un retrato en blanco y negro en el que sólo se veía su torso (si no fuera por los reconocibles tatuajes, bien podría haber sido cualquier otra persona), en un retrato que estaba a años luz de cualquier tipo de idealización y que recordaba en cierta forma a los de John Lennon y Yoko Ono para “Two Virgins”. En tiempos de depilaciones brasileñas, Photoshop y bisturí, aquella fotografía tenía algo de revolucionario. No es la única vez que Devendra Banhart ha puesto contra las cuerdas lo que se espera de un músico: en 2008, las fotos promocionales de “Smokey Rolls Down Thunder Canyon” (2007) le mostraban maquillado y vestido cual exótica bailarina. Era la primera vez en mucho tiempo que un músico con su reconocimiento vestía de mujer (en los 90 era más habitual ver a Kurt Cobain, James Iha o Evan Dando con vestidos). Y lo hacía sin un ápice de sorna o burla: siempre ha dicho que su voz se asemeja a la de una mujer y que de mayor no le importaría ser una “adorable viejecita”. Una vez más, Devendra sorprendía a propios y extraños haciendo lo que le daba la real gana... y lo que nadie se esperaba de él.

Y es que se suele decir de Devendra que es un hippy, cuando él mismo admite que a los auténticos hippies él no les gusta nada: “pueden oler a un auténtico hippy”, ha declarado. Devendra, en realidad, es un espíritu libre que en las entrevistas prefiere jugar con los periodistas (a veces casi en sentido literal), cuyas respuestas cambian según el ánimo o el tiempo transcurrido y que se puede llegar a mostrar esquivo en el juego de la promoción. Con Devendra Banhart se tiene la sensación de que dejará de grabar discos o desaparecerá de la vida pública el día que alguien le pida que pase por el aro o se aburra del circo. Porque hay algo en lo que sí responde de forma unánime en cada entrevista, y es que sigue grabando discos porque tiene la sensación de no haber grabado aún algo lo suficientemente bueno y porque le gusta hacer música. Y precisamente por eso es por lo que no cuesta imaginárselo retirado del mundanal ruido, guitarra en mano, en el porche de alguna casa de madera en algún lugar casi inaccesible.

* Puedes ver las transformaciones de Devendra y su obra gráfica en esta galería que hemos preparado.

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