Columnas

Cómo ser lolita después de Dolores Haze

Parte II: Y la literatura universal se llenó de niñas perversas

Parte I: El origen mágico de las nínfulas

Lolita marcó un antes y un después en la representación de las relaciones entre un hombre adulto y una niña o adolescente. La novela de Vladimir Nabokov dejó de ser así simple literatura y pasó a convertirse en un género en sí mismo, en una obsesión colectiva, en un tema tan polémico como pasional, que llevaría a miles de lectores a adorarlo en secreto, así como a decenas de escritores a reinventar el mito desde distintos géneros, formas o puntos de vista.

La historia de Dolores ayudó a que se abriera una nueva puerta, y a que la literatura fuera capaz de visibilizar un asunto que hasta el momento latía en silencio.

No se trataba de embellecer o adornar la pedofilia, sino más bien de intentar explicar un fenómeno, una oscura pulsión humana, una forma de amor prohibida que continuamente nos hace dudar.

¿Qué piensan, qué sienten, qué quieren y quiénes son verdaderamente las lolitas?

Si antes de Lolita existieron algunas curiosas nínfulas, después de la novela de Nabokov empezaron a proliferar este tipo de historias, siendo algunas claras referencias a la obra del ruso, y otras simplemente narraciones que, sin ser homenajes directos, caminaron en la misma dirección.

Lo más emocionante de estos libros —los que suponen un homenaje y los que no— es que muchos de ellos están escritos por mujeres, o si no, narrados desde el punto de vista de ellas, sí, el de las lolitas.

Cuando el deseo es de ellas

A mediados de los 90 vio la luz en Italia una novela que pronto se convertiría en best-seller. Se trata de Diario de Lo, de Pia Pera, una historia en primera persona que recupera la ficción de Nabokov y la convierte en el germen del diario de Lolita.

Pia Pera, fanática de esta historia y sobre todo de este mito, pretendió con su novela no sólo dar una visión feminista de la figura de la lolita —liberarla, contar sus pasiones, dejar claro que en ciertos casos una adolescente puede ser dueña de sus actos—, sino también reivindicar el mito de la nínfula y elevarlo.

En Diario de Lo, aprendemos lo que en verdad significó Humbert Humbert para Dolores, y nos damos cuenta de que, al contrario de lo que podría parecer, no significó tanto. El verdadero obseso era él; ella sólo estaba viviendo.

En la mitología contemporánea, la Lolita es el personaje más preciado

Pia Pera no es la única que hace esta interpretación.

En la novela Corre Alicia, corre, de Lisa Dierbeck —cuyo reclamo de promoción editorial fue que al fin la lolita de Nabokov contaba su historia— nos encontramos a Alicia, una niña de 11 años que entra de lleno en el mundo de los adultos, por una experiencia sexual.

Sin embargo, el sexo no es lo único que convierte a Alicia en mujer a una edad temprana. Por culpa de su desestructurada familia ha aprendido a ser adulta antes de tiempo.

La violencia, las dudas o el dolor de saberse sola en un mundo que no entiende son algunas de las cosas que le llevan a entender que es el momento de disfrutar, dejarse llevar y potenciar su voluntad por encima de todo.

Las protagonistas de Pia Pera y de Lisa Dierbeck no son las únicas que rebelan.

Podría considerarse una rebelión en la que las menores reivindican su derecho a sentir placer, a conquistar a hombres adultos y a ser ellas mismas

Ahí están también novelas más recientes como Belinda, de la autora de best-seller Anne Rice, una historia con tintes románticos sobre una chica de 16 que quiere saciar sus deseos sexuales con un hombre adulto.

O Los lazos, de la francesa Florence Noiville, en donde una chica encuentra las cartas íntimas de su madre, que le ayudan a reconstruir los secretos de ésta, y su relación con un antiguo profesor de literatura que durante años le obsesionó, y con el que finalmente mantuvo una aventura.

En todos estos textos, la voz de Dolores Haze resuena como un fantasma. Y aunque su influencia es indiscutible, ¿no suponen un paso más allá en la concepción del mito? ¿No resultan textos liberadores, en los que el lector deja al fin de sentirse culpable y al fin, entiende el amor?

Pero es que Humbert Humbert también tuvo vagina

Igual que una serie de autores se encargaron de ampliar el mundo de la Lolita, también hay escritores que se han preocupado por invertir los géneros, creando a otro bello animal mitológico al que podríamos llamar lolito.

El pasado 2014, en Estados Unidos y Reino Unido vieron la luz dos novelas muy distintas cuyo motor guardaba muchas similitudes. Una de ellas , Las lecciones peligrosas, de Alissa Nutting, narraba la vida de una profesora de instituto que tenía como único propósito seducir a sus alumnos.

La otra, Lolito, de Ben Brooks, contaba una relación amorosa enfermiza entre un joven y una mujer mayor que se conocieron a través de Internet y que, en verdad, lo único que deseaban era sentirse menos solos.

Ambas novelas causaron revuelo, porque por primera vez una relación adulta-niño se popularizaba hasta convertirse en best-seller.

Podemos entender a una lolita, pero aún tenemos miedo de aceptar una historia de amor o de sexo entre una mujer adulta y su lolito

Es curioso que 60 años después de la publicación de Lolita de Nabokov, todavía nos quedara un tabú pendiente a este respecto. En el caso de Alissa Nutting, por ser además mujer, los comentarios despectivos fueron peores.

Sin embargo, ni Brooks ni Nutting fueron los primeros en retratar con éxito una relación entre un niño y una Humbert Humbert.

Mucho antes, el alemán Bernhard Schlink publicó su novela más célebre, El lector, centrada en el Holocausto y en la Alemania de mitad de siglo XX, cuyo protagonista adolescente también perdió la virginidad con una adulta.

Si bien el tema de la novela de Schlink no tiene nada que ver con lo que se podría esperar de una novela marcada por Nabokov, las escenas en las que se describen los encuentros sexuales del adolescente resultan una verdadera maravilla para los que incesantemente buscan "una literatura lolitesca".

La clave está en la seducción

Puede que, al final, ese sea uno de los grandes atractivos de este género: el cortejo, la seducción, el momento exacto, después de páginas y páginas de tensión, en donde el calor y la sorpresa por fin explotan.

Pasa en todas las novelas citadas, y pasa también en muchas otras que se han convertido en clásicos por esa manera de narrar el placer, de hacérselo sentir al propio lector quien, llegado a la mitad de la historia, queda aturdido y deseoso de releer esas páginas silenciosamente, una y otra vez.

Eso es lo que desea el lector: el miedo y el placer de cuando todo lo prohibido al fin sucede

Lo que nos enamora de El amante, de Marguerite Duras, o de Ceniza en los ojos, de Jean Forton, o de Las edades de Lulú, de Almudena Grandes, o incluso de Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez es la sensación de conquista que nos queda en los labios cuando eso que creíamos prohibido al fin ocurre.

Como una pequeña victoria.

Como una droga que probamos por primera vez.

Como una caricia en la nuca.

Como si todas nuestras pesadillas y todos nuestros deseos se estuvieran cumpliendo al mismo tiempo.

Es lo grande de la magia que revolotea entre la literatura de nínfulas que heredamos de Vladimir Nabokov.

Y es también lo difícil de esta búsqueda incesante para ser lolita después de Dolores Haze.

Pero eso ya escribió el propio Humbert Humbert en un poema:

Se busca, se busca: Dolores Haze.

Su mirada gris-humo nunca vacila.

Noventa libras es cuanto pesa,

Con una altura de sesenta pulgadas.

Mi automóvil cojea, Dolores Haze,

Y el último, largo trecho es el más duro,

Y seré embestido donde la maleza se pudre,

Y el resto es moho y polvo de estrellas.

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