Columnas

‘Dejad de llamarlo EDM’

Una argumentación razonada en contra del último fenómeno de masas de la música de baile en Estados Unidos, con Skrillex y deadmau5 como estrellas

El fenómeno rave ha repuntado en Estados Unidos en 2012 y se resume en una idea / género polémico: EDM (Electronic Dance Music). Exploramos los orígenes de esta realidad y argumentamos razones para estar en contra.

No hace muchos días, Jackmaster publicaba cuatro palabras en Twitter. Cuatro palabras secas, con un deje de rabia más que de resignada amargura, y que venían a decir “stop calling it EDM” [“dejad de llamarlo EDM”]. Eran cuatro palabras, pero sonaba a escupitajo. Tiene muchas razones el escocés para estar molesto. EDM es un concepto que se ha hecho fuerte este año en el léxico periodístico musical, especialmente en Estados Unidos y a raíz de la explosión popular de DJs como Skrillex, Kaskade y Steve Aoki, y que una vez desbrozado el acrónimo, mucho menos complicado que brostep o fidget house, nos deja con una de las mayores obviedades que se han dado jamás en el etiquetaje de sonidos: Electronic Dance Music (traducción: ‘Música Electrónica de Baile’; para cortarse las venas), eliminando así cualquier matiz, metiendo en el mismo saco todo lo que se hace con software y permite bailar. ¿Cómo hemos llegado a este despropósito?

1. The American way of rave

EDM: la etiqueta nace de una descripción perezosa de una realidad, y es que en Estados Unidos la cultura rave ha experimentando en el último año un crecimiento por encima de lo que hasta entonces se había conocido con la entrada de un público adolescente que –como ocurre siempre con los adolescentes– exige su propia experiencia y sus propios ídolos. No quieren rock, no quieren ni siquiera dance-rock ni quieren las viejas glorias de sus padres o los Jack White y James Murphy de sus hermanos mayores. La música electrónica, hoy, recicla la energía de hace unos años –la de riffs y gritos– con ruidosos crescendos digitales y ataques lumínicos con baterías de LED. La EDM, en resumen, es la reactivación, popularización a escala masiva y para la generación de Justin Bieber de la cultura rave.

El fenómeno rave no es ajeno a la vida musical de Estados Unidos, y ha estado ahí desde hace dos décadas. Si nos remontamos al origen, a principios de los 90s localizaríamos eventos dedicados al hardcore como NASA, en Nueva York –la primera fisura por la que comenzaría a entrar el drum’n’bass en el underground norteamericano–, o las fiestas en el medio de la nada de Drop Bass Network en la periferia de Detroit, chorreantes de acid y techno atronador–, pero su crecimiento ha sido paulatino e intermitente, con fases de estancamiento muy prolongado en el tiempo y con un evidente décalage con respecto a Europa, donde las raves alcanzaron su pico en 1994 y más tarde se asimilaron en el negocio de los festivales, donde la idea de rave (que no es la misma que free party) ha disfrutado desde entonces de una segunda y más discreta vida.

"El reciclaje feroz de las estrellas del pop ha llegado a los DJs, y allí donde hay un personaje que merezca una importante inyección de dinero, hay alta posibilidad de negocio"

A pesar de que la cultura rave a la manera americana había recibido su peculiar tratamiento en películas como “Groove” –que gira alrededor de la organización de una fiesta ilegal en una nave industrial desocupada, con un trama insoportablemente naíf sobre un bautizo de éxtasis y cameo final de John Digweed–, así como en documentales como “Better Living Through Circuitry” o “Rise. The Story Of Rave Outlaw Disco Donnie”, que apuntaban a la continuidad en el tiempo de fiestas al aire libre en el desierto californiano y en el sur de Estados Unidos, todos estos movimientos en el underground habían quedado ocultados por la verdadera naturaleza del entretenimiento y la forma de hacer de la industria americana, una máquina precisa de fabricar estrellas en el pop y en el hip hop, y que había celebrado su poder económico y cultural en el mainstream –ese concepto que Bret Easton Ellis, tan acertadamente, resume con una sola palabra: Empire–, sobre todo en eventos como la ceremonia de entrega de los premios Grammy, y que no concedió su primer premio al ‘mejor álbum dance/electrónica’ hasta 2005. Un signo de que la música de baile había alcanzado a miles y miles de personas en el país, pero jamás a millones.

Desde entonces, –y en paralelo a la popularización de eventos como el Ultra Festival y la semana de ocio & business que es la Miami Winter Conference, donde la industria maquina qué basura en forma de politonos nos van a querer vender durante el verano– ese Grammy, lejos de ser prestigioso, lo han ganado –sobran los comentarios– bandas y artistas como Basement Jaxx, The Chemical Brothers, Madonna, Daft Punk, Lady Gaga, La Roux y Skrillex. Salvando excepciones, puro enterteinment.

Lo cierto es que, si la música de baile ha crecido en popularidad y seguimiento en Estados Unidos y se ha transformado en ‘EDM’, no ha sido por un genuino interés en el lenguaje de la música electrónica. No se registran datos del incremento de ventas de vinilos de importación ni ninguna activa colonia intelligent techno o deep house aparte de las ya conocidas en Los Ángeles, Miami, Brooklyn y Detroit –sí, en cambio, se registran datos del aumento en el consumo de éxtasis y derivados, esa droga sintética y barata que suele reaparecer con fuerza en periodos de crisis, y que tan estrechamente ligada está al boom EDM, tan rico en luz, frecuencias agudas y clímax–.

Más bien, todo esto se debe al hecho de que la industria americana, que hasta ahora exportaba a las estrellas inglesas y francesas –The Prodigy, The Chemical Brothers, Daft Punk y Justice tienen para sí un género propio en las tiendas de discos, escuetamente llamado ‘electronica’; entre los pocos DJs que han conseguido hacer giras coast to coast por el país encontramos a Sasha y John Digweed, tal como lo recoge el documental de gira “Delta Heavy”, que llevó a la pareja de Florida a California en un costoso autobús–, lleva un tiempo fabricando las propias. Que es en lo que ha trabajado con tenacidad la industria americana: en promocionar y/o fabricar su propia generación de ídolos, en buscar a quienes puedan conectar con el nuevo público de las high schools y los primeros cursos universitarios, deseosos de disfrutar de los mejores años de su vida. El reciclaje feroz de las estrellas del pop ha llegado a los DJs, y allí donde hay un personaje que merezca una importante inyección de dinero, hay alta posibilidad de negocio.

No es extraño que la revista –ahora online– que más cuidado ha tenido siempre por la música electrónica de calidad, XLR8R, no haya participado de esta fiebre de la EDM –y sí en promocionar el juke, el trap y todo lo que aún nos viene del post-dubstep–. En cambio, ha sido un referente rockista como Spin, que cuando tocaba el fenómeno dance era para hablar de escenas como la del trance psicodélico o de stars de las cabinas como el fallecido DJ AM, la primera cabecera en reconocer un nuevo episodio en la evolución e implantación popular de la música de club al colocar, el otoño pasado a Skrillex en portada, encontrando en él lo que esta maniobra necesitaba: un nombre sonoro, un rostro reconocible, un aspecto distintivo, y una música que traduce a lenguaje dance los crescendos y la energía de una banda hardcore de las muchas que ocupan los momentos de transición en los reality shows de MTV; el vínculo imposible entre el dubstep y Green Day.

Tras aquella portada –punto simbólico de arranque de este fenómeno, tras el cual han venido portadas en Rolling Stone y cobertura en las revistas con mayor difusión del país, en proporción acorde a los beneficios que ha registrado en el último año de actividad profesional: 15 millones de dólares, con entrada en el TOP 100 de Forbes de músicos con mayores beneficios–, todo estaba preparado para que la música de baile entrara en un nuevo episodio de su historia. Una historia repetida –hola, Pete Tong et al.– pero con el destellante brillo del american way of life.

2. Skrillex, Guetta, Aoki y otros DJs del montón

Cuando se lanza la idea al aire de que la música electrónica está infiltrándose en el mainstream, hay que hacerlo con precaución, porque se puede dar la falsa impresión de que es un dato de por sí valioso. Más bien es todo lo contrario: altamente preocupante. En cualquier caso, lo que está viviendo la juventud en Estados Unidos –esa juventud para la que cada fin de semana de rave es como un Spring Break concentrado en 48 horas–, y que tanto abunda ahora en raves y festivales como Coachella, es la misma luna de miel y la ducha de billetes que se activó en Europa entre 1998 y 2006, la horquilla central de la era del súper DJ –un fenómeno del que tantos libros se han publicado, y que tienen su suplemento anual en forma de revista con el ranking del Top 100 de DJ Mag cada noviembre– y que antes se había manifestado muy puntualmente en territorio americano con expatriados ingleses con mansión en las colinas del perfil de Paul Oakenfold, pero que aquí sigue viva en enclaves como Ibiza.

Cierto es que la crisis económica global –y antes un cierto hartazgo por parte del público, porque lo poco gusta pero lo mucho empacha– ha venido apagando el brillo de divas de las cabinas como Paul Van Dyk, Armin Van Buuren o Ferry Corsten. Ciertamente, hoy ya no son lo que eran –o lo que eran al menos en 2004–. Tiësto, que en su época de mayor popularidad metía más de 20.000 en el Ajax Stadium de Ámsterdam, y que perpetró el atraco del siglo al pinchar ‘enlatado’ durante la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Beijing en agosto de 2008, ya no disfruta del mismo pico de fama que entonces, ya convertido –pese a sus intentos por sonar más underground– en el último superviviente del trance de usar y tirar. Aún así, continúa moviendo cachés elevados en Ibiza, donde cada pretemporada se desata un mercado de fichajes con tantas ofertas y contraofertas como en el mundo del fútbol profesional.

Es lógico observar lo que está sucediendo en Estados Unidos, desde la perspectiva europea, con una cierta condescendencia. Si deadmau5 es capaz de atraer a 20.000 personas en una rave en Las Vegas –practicando el mismo tipo de espectáculo para retinas sensibles e impresionables que, en el mismo lugar, puede acometer el Cirque du Soleil–, hay que recordar que esto no tiene nada de inesperado, que no sólo Tiësto, sino también Armin Van Buuren ya llenaba campos de fútbol, quizá con un discurso más grosero (los matices son muy finos), pero igualmente rentable y con el mismo acompañamiento de stardom que una celebridad del rock –portadas en revistas, coberturas de diarios, entrevistas en televisión, club de fans, votaciones masivas en la encuesta del citado Top 100 de DJ Mag–. De hecho, la popularidad de la idea de DJ en Estados Unidos va asociada a la insoportable levedad del ser (del ser celebrity, o sea) de una manera decisiva: Paris Hilton es DJ, Steve Aoki es DJ –y hermano de modelo–, Lindsay Lohan salía con una DJ, etc. Fíjense en que todavía no hemos hablado de música. Lo haremos mañana, sin falta.

[continuará]

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