Columnas

‘Dejad de llamarlo EDM’ (parte 2)

Una argumentación razonada en contra del último fenómeno de masas de la música de baile en Estados Unidos, con Skrillex y deadmau5 como estrellas

Volvemos a uno de los fenómenos (y etiquetas) más controvertidas del año: EDM (Electronic Dance Music), o lo que es lo mismo, el repunte del fenómeno rave en Estados Unidos con rasgos de la peor era de los súper DJs europeos. Exploramos los orígenes de esta realidad y argumentamos razones para estar en contra.

En la primera parte del artículo que publicábamos ayer, empezábamos a conocer un fenómeno inquietante: el de la EDM, etiqueta absurda donde las haya –acrónico de Electronic Dance Music, una mezcla entre trance, rave y música de baile populista– que define el estado actual del mainstream electrónico en Estados Unidos, y de cómo está creando un star system de DJs, una industria y un panorama muy parecido al que se vivió en Europa a finales de los 90s con la explosión de los súper DJs –Pete Tong, Paul Oakenfold, Sasha, Nick Warren, John Digweed, posteriormente reemplazados por Ferry Corsten, Tiësto y Armin Van Buuren–. Decíamos ayer que hoy hablaríamos, no tanto de contexto, sino de música. Así sea. Pero antes, un inciso.

Inciso 1: el caso Aoki. Steve Aoki es un nombre clave de esta EDM de cuyo nombre no quiero acordarme (y que duele a la vista en pantalla, y más aún teclearlo). ¿Por qué? Básicamente, por el show. Una sesión de club de Aoki tiene dos momentos culminantes: el stagediving en lancha de plástico y el lanzamiento de tarta. Todo tiene que ver con la farándula –qué lejos está de la seriedad casi quirúrgica de un DJ como Marcel Dettmann–, y en parte también con la energía en bruto, y lo que acostumbra a pinchar el angelino son ráfagas de fidget house filtradísimo, respingón y grotesco. En la cabina hay alcohol, gestos de Cristo en la montaña para recibir una respuesta de idolatría, y finalmente una excursión por las primeras filas en la archiconocida embarcación hinchable. Y cómo no, el obsequio a las primeras filas: Aoki siempre pide en su rider una tarta que será el colofón final –pura fiesta white thrash de hermandad universitaria, según dónde se mire hasta hay frescas enseñándole las tetas– para los más afortunados que reciban el impacto directo o un salpicón de nata.

"Aoki es un producto puramente mainstream y su ética se resume en breves conceptos como champán, lujo y modelos"

Por lo demás, Aoki es un producto puramente mainstream. Su álbum de principios de este año, “Wonderland” –un concepto muy raver el del país de las maravillas, al que se accede por la química, de una ingenuidad entrañable– une en una misma batidora house y hip hop a borbotones, carnaza con profusión de drops, voces recortadas y frecuencias afiladas como una navaja de barbero. Su sello, Dim Mak Records, sin embargo, es una plataforma veterana y respetable, que ha ayudado a abrirle mercado en Estados Unidos a bandas como Pretty Girls Make Graves y The Kills, así como a plantar una pica nu rave en California, aunque no menos cierto es que en los últimos años su interés editorial ha ido hacia proyectos como Mustard Pimp, Laidback Luke y The Bloody Beetroots. En cualquier caso, su ética se resume en breves conceptos como champán, lujo y modelos.

1. La EDM como género

Volviendo a la EDM: queda claro que es un fenómeno bastardo y desestructurado que se mide únicamente a partir de índices de popularidad. Quienes usan la etiqueta EDM se refieren por igual al house épico de Kaskade como a los temblores wobble de Skrillex –y, por extensión, a los temas de Justin Bieber o Britney Spears donde hay un drop ubicado estratégicamente en el puente de la canción [el drop, por si no se sabe, es ese momento de colapso de un tema de baile, el anticrescendo en el que todo se acumula pero no por velocidad, sino por sensación de caos, como si la fuerza de la gravedad arrastrara toda la pieza hacia un vórtice]–. Precisando, se diría que por EDM se entiende (también) una producción de Calvin Harris para Rihanna o un remix de David Guetta (o, peor aún, Swedish House Mafia): es lo que le gusta a los niños; música para bailar de impacto sensorial inmediato, fácilmente distribuida como pop, fácil de ubicar en una franja de televisión para vídeos musicales, con imagen e incitación a la vida lujosa. Su efecto es doble: ha creado una ‘escena’ que no se va a desactivar –todo lo contrario, va a ir a más–, que a la vez es un efecto nocivo que ha contaminado a buena parte del hip hop mainstream y ha reactivado la antigua alianza que un día unió, como a elfos y hombres en la Tierra Media, a house y rap a finales de los 80s, con Todd Terry y Jungle Brothers a la cabeza –ahora los agentes serían Flo.Rida y Afrojack, signo inequívoco de degradación–. Otro inciso: let’s go.

Inciso 2: el caso Guetta. La fórmula del éxito en el pop, en los últimos tiempos, ha sido la unión de bases house – producciones de David Guetta o de Stargate– al servicio de divas R&B o pop idols como Lady Gaga. Un pop histérico alimentado por un bombo inclemente dirigido por un trasiego épico como “Only Girl (In The World)” y “We Found Love”, las dos canciones que han reflotado la carrera de Rihanna y le han disparado a la cúspide del mainstream y a llenar estadios como si fueran El Corte Inglés en rebajas (sección lencería). Todo esto no es exactamente EDM, pero comparte un espacio y un público, y sobre todo ha ido allanando el camino a la entrada del house histriónico en el difícil mercado americano, donde tantos europeos con ambición se acaban estrellando –por ser estrella– una y otra vez.

"Pop de consumo con bases dance de chillido y rubia con buenas peras en plan florero"

Que sea David Guetta quien capitalice toda esta escena tiene su lógica: educado a finales de los 80s en el hip hop y reconvertido al house en los 90s, él es el epígono del french touch que promovieron Daft Punk y Étienne de Crecy, rápidamente derivado a una Ibiza que encontró en sus fiestas F**k Me I’m Famous una vía de escape a los excesos del trance y el house progresivo con una actitud desenfadada. Pero Guetta siempre ha sido un productor facilón, de recursos mínimos, y sesiones de pachanga –esas que entran tan bien (y salen al poco tiempo sin dejar huella) por los oídos del público menos exigente–. Su actitud de coleguita de todos le ayudó a acercarse al pop, a ofrecer sus servicios como productor, hasta que localizó la fórmula del remix de éxito y, finalmente, de la canción original de ídem. Ahora es una plaga, peor que el pulgón.

Recapitulando, otra vez: esta coincidencia entre house y hip hop es espuria, puramente coyuntural –es la máquina de hacer dinero, y por tanto se exprime– y que seguirá existiendo mientras dé réditos. Volviendo a los paralelismos con el pasado, ésta es la adaptación americana a la fiebre continental por el eurotrance a principios de la década pasada: pop de consumo con bases dance de chillido y rubia con buenas peras en plan florero, de fuerte carga eufórica, con consignas de amor y liberación. Y para no romper la costumbre, antes de recuperar el hilo, digresión al canto.

Inciso 3: el caso Skrillex. La transformación de Sonny Moore permite trazar un paralelismo con otro ídolo –pasado– de la música de baile pachanguera. Es el Fatboy Slim (antiguo bajista en la banda pop madchesteriana The Housemartins) de esta generación, sólo que su pasado hay que localizarlo en From First To Last, banda de hardcore melódico con trazas emo a la que prestaba su voz y de la que ya ha emigrado, lógicamente. Si en los años 90s era habitual encontrar un trasvase de bandas y artistas del indie-rock a la psicodelia electrónica –el caso más evidente es el de Underworld y The Chemical Brothers–, Skrillex simboliza la alternancia de dos fórmulas de éxito teen, el emo habitual en las cortinillas de MTV y el nuevo sonido electrónico para rave-kids que acaban de descubrir el éxtasis, el sexo y la emancipación. Skrillex es un productor que se guía por el instinto bruto –bajo pesado, drop catastrófico, como si fuera un terremoto; una estructura muy rock, casi metal– y que como DJ ha sabido llevar a un terreno aún más exagerado el dubstep industrial de Rusko y Caspa –lo que un pensador como Baudrillard llamaría ‘una estrategia fatal’: lo más escapista que lo escapista, lo más hedonista que lo hedonista, lo más enérgico que lo enérgico, buscando el límite y el colapso– que ha encontrado, por lo pronto, una respuesta directa por parte de un público necesitado de estímulos intensos. Cuando había un vacío de héroes, justo en un momento de impasse que nos lleva al dance desde el rock y con rechazo a cualquier matiz exquisito, ha llegado él para erigirse en héroe de una generación.

Aunque nótese que de Skrillex se habla mucho, así como de su vida privada –su reciente noviazgo con Ellie Goulding– y su pasado tortuoso –víctima de abusos y bullying en la escuela–, pero poco de su música. ¿Alguien podría citar el título de su corte más representativo? ¿Verdad que no? Es la marca, no es la música.

2. La EDM como contexto

Mientras el eurodance se dio en un contexto de bonanza económica –en Europa era la introducción de la moneda única, de la inflación, del gasto por encima de nuestras posibilidades y del exceso capitalista–, en Estados Unidos se ha dado en un momento de recesión, o de incipiente recuperación económica del país, pero ciertamente no en un año de grandes lujos. ¿Por qué ahora? Quizá esto es lo que necesita la gente justo en este momento: un chispazo de liberación y desparrame tras años de recesión continuada –en Estados Unidos no ha sido únicamente la crisis desencadenada por la caída de Lehman Brothers; hay que irse aún más atrás hasta la devaluación brutal del dólar tras el 11-S y la espiral bélica en la que entró el país desde entonces–, un grito de socorro tras tanto tiempo viviendo lejos de ese paraíso prometido. Aunque esto entra en franca contradicción con el recambio generacional: el público de 18 años que puebla las sesiones de Bassnectar, deadmau5 o Kaskade no padece un problema de paro y caída de ingresos, sino de revoltura de hormonas. Lo que quieren es el pedo del siglo, no un trabajo digno.

"Podría ser un buen argumento a favor de quienes detectan una inexorable decadencia en occidente"

Además, en Estados Unidos el fenómeno rave se ha extendido entre las clases medias y las clases altas (público fundamentalmente blanco, que ya no busca las bandas indies de las emisoras universitarias, sino un club en el que ir a dejarse ver y beber, como en tantas escenas del falso reality “The Hills”), y sin embargo, no es un acontecimiento –como sí fue en Inglaterra en 1989– de la working class más desfavorecida, lo que podría llevar a pensar en la tesis contraria: en vez de un síntoma de la recuperación del espíritu, como un grito de liberación tras una época especialmente dura –que es lo que sucedió hace unos años con la popularización del house en los países de Europa del Este, en especial Rusia y Rumanía, tras su introducción en la lógica del capitalismo y el pago de altísimos cachés para animar clubes a los que acudían los jóvenes y ricos del lugar–, también podría ser el proceso que se da en toda civilización al borde del colapso: lanzarse al divertimento tras la pérdida de toda esperanza, negar los problemas por la vía del olvido, asumir que no hay futuro viviendo al límite el presente. Así cayeron dos de los grandes imperios de nuestro tiempo: el romano por aburrimiento, la república serenísima de Venecia por dejadez, volcados ambos en juegos, sexo y holganza. Podría ser un buen argumento a favor de quienes detectan una inexorable decadencia en occidente. La EDM como colapso, como degradación última de la cultura.

3. La EDM como redundancia

Volviendo a la EDM, su propio nombre indica su banalidad: si resurgiera el rock al estilo Nirvana y alguien decidiera llamar a ese sonido, en vez de grunge, simplemente RCG (‘rock con guitarras’; podría ocurrir dentro de 7 u 8 años), lo mínimo que se podría hacer es pedir una pena de cárcel para el osado. No ha sucedido así en Estados Unidos: la palabra EDM, lejos de provocar el rechazo de lo absurdo, es cada vez de uso más común, adoptada simultáneamente por Rolling Stone –que coloca este mes a deadmau5 en su portada– como por un Jay-Z al que, evidentemente, la música le toca un pie pero ha olido el negocio como el tiburón hace con la sangre en alta mar. No hay rasgos estéticos que definan esta música: se basa en la melodía radio-friendly para clases de spinning en el gimnasio –ejemplo: producción de Benni Bennassi para el último álbum de Madonna–, en el drop exagerado con efecto de cortocircuito –ejemplo: producción de Skrillex–, en las bases de house y trance para divas R&B –ejemplo: un single cualquiera del último disco de Nicki Minaj–. Mientras tanto, por debajo hay un underground que late sin tanta fuerza, pero con unos resultados artísticos que merecen los análisis más profundos y detallados, desde las hazañas de Actress en los márgenes exteriores del techno a la nueva generación post-dubstep rastrillada por el sello R&S. En este iceberg, la punta es prescindible, y la base del fondo, profundamente sumergida, es crucial.

"Esta música es de una obviedad y una obscenidad insoportable"

No es extraño que se hayan elevado voces que denuncien que, en paralelo a la expansión popular de cierta música de baile, se esté dando el fenómeno simultáneo de una profunda estupidización de la misma. Si el viejo trance holandés nos parecía malo, esto es peor. Si Rusko y las referencias del sello Dub Police ya sonaban a dubstep de saldo, Skrillex es el fondo del cubo de la basura. Etcétera. Salvando minutos puntuales de deadmau5 –que, sin embargo, ya no es el de 2007 y 2008, el superventas de Beatport y el autor de “Random Album Title”, que era como la versión populista del prog-house de trazo fino de Border Community–, esta música es de una obviedad y una obscenidad insoportable, aunque el problema no esté tanto en los músicos en concreto, sino en el síntoma de decadencia que implica un dubstep que, diez años atrás, había sido de una experimentación radical. Hoy los fans de Skrillex se arrogan a sí mismos y a su ídolo la verdad del género, llegando al extremo de decir que, por ejemplo, Burial no es dubstep porque en sus producciones no hay drop. El mundo al revés.

Es extraña la arrogancia con la que muchos de estos artistas quieren borrar el pasado y dictar lo que es y lo que debe ser la música de baile. Ocurre, en cierto modo, con la nueva escuela del hip hop a cada año que pasa, que cada vez está más lejos –y más despegada, e incluso ignorante por completo– de sus orígenes. Del mismo modo en que sería absurdo dialogar con un rapero dedicado al bounce de Nueva Orleans sobre la importancia capital de Run DMC o De La Soul, a un productor de cantaditas EDM es posible que el techno de Detroit le suene a chino y jamás haya oído una bomba de racimo de Joey Beltram. Esta división entre la vieja y la nueva generación queda resumida en el intercambio de insultos que hace unos días cruzaron deadmau5 –el nuevo mainstream– y A Guy Called Gerald –leyenda del acid y el techno inglés, ex 808 State, en activo desde mediados de los 80s–. En resumen: deadmau5 atacaba a David Guetta y Skrillex por “sólo tocar un botón, el del iPod en el que está metida la canción entera” en sus sesiones (“yo toco unos cuantos más”, indicaba), a lo que Gerald Simpson respondió con un “el único botón que tú y gente como tú estáis interesados en pulsar es el de la bomba nuclear contra los palestinos”, para acto seguido llamarle “codicioso ratón de mierda”, “falso” y “estafador”. La respuesta de deadmau5 fue igualmente agria, en estos términos: “me importa una puta mierda lo que diga éste, en particular esa declaración anti-semítica sobre ‘lanzar la bomba nuclear sobre los palestinos’. Eres un gilipollas ignorante, no te voy a dedicar ni un minuto, es una pérdida de tiempo, vuelve a tu sitios, que es no el de no importarle nada a nadie nunca más”. Puro Sálvame. La fractura generacional, además, es imposible de cerrar.

"La música electrónica está poblada de etiquetas ridículas, pero ninguna más triste, fea y despectiva con la historia que ésta"

Retomemos el hilo. Salvando hits puntuales, como el griterío muy a lo Rocío Jurado de Rihanna, el crossover house-R&B lleva a grosería que, como bien dijo por aquí Jacques Lu Cont, no dejará huella en el pop, aunque sí unos cuantos millones de dólares en la cuenta corriente en Suiza de David Guetta. Dejarse cegar por los números –los cachés, las cifras de asistencia a raves, que efectivamente son como medio Monegros cada una– es no ver la realidad de que se está repitiendo la historia, en otro continente y con otros nombres, de la era del súper DJ en Europa, y que con sus brillos y oropeles contribuía a ocultar las verdaderas fuerzas de progreso en el underground. Paul Oakenfold tapó al 2step –hoy él está en su mansión, rico pero olvidado para la música de baile; el 2step ha vuelto con una venganza–, y hoy Guetta tapa al mutante post-dubstep y a ese nuevo techno que buscan cristalizar en nuevas formas positivas para la música de baile experimental.

Por todas estas razones y muchas más, la sola idea de este movimiento popular llamado EDM es una distorsión –y a ratos una aberración– que pasará como el caballo de Atila, impidiendo el crecimiento de la hierba a su paso. Por suerte, hay semillas en el underground, a refugio de los cascos del rebaño. Y, como dijo Jackmaster, ‘dejad de llamarlo EDM’. La música electrónica está poblada de etiquetas ridículas, pero ninguna más triste, más fea y más despectiva con la historia que ésta. Nos la tragaremos como cicuta porque no queda otra, pero lo haremos como Sócrates, por el bien de la moral.

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